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Es el primero que viene al mundo de las letras sin el apadrinamiento de don Ignacio M. Altamirano.1

Yo soy pequeño, por eso con el sombrero en la mano dejo libre el paso a don Justo Sierra y a don Joaquín A. Pagaza, que son muy autoridades, para que le presenten al público.2

Rabasa

—Le tenía desconfianza; pero una noche abrí La gran ciencia y no la dejé hasta llegar al fin. Escribe bien; es una cosa notable; se parece a Galdós —díjome alguna vez el señor Sierra.

Y si él pasó la noche en claro por leer la novelita, oigan ustedes lectores lo que del autor piensa y siente el señor Pagaza.

—Escribe bien, muy bien; es una cosa notable, muy notable y si se corrige de uno que otro defectillo, dentro de poco llegará a ser inmejorable.

Ni este juicio ni el otro pueden dar lugar a sospechas, puesto que ninguno de los dos jueces conoce al autor, ni mucho menos tiene parentesco con él.

Hago notar la falta de ligas, porque acá en México hay la mala costumbre de arrojar flores al primer escritor que venga, siempre que anticipadamente haya rendido tributo de admiración, respeto y autoridad a los viejos literatos, o los tenga por infalibles, o sean parientes suyos.

Por eso tenemos más que literatos por la literatura, literatos por la amistad, y literatos por el parentesco, y literatos de por favor.

Es indudable que de los primeros hay el uno por ciento. Esto bastará para concebir cuántos habrá de los segundos, terceros y cuartos.

Pero Rabasa, como literato, no tiene ascendientes aquí cerca, en el país; sino allá en el Siglo de Oro de la lengua castellana; porque en ellos y nada más que en ellos ha modelado su forma, cosa muy nueva por aquí en que es más raro el talento que la Gramática y eso a pesar de tener fama la República de tener una muchedumbre.

Cuenta que calló algunas opiniones más respecto a sus méritos que con decir que los tiene verdaderos sobraría, porque aquí entre nosotros hemos llegado al grado de falsificar hasta las virtudes y los vicios y hacerlo todo de oropel, aun la gloria científica y literaria.

He aquí por qué a la primera embestida un crítico se encuentra con toros de petate.

Pues bien. Como decía yo, pongo punto en boca sobre otras opiniones más altamente satisfactorias, como esta: “Es el primero que en México escribe en castellano”. Ponerlas todas sería construir una torre de Babel y yo no podría hacer otro trabajo más que poner piedra sobre piedra ya hechas y bien talladas.

Volviendo al grano, que aquí es don Emilio, diré que ni la lluvia, ni el agua de la inundación de la calle donde vive que me daba a los tobillos (el agua se entiende), ni el frío ni la noche que estaba como boca de lobo me arredraron de la cita.

—Lo que es yo voy, aunque llueva piedras —me dije, y lo cumplí.

Allí estaba: alto y delgado cual eucaliptus, frente de anchura regular y muy salida, ojos brillantes y hundidos, cejas delicadamente rectas, nariz perfilada, labios delgados, ligero bigote, los carrillos un poco planos, la barba puntiaguda, los pómulos asomados y los cabellos lacios.

Lo que hay que ver es su gabinete de estudio, que es otra prueba de su humildad a más de la que dan su trato y carácter. Con decir a ustedes que es un cuartito desnudo bastaría; pero, no señor, quiero decirlo todo: para con esta celebridad no he de tener pelos en la lengua, y aunque ella me los haya puesto, me los quito porque me los quito.

Es mucho mentir, afirmar que don Emilio no toca el techo con las manos y que tendido en el piso no dé con los pies, la cabeza y los brazos con las cuatro paredes. Todo está desnudo, hasta el lugar en que horas enteras, de día y de noche, pasa escribiendo y leyendo. Lo que hay es bien poco: una mesa-escritorio al ladito derecho de la puerta con sus hombros cargados de tomos, enfrente un estante congestionado de libros y en el espacio que media, pende del techo una especie de romana para medir la pérdida de peso en el cuerpo humano.

A ras de la superficie de la mesa están sus armas: el tintero, la pluma, el primer volumen de las obras de Francisco Luis de Granada y el Diccionario de la Academia, que está poniendo de oro y azul don Miguel de Escalada. Él, es decir don Emilio, se parapeta ahí hecho un cinco y lee y escribe, y escribe y lee.

Nació en Ocozocoautla, Chiapas, el 22 de mayo de 1856.

Fueron sus padres los venerables don José Antonio Rabasa, catalán, y doña Manuela Estebanell, chiapaneca emigrada a los Estados Unidos el año de 1824, cuando se decretó la expulsión de los españoles.3

Debido al honrado trabajo de los que le dieron el ser nació acaudalado, como don J.M. de Pereda.4

Su instrucción primaria la hizo en el hogar, recibiéndola, aun con algo de preparatoria, de su familia.

A los 12 años de edad partió a Oaxaca e ingresó al Instituto de Ciencias y Artes, en donde por su encariñamiento al estudio e índole pacífica se hizo querer de todo el mundo.

En las clases se distinguió por su clara inteligencia, obteniendo las primeras calificaciones de sus exámenes, hasta recibirse de abogado en 1879.5
Fue diputado a la legislatura de Chiapas en 1881.6

Dirigió el Instituto del Estado en 1882 y en cuyo cargo dio a conocer su espíritu, creencias avanzadas y conocimientos literarios y científicos; pues organizó de la manera más perfecta el plan de estudios y el orden serial de las cátedras.

Volvió a Oaxaca el año 82 y el 11 de septiembre contrajo matrimonio.7

¡Qué luna de miel la suya!

Al acabar de firmar el acta civil, recibió la noticia de la muerte de su señor padre y, a los tres días, la de su señora madre.

De 1883 a 1884 fue Juez Civil de Oaxaca.

El Gobernador del Estado en 1885 le nombró su secretario particular y salió electo diputado a legislatura local.8

En 1886 vino a México y, en octubre, la Secretaría de Justicia le nombró defensor de oficio.

Fue agente del Ministerio Público en enero de 1887.

En abril del mismo año tomó posesión del Juzgado 5º Correccional, que sigue todavía hoy desempeñando, así como la cátedra de Economía Política en la Escuela de Comercio que la da desde abril del corriente año.

Dos veces van con ésta que sale representante del pueblo, aunque suplente, al Congreso de la Unión.

Lo que hay que investigar es el origen de su afición a las letras y las fuentes de donde bebió el buen gusto.

Era el tiempo en que recibía su instrucción primaria y su hermano Jesús hacía versos algo byronianos, cuando empezó también a escribirlos, guiado por éste que tenía inspiración, sabía la preceptiva y los hacía buenos. Entonces don Emilio hacía y hacía versos, y los repartía entre su familia: a sus padres y a sus hermanos.9

Los medía y experimentaba su bondad al oído, y nada más.

Una vez en Oaxaca cayó en sus manos por pura casualidad el Tesoro del Parnaso Español por Quintana y abrió el libro con Juan de Mena; leyó páginas y páginas y no entendió ni jota.

—Aquello era atroz para mí —me dijo, al referirse a su iniciación en el clasicismo.

Pero continuaba, y cuando llegaba a Rioja o Herrera, volvía a empezar la lectura y entonces ya entendía una que otra palabra. Y así, comenzando y recomenzando, tomó gusto hasta enamorarse del libro.

Y quiso enseñármelo, pues fue su primer maestro de literatura y le tiene un cariño entrañable.

—Esta es gente que habla muy bien —me dijo acercándose al estante, revolviendo los libros e indicándome a Quevedo, Moratín y fray Luis de León, al ver por último que no hallaba el buscado.

—¿Siguió usted leyendo los clásicos?

—Siempre leía alguno: a Lope de Vega o algo así.

Luego seguimos hablando de los clásicos, cuando de repente, al referise otra vez al Tesoro, exclamó:

—¡Por cierto que aquí está!

Y lo entresacó de otros libros que estaban en la mesa al alcance de sus ojos.

—¿Publicó usted algo?

Rabasa2

—No. Fui formándome al gusto. Lo que más he leído es el Quijote. Ahora no está de guardia; si estuviera no lo vería usted aquí, sino en el buró. No hay año que no lo lea.

—¿Nada más esos autores ha leído usted?

—No; ahí tiene usted a Solís, a Hurtado de Mendoza que para mí son muy sabrosos.10

Lo que reveló su vocación fue el siguiente hecho: don José Antonio Velasco, persona instruida de San Cristóbal de las Casas, estuvo de paso en una hacienda de su tocayo, a quien tenía en alta estima, y éste por curiosidad, al rodar la plática sobre el hijo ausente, le enseñó una oda suya dedicada a Castelar que le había enviado de Oaxaca. El señor Velasco no pudo resistir a la tentación de tenerla en el bolsillo y llevó la composición a la capital del Estado, y la publicó en el periódico oficial. La Iberia, dirigida entonces por don Adolfo Llanos Alcaraz, la reprodujo poniendo el don al autor que contaba apenas 16 años.

Don Emilio, hablo de la celebridad cuya fisonomía delineo, encontró otro estímulo mejor. Tenía en primer año de Derecho un amigo, don Antonio Vigil, que aprendía de memoria todas sus composiciones y se las andaba recitando a todas horas y en todas partes; pues bien: un día Vigil, que era entendido en imprenta, le indicó que con pocos gastos lograría imprimirlas en pliegos y hacer un tiro regular de ejemplares. Y el libro empezó a salir en letras de molde con la fe de bautismo de Rimas.11 Y aquí va la curiosa lucha entre el infeliz editor y el joven autor.

—Dame original —decía Vigil.

—Aquí está —contestaba Rabasa.

Como no supiera éste lo que se comía la imprenta en manuscrito, Vigil volvía a la carga.

Las fuerzas intelectuales del poeta estuvieron a punto de desfallecer; mas Vigil, que estaba vivamente interesado en la obra, no perdonaba medio para llevarla al fin.
Llegaba a la casa de Rabasa cuando estaba éste ausente y le robaba el original del primero que encontraba a la mano.

—Aquí tengo ya original. Mira. Lo he tomado de tu mesa —le decía Vigil al primer encuentro enseñándoselo desde la boca de la bolsa de su saco.

—¡No, hombre, no! Si eso no sirve —suplicaba Rabasa con un miedo cerval.

—Mira: te doy de plazo veinticuatro horas para que me des el bueno, con la condición de que si no cumples, publico el que tengo —decía Vigil volviendo a la carga.
—¡No, hombre! No vayas a hacer esa barbaridad.

Y el novel autor con el miedo terrible al público se quemaba las pestañas haciendo el verdadero original. Y así por el estilo era siempre el procedimiento de Vigil para obligarle a escribir.

Pero un triste accidente se llevó al íntimo amigo al sepulcro: tenía en las manos una pistola, se le cayó al suelo y un tiro le privó la existencia.

—Todavía me es muy grato el recuerdo de Vigil. No le olvido, ni le olvidaré nunca —me dijo Rabasa, al referirme al acontecimiento.

El 16 de septiembre de 1876 pronunció, con motivo de las fiestas nacionales, una oda que rehusó publicar.

El Porvenir fue el periódico en que hizo su debut en San Cristóbal de las Casas, el año 81.

El Liberal de Oaxaca fue el segundo en que escribió de 1883 a 1884; pero ni en aquél ni en éste dio a luz más que prosa que tenía por alma la política.

—¿Por qué no publicaba usted nada?

—Tenía desaliento. Sentía falta de estímulo —me contestó, refiriéndose a su indolencia literaria de 81 a 82.

En Oaxaca, estimulado por el licenciado don José Antonio Noriega, verdadero padre de la juventud de entonces, leyó Racine, Corneille, Alfredo de Musset, y las Oraciones de Bossuet. De Musset le agradó Rolla y tradujo un fragmento y una composición corta.12

Conoció en su casa a Pérez Galdós. Leyó los Episodios, León Roch y Marianela.13

—Y después vino el pecado: leí el Nabab y Numa Rumestan, y a Zola —me dijo, hablando de su conocimiento del naturalismo.14

—Los veía sobre mi cabeza —prosiguió.

Ya en un tiempo, cuando cursó la literatura, había estudiado el Hermosilla15 que para él, según frase suya:

La Biblia y Hermosilla eran una misma cosa.

—Sí. ¡Una misma cosa!

—Sí, lo creía infalible.

—Ahora vamos a la génesis de sus novelas.

—Cuando estuve en San Cristóbal pensé en una serie de novelas cortas. En Oaxaca manifesté la idea a Rafael.16 Y aquí me la recordó, y pusimos manos a la obra.

—¿Ya tenía usted algún plan formado?

—Pensaba yo sacar un mozo y ponerlo de general. Un mozo que llegara a ser general en la bola.

Escribió el primer pliego y se lo leyó a don Rafael Reyes Spíndola.

—La verdad es que lo he encontrado tres veces mejor que como yo creía —fue la opinión de Rafael.

—Tenía mucho miedo al público —me manifestó don Emilio.

Y luego Reyes Spíndola le dijo:

—Usted me escribe en un mes esta novela.

La obrita lleva por título: Un general.

A poco de llevar escrito algunas páginas, le cambió de nombre.

—No se llama así —le dijo a Rafael.

—¿Pues, cómo?

La bola.17

Y era que Rabasa acababa de escribir la palabra bola y la había encontrado muy significativa.

El premio que deseaba era cualquier cosa.

—Me conformaba con que no me llamaran bruto —me dijo.

Como es no sólo un novelista insigne, calificado por Pereda de superior a Altamirano, sino también un poeta de primer orden, cosa que me falta probar y que aquí no pruebo porque él me ofreció composiciones suyas y a última hora me salió con evasivas, le digo, para su inteligencia, que si no me las da, le hago lo que Vigil; pues tengo en mi poder una oda y unas rimas.

—Don Emilio, me da usted el verdadero original o publico éstas.

Publicado en el Diario del Hogar, VIII, 4, 20 de septiembre de 1888, p. 1.

Ángel Pola
. Periodista y editor.

 1 Durante la República Restaurada, y aún algunos años después, Altamirano fue considerado el presidente de la República de las Letras, encabezó el nacionalismo literario en México y apoyó a los escritores en pro de la consolidación de la literatura mexicana. Un ejemplo de este apoyo fueron las Veladas Literarias.
2 Sobre la actuación de Justo Sierra en la época en la que Pola realizó estas visitas a las celebridades, puede verse la entrevista a don Justo Sierra.
3 El texto de Ángel Pola difiere de la reseña biográfica que de Emilio Rabasa nos entregó Eva Guillén en su tesis de licenciatura Vida y obra de Emilio Rabasa, donde precisó: “Su padre don José Antonio Rabasa, hacía tiempo que había dejado España, su patria, estableciéndose en Nueva Orleans, en donde casó con una dama mexicana. En esta ciudad permanecieron algún tiempo, hasta que la señora, nostálgica por México, influyó en el ánimo de su esposo para emprender el regreso, cosa que pronto hicieron, trasladándose a esta capital y de aquí casi sin descansar, a Chiapas, con intenciones de dedicarse a la agricultura. En la hacienda donde estaban entregados a labores agrarias, murió la señora, y don José Antonio contrajo segundas nupcias con Manuela Estebanell” (vid. “Rasgos de una vida”, en Vida y obra de Emilio Rabasa, pp. 11-12).
4 Debemos señalar aquí un probable error tipográfico, las siglas deben ser J.N. ya que Pola seguramente se refiere a Juan Nepomuceno Pereda (1802-1833), español quien en 1821 se encontraba en México dedicado al comercio y apoyó el Plan de Iguala.
5 Eva Guillén nos dice que Emilio Rabasa obtuvo el título de abogado el 4 de abril de 1878 (cfr. op. cit., p. 14).
6 Con esta designación Emilio Rabasa inició su vida como funcionario público.
7 Su esposa llevó el nombre de Mercedes Llanes Santaella, hija de un reconocido médico oaxaqueño.
8 Pola se refiere a Luis Mier y Terán (1835-1891), general de división.
9 Los registros apuntan que el matrimonio Rabasa-Estebanell tuvo dos hijos varones: Ramón, el primogénito, y Emilio, y una hija, Isabel. No se especifica si Ramón llevó también el nombre de Jesús. Cabe, asimismo, la posibilidad de que Pola se haya equivocado, lo que suele suceder en la serie de entrevistas que realizó, ya que al parecer cita de memoria. Ramón Rabasa (1849-1932) también fue gobernador del estado de Chiapas del 26 de diciembre de 1905 al 27 de mayo de 1911. Emilio Rabasa se inició como escritor en su adolescencia, poco se conoce de esa obra; sabemos, por ejemplo, de la composición de un poema, conformado por 56 sextetos, dedicado a su esposa y titulado “A Mercedes”, en los que dejó testimonio del dolor de la pérdida de sus padres lo que ocurrió, como hemos visto, en fecha muy cercana a la del día de su boda. Emmanuel Carballo recuperó algunos poemas en su edición de La Guerra de Tres Años. Asimismo, Marcia A. Hakala publicó también algunos poemas. Eva Guillén reseña que el licenciado Nicanor Gurría Urgel, gran amigo de Rabasa, solía contar que don Emilio escribía versos que publicaba en periódicos oaxaqueños, pero que al conocer algunos de los poemas de Salvador Díaz Mirón se sintió “tan inferior” “que prometió no sólo no volver a escribir versos, sino destruir todo lo que había hecho, sin que se escapara a esta firme resolución el folleto donde estaban reunidos sus mejores poemas (vid. op. cit., p. 38).
10 Por el comentario de Rabasa sobre autores “sabrosos”, debe referirse a Dionisio Solís, seudónimo de Dionisio Villanueva y Ochoa (1774-1834), poeta y dramaturgo español, quien refundió muchas comedias antiguas; sus tragedias, Tello de Neira y Blanca de Borbón, no llegaron a publicarse; tampoco vieron la luz sus comedias La pupila y Las literatas ni la pieza en un acto, La comparsa de repente; y a don Antonio Hurtado de Mendoza (1586-1644), poeta y autor dramático español; autor de las comedias: El marido hace mujer, Cada loco con su tema y Los empeños de mentir, entre otras cosas. El volumen de sus Obras líricasy cómicas, divinas y humanas se publicó en 1690.
11 Los registros de las obras de Emilio Rabasa no dan cuenta de este volumen.
12 Sobre la traducción a la que Pola se refiere, encontramos que Rabasa, años más tarde, publicó en la Revista Azul (I, 9, 1º de julio de 1894, pp. 133-134) el poema “María”, perteneciente al libro de poesías Rolla (1833), de Musset.
13 Los títulos completos a los que Pola alude son: Episodios nacionales (1872-1912), colección de 46 novelas históricas, conformadas por cinco series. La familia de León Roch, novela en la que puede observarse la influencia de Zola, y Marianela (1878), novela que posteriormente fue llevada al teatro con gran éxito.
14 Le Nabab (1878) y Numa Rumestan (1880), novelas de Alphonse Daudet.
15 José Gómez y Hermosilla (1771-1837), filólogo y helenista español; su manual el Arte de hablar en prosa o en verso (1826) “tuvo el mérito sobre todo de enseñar con precisión las normas para aprender a bien expresarse y por eso gozó de tanto auge durante el siglo XIX” (Jorge Ruedas de la Serna, “Prólogo” a De la perfecta expresión. Preceptistas iberoamericanos del siglo XIX, 9-22). Gómez Hermosilla también escribió un Curso de crítica literaria y una Gramática analógica de la lengua castellana.
16 Se refiere, como veremos líneas adelante, a Reyes Spíndola.
17 La producción novelística de Emilio Rabasa es escasa, únicamente contamos con cinco títulos. Entre 1887 y 1888, bajo el seudónimo de Sancho Polo, publicó la tetralogía conformada por los títulos: La bola: novela original, La gran ciencia: novela original, El cuarto poder: novela original y Moneda falsa: 2ª parte de El cuarto poder. La quinta novela, La Guerra de Tres Años, fue publicada en 1891, en forma de folletín en El Universal, y como libro en 1931, con un prólogo de Victoriano Salado Álvarez.

Recopilación, selección y notas de Belem Clark de Lara.