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Su silueta llenó el alto y ancho marco de la puerta interior de entrada al salón.

Cuéllar

Es tan grande como sus obras y de espíritu juvenil como el que campea en ellas.

Le da un aire a Riva Palacio: andar lento, elevada estatura, musculoso, cara bien llena, carrillos cargados al extremo de los labios, bigotes negros todavía unidos a la barba, nariz redondeada en la punta, ojos apagados por enfermedad y de mirar fijo tras unas gafas cuyo arqueo juegan sube y baja, y frente corrida hasta el occipucio.

México se gloria de haberlo visto nacer el 18 de septiembre de 1830.

Estudió en San Gregorio, en San Ildefonso y el Colegio Militar, y ni es militar, ni jurisconsulto, ni tiene borla alguna de doctorado, pero es honra de su patria.

¡Literato! Si alguien merece el título es él, que tiene la misma fecundia, aunque más correcto, que Fernández y González.

El público le ha aplaudido y coronado de laureles como dramaturgo, poeta y novelista.

Tiene ingenio, y lee, y estudia porque la lectura es pan cotidiano con que se desayuna y se nutre.

Que es periodista, lo dicen sus “Artículos ligeros sobre asuntos trascendentales”.

Que es poeta, lo prueban sus Clavellinas.1

Que es dramaturgo, lo evidencia Deberes y sacrificios y Natural y figura.

Que es novelista, no puede negarlo Ensalada de pollos, El divorcio2 y Baile y cochino.

En las letras castellanas hubiera ocupado un lugar prominente si hubiese pasado su vida literaria en un medio a propósito a sus dotes.
Con todo eso, le pregunté:
—¿Ha escrito usted versos?
—Sí —me contestó— en 1867, en las Veladas Literarias que dieron Altamirano, Riva Palacio y Payno, leí algunas poesías. Deseaba conjurar la lírica, la erótica insustancial, vacía, ligera, frívola, que nos invadía y comencé unos apólogos tecnosóficos.

Tiene usted, por ejemplo, “Las mariposas”. Bien: hablaban de su estado de orugas, de que eran gusanos, de que estaban adheridas a las hojas de las plantas; luego, ya crisálidas, las hacía decir entre sí que era preciso guardarse de la intemperie, de defenderse del invierno y de las tempestades para hacer feliz el tránsito a la vida alada, soportar esta especie de muerte aparente y, en fin, su existencia de mariposas revoloteando de flor en flor y gozando de la libertad. Y las tres metamorfosis las comparaba moralmente con las edades de la mujer, que primero anda con los ojos vendados, después se educa y luego disfruta del premio de las virtudes. Decía yo, en “Los árboles”, que la madre eran las raíces, porque estaban en las entrañas elaborando jugo que hacían ascender, que extraían de la tierra, para alimento; que el tronco era el padre, porque servía de sostén, de apoyo, prestaba su fuerza; que las hojas eran los hijos, porque estaban fuera, diseminadas, apartadas, y eran débiles y tendían a dispersarse. Así pretendía unir el recreo a la instrucción y divulgar la ciencia, la historia natural principalmente, que proporciona tantos y tantos atractivos y enseñanzas. Otro se llamaba “Las flores”, ¡oh las flores! Es precioso el examen del cáliz, de la corola, de los pétalos, del polen, de la fecundación. Hay sexos en las flores y se fecundan por el polen del estambre que es lanzado por la antera y que va a dar vida a los óvulos contenidos en el pistilo. También cuando unas flores están separadas de otras, macho y hembra, una abeja o un moscardón, al ponerse en la flor macho, impregna sus antenas o sus patitas de polen y lo llevan al estigma de la hembra. El polen es absorbido, cae en el ovario y éste se hincha, desarrolla calor y produce el fruto.

Cuéllar

—Su poesía es científica —le afirmé.
—Quería yo salir de la rutina de los poetas de ahora que han hecho profesión de ser ignorantes.
—¿Usted no publicó esas composiciones?
—No quise hacerlas carne de periódico para todos los días.
—¿En el teatro figuró usted más?
—Escribí algunas comedias que agradaron al público, como Deberes y sacrificios, por cuya representación en el Teatro Nacional, para dedicar los productos a las viudas y huérfanos de los que murieron en la Independencia, se empeñó Francisco Zarco. En Natural y figura criticaba a los extranjerados que ya no les sonaban bien las apalabras Necatitlán, charro, ni nada nacional. Juzgue usted el éxito: se representó más de seis veces, estuvo siempre lleno el teatro, causó escándalo; del Iturbide, el público se pasó al Nacional; la prohibió el Imperio. La primera noche de representación, los actos duraron, por los aplausos, una tercera parte más de lo que debían.

Yo dirigí la escena, y vea si tuvo o no éxito por el juicio del telonero…

—¡Del telonero! —exclamé.
—Sí, del telonero, del que levanta y deja caer el telón, un tal Granados: —¿Sabe usted, señor, cuántas veces han aplaudido? —me dijo en instantes supremos, saliendo asustado de su escondite. —¿Cuántas? —¡Setenta y seis veces! Hasta había contado los aplausos. En uno de tantos intervalos de hilaridad me acerqué al apuntador, un señor Ocampo, y reía a carcajadas, apretándose el estómago, echado en la concha, con el libro a un lado. —¡Maldito —exclamé para mí—, ya va a echar a perder la escena! Y el público aplaudía y reía y carcajeaba. Un día como no cobraba nada, se me avisó que la compañía me daría un beneficio. ¡Y produjo seiscientos pesos!

Testigos oculares hay que afirman que el mismo emperador Maximiliano, tal fue el entusiasmo que produjo Natural y figura, estuvo una noche de representación, en las galerías, disfrazado de charro y muy embozado.

—Pero no he hecho dinero —prosiguió—. En España el autor tiene las tres primeras noches de representación el veinte por ciento de las entradas brutas y el diez en vida, y hasta veinticinco años después de muerto. A Rubí, su Isabel la Católica le produjo sesenta mil pesos. Pero, ¿aquí? ¡Nada, nada! Por eso desde 1853 vengo trabajando con todas mis fuerzas, con ministros, porque se celebre un tratado de propiedad literaria entre México y España. En vano; no se comprende su importancia; sería un verdadero estímulo. He desalentado. Vea usted aquí: para que a uno le representen una pieza, se tiene que ir a suplicar, a rogar; y no, no la representan. Todo lo que es mexicano creen que no vale nada. El autor en España es todo, aquí es primero el que enciende las candilejas.

—¿Y de novelas?
—Vino Peredo, y dijo: “Vamos a hacer que escriba”. Le pedí un título y me lo dio: La Linterna Mágica. Cumplido fue el editor. Viendo que el aviso de una novela costaba, anunció de una vez cuatro. Un día me lo avisó delante de Epigmenio, sin tener yo una sola escrita. ¡Quién dijo miedo! Yo soy audaz. Dicté: Ensalada de pollos. Me puse a pensar y escribí enseguida: Historia de Chucho el Ninfo; volví a meditar y puse: Isolina la exfigurante. Después: Las jamonas. ¡No tenía ni los títulos! El señor Cumplido me decía: “Es preciso que las traiga usted para tener el original a mano”. —No —le contestaba— no, porque las estoy corrigiendo. ¡Cómo le iba yo a confesar que no las tenía escritas! No me creería capaz y se echaba a perder todo. Llegó el día de dar el material y treinta y seis páginas se comieron diez cuartillas de letra mía, menuda metida. Material y más material me pedían, y yo escribía y escribía; andaba moviendo personajes en mi imaginación, en las calles, y en todas partes. Material, y más material; y me ponía a escribir hasta las dos de la mañana. A las tres o cuatro entregas ya se me facilitó. Yo nunca escribo una novela sin que me la pidan, ni menos para leerme a mí mismo.

—Haría usted dinero.
—¿Dinero? Me pagaron doscientos pesos con unas libranzas para Mapimí y otros desiertos. A los pocos meses de remitidas me las devolvieron todas respaldadas.

En verdad Cuéllar hubiera sido rico. Los siete tomos de sus novelas produjeron veinticinco mil pesos.

De los dos primeros se tiraron dos mil quinientos ejemplares y de los demás dos mil.

Después de Lizardi, dicen que sigue él como novelista de costumbres nacionales.

Cuando se fue a la Legación de México en los Estados Unidos, de paso por La Habana fue objeto de festejos por literatos, durante veinte días.

—¿En los Estados Unidos escribió usted? —le pregunté, tendiéndole la mano para despedirme.
—Sí, algunas poesías que tengo coleccionadas.3 Allá estuve doce años y al ver que se habían olvidado de mí, regresé a México. ¡En el extranjero le atrae a uno el cochambre nacional!

Publicado en el Diario del Hogar, año VII, núm. 235, 17 junio de 1888, p. 1.

1 No hemos encontrado nota alguna que nos indique la publicación de “Clavellinas” solamente un poema titulado “La clavellina muerta”, en Poesías de José T. de Cuéllar, Primera parte: “Miñonetas” (La Linterna Mágica, VIII), pp. 60-61.
2 De El divorcio tampoco existe registro como novela, solamente un artículo: “El divorcio”, en Artículos ligeros sobre asuntos trascendentales (La Linterna Mágica, X), pp. 183-197.
3 En La Linterna Mágica hay dos volúmenes: Poesías y Versos (tomos VIII y XV).