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Cuando, después de preguntar por él, ganaba yo la serpiente de escaleras que conducen a su gabinete de estudio, vi que su sancristobalense figura obstruía el paso a la mirada de la subida.

Justo

Luego supo el fin de mi visita.
—Es usted uno de nuestros hombres más grandes.
—Sí, soy grande de cuerpo y peso diez arrobas1 —me contestó, reviendo la tarjeta de presentación.

¿Lo creerán ustedes?, pues esta frase da gráficamente idea de su cuerpo, así es como él dice, aunque falta más: cara redonda y mofletuda, frente de dos entradas hasta la parte superior del cráneo y una península de cabellos que avanza en dirección del entrecejo, bigote corto, piochita entrecana, perdidos los ojos en la carnosidad de los párpados, hermoso y colorado como un fraile, y es todo lo característico en él, hablando materialmente; que en cuanto a lo demás, notable también es por sus obras, talento y erudición.

Como negara su grandeza, no la material, que es el primero en apreciar y reconocer, sino la de espíritu, insistí:
—Es usted popular.
—Impopular dirá usted.
—No, señor, popular y muy popular.

Buena gana tenía yo de decirle, al ver su renuencia, cuando le manifesté por la vez mil el propósito:
—Vamos, déjese usted que trato de bosquejarlo.

Pero… nada. Seguía echándome a perder el negativo. Y vuelta otra vez a comenzar. Por fin le indiqué que al día siguiente tenía obligación de darlo en mi “En casa de las celebridades” y entonces retorciéndose en su poltrona manifestóme:
—Por qué no la deja usted para ningún domingo. Son muy comprometedoras.

Comprometedoras, porque digo lo que son.

Pero antes de llegar al semblante, pintemos el fondo que deseo salga todo tal como lo encontré.

Al término de la escalera está su gabinete de estudio, en el último escalón, del primer paso se llega al dintel. Es amplio, dos ventanas miran a la calle, con balcón suspendido a lo marroquí, al lado derecho hay un estante corrido de libros que lo llena por entero, coronándolo un Cristo blanco en la Cruz, al izquierdo, una puerta en medio y en los pequeños espacios más estantes de libros con el lomo viendo al cielo, acostados de pie, al lado que uno deja a la espalda, al entrar, un sofá con sus dos indispensables poltronas y un velador; en el centro del gabinete, una mesota cuadrada, cargada de útiles de escritorio, libros recién nacidos oliendo a imprenta y montones de la Revue Philosophique.

Está él sentado tiesamente, haciendo esfuerzos por caber, dejando un regular hueco entre la caja de su cuerpo y el ángulo formado por el asiento y el respaldo de la poltrona.

Yo, muy cerca de él, sentado en el sofá, con el lápiz en una mano y el carnet en la otra, paseo mi vista por todo, pendiente de sus palabras, cogiendo al vuelo sus frases, aunque con reproches a cada instante que me hacen perder la vista del derrotero de su vida.
—No me conformo con saber que nació usted en la ciudad de Campeche el 26 de enero de 1848 y sea usted yucateco; que a México vino usted en 1861 a continuar sus estudios, entrando en San Ildefonso;2 que fue usted literato a la edad de veinte años; que obtuvo usted el título de abogado en 1871; que escribía usted en 1868 las “Conversaciones del domingo” en El Monitor Republicano, cuando lo redactaban Guillermo Prieto, Ignacio M. Altamirano y J.M. del Castillo Velasco; que publicó usted Las confesiones de un pianista en el folletín semanario de El Domingo y dio a luz un Compendio de historia de la antigüedad en 1880.
—Pues esa es mi vida.
—No, no, yo quiero más. Por ejemplo: no sé dónde leí que usted fue tendero en Veracruz.
—¡Tendero! Sí, tengo vocación, me gusta comer las pasas y las almendras.

Solté una carcajada.
—Tendero fue mi hermano Santiago y en una tienda de ínfima clase —continuó.3

Y le seguí escarbando y supe más.

Leyó, desde muy niño, el Viaje del joven Anacarsis.4

Cuando vino a México entró a San Ildefonso a estudiar segundo curso.

Don Sebastián Lerdo de Tejada era rector del establecimiento, que, por cierto, descuidaba mucho por atender al célebre partido de los Cincuenta y uno; allí, a pesar de su liberalismo, se rezaba y oraba más todavía que en un seminario de estos tiempos; se era místico y santo a fuerza de palmeta y bóveda.

Un día Justo dedicó un soneto a Garibaldi, corrió la composición en manos de los estudiantes, llegó a la de los celadores y el joven autor fue severamente reprendido y castigado con ocho días de arresto riguroso.

Justo2

Parte de su educación la recibió de los jesuitas,5 y las matemáticas fueron su mayor tormento físico y moral, no sólo porque le repugnaban, sino también porque las consideró un rompecabezas.
—Las estudiaba poco y las entendía mucho menos —me contó.

¿Y qué se figuran ustedes que pasó entre las matemáticas y él? Pues pasó esto que narra:
—Bien sabe usted que los jesuitas pretenden descubrir las vocaciones de los estudiantes examinando la cabeza; pues bien: obtuve por casualidad buena calificación en matemáticas, estudiaron en seguida mi cabeza y concluyeron por creer que tenía yo vocación para ellas. ¡Qué barbaridad! ¡Figúrese usted!

Y, a más no poder, reímos los dos.

Corría entonces el año de 1869 y tenía por condiscípulos en Letrán a Genaro Raigosa, Gonzalo A. Esteva y M. Díaz Mimiaga.
Sucedió que cierto día lo presentaron a Altamirano y no pudo menos, después de esto, que hacer su entrada triunfal en el mundo de las letras.
—Me dijo tales cosas, con tan bonitas palabras, que me fascinó por completo: me sentí otro hombre —me dijo.

Es de advertir que en aquellos días de renacimiento literario el gran pontífice de la literatura nacional no había abdicado al cetro, y tenía decisiva influencia en la opinión pública, y sus palabras eran recibidas como de un oráculo; y como Justo tiene hasta hoy la “mala costumbre de hacer versitos”, uno de sus primeros, “El canto…”, se lo enseñó a Altamirano para que lo corrigiera, y el Maestro, después de leerlo, invitó al poeta a una velada literaria en la casa del licenciado don Joaquín Alcalde, calle de Santa Teresa. El neófito fue presentado por el Maestro a las estrellas de primera magnitud: a Prieto, a Cuéllar, a Peredo, a Riva Palacio, etcétera, etcétera.

El iniciado, lleno de asombro y encogido, obedeció las órdenes del Maestro.
—¿Qué, no trae usted los versitos? —le preguntó.
—Sí, señor.

Y Justo los declamó, alcanzando entusiastas aplausos de la magnífica concurrencia.

Su reputación literaria no estaba hecha con esto nada más; pero Altamirano que en aquella época mataba o volvía inmortal a cualquiera con una plumada, que era una especie de Saint Beuve, lo subió al cielo en las Revistas literarias, donde vive hasta hoy día y nadie podrá hacer que descienda.6

En 1869 redactaba El Renacimiento en hermandad con una pléyade de celebridades, entre las que figuraba el ilustre obispo Montes de Oca, Roa Bárcena, Segura y Cuevas.

Entonces nació su Ángel del porvenir, que por ser un monstruo no pudo alcanzar completo desarrollo.

Los hermanos Esteva le impusieron que escribiría una novela; lo bautizaron sin más en una conversación de sobremesa; mandaron fijar pomposos cartelones de anuncio y todo con asombro del inédito autor que no tenía escrita una sola hoja ni concebido el plan.7

Pero vio la luz, así, sietemesina como querían que fuera. Primero salió el prólogo; después, una carta de contestación a otra del señor Rafael Castro; luego, la novela mentada, y en fin, como era consiguiente, el aborto.

Y cómo no había de morir así, cuando él me dijo:
—Iba resultando un serpentón gigantesco de capa y espada.

Profesa culto a Altamirano. Su Clemencia la ama con más amor que el autor.
—Éramos la bohemia. Nuestro general tenía escolta de fieles. Altamirano incubó los mejores polluelos de esa camada —me manifestó, como entristeciéndole la remembranza.8

Ahora es hombre público.

Fue secretario de la Corte de Justicia.9

Hace años que es diputado por Sinaloa al Congreso de la Unión.10

La cátedra de historia de la Escuela Nacional Preparatoria, la ocupó desde 1877 y débesela a Altamirano que consiguió fuera su continuador.
Tiene muchas obras inéditas.

Acaba de escribir unos Elementos de historia general, para las escuelas primarias, y una Epístola, en verso, al autor de los Murmurios de la selva, a quien admira.11
Ha entrado a la Academia de la Lengua de acá, correspondiente de la Española y tiene grandes esperanzas de aprender algo, al menos lo dicen estas palabras suyas:
—A ver si me clarifico o me traduzco lo mejor que pueda del francés.

Como llamara, a lo Goncourt, documento humano a esta serie de artículos míos, díjele:
—Usted conoce mucho a Zola.
—Le he leído, pero me agrada más Daudet. Cabalmente aquí tengo su novela última, El Inmortal.

Y se puso a ir y venir de la mesa a los estantes, hablando solo.
—¿Dónde está El Inmortal? Algún literato se la habrá llevado. ¿Dónde está?

Y le estreché la mano sin que hallara El Inmortal.

Publicado en el Diario del Hogar, año VII, núm. 277, 5 de agosto de 1888, p. 1.

1 Arroba: peso de 25 libras equivalente a 11 kilogramos y 502 gramos.
2 Al morir don Justo Sierra O’Reilly (1814-1861), la familia se trasladó a la ciudad de México; ahí el joven Justo se inscribió como intento en el Liceo Franco-Mexicano donde permaneció pocos meses. Posteriormente inició sus estudios de jurisprudencia en el Colegio de San Ildefonso.
3 Santiago Sierra Méndez (1850-1880), hermano de don Justo. Al llegar a México con su familia inició los estudios de latinidad, griego y filosofía. En 1863 se trasladó a Veracruz y ahí comenzó la carrera de medicina, la que abandonó después para dedicarse al comercio. A partir de 1867 incursionó en el periodismo y al año siguiente fundó el semanario Violetas y, en 1869, La Guirnalda. Escribió la novela La caza del tigre. En 1880 publicó un artículo titulado “Un miserable que se llama Ireneo Paz”, lo que ocasionó una polémica que terminó con un duelo entre Sierra —Santiago— y Paz donde el primero perdió la vida.
4 Jean-Jacques Barthélemy, Voyage du jeune Anacharsis en Grèce (1788). El protagonista de esta obra fue Anacarsis, filósofo escita del siglo VI, uno de los siete sabios de Grecia.
5 Como ya se dijo, Sierra fue alumno del Colegio de San Ildefonso, institución que estuvo bajo la dirección de los jesuitas desde su fundación el 29 de julio de 1588 hasta la expulsión de esta orden en 1769. El 19 de mayo de 1816 este Colegio fue reintegrado a la Compañía de Jesús; sin embargo, al poco tiempo, por decreto del 23 de enero de 1821, la congregación fue extinguida. Posteriormente, los jesuitas volvieron a dirigir el plantel hasta que dejaron de estar definitivamente al frente de San Ildefonso en 1866.
6 Altamirano en sus Revistas literarias de México, exaltó las “Conversaciones” que Justo Sierra publicaba en El Monitor Republicano: “¿Qué cosa es esta conversación? […] La Conversación del domingo es un capricho literario; pero un capricho brillante y encantador. No es la revista de la semana, no es tampoco un artículo de costumbres, no es la novela, no es la disertación; es algo de todo, pero sin la forma tradicional, sin el origen clásico de los pedagogos; es la causerie, como dicen los franceses, la charla chispeante de gracia y de sentimiento, llena de erudición y de poesía; es la plática inspirada que a un hombre de talento se le ocurre trasladar al papel, con la misma facilidad con la que la verterían sus labios en presencia de un auditorio escogido. […] En México, a Justo Sierra pertenece el honor de haberla introducido, y ¡cuán ventajosamente!” (vid. “Revistas literarias”, en Ignacio Manuel Altamirano, La Literatura Nacional. Revistas, Ensayos, Biografías y Prólogos (edición y prólogo de José Luis Martínez), Editorial Porrúa, México, 1949 (3 tomos), t. I, pp. 80-81.
7 El ángel del porvenir, novela inconclusa, dedicada a Santiago Sierra como homenaje. A partir del número cinco de El Renacimiento apareció publicada como entrega adicional dispuesta en medio del cuaderno para que fuera fácilmente desprendido puesto que no llevaba costura (cf. Ignacio M. Altamirano, “Crónica de la semana”, en El Renacimiento, t. I., pp. 65-66).
8 Cuando las Veladas Literarias de 1867 se dieron por terminadas, el grupo de literatos que las animó no se disgregó, sino que continuó reuniéndose en casa del maestro Altamirano. Aquel grupo de amigos leía sus composiciones en aquellas veladas privadas, y asistían juntos a los teatros, de donde recibió el conjunto el nombre de Bohemia Literaria.
9 A partir del 11 de octubre de 1894 Justo Sierra ocupó la magistratura de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
10 El 14 de septiembre de 1880, Justo Sierra fue designado diputado suplente por el primer Distrito de Sinaloa en la Legislatura Federal. Su participación en los debates de la Cámara estuvieron orientados a luchar por sus ideas educativas dentro de las que propuso, entre otras cuestiones importantes, establecer la instrucción primaria obligatoria en la República; prestar igual atención tanto a la instrucción primaria como a la enseñanza superior; crear el Ministerio de Instrucción y la Universidad Nacional, en la que se incluiría la Escuela Nacional Preparatoria y una Escuela de Altos Estudios (1910), iniciativas, todas ellas, que se verían realizadas en pocos años.
11 Al autor de los “Murmurios de la selva” (1888), epístola-poema que Justo Sierra dedicó a Joaquín Arcadio Pagaza (1839-1918) con motivo de la aparición de su libro de versos Murmurios de la selva, con prólogo de Rafael Ángel de la Peña, México, Imprenta de Francisco Díaz de León, 1887.