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Este sexenio inició con un compromiso claro por mejorar la calidad de la educación pública. Como nunca antes, la evaluación objetiva e independiente de la educación en México apareció con una transparencia sin precedente. Cada año los resultados de exámenes estandarizados, como la prueba ENLACE y los exámenes del Programa Internacional de Evaluación de los Alumnos (PISA) de la OCDE, han presentado un panorama desolador: “los estudiantes no alcanzan el nivel (2) de capacidades básicas PISA y sólo 3% de los estudiantes mexicanos alcanzó los niveles más altos (5 y 6) que corresponden a ‘contar con la capacidad de identificar, explicar y aplicar conocimientos científicos de manera consistente en una variedad de situaciones complejas en la vida cotidiana’. Este 3% contrasta con el promedio de los países de la OCDE (19.2%)”.1

La opinión pública del país percibió de inmediato esta decepcionante realidad sobre la calidad en la educación que se imparte en las escuelas públicas del país y sus opiniones sobre la educación cambiaron radicalmente. Mientras que en los sexenios de Zedillo y Fox la mayoría pensaba que la educación que se impartía en México era muy buena o buena (42% en promedio), desde que inició el gobierno de Felipe Calderón, la mayoría de la población piensa que la educación es muy mala o mala (36% en promedio) (ver gráfica 1).

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Estas opiniones son muy similares entre la población en general, padres de familia que tienen hijos en escuelas públicas y los mismos maestros que dan clases en nivel básico2 (ver gráfica 2).

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Los padres
Llama la atención que aun cuando dos terceras partes de los padres de familia piensan que la educación que se imparte es muy buena, buena o regular, más de la mitad de ellos (54%) se dice totalmente o bastante satisfecho con la educación que reciben sus hijos en la primaria, mientras que el 45% está poco o nada satisfecho (ver gráfica 3).

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Las razones de la inconformidad de los padres de familia con la educación de sus hijos en primaria es diversa, pero se concentra claramente (49%) en deficiencias en la formación de los maestros (no están bien capacitados 24%, no enseñan bien 14%, o bajo nivel educativo 11%) y en su desempeño en general: faltan mucho 14%, dedican poco tiempo a los alumnos 8% y porque hay muchos puentes 5% (ver gráfica 4).

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Los maestros
Los maestros reconocen parte de su responsabilidad en esta debacle. Afirman que para realizar adecuadamente su función es necesario superar diversos obstáculos. Por un lado, la irresponsabilidad, el ausentismo, el incumplimiento de los programas por parte de algunos maestros (25%) y la falta de capacitación de otros (19%). Sin embargo, también mencionan la responsabilidad de los padres de familia en el problema. Señalan que para avanzar se requiere enfrentar la apatía e indiferencia de los padres de familia (36%). Aunque menos, una buena proporción señala a la política sindical y la falta de apoyo de las autoridades (18%) como parte del problema (ver gráfica 5).

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Los maestros se sienten marginados del diseño de la política educativa (intervienen poco/nada 80%) y de la actualización de los programas (intervienen poco/nada 77%) e incluso en la elección y actualización del material didáctico que usan regularmente sus alumnos (intervienen poco/nada 57%) (ver gráfica 6).

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En este contexto y frente al reclamo de los padres de familia de la falta de capacitación y actualización, los maestros del nivel básico que se sienten satisfechos con su desarrollo profesional reconocen haber recibido diversos cursos, aunque, a la vez, reconocen que les falta actualizarse, principalmente en “herramientas pedagógicas y psicológicas para el control de grupo, tecnologías de la educación y otro idioma (inglés)”..3 Este reconocimiento muestra que la abundante oferta de actualización y profesionalización de los sistemas educativos federal y estatales, base de la carrera magisterial, desvirtúa su objetivo. El valor de la capacitación y el de la actualización para mejorar la calidad de la educación se distorsiona al convertirse en un mecanismo de puntaje para obtener mayor ingreso.

El SNTE

El Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) muestra una fuerza política creciente que se expresa no sólo en su representación en el Congreso por la vía del PRI, sino a través de su propio partido, el Panal. Pero se trata de un sindicato distante a sus bases de representación. La mayoría de los maestros entrevistados (siete de cada 10) expresa no sentirse representado por el SNTE (ver gráfica 7).

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Tanto entre los maestros como entre los padres de familia y la población general predomina una mala opinión de la actuación del SNTE y de su líder, Elba Esther Gordillo, en el manejo de los asuntos de la educación. Juzgan mala y pésima la actuación del SNTE 49%, y mala o pésima la actuación de Elba Esther Gordillo el 71% (ver gráficas 8, 9 y 10).

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Leticia Juárez González. Vicepresidenta ejecutiva de BGC, Ulises Beltrán y Asocs., S. C. y profesora-investigadora de la UAM-Azcapotzalco.

1 Prospectivas OCDE: México, políticas clave para un desarrollo sustentable, OCDE, octubre 2010, p. 24.
2 La información estadística proviene de las respuestas de padres de familia, maestros y población general a encuestas con alcance nacional realizadas por la vía telefónica mediante el sistema de acopio inmediato de información de la opinión pública Acontecer Nacional y Opinión Pública ©, BGC, México, vol. I a X, 2001 a 2010. El tamaño de muestra en los casos de las opiniones de padres de familia y población general es de 400 casos, 95% de confianza con un margen de error teórico de +/- 5 puntos. En el caso de los maestros entrevistados el tamaño de muestra es de 300 casos, 95% de confianza con un margen de error teórico de +/- 5.4 puntos. Las opiniones de la población con teléfono en su vivienda tiende a reflejar más la opinión de la población con mayores ingresos y escolaridad.
3 Tal reconocimiento se observó desde 2005. Véase: “Lo que piensan nuestros maestros, Encuesta Nacional sobre Creencias, Actitudes y Valores entre Maestros y Padres de Familia” (ENCRAVE), en Este País, vol. 169, abril 2005, pp. 4-16.