Una declaración de amor demasiado reiterativa despierta incredulidad, sobre todo cuando el enamorado la grita frente a un espejo. Así ocurre con las declaraciones de amor a la patria. Además de redituar popularidad, la proclamación ruidosa del fervor patrio tiene un ingrediente narcisista, pues el nacionalismo es un subproducto del amor propio. Gritar “¡Que viva México!” equivale a decir: ¡Cuánto me quiero! Por eso las naciones maduras y seguras de sí mismas evitan caer en ese ritual autocomplaciente. Como parte de los fastos del bicentenario, en los últimos meses se ha difundido a todas horas por radio y televisión una campaña cursi que festeja nuestros “200 años de ser orgullosamente mexicanos”. Desde hace tiempo, muchas empresas y equipos de futbol han proclamado su nacionalismo en los mismos términos, de manera que la campaña se limita a repetir un cliché. Pero la intensidad con que el gobierno ha cacareado este mantra obliga a plantear una serie de dudas razonables sobre su veracidad. Si nos quisiéramos tanto, como se quieren los franceses o los ingleses, ¿necesitaríamos gastarnos dos mil millones de pesos para proclamarlo ante el mundo? ¿Tanta insistencia no revela, más bien, que ese orgullo está flaqueando, o peor aún, que sostiene una lucha con la vergüenza?
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