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Nada más aparecía septiembre y mi padre sacaba del ropero una inmensa bandera italiana, tan similar a la mexicana que sólo le falta el águila, y la colgaba del asta que mi madre había mandado a hacer con un herrero siguiendo un diseño especial para balcones. Desde ahí resplandecía, todo el mes, la enseña patria italo-mexicana. Con ese gesto mi padre inauguraba y terminaba las celebraciones de la Independencia de México.

horizonte

Él tenía un patriotismo suave y escarmentado. No en balde sufrió en Italia durante todos los días que duró la Segunda Guerra Mundial. Y si la patria de su juventud fue una Italia convulsa que emprendió su largo camino a la locura, la patria de su infancia mexicana fueron los ahorcados, los fusiles, la persecución de un lado y otro, el miedo turnándose el sitio con las promesas y la euforia de quienes lo rodeaban.

Su madre, mexicana, era nieta de Mariano Arista, un liberal que pasó, sin mucha gloria, por la presidencia de la desde entonces dubitativa República mexicana. Su padre era un italiano que llegó a México tras participar en la última batalla, con derrota incluida, que libró Italia en su primer intento de conquistar Abisinia. No fue guerrera su herencia, mucho menos su índole y, tras la catástrofe de la ensoñación nacionalista que condujo al fascismo, mi padre cargaba con él la inevitable devastación del patrioterismo. Tenía todo para vivir, menos una actitud triunfal.

En cambio, mi familia materna era olvidadiza, fiestera y optimista. Si algo de guerra les tocó no se acordaban.

En casa de mis abuelos no ondeaba todo el mes una paciente memoria de la patria, se ponía la bandera sólo para el “Día del grito”. Y no se ponía: se soltaba. Y no había sólo una grande, sino muchas de todos tamaños.

Desde una terraza en el jardín, mi abuelo arengaba a las huestes encarnadas en sus cinco hijos y sus veinticinco nietos. Decía el ¡Viva México! con una solemnidad interrumpida por su propia risa y por el vocerío divertido de nosotros respondiéndole: ¡Viva! ¡Viva! y ¡Vivan! al redimir al asunto de los héroes que nos dieron patria. Todo como pretexto para llegar al instante en que él soltaba la bandera, como si fuera una estafeta que iría de mano en mano a lo largo de la noche, para organizar la quema de cuetes y fuegos artificiales más escandalosa de toda la calle.

En la mesa del comedor había tacos, tamales y todo tipo de patriotas argumentos que íbamos probando entre los chillidos de un niño con los dedos quemados y los de otro al que el palo de la bandera, agitada ya por cualquiera de los nietos, le daba en la cabeza. Si la Independencia ameritaba una celebración o si era necesaria para celebrar, no se supo bien nunca.

Eso sí, había una fiesta. Si en alguna parte estuvo claro, fue en nuestro zócalo privado. Ahí en donde la patria era un pretexto para celebrar el presente. El análisis del pasado no estaba en esas noches libres y el futuro no tenía para cuándo. Nadie le dedicaba un pensamiento a la guerra, ni a la sangre, ni a la lamentable sinrazón de las muertes, de los héroes degollados, de las revueltas. Vivíamos en un tiempo que ahora me parece un paréntesis largo.

Mi padre no iba nunca a esos jolgorios. Creíamos que le daban flojera, pero cuando pienso en los desmanes del nacionalismo italiano, siento que le daban miedo. O pesadumbre. El caso es que no iba. Lo recuerdo despidiéndonos desde el sillón en que leía, con un gusto que sólo volví a ver en el papá de mis hijos cuando nos miraba salir rumbo a la compra de cornetas y enseñas patrias que me parecían imprescindibles en septiembre.

El papá de mis hijos creció bajo el amor y la custodia de su madre y su tía, dos portadoras de sangre cien por ciento asturiana a las que todo eso del ¡mueran los gachupines! les daba espanto. Y con razón. El 15 de septiembre cerraban las puertas de su casa y se dedicaban a coser y conversar como si tuvieran clarísimo, porque lo tenían, que entre ellas y los independentistas no había más que ciento cincuenta años de viajes. Sin embargo se habían vuelto mexicanas, creían en tal cosa como un país al que llamamos México y les gustaba ver a sus nietos siendo parte de los fuegos artificiales en honor a esta patria. No ésta que la televisión ha puesto a volar todas las noches entre paisajes luminosos, sino estos paisajes que cobijaron su ánimo y sus dudas cuando desembarcaron en una orilla del Caribe. Entonces, hace tan poco, México era todavía una promesa. Eso que ahora parece imposible para tantos. Eso que hizo a tantos llegar aquí para quedarse y dejarnos.

Hará unos veinte años que los libros, las palabras, el juicio y la drástica visión de los tantos entre los que ahora vivo, me han puesto a mirar con descontento, descobijada, las fiestas patrias como una ironía de la historia. No con la serenidad de mi padre, ojalá, muchísimo menos con la euforia de mi abuelo materno, de mi primera juventud, de la infancia de mis hijos y los zócalos llenos de gente que por única vez en el año se reúne ahí para divertirse bajo el mismo acuerdo. Hay tal cosa como un país llamado México. ¡Viva! ¿Vivo?

Todavía ahora, cuando el cielo de la ciudad se llena de luces, llamo a mis hijos para que corran a mirarlo. No sé si ya habré sembrado en ellos el mal gusto de la esperanza a toda costa. Ojalá. Me lo pregunto mientras cada uno anda en sus cosas y sus afanes por el futuro. Me pregunto si harían suya la sentencia que hace poco leí en una reflexión de Jesús Silva-Herzog Márquez, si les parece que México es: “Un país hueco que, a 200 años de empezar el camino de su independencia, no ha sido capaz de construir Estado ni nación; un país que no ha conseguido orden ni fraternidad”.

Me asusta imaginar que estarán de acuerdo. Me asusta decir que, a veces, yo me acerco a ese acuerdo. Sin negarme a responder que ese acuerdo no es asunto de fe sino de desconsuelo.

Así las cosas, ¿qué celebraremos? Porque a juzgar por la pila de invitaciones que van llegando a mi escritorio abundan quienes quieren celebrar. No conmemorar, que ha de venir de recordar junto a otros, sino celebrar. Difícil deber queremos darnos. Correr tras las banderas y la euforia, ¿pero a dónde? Supongo que a algún sitio habrá que ir. Quiero creer que escribimos, hacemos revistas, pensamos juntos, nos hacemos cruces o damos gritos para que valga la pena heredar este lío. No hemos creado un Estado confiable. De acuerdo. ¿Pero algo así teníamos hace cien años? Ni de lejos. ¿Y hace doscientos? Menos aún. Hace doscientos años no teníamos ni siquiera nombre. Somos una sociedad muy joven. Todavía podemos, no digo reconstruir, diré construir un país, aquí, en donde están la ceniza y la semilla de lo que somos. No tenemos mejor lugar al que ir. Sobre todo, no juntos. No sin dejarlo todo. Sin duda la fiesta. Y el escepticismo. Al que me gusta nombrar como una fiesta serena. Es aquí, en este país, incluso en estas páginas, donde hay que decidir las cosas que se vale celebrar. ¿Qué desafío? ¿Qué ideas?

Doscientos años es hace apenas un rato. El abuelo de mi abuelo anduvo esa batalla. Nada que celebrar sino el comienzo. ¿Pero qué más queremos? Que nos toque esa fiesta, aunque todas las otras se nos pierdan. El país no se acaba en nosotros. Quizás la fiesta no sea para tanto, pero se vale tener un patriotismo escarmentado. Y pensar el futuro. Que sea nuestro festejo empujar el horizonte. ¿Verdad? Tengan ustedes un septiembre sereno.

Ángeles Mastretta. Escritora. Autora de Maridos, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida.