Nada más aparecía septiembre y mi padre sacaba del ropero una inmensa bandera italiana, tan similar a la mexicana que sólo le falta el águila, y la colgaba del asta que mi madre había mandado a hacer con un herrero siguiendo un diseño especial para balcones. Desde ahí resplandecía, todo el mes, la enseña patria italo-mexicana. Con ese gesto mi padre inauguraba y terminaba las celebraciones de la Independencia de México.
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