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costos de la patria

“La revolución que estalló en septiembre de 1810 ha sido tan necesaria para la consecución de la independencia como perniciosa y destructora del país”. Son palabras del doctor Mora. Estudios recientes de datos duros confirman esa dimensión destructiva. Comenzando con la médula de la producción exportativa, la plata, ésta decayó a tal punto que fue puesta en jaque por la guerra, según María Eugenia Romero. Las tropas y tropeles en pugna, así como la zozobra aparejada, directa e indirectamente fracturaron los circuitos comerciales y esto conllevó al quebranto del sistema de crédito, carestía y falta de numerario. De tal suerte, la producción de oro y plata que en 1810 llegaba a poco más de 19 millones de pesos, apenas logró cuatro millones 400 mil pesos en 1812; subió a 12 millones en 1819 y recayó a tres millones y medio en 1823. La agricultura también se vino abajo, no sólo por razones análogas a las de la minería, sino en no pocos casos por el saqueo de haciendas. Un indicio fue la estrepitosa caída del diezmo en los principales obispados. En cuanto a la manufactura, el cierre de obrajes fue significativo, como en Querétaro, donde funcionaban 19 en 1810, mientras que en 1812 apenas había cuatro. Junto con todo esto, aparecía el grave deterioro en que fue quedando la red caminera, que incluía las arterias Veracruz-México, Acapulco-México, México el Bajío-Guadalajara y Zacatecas, y que aparte fue objeto de constantes asaltos. Finalmente, la guerra implicó rapiña, donativos y préstamos forzosos a particulares y corporaciones, de tal manera que el país acabó descapitalizado.

Sin embargo, hay mucho que precisar. El deterioro económico del país ya venía desde antes. Las reformas borbónicas y las guerras napoleónicas en que se involucró España, acrecentaron la real hacienda succionando cada vez más recursos de las colonias, especialmente de Nueva España. Fue una segunda conquista en el sentir de Brading. La bancarrota de la monarquía hispana implicó la bancarrota de Nueva España. Como asegura Enrique Cárdenas, la guerra fue el tiro de gracia, digamos, sobre un enfermo bastante delicado. Por lo demás, el innegable “esplendor” novohispano de fines del siglo XVIII se daba en el país de las desigualdades, conforme a la certera apreciación de Humboldt. Antes de la guerra la Corona inició una fuerte descapitalización del país con medidas como la consolidación de vales reales, la sustracción de los fondos de las cajas de comunidades indias, donativos y préstamos forzosos. Todo esto fue una de las causas de la guerra. Añádase a esto el despojo de tierras, la carestía creciente, la inmovilidad de los salarios, señaladas por Florescano; el orillamiento ya no digamos de indios y castas, sino aun de criollos, de puestos que antes habían ocupado y ahora se daban a peninsulares; agréguese el favoritismo hacia éstos en la impartición de justicia y su insufrible altanería. Hago memoria de estos agravios porque van explicando la otra parte de la frase inicial de Mora: la guerra de independencia fue necesaria. En 1808 la oligarquía capitalina a una con la Audiencia y el enviado de la Junta de Sevilla, cancelaron la vía pacífica del necesario cambio que reclamaban los criollos. Rompieron por la violencia el Estado de derecho y no dejaron más camino que las conspiraciones.

El levantamiento de Hidalgo abrió la cueva de los vientos. Y es que no sólo estaban los agravios dichos, sino que graves contradicciones con diversos intereses también estaban a punto de estallar y estallaron, no sólo contra los gachupines. De tal suerte, a la señal de la rebelión de Hidalgo proliferaron otras rebeliones de honda raíz, como han advertido Hamnett y Van Young. La profundidad de esos desajustes se echa de ver en escrito de Abad y Queipo de 1814, después de las derrotas de Morelos, en que dice que el pueblo en general sigue rebelde en todo el centro de Nueva España.

Lo trágico fue que quienes detentaban el poder colonial nunca estuvieron dispuestos a ceder ni a dialogar, incluso los dos grandes amigos ilustrados de Hidalgo. Abad y Queipo antes de la toma de Guanajuato, por nada declaraba excomulgados a Hidalgo y seguidores; Riaño se empecinó en la absurda defensa de la alhóndiga, a pesar de la intimación de Hidalgo. Lo que siguió fue la dialéctica de la violencia.

En conclusión, el costo de la guerra fue muy elevado, pero va sobre el costo de la Colonia. Al Padre de la Patria se le puede facturar una parte, pero no menor es la que toca a los representantes de la Madre Patria.

Carlos Herrejón Peredo. Historiador. Profesor-investigador de El Colegio de Michoacán.