1. Nada pudo ser peor en ese viaje por Auvernia y Dordoña que ir encontrando cinco, seis, ocho veces por día el cuerpo ensangrentado de un erizo muerto en la carretera. Seres afables de nariz oscura y costumbres pastorales, mucho había pensado en ellos por un artículo en un diario de París donde se denunciaba sin esperanza su implacable exterminación en las carreteras francesas, y me había conmovido irónicamente un pasaje en el que el zoólogo anónimo y deprimido se abandonaba a un antropocentrismo tan explicable para mí, al punto de imaginarlos capaces de un razonamiento por lo demás erróneo, de ver acercarse los faros del auto y ceder a la funesta idea (sic) de que ovillarse y sacar los pinchos bastaría para defenderlos de la luz rugiente, de la cosa inexplicable; y leerlo era ya tristísimo pero cómo no exasperarse al comprobar sobre el terreno que todos los erizos tenían la misma idea funesta, que amistosamente cruzaban la carretera en plena noche para buscar nichos, humedad y compañeros al otro lado, y que pudiendo salvarse con una rápida carrera se ovillaban con todos sus pinchos radiando una inocente amenaza para quedar desechos y desflecados, la masa roja y negra que cada tantos kilómetros repitió su pesadilla recurrente a lo largo de un viaje de diez días.
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