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William

Nacido en 1796, William Hickling Prescott, hijo de un juez que había hecho fortuna en la Barra de Massachusetts, parecía destinado a seguir los pasos de su padre y volverse un exitoso abogado. Un accidente durante su segundo año en Harvard, sin embargo, cambió el curso de su vida. En el comedor un condiscípulo le lanzó un migajón de pan hecho bolita; le pegó en el ojo izquierdo y Prescott perdió la vista de ese ojo. No mucho después, un ataque de fiebre reumática le debilitó su otro ojo, y especialistas en Inglaterra a los que consultó luego de recuperarse en las Azores le dijeron que no había ninguna posibilidad de una cura permanente. Cuando aún podía leer, aunque con dificultad, se vio obligado a abandonar el prospecto de una carrera en leyes. Esto al parecer no lo desalentó mucho y siguió sus viajes europeos por Francia e Italia. Parece que fue la lectura de la autobiografía de Gibbon lo que le dio la idea de volverse historiador, pero su pobre vista le hacía difícil leer y escribir sin ayuda humana y mecánica. Cuando regresó a su casa de Boston en 1817, llevaba con él un “noctógrafo”, un armazón con tiras de metal que lo guiaban a lo largo de los renglones mientras escribía con un estilete sobre papel carbón, al cual estaba sujeta una hoja de papel común. Este artefacto, que Prescott usó durante toda su vida, incluso para escribir las más de 600 apretadas páginas de su exitosísima Historia de la conquista de México (1843), le permitió escribir sin tener que leer las palabras que había escrito —tarea que recaía en sus infortunados secretarios.

Fuente: J. H. Elliot, “Una épica en prosa”, TLS, julio 31, 2009.