Tuve miedo cuando en otoño, después de las primeras heladas, venían las moscas a las habitaciones y todavía se reanimaban con el calor. Estaban muy desecadas y se asustaban de su propio zumbido; se veía que ni ellas sabían ya lo que hacían. Permanecían inmóviles durante horas y se dejaban estar, hasta que caían en la cuenta de que vivían aún; entonces se arrojaban de modo ciego a cualquier parte y no comprendían lo que querían y se las oía volver a caer más lejos, en un sitio y en otro. Y por fin se arrastraban por todas partes y cubrían lentamente con su muerte toda la habitación.
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