1821 o 1810

Una de las características más notables del bicentenario de la Independencia es la estabilidad del relato histórico. A diferencia de lo que ocurrió en el pasado, la historia de bronce parece gozar de cabal salud, incluso después de 10 años de gobiernos panistas. En los siglos XIX y XX diversos relatos en competencia se trenzaron en una lucha simbólica por definir la historia patria. El panteón de héroes y villanos fue un terreno en disputa: Cuauhtémoc, Cortés, Iturbide y Juárez eran reivindicados y denostados en un esfuerzo por construir una narrativa ideológica que sirviera al presente y a un futuro anhelado. La última gran batalla parece haber tenido lugar a principios de los noventa del siglo pasado, a propósito de los libros de texto gratuitos de historia escritos durante el gobierno del presidente Salinas de Gortari. Hoy, en cambio, el camposanto patriótico está en paz. Ello es muy notable, sobre todo cuando el partido en el poder, Acción Nacional, tuvo al menos en sus orígenes una visión propia y distinta de la historia de México. El PAN tiene un pleito de origen con la Revolución mexicana. Sin embargo, no ha intentado ya no se diga imponer, ni siquiera dar voz a una narrativa distinta a la consagrada durante el largo periodo de hegemonía del PRI. Adoran y denostan a los mismos héroes y villanos. Este peculiar fenómeno de estabilidad tal vez se deba, como señaló Luis Medina hace un año en nexos (“Las dos historias patrias”, núm. 381, septiembre), a una represión consciente y deliberada de los nuevos gobernantes. En México, afirmaba, no se enseña una historia patria, sino dos: “las dos historias siguen ahí de alguna manera, coexistiendo lado a lado”. A los panistas debía “resultarles incómodo gobernar a una nación con cuya inmensa mayoría se encuentran en constante estado de disonancia cognitiva y tener que respetar los ritos y símbolos heredados”. Tengo la corazonada de que no es así; presiento que la historia patria conservadora está muerta. Mi impresión —que requeriría para confirmarse de una investigación de la enseñanza de la historia en las escuelas privadas y confesionales de México en las últimas tres décadas— es que hace muchos años que libros como la Historia social y económica de México de Agustín Cué Cánovas o la Breve historia de México de José Vasconcelos no se utilizan en las aulas de los colegios en los que se formó la actual generación de gobernantes panistas. Los directores del país no han impulsado una historia conservadora sencillamente porque no la conocen; leyeron los mismos libros de texto gratuitos que el resto de nosotros. De los alegatos del pasado sólo quedaron reflejos de aquello que no les gusta. Un dicho cristero, el énfasis en el culto a Madero, retirar un retrato de Juárez. Apenas reflejos. Tal vez, la uniformidad de la imaginación histórica actual se deba más a la abulia intelectual que al conformismo ideológico. En todo caso, la polémica sobre la conmemoración del bicentenario tiene que ver con lo errático de una política pública y con la mala planeación de los festejos. No hay disputa sobre lo que se celebra o si debería celebrarse de la misma forma como se ha celebrado por décadas. Habrá, como siempre, grito y fiesta, en esta ocasión a escala monumental. La historia, sin embargo, languidece.

El relato histórico cultivado en siglo XX por varias generaciones de pedagogos cívicos ha quedado victorioso en el campo. Algo hay que lamentar en ello, pues el vigor de la historia se nutre del desacuerdo. El relato consensual se abotaga, acaba por volverse fórmula hueca. El disenso, por el contrario, excita la imaginación crítica. ¿Por qué no celebrar, por ejemplo, la consumación de la independencia, el 27 de septiembre? Los alegatos conservadores decimonónicos sorprenderán a muchos que crecieron sin formularse esa pregunta elemental. Las tesis de los derrotados del siglo XIX no eran absurdas. En muchos sentidos, apelaban de manera más convincente al sentido común: pugnaban porque se celebrara un hecho consumado, no una intención fallida (la rebelión de Hidalgo). Sin embargo, el 27 de septiembre es una fecha que está vinculada inexorablemente a uno de los villanos del relato oficial: Agustín de Iturbide. Ciertamente, la ocurrencia de coronarse emperador no fue muy feliz, pero vistos a la distancia los errores de Iturbide no parecen enormes. El monarquismo, como señaló en su momento Edmundo O’Gorman, no fue patrimonio de un hombre, sino una corriente bien establecida en la nueva nación. Recordar que existió otra historia es un ejercicio obligado para pensar cabalmente nuestro presente.

El 16 de septiembre de 1849 el diario El Universal, editado por el impresor catalán Rafael de Rafael y Vilá y en el cual participaba activamente Lucas Alamán, publicó un editorial, “Aniversario del grito de Dolores”, que provocó un escándalo que llegó hasta el Congreso. En el artículo los conservadores impugnaron la celebración de la revuelta de Hidalgo: “el 16 de septiembre de 1810 no fue el primer día de nuestra existencia política, ni aquel grito fue el origen de la independencia”. Por el contrario, su grito de guerra, ¡mueran los gachupines!, “envolvía la ruina del país, como consecuencia precisa de un principio inmoral y atroz”. Un objetivo político —la independencia— fue envuelto en un manto fratricida. Según ellos, la revuelta social fue contraproducente, pues alejó a muchos de los potenciales aliados de los insurgentes, “y si algunos, arrastrados por el ardor de la juventud, se abrazaron a un simulacro de causa nacional, sin notar el vacío, sin conocer la falta de realidad, o fueron sacrificados por los mismos con quienes se fueron a reunir, o tuvieron que confesar después que se habían engañado; que no era llegado el día, que aquello no era la verdad, que aquellos no eran los hombres. La verdad, el día, los hombres vinieron después, cuando Iturbide, enemigo de los insurgentes, amigo de la independencia, consumó la grande obra, apoyado en los verdaderos principios, y aconsejado por los hombres que acertaron a comprender las condiciones indispensables del nuevo ser político”. Aquellos realistas querían independencia, pero no revolución: eran los conservadores.

Javier Rodríguez Piña ha reconstruido la reacción a este editorial.* Tres días después de publicado, los diputados liberales Prieto, Arriaga y Herrera inquirieron al secretario de Relaciones, José María Lacunza, si se había procedido contra el periódico por la publicación del editorial. En el Congreso se votó una moción de condena al diario, la cual fue derrotada apenas por siete votos. La libertad de expresión no podía dar cubierta, pensaban los liberales, a la crítica de los “héroes que nos dieron patria”. Por cierto, la idea de que hay crímenes de lesa patria (o de lesa bandera, lesa himno, lesa escudo, etcétera) está todavía con nosotros y goza de cabal salud. El debate se extendió a los diarios liberales, que respondieron a El Universal. Al final, el diario volvió a la carga y en el aniversario de la consumación de la Independencia publicó un segundo editorial, titulado “El gran día nacional”. En él afirmaba: “el movimiento de Hidalgo, o mejor dicho, la dirección que él le dio, lejos, pues, de haber contribuido a nuestra independencia, más bien contribuyó a desacreditarla y retardarla”. La gesta de Dolores fue un movimiento “fecundo en sacrificios, en calamidades, en horrores de toda clase, pero estéril en su resultado; porque si el que se proponía era, según se dice, la independencia, no sólo no lo consiguió, sino que ahogada la revolución en torrentes de sangre, el gobierno español, robustecido con su victoria, listo y prevenido con los inmensos recursos que había creado y desplegado durante la lucha, al terminar ésta los tenía todos a su disposición, haciendo por lo tanto en extremo difícil y peligrosa, y casi diríamos imposible, cualquiera tentativa a favor de la independencia”.

No sabemos cuánto durará la estabilidad de la historia patria, pero la ausencia de interpretaciones contenciosas ha vaciado de contenido un registro simbólico que requiere de imaginación. Tal vez por eso las conmemoraciones han sido tan vacuas. El bicentenario debería haber alentado la reflexión de largo aliento sobre lo que hemos sido y sobre lo que podemos ser. Tal vez en el 2021 podamos volver a intentar repensar nuestra historia. Por lo pronto, nos quedan los desfiles y los fuegos artificiales.

José Antonio Aguilar Rivera. Profesor-investigador del CIDE. Entre sus libros: El sonido y la furia. La persuasión multicultural en México y Estados Unidos. Próximamente será publicado por el FCE el libro La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970.

* Javier Rodríguez Piña, “Conservatives Contest the Meaning of Independence, 1846-1855”, en William H. Beezley y David E. Lorey (eds.), ¡Viva Mexico! ¡Viva la independencia! Celebrations of September 16, Wilmington, Scholarly Resources, 2001, pp. 101-128.