Una de las características más notables del bicentenario de la Independencia es la estabilidad del relato histórico. A diferencia de lo que ocurrió en el pasado, la historia de bronce parece gozar de cabal salud, incluso después de 10 años de gobiernos panistas. En los siglos XIX y XX diversos relatos en competencia se trenzaron en una lucha simbólica por definir la historia patria. El panteón de héroes y villanos fue un terreno en disputa: Cuauhtémoc, Cortés, Iturbide y Juárez eran reivindicados y denostados en un esfuerzo por construir una narrativa ideológica que sirviera al presente y a un futuro anhelado. La última gran batalla parece haber tenido lugar a principios de los noventa del siglo pasado, a propósito de los libros de texto gratuitos de historia escritos durante el gobierno del presidente Salinas de Gortari. Hoy, en cambio, el camposanto patriótico está en paz. Ello es muy notable, sobre todo cuando el partido en el poder, Acción Nacional, tuvo al menos en sus orígenes una visión propia y distinta de la historia de México. El PAN tiene un pleito de origen con la Revolución mexicana. Sin embargo, no ha intentado ya no se diga imponer, ni siquiera dar voz a una narrativa distinta a la consagrada durante el largo periodo de hegemonía del PRI. Adoran y denostan a los mismos héroes y villanos. Este peculiar fenómeno de estabilidad tal vez se deba, como señaló Luis Medina hace un año en nexos (“Las dos historias patrias”, núm. 381, septiembre), a una represión consciente y deliberada de los nuevos gobernantes. En México, afirmaba, no se enseña una historia patria, sino dos: “las dos historias siguen ahí de alguna manera, coexistiendo lado a lado”. A los panistas debía “resultarles incómodo gobernar a una nación con cuya inmensa mayoría se encuentran en constante estado de disonancia cognitiva y tener que respetar los ritos y símbolos heredados”. Tengo la corazonada de que no es así; presiento que la historia patria conservadora está muerta. Mi impresión —que requeriría para confirmarse de una investigación de la enseñanza de la historia en las escuelas privadas y confesionales de México en las últimas tres décadas— es que hace muchos años que libros como la Historia social y económica de México de Agustín Cué Cánovas o la Breve historia de México de José Vasconcelos no se utilizan en las aulas de los colegios en los que se formó la actual generación de gobernantes panistas. Los directores del país no han impulsado una historia conservadora sencillamente porque no la conocen; leyeron los mismos libros de texto gratuitos que el resto de nosotros. De los alegatos del pasado sólo quedaron reflejos de aquello que no les gusta. Un dicho cristero, el énfasis en el culto a Madero, retirar un retrato de Juárez. Apenas reflejos. Tal vez, la uniformidad de la imaginación histórica actual se deba más a la abulia intelectual que al conformismo ideológico. En todo caso, la polémica sobre la conmemoración del bicentenario tiene que ver con lo errático de una política pública y con la mala planeación de los festejos. No hay disputa sobre lo que se celebra o si debería celebrarse de la misma forma como se ha celebrado por décadas. Habrá, como siempre, grito y fiesta, en esta ocasión a escala monumental. La historia, sin embargo, languidece.
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