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El Universal, México, septiembre 16 de 1849
Hoy es el día en que celebra la República mexicana el principio de su independencia. Este día debiera ser de un júbilo puro, de un entusiasmo verdadero, de impresiones dulces y risueñas para todos, porque no debía presentar más recuerdos que felicidad, y de un aumento continuo de gloria y prosperidad para la nación, y de bienestar para todos sus ciudadanos. ¿Por qué en este día no se abandonan los mexicanos a esa venturosa expansión que producen los grandes y gloriosos recuerdos? ¿Por qué, en vez de esto, negrísimas sombras cruzan por la mente de todos? Ya evocando los pavorosos fantasmas de una época de calamidades y de errores, ya infundiendo en el alma el desaliento y la duda? ¿Por qué? Porque el 16 de Septiembre de 1810 no fue el primer día de nuestra existencia política, ni aquel grito fue el origen de la independencia; y porque de esta independencia que vino después, se ha hecho un uso desgraciado y fatal.

grito

Por poco que se examinen la naturaleza y las circunstancias de aquella insurrección, se vendrá en conocimiento de que el grito de Dolores ni tuvo por objeto la independencia del país, ni fue la expresión del pensamiento de los mexicanos. El corifeo de ella ni en sus palabras, ni en sus acciones, manifestó que su levantamiento tuviese estas tendencias. Las palabras de “¡Viva Fernando VII!” escritas en su bandera, no indicaban sino una idea falsa; y su grito de guerra “¡mueran los gachupines!” envolvía la ruina del país, como consecuencia precisa de un principio inmoral y atroz.

No calificaremos aquel levantamiento, que se inauguró con no pocos desastres, ni entraremos en el examen de los hechos que le sucedieron, harto presentes todavía en la memoria de los que los alcanzaron. Tristes y desconsoladores como todos los que turban el sosiego de las sociedades, como todos los que producen odios entre hermanos, como todos los que hacen derramar sangre y ocasionan crímenes, los acontecimientos de aquella época fueron severa e imparcialmente juzgados por los hombres pensadores del país, que lejos de tomar parte a favor de la causa incomprensible de los primeros insurgentes, la combatieron con todas sus fuerzas hasta dejarla aniquilada. Cuando no se presentaba más estímulo que el saqueo, ni se veía otra perspectiva que el desorden, no es extraño que no tomasen parte en tal revolución los hombres que buscan otra cosa en los movimientos políticos; y si algunos arrastrados por el ardor de la juventud, se abrazaron a un simulacro de causa nacional, sin notar el vacío, sin conocer la falta de realidad, o fueron sacrificados por los mismos con quienes se fueron a reunir, o tuvieron que confesar después que se habían engañado; que no era llegado el día, que aquello no era la verdad, que aquellos no eran los hombres.

La verdad, el día, los hombres, vinieron después, cuando Iturbide, enemigo de los insurgentes, amigo de la independencia, consumó la grande obra, apoyado en los verdaderos principios, y aconsejado por los hombres que acertaron a comprender las condiciones indispensables del nuevo ser político.

La adhesión de estos hombres a la causa de la independencia, fue al mismo tiempo la señal de que ella era el pensamiento de la nación, y un estímulo para que se resolvieran a abrazar a este partido aquellos que de otro modo jamás lo habrían hecho. Estos hombres no hubieran favorecido con sus luces un cambio que no apetiese la mayoría de sus compatriotas; y una vez decididos por él, arrastraron consigo a los indecisos. La causa de la independencia triunfó, porque era preciso que triunfara.
¿Quiénes eran esos hombres a quienes México debe su independencia? Nuestra historia lo dice, todo el mundo lo sabe, el Siglo XIX lo ha confesado no hace muchos días: eran los hombres del partido conservador. A ellos debemos la fortuna de ser independientes, si fortuna puede llamarse esta vida azarosa y miserable que hemos arrastrado desde que lo somos; pero ellos no tienen la culpa de que se hayan olvidado los principios, de que se hayan menospreciado las condiciones. Ellos apoyaron el nuevo edificio en una base sólida y estable, en las costumbres, en los hábitos, en las necesidades de tres siglos: ¿qué culpa tienen de que el genio de nuestras desgracias haya venido a introducir la anarquía, destruyendo las bases en que debía haberse levantado y conservado el edificio social?

Al contemplar los tristes sucesos de la época borrascosa y aciaga que hemos atravesado desde 21 acá, dicen algunos que la independencia ha sido un mal para México. Nosotros hemos contestado ya más de una vez a esta especie, probando que nuestros males no vienen de la independencia, sino de que se han hecho ilusorios los buenos resultados que debiera haber producido, si se hubiesen aprovechado los felices elementos con que el país contaba. Estos elementos se han desaprovechado de una manera lastimosa, y no parece sino que nuestro empeño ha sido sofocarlos enteramente. Sin tener en cuenta los antecedentes ni el carácter, ni las costumbres de la nación, se la arrojó imprudentemente en un camino nuevo y desconocido, plagado de escollos y dificultades, donde ha tropezado a cada paso, perdiendo en cada esfuerzo el poco vigor que tenía. Abandonada la cosa pública en manos de ambiciones ruines, desconceptuado el poder por haber sido tantas veces el patrimonio de rebeliones vergonzosas, relajados los vínculos de la obediencia y del respeto a las autoridades, por haber sido casi siempre asaltados los puestos públicos, menospreciadas las leyes, y sin energía los encargados de hacerlas ejecutar, hemos caminado de revolución en revolución, sin hallar sosiego jamás sin que nos sea dado señalar una sola época en nuestra existencia independiente, que pueda reputarse mejor que cualquiera de las que la precedieron.

Muy diferente debiera haber sido el fruto de la independencia nacional. Tan pródiga fue la Providencia con nuestra patria, tan abundantes los tesoros de todo género que derramó sobre ella, que sus hijos no hubieran necesitado afanarse por ser dichosos; bastaba que no se hubieran empeñado tanto en ser desgraciados. Pero han buscado la felicidad en quimeras, y la consecuencia ha sido andar errantes de una en otra ilusión, desvaneciéndose hoy las esperanzas de ayer, porque nunca se han podido fundar en nada. ¡Cuántos motines, cuántos cambios, cuántas variaciones, cuántos ensayos! Y en todos ellos ¡cuántos programas pomposos, cuántas promesas brillantes! ¿Qué ha resultado de todo? Nada más que desastres, lágrimas y miseria.

¡Si al menos, ya que no acertamos a ser felices, hubiéramos sabido siquiera conservar intactos nuestro decoro y nuestra dignidad! ¡Si en medio de nuestra pobreza y de nuestro atraso, pudiéramos levantar con orgullo nuestra frente para mostrar que no hay en ella ninguna mancha! … Pero ¡ay! ¿quién podrá quitarnos la que llevamos impresa sobre nosotros? Pudiera el mundo ver con respeto nuestras desventuras, pudiera tener lástima de nuestros desaciertos atribuyéndolos a la inexperiencia y a la irreflexión de los primeros años: ¿pero quién nos disculpará de no haber guardado mejor y defendido con más brío esta independencia que costó tan cara? ¿Quién podría disculparnos de haber llevado nuestros extravíos hasta el extremo de consentir que nuestros enemigos pisaran nuestro suelo, y nos insultaran en nuestra propia casa? Cuando hace dos años, en este mismo mes, las tropas extranjeras se enseñorearon de esta capital, ¿qué hubiéramos respondido a los que hicieron la independencia, si nos hubieran pedido cuenta de la obra que nos dejaron?

Sofoquemos este recuerdo que nos avergüenza, y esforcémonos por evitar en el porvenir un baldón semejante. Procuremos prevenir los peligros de todas clases que por todas partes nos rodean, desechando necias preocupaciones, y acogiéndonos al amparo de las buenas doctrinas. No dejemos cundir el desaliento de los que dicen que la independencia es un mal. ¿Hemos de sucumbir a esta idea desconsoladora, que nos dejaría sin esperanzas? No; el mal no está en la independencia, sino en el lastimoso abuso que de ella se ha hecho; trabajemos por desterrarle, y se verá que es un bien. Rechacemos, sobre todo, a los que dicen que así debemos vivir. ¡Oh! no: los que tal cosa asegurais, no sabeis que en el corazón de la patria hay todavía un rincón donde no ha penetrado vuestro veneno; no sabeis que desolada como está, perdida en el laberinto de vuestras teorías quiméricas, aún conserva bastante energía para salir de su abyección, y para poderse presentar un día al mundo civilizado, como digna de ser independiente. Aún conserva la esperanza de poder celebrar sus solemnidades con el entusiasmo propio de los pueblos que tienen gloria, no con el desaliento, con la tesitura y con las dudas amargas, con que recuerda el 16 de Septiembre de 1810.