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El Universal, México, septiembre 27 de 1849
Si todas las naciones modernas tiene un día grande, glorioso, de justo y noble orgullo y de inmortales recuerdos, este día para nosotros es el VEINTISIETE DE SEPTIEMBRE; día en que los mexicanos dieron al mundo una prueba de lo que son capaces cuando obran unidos, cuando los anima un sentimiento verdaderamente nacional, cuando se hallan dirigidos por un hombre como el GRAN ITURBIDE; día en que nuestra patria se presentó ante las naciones de la tierra, radiante de gloria, y ocupó entre ellas un lugar distinguido.

gran día

El sentimiento de independencia, innato en todos los pueblos del globo, yacía adormecido en los pechos de los mexicanos, felices y contentos con los bienes materiales que disfrutaban a la sombra de un gobierno sabio y fuerte. La oposición, la cruda guerra que hicieron ellos mismos al movimiento de 1810, no procedía de la extinción de aquel noble sentimiento: procedía de que los medios que para conseguir la independencia se habían puesto en práctica, eran unos medios reprobados, que alarmaron a los hombres pensadores del país, y les obligaron a decidirse a favor del gobierno de la metrópoli. No era, pues, la independencia la que estos hombres combatían; eran aquellos medios, eran los excesos y horrores a que recurrían los hombres del año 10 para conseguir sus triunfos; excesos y horrores de tal tamaño, que hicieron que los amigos de la independencia prescindiesen de ella y combatiesen, presintiendo que a su triunfo se seguiría indefectiblemente el establecimiento de los más terribles y antisociales principios.

Proclamándose el defensor de los indígenas; el vengador de su humillada raza, y lanzando el grito de muerte contra los que apellidaba sus opresores, el cura Hidalgo promovía desde entonces la terrible y sangrienta lucha de las castas; y atacando la propiedad donde quiera que sus huestes penetraban, el corifeo de 1810 hizo que se separaran de su causa y se declararan en contra de ella, precisamente aquellas clases que debieran haberla hecho triunfar. Alarmados los hombres de nuestra raza y los propietarios todos con los atroces principios que en aquel movimiento se envolvían, así como con la vandálica conducta de los insurgentes, se coligaron en contra de ellos; y prefiriendo a su dominio el dominio de la metrópoli, se unieron con el gobierno de ésta, facilitáronle sus recursos, alistáronse en sus filas, y emprendieron una guerra a muerte, que después de siete años de duración, dio por resultado el completo aniquilamiento de los revolucionarios.

El movimiento de Hidalgo, o mejor dicho, la dirección que él le dio, lejos, pues, de haber contribuido a nuestra independencia, más bien contribuyó a desacreditarla y a retardarla. Fue un movimiento fecundo en sacrificios, en calamidades, en horrores de toda clase, pero estéril a su resultado; porque si el que se proponía era, según se dice, la independencia, no sólo no la consiguió, sino que ahogada la revolución entre torrentes de sangre, el gobierno español, robustecido con su victoria, listo y prevenido con los inmensos recursos que había creado y desplegado durante la lucha, al terminar ésta, los tenía todos a su disposición, haciendo por lo tanto en extremo difícil y peligrosa, y casi diríamos imposible, cualquier tentativa a favor de la independencia. El movimiento de Hidalgo, lo repetimos, fue enteramente nulo, porque lejos de haber conseguido su objeto, lejos de haber aniquilado al gobierno español, sucumbió él mismo, dejando a aquel gobierno más fuerte que nunca, y la causa de la independencia enteramente perdida.

Para conseguir ésta, necesitábase una nueva revolución; pero una revolución cimentada sobre principios enteramente diversos, pues la experiencia había demostrado ya de un modo evidente, que los que se habían proclamado en la primera, eran absolutamente impotentes. Pero ¿quién se atreverá a luchar con el poder colosal del gobierno victorioso? ¿Quién? ITURBIDE, el gran caudillo, el mismo que había combatido contra los corifeos de 1810, no por odio a la independencia, sino porque veía el hondo abismo a donde arrastraban la patria los hombres que no habían sabido proclamar su independencia sino al lado de los principios más atroces y más destructores. ITURBIDE, pues, alzó el estandarte de la nueva revolución; estandarte grande y glorioso, a cuya sombra cabían todos los mexicanos: estandarte puro y brillante, en el que no se hallaban inscritas palabras de proscripción y de sangre, que mancharan y oscurecieran su esplendor, ni palabras mentirosas que seduciendo engañosamente a las masas, las hicieran combatir y morir por un objeto que no habían de alcanzar nunca. ITURBIDE inscribió en su estandarte una sola palabra; palabra mágica cuyo eco respondía en el corazón de todos los mexicanos. Esta palabra era “INDEPENDENCIA”.

Alzado ya este noble estandarte, reuniéronse en torno suyo los mexicanos de todos; el triunfo fue ya desde aquel momento indefectible. No se crea, empero, que fue un triunfo fácil y exento de peligros. El ilustre caudillo de Iguala tuvo que vencer obstáculos inmensos, que hubieran arredrado quizá a un genio de inferior esfera. El heroísmo de los soldados españoles, fieles al gobierno de su patria defendían su causa con denuedo; la timidez de un gran número de mexicanos, que aunque anhelaban la independencia, no osaban declararse abiertamente por ella; la escasez de fuerzas y de recursos para combatir a su formidable adversario, comprometieron gravemente al principio la causa nacional. ITURBIDE empero conocía la fuerza inmensa que le acompañaba, en la opinión uniforme de toda la nación: sabía que la gravedad del peligro consistía en el buen o mal éxito de las primeras operaciones militares; peligro que él podía evitar con la hábil combinación de sus primeros movimientos. Dirigióse, pues, hacia el Sur, y después de unirse con Guerrero, más bien para significar que su estandarte no excluía a nungún mexicano, que para procurarse el insignificante apoyo de aquella corta y desorganizada fuerza; viendo cuán poco progresaba la revolución por aquella parte, formó inmediatamente su plan, y marchó hacia el Sur de Michoacán, desde donde podía ponerse en comunicación, o unirse con sus ilustres compañeros.

ITURBIDE se había propuesto conseguir un fin grande y glorioso para su patria; y persuadido de que igual sentimiento animaba a sus dignos compañeros de armas, no vaciló en dividir con ellos la gloria de su empresa. En el Bajío de Guanajuato se unió con el coronel D. Anastasio Bustamente; en seguida se puso de acuerdo con el general español D. Pedro Celestino Negrete, partidario acérrimo de la independencia de México, que mandaba parte de las tropas reales de Jalisco. Este paso dio a la revolución un extraordinario impulso, haciendo que se declarasen por ella Guadalajara y Zacatecas, y precisando el general español Cruz a retirarse con sus cortas fuerzas a Durango, donde le siguió Negrete, sitiándole en aquella ciudad, y obligándole a rendirse. Al mismo tiempo otros caudillos habían abrazado la causa proclamada por ITURBIDE, y la fomentaban en otros puntos de nuestro territorio. En el estado de Veracruz la había propagado con extraordinaria creatividad, y la hacían triunfar, D. Antonio López de Santa-Anna, y D. José Joaquín de Herrera, actual presidente de la República, que manifestó su valor y pericia en las batallas de Córdoba y Tepeaca. En el estado de Puebla, D. Nicolás Bravo había respondido también al grito de ITURBIDE; y su comportamiento bizarro en la batalla de San Agustín del Palmar en el sitio de Coscomatepec, durante la primer revolución manifestaban cuán importante era para la causa de la independencia la adquisición de este caudillo. El Sr. Bravo, como hemos dicho, había tomado parte en la primera insurrección; pero separándose de la senda seguida por la mayor parte de los que emprendieron aquel movimiento, jamás se manchó, con permitir asesinatos, ni robos ni cosa alguna indigna de un hombre de honor. Su caballeroso comportamiento le atrajo la consideración hasta de los enemigos que le hacían la guerra, y del mismo gobierno español, que le dio muestras equívocas de respeto. Al ver al Sr. Bravo entre los revolucionarios de la primera época, bien pudiera aplicársele aquel conocido verso de Virgilio:
“Apparent rari nantes in gurgite vasto”.

En fin, el movimiento fue general, y no sólo no hallaba oposición en clase alguna de nuestro pueblo, sino que tuvo numerosos y útiles adictos entre los mismos españoles; muchos de los cuales prodigaron sus tesoros y su sangre para contribuir al triunfo de la causa proclamada por ITURBIDE.

Siete meses duró la sangrienta lucha; siete meses de casi continuos combates, en los cuales los soldados españoles pelearon con todo aquel valor, con todo aquel ardimiento, con toda aquella constancia que en todas épocas han asombrado al mundo. Al cabo de este tiempo, el VEINTISIETE DE SEPTIEMBRE DE 1821, Iturbide hizo su entrada triunfal en la capital de México, al frente del ejército que se llamó trigarante, concluida ya su grande obra, y establecida y asegurada por la victoria de la independencia nacional.

Tal fue el movimiento de Iturbide; movimiento legítimo en su origen, justo y noble en sus medios, feliz y glorioso en sus resultados: movimiento que había combinado sabiamente todas las necesidades de las clases, todas las exigencias de la época. Este movimiento debía haber hecho la completa felicidad de la nación; pero las pasiones políticas enardecidas con ideas exageradas, y con las dudas sobre el modo como debía constituirse la nueva patria, vinieron a trastornarlo y torcer su marcha. ¿Será preciso que repitamos todavía hoy la negra pintura de los terribles efectos que han producido en nuestra infeliz patria estas pasiones y estas dudas, que vinieron a destruir completamente, y en flor, los óptimos frutos de nuestra independencia, destruyendo las condiciones que fueron el único precio a que ITURBIDE pudo conseguirla?

Y este movimiento tan grande, tan justo, tan glorioso, ¡vergüenza da decirlo!, ha sido mirado con desdén, y hasta con positiva aversión por algunos hijos ingratos, de esta patria que debe su existencia a este mismo movimiento. Desagradecidos hasta el extremo con el hombre grande que lo inició y lo llevó a cabo, a la vez que instituyeron, como para mortificarle, la fiesta del 16 de Septiembre, con lo cual pretendieron arrancarle la inmarcesible gloria de haber sido él quien promovió y realizó nuestra independencia, se opusieron al establecimiento de la que hoy celebramos, y sólo la firme voluntad del señor presidente D. Anastasio Bustamante, pudo lograr que se celebrase por primera vez en 1830, y que quedase desde entonces instituida como fiesta nacional.

¡Y ojalá hubiese terminado aquí la ingratitud de los enemigos de Iturbide! Pero… un acuerdo fúnebre viene a acibarar el puro placer que debiéramos todos disfrutar en este gran día… La catástrofe de Padilla no se ha borrado ni se borrará jamás de la memoria de los mexicanos… Dejaremos empero para otra vez el ocuparnos de ella; porque hoy nos repugna el mezclar recuerdos de sangre con recuerdos de tan inmarcesible gloria.

Pero no ha sido el pueblo mexicano el ingrato. Su héroe querido, su gran caudillo, el inmortal ITURBIDE, tiene erigido un templo en el corazón de cada uno de sus compatriotas. Ellos recuerdan su mérito, conocen cuánto le deben, e idolatran su memoria; y tal vez, antes de mucho, en vez del insignificante y casi forzado aparato que durante muchos años hemos observado en este día, nuestra gran fiesta nacional será la que recuerde el glorioso VEINTISIETE DE SEPTIEMBRE DE 1821.