Si admitimos que no es ético alentar a nadie a realizar una huelga de hambre, porque implica la inducción a una muerte, deberíamos admitir también que quien arriesga pacíficamente su vida por una demanda concreta está utilizando un recurso persuasivo, no punitivo. La interpretación del ayuno como “chantaje” o “imposición” sólo es concebible en regímenes no democráticos, que desconocen el protocolo de la negociación con opositores.
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