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Glee y la televisión: El buen futuro
son unos niños bailando

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Las fronteras entre lo que es cine y lo que es televisión en la industria americana se han ido diluyendo en los últimos años. Las industrias que hace dos décadas trataban de no tocarse hoy comparten todo: actores, creativos, formatos de producción y tiempo aire. Poco a poco el estigma de la baja calidad de la pantalla chica se ha revertido y hoy es completamente posible encontrar en un buen programa de televisión todo el arte que el cine nos debe y la mayoría de las veces nos queda debiendo. No sólo eso, el formato se ha ido volviendo irrelevante conforme más y más porcentaje de la audiencia accede a contenidos por medio de canales alternos y descargas electrónicas, cosa que les permite ver cine sin salir de su casa y ver televisión sin comerciales. Las restricciones de formato desaparecen y lo que queda es una competencia por el mismo poco tiempo libre de una audiencia.

La democracia que otorgan las tres pulgadas de la pantalla de un iPod es la prueba final de la efectividad de un contenido. Ha creado una revolución que obliga a cada industria a pelear por su espacio. Las armas que cada industria ha elegido para ganar es lo que hace al pleito digno de observación. La respuesta de la televisión americana ha sido sofisticar sus contenidos, retar a sus audiencias, explorar territorios y estructuras narrativas cada día más complejas y sorprendentes. La respuesta de la industria cinematográfica ha sido hacer películas fáciles, divertidas y rápidas, cuyo valor principal es la desconexión; o filmar grande y espectacular, en 3D, en formato IMAX: devolver a las audiencias al cine por el valor irremplazable del tamaño. El resultado: las dos estrategias funcionan. Las salas de cine han recuperado parte de las audiencias que el video les había quitado y las grandes cadenas de televisión ganan dinero con publicidad de nicho, ventas directas y otras estrategias casadas con la calidad de sus contenidos. El éxito de Avatar y sus escenarios demuestra que el espectáculo visual es un valor comercial en el cine; mientras el éxito de Mad Men y guiños a un pasado cercano y remoto al mismo tiempo, comprueba que la intelectualidad es un valor en la televisión.

Los ganadores de la reciente entrega de los Globos de Oro comprueban esta tendencia de manera definitiva. Las dos películas premiadas esa noche fueron Avatar en drama y The Hangover en comedia. La primera, una experiencia visual sin precedentes pero deliberadamente maniquea y facilista en su narrativa; la segunda, una comedia de borrachos, fantásticamente construida en función de provocar una carcajada tras otra, tras otra. Por otro lado, las series premiadas esa noche fueron Mad Men en drama y Glee en comedia. La primera una exploración ácida y brillante del mundo de la publicidad de Manhattan en los años sesenta, llena de guiños de incorrección política, referencias históricas entrelazadas en las tramas con una maestría narrativa inigualable, prácticas sociales y secretos que dibujan un mundo oscuro y fascinante. La segunda, una serie musical que en pocos capítulos se ha convertido un hito, retratando las castas sociales adolescentes con un humor corrosivo y una dulzura capaz de conquistar al más escéptico.

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Glee no huye de los clichés propios de las series de adolescentes americanas, todo lo contrario, se regodea en ellos: el maestro adorable y de buenas intenciones arma un coro con los niños rechazados del colegio. El grupo incluye al homosexual con estilo, a la niña asiática y tímida, a la gordita que se siente una estrella consumada, al nerd que toca la guitarra con lentes de fondo de botella. El director de la escuela no tiene interés en el club y el buen intencionado maestro se ve obligado a reclutar a los niños populares para conseguir presupuesto, perfecto pie para la entrada del quarterback del equipo de futbol, guapo, novio de la capitana de las porristas, rey de la escala social del colegio y con talento y deseos secretos de cantar y bailar canciones de Vaselina. Este recuento de lugares comunes debería resultar en un absoluto fracaso, pero Glee se las ingenia para darles la vuelta haciendo todas las interacciones complejas y frescas; inyectando todo de un humor ácido y desgarrador que castiga a sus personajes con la misma aparente facilidad con que los hace entrañables. La cereza del pastel son los números musicales que se insertan en el tono de manera orgánica (cosa en sí misma sorprendente) y entregan energía, talento y franca inmediatez emocional, provocando toda la fascinación de la que es capaz la buena música popular.

A veces el tono de la serie se vuelve inconsistente y los arcos narrativos de los capítulos son menos precisos de lo que deberían. Sin duda Glee y sus personajes caen en la indulgencia de querer ser más complejos o más dulces de lo que su formato permite. Sin embargo, la magia del programa radica en que nada de esto importe. El producto final elimina el error de sus partes porque nos ofrece la mejor recompensa que alguien puede exigir: emoción bien ganada, irresistible para el más cínico de sus espectadores.

Glee es el ejemplo más reciente de las cualidades que han hecho al mainstream de la televisión americana mucho más digno de verse que el mainstream de su cine. Hay una audacia en la escritura de Glee, sin duda en la de Mad Men (heredada de la que hubo en Los Soprano, en Boston Legal, en Six Feet Under) que se extraña en el cine. Es una audacia que pone a llorar al gángster Tony Soprano rodeado de gansos en una alberca; que pone a la esposa de Don Draper a disparar una escopeta en su delantal de flores con un cigarro temblando en sus perfectos labios sesenteros; que pone a unos niños de apariencia insignificante a cantar lugares comunes y los vuelve inolvidables. Son momentos en los que la audiencia no puede más que abrir la boca y preguntarse con incredulidad cómo es posible que alguien se haya atrevido a poner eso frente ellos, esa situación, ese estilo, esa extraña franqueza en la que cualquiera se reconoce. Un atisbo a nuestras emociones más elementales en la comodidad de nuestro sillón, mientras en las salas de cine la oferta premiada es más bien pirotécnica.

El orgullo del Hollywood clásico fue esconder el estilo y ponerlo al servicio de una emoción. El orgullo del Hollywood actual es regodearse en el estilo y exigir que provoque una emoción. Tiendo a creer que fallan.

Es cierto que cine bueno y televisión mala sigue y seguirá habiendo. Glee nos llega en la misma frecuencia que American Idol y en la sala de junto a Avatar proyectan la nueva película de Werner Herzog. Pero lo que se celebra en ambos formatos es notable. Se juzgan con parámetros que hasta hace muy poco hubieran parecido imposibles: el show y la facilidad en la pantalla grande, la emoción y la audacia intelectual en la otrora caja idiota.

Catalina Aguilar Mastretta
. Licenciada en comunicación, guionista y directora.