No creo que exista en el mundo un aficionado al rock que se respete que no haya oído, al menos una vez en su vida, una canción de los Kinks. No importa a cuál generación pertenezca, si es un veterano cincuentón o una adolescente que apenas rebasa los dulces 16 de los que hablaba Chuck Berry en su clásica composición rocanrolera. ¿Quién que se diga seguidor del rock no ha escuchado el riff premetalero de “You Really Got Me”, el compás baladesco de “Tired of Waiting for You”, el enloquecido beat de “All Day and All of the Night” o la ironía deliciosamente mississippiana de “Sunny Afternoon”, eso para no hablar de la belleza infinita de “Days” o la gracia —empleada incluso como fondo musical en el comercial televisivo de una marca de productos fotográficos— de “Picture Book”.
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