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Dan Brown,
El símbolo perdido,
Planeta Internacional,
México, 2009, 619 pp.

Volvemos a encontrarnos con el profesor Langdon y sus manías y virtudes, uno de los conspicuos héroes literarios del siglo XXI. Ahora Langdon (sí, sí… Tom Hanks) es sacado de la alberca de Harvard urgentemente para dar una conferencia en el Capitolio. Los acontecimientos se precipitan y Langdon se ve envuelto en un enigma de consecuencias mortales, que tiene que resolver a contrarreloj, relacionado con la masonería que erigió la ciudad de Washington. Los adelantos científicos de vanguardia y la tecnología de punta forman parte de la trama, y hasta una resucitación es posible en este contexto. Novela idónea para playa o aeropuerto que se disfruta con un dejo de culpa. (Noé Cárdenas)

Ana García Bergua,
Edificio,
Páginas de espuma,
México, 2009, 149 pp.

La autora ha venido templando, paulatinamente, una voz narrativa y una visión del mundo que ahora alcanza hallazgos destacables. Los cuentos de esta obra abordan la ordinariez de un edificio tornándola compartible. El tintineo de unas llaves, las huellas sonoras y aromas de un inquilino, las pasiones súbitas e imposibles o los pudores que inundan el ámbito cotidiano consolidan un universo que fascina por sus texturas antes inadvertidas, por los mínimos misterios que encierra cada acto nimio y rutinario. La autora se mueve, narrativamente hablando, en las lindes expresivas del cuento y la novela. Edificio puede leerse como una novela merced al sutil tejido de realidades domésticas que se tocan. (N.C.)

Isaac Bashevis Singer,
Amor y exilio,
Ediciones B,
Barcelona, 2002, 430 pp.

El mismo Isaac Bashevis Singer se refiere a esta obra como “autobiografía espiritual, ficción superpuesta a un fondo de verdad, o contribución a una autobiografía” que, por cierto, no escribiría jamás. ¿Hay proyecto más imposible que escribir la historia de la propia vida? De hecho, Amor y exilio va desde la infancia hasta los treintaitantos años, cuando Bashevis Singer se instaló en Nueva York, huyendo de los comunistas polacos y de la sombra de Hitler, ya en el poder. Con la melancolía como estado de ánimo dominante, se ocupa de la apostasía religiosa y del impulso sexual en la Varsovia judía, con sus comerciantes y rabinos. Aunque parezca extraño, la vocación literaria juega un papel secundario, pero no menor que el ambiente político de la época. (Roberto Pliego)

Abdalá Benalmocaffa,
Calila y Dimna,
Alianza Editorial,
Madrid, 2008, 392 pp.

Libro soñado, quizá reencarnación de un libro anterior cuya factura no ha encontrado fecha en el tiempo, Calila y Dimna es una obra fundamental para comprender la fascinación de Occidente por Oriente. Hijo del Panchatantra y de un texto escrito en pelvi, forma antigua del persa literario, conoció diversas versiones, una de las cuales, atribuida al erudito y traductor Abdalá Benalmocaffa, vio la luz en árabe alrededor del año 750. Calila y Dimna es más que una colección de cuentos de origen indio, de espíritu abiertamente didáctico y origen sacro. Es una máquina de contar, poco interesada en la reflexión y mucho en la acción. En Europa, entre los siglos XI y XVIII, fue objeto de innumerables enmiendas, adiciones, falsas atribuciones. No por nada es aconsejable que el lector rechace la idea de que se trata de una invención borgeana, aunque esta tentación lo haga volver la cabeza cada vez que pasa otra hoja. (R.P.)


Emmanuel Carrère,
Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Philip K. Dick (1928-1982),
Minotauro,
Barcelona, 2002, 318 pp.

Convencido de que una susurrante luminosidad etérea le reveló, en una noche larga de anfetaminas, que tras un velo que se rasga fácil con el uso consciente de estimulantes, seguimos viviendo en tiempos de Jesucristo, Dick se consumió tras una vieja máquina de escribir. Carrère (París, 1956), narrador él mismo, escribió esta biografía, escueta y devota, irreverente y documentada, para intentar una aproximación a Dick con datos duros de su vida: drogas, literatura, mujeres, abismos. El resultado es un libro zigzagueante, con digresiones de época que desenfocan a Dick, pero que ponen a la vista su excentricidad, el consabido desdén de las letras norteamericanas respecto de sus obras y su pasión por fabular ironías metafísicas que no dejan de inquietarnos. (Luis Bugarini)

Marcel Proust,
Jean Santeuil,
Valdemar,
Madrid, 2007, 782 pp.

Después de traducir al español lo mismo obras de Molière que del divino Marqués, Mauro Armiño emprendió la colosal tarea de realizar una nueva traducción de En busca del tiempo perdido, misma que concluyó en 2005. Rebaba de esa tarea es, igualmente, una versión de Los placeres y los días y de Jean Santeuil, obra de Proust que exige el cotejo de los originales —André Maurois encontró el original en un cajón—, así como un análisis a vuelo de águila de las versiones preexistentes. Oceánico y desordenado, Proust apenas tuvo tiempo de poner un orden elemental en sus obras, por lo que la mano del académico, del crítico y de sus lectores más atentos se han vuelto indispensables para integrar la constelación Proust. (L.B.)