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peso

Gonçalo M. Tavares,
Jerusalén,
Almadía,
México, 2009, 233 pp.

Sobreviene una sensación angustiante de orfandad al ir leyendo Jerusalén; una desolación que al tiempo que incomoda también remueve ciertos sustratos de la conciencia que, a fuerza de desatención o de olvido, permanecen adormilados, irritantemente.

Conforme avanza la lectura de esta novela uno se va adentrando en el peculiar universo que edifica con brillantez y afilado estilo este autor del que José Saramago declaró envidiar su prosa. Se trata de un mundo higiénico, casi científicamente iluminado en busca de anatomías soterradas que consideran en el mismo plano cualitativo tanto a la materia como al alma. El diálogo entre éstas es el motor que hace avanzar la narración, cuyo elenco ofrece los distintos filtros con que el autor decanta su visión del mundo.

Tarda el lector en detectar cuál es el asunto de la novela, y cuando parece haberlo advertido la narración suma otro elemento —a veces un nuevo personaje— que enriquece de nueva cuenta el conjunto, de tal suerte que el autor potencia los alcances de su universo a punta de puro pensamiento novelesco.

¿Es la locura el tema de Jerusalén? ¿Es la advertencia de que el anhelo de uniformidad, de normalización, ha sido el origen de todos los horrores de la especie? En todo caso, lo que sobresale de esta inmersión en las aguas profundas de cada cabeza —de cada uno de los personajes que desfilan por estas páginas— es la vigencia del pecado original: el anhelo de saber el secreto, de develar el misterio, de naufragar en el intento y la dudosa gracia de seguir intentándolo.

Cierta madrugada de un 29 de mayo es el “presente” de la acción sobre la que se anclan los hechos que conforman esta historia. En las calles aledañas a una iglesia, en el centro de una ciudad, los personajes principales, impelidos por alguna necesidad existencial o fisiológica, o por mero capricho súbito, echan a andar sin saber que se dirigen a una cita de fatales consecuencias, a modo de consumar un destino al estilo tragedia griega, o de desatarlo.

En este sentido, la novela de Gonçalo M. Tavares se endereza venturosamente conforme a las tres unidades aristotélicas. Y de ahí parte su experimentación que consiste en hallar un lenguaje que consiga —y lo hace— transmitir lo que cada uno de los personajes estaría pensando y sintiendo en todo momento; responde a la necesaria subjetividad que une el fluir vital con el acomodo espiritual. De ahí que el título de la novela haga alusión al salmo que reza “Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me seque la mano derecha”, dicho por Mylia, uno de los personajes fundamentales en torno al cual se desgranan los acontecimientos. Como si fuera el atanor alquímico de Tavares, en Mylia la materia y el alma se catalizan hallando estadios intermedios durante el proceso que dan cuenta de una inminente encarnación silenciosa.

No siento la mano, dice Mylia. Si rompo el cristal con la mano sentiré la mano.
Witold dice: Si no sientes el alma, rompe el cristal con el alma. Se ríe.
El alma no podrá romper el cristal. La mano está acostumbrada.

Figuran en esta narración —entre otros personajes como deleuzianas figuras estéticas—: “locos” aislados en un manicomio y luego fugitivos; un veterano de guerra, una prostituta y un médico abocado a la investigación de los motivos del horror genocida. Una teoría acerca de la inconmensurable interrogante del Holocausto que abolió el lenguaje y sobrepasó todo límite se empareja con la dudosa piedad higiénica de las clínicas mentales en esta novela, así como la moral de cara al triunfo —y a la “cura” que redondea al mundo— intenta esconder los inopinados cauces de los ríos subterráneos que conforman la genuina oscuridad luminosa de la vida cotidiana.

Jerusalén también es una historia de amor donde los encuentros venturosos estarían repartidos en la misma proporción que los desafortunados. En la visión del mundo de Gonçalo M. Tavares no caben las respuestas ni el afán de ensalzar ética alguna. Estaríamos ante una historia ejemplar que atrapa los armónicos de la naciente sensibilidad del siglo XXI.

Noé Cárdenas. Escritor y crítico literario. Dirigió el suplemento Sábado de unomásuno.