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lector

Mauricio Montiel Figueiras,
La brújula hechizada,
Dirección de Literatura / UNAM / DGE Equilibrista,
México, 2009, 270 pp.

Dice Mauricio Montiel Figueiras que las páginas de La brújula hechizada —un texto introductorio, veinticuatro ensayos, seis entrevistas— pueden operar como una suerte de parapeto contra las embestidas del marketing, una muralla infranqueable ante el empuje comercial desplegado por las listas de bestsellers. En muchas de sus presentaciones los libros son ya objetos desechables. Y qué agregar del lector promedio: un siervo sumiso de la oferta editorial. Mauricio Montiel dice también, y aún mejor, que ante tal paisaje inhóspito queda optar por “recurrir al espíritu emprendedor del navegante”, asir las velas y someterse a los movimientos descolocados de una nueva brújula. Rindámonos, pues, “al influjo magnético de la buena literatura”. Yo creo que Montiel no sólo ha querido trazar una “geonarrativa” —siguiendo su propia definición—; ha querido, sobre todo —un propósito que calla—, definir una serie de gustos, tal vez una genealogía, la misma de la que se siente deudor y despunta en sus poemas, cuentos, novelas y ensayos. Sí, un viaje a través de escrituras llamadas a sobrevivir al presente; de igual modo, un canon confeccionado a la medida.

Veamos si no. La errancia, un tema tan caro a Mauricio Montiel, encarna en Cees Noteboom y su fascinación por el extravío a la manera benjaminiana, es decir, la que persigue no una ciudad sino a todas, incluso a una, ideal e inalcanzable; en Winfried Georg Sebald, el anfibio contemporáneo por excelencia que vagabundea de un género a otro hasta terminar disolviendo las convenciones en una mezcla explosiva a la que debemos “leer con luto en la solapa”; en Fleur Jaeggy, un temperamento extraterritorial cuya andadura evoca la de un iceberg sigiloso; en Paul Auster, una pluma bipolar capaz de alcanzar la cima dibujada en la Trilogía de Nueva York o la sima de Tombuctú. El desdoblamiento, la convivencia pacífica o dolorosa con un álter ego, llega a buen puerto en autores tan disímiles como Justo Navarro, José Manuel Prieto, Ricardo Piglia, Juan José Saer; y la pulsión policiaca encuentra en Henning Mankell, Tim Krabbé, James Ellroy, Roberto Bolaño a varios de sus representantes más conspicuos y, por qué no, más heterodoxos. Y luego está la espera montada sobre arquitecturas metafísicas, con Dino Buzzati y Yukio Mishima en plan de oficiantes; la alteridad —Haruki Murakami—, los infiernos de la degradación física y psíquica —Elfriede Jelinek, James Graham Ballard—, la violencia en trazos sombríos y luminosos —J. M. Coetzee—, el imperio de la nostalgia —Kazuo Ishiguro—, la anomalía social que vive en la normalidad delincuencial de los bajos fondos —Barry Gifford— y la alteridad, y el terror cósmico, y la belleza proveniente de la violencia, y la identidad y uno de sus pliegues, el desamparo, y la figura del escritor mefistofélicamente dueño de sus criaturas.

Montiel no es únicamente un magnífico lector, escrupuloso y plurifuncional —tiende puentes de la lejanía a la cercanía temporales y geográficas, establece correspondencias entre autores en apariencia irreconciliables, atrae referencias que acuden de una vez al cine, la televisión, el teatro, el cómic—, domina la sutil disciplina de la definición —“Levedad, entonces, y no frivolidad es lo que define la labor de Baricco: levedad del pensar”; “McDonagh acomoda las pausas para puntuar diálogos y acciones que constatan que a veces el crimen queda en familia”— y es dueño de un estilo: dilatado, sinuoso, al compás de frases largas que saben respirar y han sido entrenadas para recorrer grandes distancias, la huella estilística en su pasaporte literario. No en balde, no por ánimo de aliteración, acude, en cada ocasión en que desea apelar a una prosa perfecta, a ese tótem con red para cazar mariposas que fue Vladimir Nabokov.

La verdad es que las buenas intenciones de Mauricio Montiel (transformar al marketing y a las listas de bestsellers en un par de indigentes de la buena literatura) tienen muy poco —tal vez nada que ver— con los lectores promedio. Esas buenas intenciones son el material genético de quienes, por ejemplo, leemos a Mauricio Montiel y al menos a la mitad de los autores que navegan por las páginas de La brújula hechizada. Leer, ha sugerido Borges, puede traducirse como releer. Ya que la moneda que acaba de arrojar Montiel está en el aire, me han asaltado unas ganas morbosas de releer a Ellroy, Ryü, Murakami, Jelinek y Bolaño, a ver si es cierto, a ver si apuntan hacia el norte magnético.

Roberto Pliego. Escritor y editor. Su libro más reciente es 101 preguntas para ser culto.