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piedra

Santiago Gamboa,
Necrópolis,
Editorial Norma, 2009, 456 pp.

Un escritor colombiano recién salido de una larga enfermedad y de una sequía de escritura asiste a un congreso de biógrafos de la memoria en una Jerusalén asediada por las bombas. Cada uno de los participantes: un ex pastor evangélico cubano o panameño o “latino” en Miami, una modelo porno italiana, un jugador de ajedrez sueco y otro polaco, un empresario colombiano narrarán las historias de otros o de ellos mismos en medio de la caída de bombas, del suicidio o asesinato de José Maturana, el ex pastor ex convicto ahora escritor de éxito. Orquestada con inteligencia y con un derroche de imaginación donde el conocimiento del mundo y el alma humana acompañan a Santiago Gamboa, ganador del Premio de Novela La Otra Orilla, el lector atiende desde las butacas del congreso las historias que se desgranan fecundas, diversas, abismales, sórdidas, soeces, salpicadas de sus dosis de gloria y desbarrancamientos, al tiempo que acompaña al escritor en la inevitable pesquisa en la que se ve inmiscuido al entrar al cuarto del recién muerto y recoger una nota manuscrita. En este moderno Decamerón, los personajes buscan la salvación, distraerse de la guerra que los va cercando, a través de las historias que cuentan. De esta forma ensalzan la palabra y su poder de rescatar asombros, iras, compasión (a la manera faulkneriana) y celebran la vida por encima de la acogotante muerte, de la absurda guerra, como lo son todas, en un insólito congreso donde las palabras libran la batalla contra la destrucción.

Memoria y palabra, tal vez los únicos vestigios indestructibles de la civilización, porque aun sin bibliotecas, con que exista un hombre, a la manera de Farenheit 451, que cuente una historia, la posibilidad de mirarnos y mirar a nuestra especie, sus atrocidades, desamparos y altura amorosa, está a salvo. Novela que con un extraordinario brío y a golpe de un lenguaje maleable tan pronto borbotón de caló yonki en el extraordinario relato de José Maturana, o elegancia ajedrecística como en el recuento de los jugadores Gunard y Ferenck, o crudeza y poderío de paramilitares colombianos o derroche sexual hasta el exceso de hacer del porno mensaje y compromiso social, no deja un respiro al lector que es arrastrado historia tras historia, sorprendido porque hay más saliendo de ese manantial que pueden ser los destinos de los hombres y mujeres que nos rodean.

En cada una de las narraciones hay un Ebenezer, literalmente en hebreo piedra de salvación; ya sea Ebenezer J. de la Salle que heredará a Freddy luego Walter su fortuna permitiéndole así construir y presidir el Ministerio de la Misericordia como un Mesías rockero e irreverente, tatuado y fortachón que lleva la palabra de Dios a los desamparados; o será el niño Ebenezer, hijo de Gunard el ajedrecista sueco que gusta vestirse de mujer y contemplar la tarde desde el balcón porque le da paz; o será Marcos Ebenezer Giraldo, el detective que ayuda al mecánico Ramón Melo García a saber quién lo traicionó y lo dio a las FARC; o es el doctor Ebenezer Selle Trimigesto quien permitirá a Kay, el marido de Sabina Vedovelli, la ex artista porno, recuperar el movimiento del brazo destruido; será el editor Ebenezer Lotmann, a quien quiere impresionar Marcos Kaplan y a quien el protagonista de esta novela tal vez entregue la historia que escribirá sobre José Maturana; o el reverendo Ebenezer Talisker en la isla de Wanda que recibirá a los tres prófugos de la guerra y permitirá que cada uno encuentre la paz en esa isla perdida en el mar entre África y Europa, como piedra en medio de la vastedad del océano. Historias todas donde la violencia, sea las drogas, el sexo, la incomprensión marital, terroristas y paramilitares, la guerra de los Balcanes, la Segunda Guerra Mundial, es la condición de la que los personajes emergen con la dignidad averiada. Ebenezer será para el lector la novela misma, la que escribirá el escritor, la que tenemos en nuestras manos. La piedra de salvación serán las palabras, el Ebenezer de la humanidad porque en ellas está la poesía, la posibilidad de apresar nuestra ambigua y terrenal condición y darle una altura que sólo permite el verbo.

Necrópolis reúne países, religiones, guerras en un mítico y controvertido Jerusalén de este mundo que toca vivir “a los nietos del siglo” bajo el viejo modelo de Bocaccio, para devolvernos la vigencia de la palabra y la necesidad de asirnos a ella. Tal vez la única religión posible. Enhorabuena por este derroche de historias que a manera de calidoscopio nos arrastra por nuestra contemporaneidad, su corrupción y desolación, entre guiños y referencias a la música, la literatura, la historia que el autor utiliza para nombrar, para bautizar con desparpajo un mundo cuya memoria debe quedar en palabras. Antes de que no quede nada, ni siquiera Ebenezer.

Mónica Lavín. Escritora. Su más reciente libro es Yo, la peor.