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Mendiola

Luis García Montero,
Mañana no será lo que Dios quiera,               
Alfaguara,
España, 2009, 424 pp.

Cuando nos deslumbra un poeta lo más frecuente es tratar de aproximarnos a sus versos a través de una lectura crítica, es decir, por medio de un texto que nos explique a nosotros mismos y que le explique al lector el misterio y la grandeza del autor admirado. El relato o la crónica intelectual de un poema, un libro o una obra son el modo natural de dar una buena nueva y de plantear, de la manera más organizada posible, nuestra sorpresa. ¿Se puede ir más lejos en la expresión de la singularidad de un poeta y del asombro que nos provoca? Si somos capaces de ver las relaciones entre la obra y la vida, definitivamente sí. Este es el caso del reciente libro de Luis García Montero, Mañana no será lo que Dios quiera, como lo fue El Mensajero de Fernando Vallejo, libro espléndido a propósito del destino azaroso del endemoniado y legendario antioqueño Barba Jacob, creador de “Canción de la vida profunda”.

El texto de García Montero, una novela biográfica, aborda la infancia y primera juventud del poeta Ángel González, nacido en Oviedo el 6 de septiembre de 1925. García Montero gozó de una posición privilegiada para levantar el andamiaje de su historia y encarnar los primeros años de un escritor esencial en las letras de España durante la segunda mitad del siglo XX. La amistad fraternal con el poeta y el acceso a una carpeta azul, en la que estaban reunidos valiosos documentos personales de diversa índole, le brindaron un material de referencia excepcional. Tan importantes son estas alusiones que García Montero las transformó en dos imágenes poderosas de su relato: el joven que conversa con el viejo poeta y la presencia de los papeles privados en el cuaderno azul. Estas dos imágenes harán un contrapunto a lo largo de toda la narración y permitirán crear una distancia reflexiva en donde irrumpe la libertad del tiempo democrático en los hechos sangrientos del pasado de la guerra y la dictadura. De hecho, el libro arranca del recuerdo de una conversación con Ángel González en algún bar de Madrid: “No sé si ustedes conocen al poeta Ángel González. Su palabra revela una mezcla de filósofo clásico y de anciano del lugar, de superviviente estoico que lo ha visto todo y lo cuenta todo, mientras pide una última copa para no dar por terminada la noche…” (p. 9).

Con una prosa recia y diáfana, García Montero se lanza no sólo a contarnos la cadena inevitable de cognaciones y vínculos afectivos sino a suponer y reconstruir las visiones y los sentimientos de un niño en los primeros momentos de la República española, más tarde en el ambiente ominoso pero optimista de la defensa del gobierno legítimo amenazado por el levantamiento militar y, después, en la destrucción de las expectativas del sueño de una vida mejor y la aceptación dolorosa del triunfo del general Franco. García Montero comprende perfectamente bien que “Hay muchas cosas que se saben, pero merece la pena volver a contar. Por mucho que se cuente, siempre será más extenso lo que se ha olvidado…” (p. 205). En este acto de volver al lugar conocido, García Montero encuentra una de las razones fundamentales que motivaron su relato. Mañana no será lo que Dios quiera es la biografía de Ángel González, pero también es la recuperación de un sinnúmero de seres humanos que merecen ser recordados. Conforme avanza la novela a través de un conocimiento diáfano y preciso de los sucesos históricos, el relato nos arrastra sin que podamos despegarnos de él y sin que podamos dejar de sentir una rasgadura en el tiempo que nos presenta un lugar desconocido a pesar de todo lo que se ha dicho de ese momento trágico. El arranque del libro tiene un enorme poder. Nos envuelve con la transformación del viejo que se toma una copa, en un pequeño que perdió a su padre antes de cumplir dos años. De pronto emerge un mundo de árboles, tapias y tejados y el juego a la guerra de un grupo de niños a principios y mediados de los años treinta. Unos se disfrazan, en su imaginación, con el sombrero y el cigarro puro de Churchill; otros prefieren el gesto estirado de Hitler. Unos son Roosevelt y otros son Stalin. Los arrapiezos no saben de los crímenes en la Unión Soviética y tampoco que la Inglaterra de Churchill, defensora de los “principios” democráticos, abandonará a España a la violencia de los alemanes y los italianos. En la narración, García Montero nos deja entender que, como en el juego de los niños, en una guerra los seres comunes y corrientes sólo pueden moverse en el vaivén del azar. A veces con buena estrella, a veces con mala fortuna: un obús que no estalla, un allanamiento inesperado que permite el secuestro de un ser querido ajeno a la disputa, una bala perdida que atraviesa un comedor y no daña a nadie, ser fusilado en lugar de otro sin razón, por una fruslería. Una vez desatado el destino, la vida y la muerte moviéndose sin rumbo, salvando a unos, condenando a otros nada más por el capricho de un albur. García Montero lo expresa de un modo lúcido: “Sólo cuando empezó a actuar el azar, el imprevisible demonio del azar, comprendió el miedo a la guerra” (p. 13). Y más abajo: “El mundo está condenado a que la mala suerte de unos se convierta en la buena suerte de otros” (p. 16). El desarrollo de toda la novela de García Montero tiene como punto de apoyo esencial esta visión del mundo, que le permite indagar en los valores profundos del hombre y saltar por encima de las ideologías. En esta novela, como en la original obra poética del autor de Habitaciones separadas, la exploración de las impresiones profundas y de los gestos y los actos conlleva una cavilación intelectual y moral que escapa a las calificaciones puritanas que siempre devienen taimadas y malignas. Sin dejar de entender que en el orden de la convivencia sostener y defender un principio es, más que un deber, una forma de liberación, también advierte que la única manera de crear una imagen plausible del mundo proviene de adivinar el laberinto de las pasiones y aceptar perderse en esa casa de espejos, retratos y luces donde las cosas y los seres siempre nos sorprenden de manera imprevista, incluso los seres más aborrecibles. Un ejemplo es la emotiva escena en la que dos oficiales de la Guardia Civil comen, en su calidad de pensionados, en la casa de Ángel González. Los militares comprenden que están en el hogar de una familia de republicanos, severamente heridos por la guerra, y adoptan una actitud discreta y compasiva.

Es sorprendente la naturalidad con la que narra García Montero. En contra de lo que se puede pensar en la actualidad difusa de la poesía contemporánea, los buenos poetas casi siempre han sido estupendos prosistas y, muchas veces, narradores muy originales. ¿Qué sería de nuestra lengua sin los textos en prosa de Rubén Darío, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, Jorge Luis Borges y Octavio Paz, entre muchos otros? Pero el caso, no sólo de un muy buen prosista, sino de un buen narrador de novelas de gran aliento, quizá no es frecuente o lo dejó de ser en los tiempos modernos. En Mañana no será lo que Dios quiera podemos hallar un instante, en las páginas de la exposición de las relaciones familiares, de cierta vacilación pero, una vez establecidos los lazos genealógicos necesarios para el desarrollo de la historia, la novela no deja de crecer con la materialización de la memoria de una vida. El texto de García Montero, como toda buena novela, ha creado un personaje y su tiempo.


Víctor Manuel Mendiola.
Poeta y ensayista. Su poesía reunida fue editada por la UNAM en Tan oro y ogro 1987-2002.