Mientras recorría las calles de aquel barrio bravo de Guadalajara, salpimentado de cantinas, cabaretuchos, burdeles, vecindades, hoteles de paso y mariachis que ofrecían sus servicios, gente que iba y venía como si fueran las once de la mañana y no las once de la noche: prostitutas con niños aferrados a sus faldas, bebedores con su anforita en la mano, padrotes que no podían ocultar su peligrosidad, parejas de homosexuales en ropa de mujer que corrían dando pasitos como niñas en el recreo, parejas besándose en la zona más oscura de la calle, mientras recorría estas calles, no podía evitar que un estremecimiento de nostalgia recorriera su columna vertebral. Ya era un cincuentón que se ganaba la vida como proveedor de laboratorios en la ciudad de México, pero en su época la noche lo había llamado como gata en celo. Casi cuarenta años habían pasado desde entonces, en que la vida lo había obligado a llevar una existencia de prohibiciones. Pero ahí, esa noche, todo parecía aventarlo al pasado. Incluso leyó un letrero escrito a mano en una cartulina: pacen a ver a la bellícima Isis, la reina de Ejipto, con su corte de prinsesas. El nombre de Isis le dijo algo. ¿No sería la misma vedet de su juventud? ¿Y si sí? Los recuerdos casi lo hicieron trastabillar. Sin pensarlo más, se metió al tugurio.
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