A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Mientras recorría las calles de aquel barrio bravo de Guadalajara, salpimentado de cantinas, cabaretuchos, burdeles, vecindades, hoteles de paso y mariachis que ofrecían sus servicios, gente que iba y venía como si fueran las once de la mañana y no las once de la noche: prostitutas con niños aferrados a sus faldas, bebedores con su anforita en la mano, padrotes que no podían ocultar su peligrosidad, parejas de homosexuales en ropa de mujer que corrían dando pasitos como niñas en el recreo, parejas besándose en la zona más oscura de la calle, mientras recorría estas calles, no podía evitar que un estremecimiento de nostalgia recorriera su columna vertebral. Ya era un cincuentón que se ganaba la vida como proveedor de laboratorios en la ciudad de México, pero en su época la noche lo había llamado como gata en celo. Casi cuarenta años habían pasado desde entonces, en que la vida lo había obligado a llevar una existencia de prohibiciones. Pero ahí, esa noche, todo parecía aventarlo al pasado. Incluso leyó un letrero escrito a mano en una cartulina: pacen a ver a la bellícima Isis, la reina de Ejipto, con su corte de prinsesas. El nombre de Isis le dijo algo. ¿No sería la misma vedet de su juventud? ¿Y si sí? Los recuerdos casi lo hicieron trastabillar. Sin pensarlo más, se metió al tugurio.

isis

De joven, de adolescente más bien, la había visto bailar en el burlesque. Más bien, él iba a aquel teatro de farándula para verla a ella. A ella y a ninguna otra, que las había a montones. Esperaba a la expectativa, con un sudor recorriéndole la nuca, el instante en que Isis —que con ese sobrenombre era conocida— saliera al escenario. Todo era entonces un momento de nerviosismo punzante. Tenía grabada en su mente cada forma de ella, cada rincón, cada centímetro cuadrado de aquella piel en la que soñaba untar la lengua. Porque al compás de la música, y para complacer a sus fanáticos, que se desgañitaban pidiéndole que enseñara más y más, que se desnudara por completo —cosa que ella nunca hacía—, que se contoneara hasta provocar tumultos, prácticamente le daba gusto a las exigencias de todos. Tales exigencias se reducían a que les enseñara la vagina. Y no rasurada sino llena de pelos. A que se acostara enfrente de ellos y les mostrara sus labios. Cosa que no tenían más remedio que hacer en su imaginación. Porque exactamente cuando se quitaba el calzón, se ponía la mano, se daba media vuelta y se perdía tras el telón.
Al compás de aquella música, él eyaculaba como un torrente.

Entró, guiado más por la curiosidad que por el morbo. Porque lo más probable era que no fuera ella. Finalmente, Isis era un nombre que se le podía ocurrir a cualquiera.
No tenía nada de relevante aquel lugar, ni tenía por qué tenerlo, se dijo. Unas cuantas mesas alrededor de la pista. Una rockola que iba de Los Tigres del Norte a José José, pasando por Luis Miguel y Rocío Durcal, y un sistema de luces azules y naranjas que de pronto se encendían y apagaban en forma intermitente para anunciar a la próxima estrella. Vio desfilar dos, vio desfilar cuatro, cada vez más adiposas y torpes, mi abuelita, que en paz descanse, ha de bailar mejor en los infiernos. Pero entonces escuchó al maestro de ceremonias —que se equivocaba cuando menos un par de ocasiones cada vez que hablaba— anunciar a la próxima chica, una mujer que volvía locos a los hombres, y que había despreciado a una larga fila de pretendientes —entre los que se contaba un político prominente, un actor de cine de Hollywood y un millonario de Francia— con tal de seguir con su espectáculo y hacer felices a los hombres. ¡Isis, la reina de Egipto!

Sin dejar de beber su acre tequila —que a estas alturas empezaba a saberle menos hostil—, detuvo sus ojos en las cortinas violeta que servían de puerta hacia los camerinos. De un momento a otro saldría Isis por ahí. ¿Sería ella? ¿Después de cuarenta años? El mismo nerviosismo que había sentido de joven le sobrevino ahora. No puede ser. No era posible. De qué privilegios gozaba para poder remontarse así en el tiempo. Era un hijo favorito de Dios. Una más de las causas por las que debía dar gracias, ir al día siguiente a la catedral de Zapopan y agradecerle a la Virgen tanta clemencia.

El reflector se dirigió a la cortina violeta, alguien puso un compacto en un reproductor enorme —de ésos con agarradera— y la estrella hizo su aparición. Envuelta en gasas, velos y un tocado de plumas muy al estilo de Moctezuma Xocoyotzin, ahí estaba delante de él la mujer que le había llevado a hacer de la masturbación el ejercicio del deber. ¡Era ella! Ahí estaba delante de él, la mujer de la cual apenas lograba entrever su cuerpo pero en la que veía —aun a estas alturas— cierta gracia y donaire. Cierta. En cuanto a la cara, con trabajos trató de adivinar los rasgos que se sabía de memoria, pero que ahora le resultaba muy difícil reconocer por tanta cirugía plástica. Pero lo confirmó, era ella. La música parecía hecha especialmente para ayudarla a salir del paso: su ritmo era lento, al grado de que más parecía música de una película de terror que de una noche de cabaret. Los hombres la dejaron de ver a los pocos minutos, y se dedicaron a lo suyo: a beber con sus amigos o con la mujer que los acompañaba. Pero él no. La aplaudía rabiosamente, al grado de que llamó la atención de la mujer. Le gritaba hurras y le lanzaba besos, se ponía de pie y casi se trepaba en la mesa. Más bien la concurrencia lo volteaba a ver a él.

Por fin la mujer terminó su número, agradeció los aplausos —nada más de él— y se perdió tras la cortina. Pero el hombre quería más, así que llamó al sacaborrachos y le pidió —mediante una propina generosa— que le dijera a aquella dama que él la invitaba a su mesa. Voy a ver si quiere —respondió el fulano—, es muy solicitada y seguro ya la apartaron. Déme un poco más para que le insista. Ahorita vengo.

En esa época aún vivían sus padres. Más recuerdos le vinieron hasta casi cubrir la mesa de cochambre. Como no tenía dinero para pagar el boleto del espectáculo, les robaba mitad y mitad. Lo indispensable. Hasta eso, ni un centavo más. Mitad a su madre y mitad a su padre. No eran ricos, ni siquiera de clase media. Su padre trabajaba dos turnos y su madre lavaba ropa ajena. También se acordó de que acostumbraba guardar los talones de los boletos en la Biblia casera. Como nadie la leía, tenía la caja fuerte asegurada para guardar su tesoro. Por cierto, hacía mucho que no iba a visitarlos al panteón. Llegando a México sería lo primero que haría. Aunque ni su esposa ni sus hijos quisieran acompañarlo. No importaba.

—¿Quieres que beba contigo?
—Por supuesto —dijo él, se levantó y la ayudó a sentarse.
—Eres de otra época. Caballeros como tú ya no se consiguen ni yendo a bailar a Chalma. Pídeme un coñac.

Pidió el coñac para la dama, a sabiendas de las consecuencias. Sabía de lo que se trataba. La cuenta bárbara que habría de pagar por el más corriente de los brandys, pero no le importaba. Estaba bebiendo con la mujer más hermosa del planeta, no iba a escatimar en tragos.

Pero como si ese dios en la mente de él interactuara en la de ella, pronto, al tercer coñac, y antes de que él pudiera contarle su experiencia de aquellos años, Isis pidió esquina. Llévame a mi cuchitril, dijo, quiero hacerte mi show especial para ti, porque eres un caballero. Él no esperaba que tan pronto la vida le sonriera a ese grado, pidió la cuenta —el quíntuple de lo que habría pagado—, ella se fue a cambiar en cosa de minutos, y salieron del brazo. Tomaron un taxi de los que había en la puerta —con la voz más cantarina que pudo le dijo al sacaborrachos: apunta la placa, no quiero que me violen— y pronto estuvieron en su departamento de Isis. Por el barrio de Mexicaltzingo.

isis2

El edificio estaba semidestruido. Al fondo de aquella planta baja, entre un montón de zapatos y de periódicos, alguien lloraba. En el cubo de la entrada, bajo un foco de cuarenta watts, había un espejo de botiquín. Yo lo mandé poner para preguntarle cada mañana quién es la más bonita, dijo Isis. Es mi espejito-espejito. Subieron tres pisos y por fin la mujer abrió la puerta de su departamento. Todo parecía estar en su lugar, bien acomodado y limpio. Excepto por las paredes, que se encontraban tapizadas de recortes de periódicos ya amarillentos. Era una especie de biografía fotográfica de Isis, “la reina de Egipto”. Casi no había espacio que no estuviese cubierto de aquellos reportajes, entrevistas, crónicas y fotografías, sobre todo fotografías —en ropa interior, en combinados de lentejuela, en minifaldas. Excepto desnuda.

—Voy a ponerme algo más cómodo, como dicen en las películas —dijo, y se metió a lo que seguramente sería su recámara.

Él siguió viendo los recortes. Eran de aquella época, precisamente de cuando él se había convertido en el fan de aquella mujer que ahora estaba cambiándose y que no tardaría en llevársela a la cama.

—Mi amor, ya estoy aquí.

Pero no solamente fue la presencia física ya desnuda de la mujer, sino la música a todo volumen y una esfera que estaba en el techo y que empezó a dar vueltas hasta inundar aquella estancia de reflejos luminosos. El cuerpo de Isis estaba colmado de celulitis, várices, callosidades, bolas enormes bajo la piel que simulaban tumores a punto de reventar. Sobre todo en los senos y en los muslos. No era posible mirar aquel cuerpo sin horrorizarse. “Tómate otro trago, quita esa cara de niño asustado y vamos a coger. Pero antes déjame bailar para ti”.

Oquei, dijo él. Se puso de pie rumbo a la cocina, donde estaba la botella, pero en el camino cambió de dirección y se dirigió a la salida. Todavía alcanzó a escuchar la voz de ella que le gritaba “¡Puto! ¡Regresa! Eres un puto, como todos los hombres! ¡Malandrín! ¡Payaso! ¡Fantoche!”.

Cuando llegó hasta el zaguán, se miró en aquel espejito-espejito. ¿Aquella calavera era él? Torturado por la abulia y el fracaso, tumefacto, en estado de putrefacción, miró sus ojos inexpresivos, su sonrisa estúpida, sus facciones que lo definían como un ser decadente, a punto de arrojarse al vacío.

Alcanzó la salida. Iba a dar las gracias al cielo de que por fin estaba fuera. Pero se contuvo. Un pensamiento lo asaltó. Los segundos se sucedieron, uno a otro. ¿Cinco?, ¿diez?, ¿quince? Dio vuelta en U y caminó los mismos pasos que había dado, pero esta vez en sentido inverso. Aquel llanto que había escuchado al final del pasillo, ahora era un gemido. Se miró al espejo una vez más. Subió hasta el tercer piso y se plantó ante la puerta del departamento de Isis —aún podía arrepentirse—. Levantó la mano y tocó. Escuchó los pasos de la mujer acercarse. Lastimeros.

Eusebio Ruvalcaba. Escritor y poeta. Entre sus libros: El frágil latido del corazón de un hombre, Banquete de gusanos y Diccionario inofensivo.