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El texto que sigue fue escrito entre 1894 y 1895, a mano en un cuaderno escolar que sólo presenta una fecha, abril de 1903. No parece haber sido pensado para publicarse, no tenía título ni firma de autor. Sylvain Goudemare, autor de Marcel Schwob ou les vies imaginaires (le cherche midi éditeur, 2000), lo ha identificado por su grafía, por su estilo y por el tiempo de su creación. A fines de 1893, Schwob pierde a su amada Visa, víctima de la tuberculosis. De acuerdo con el propio Schwob, la mujer que se encuentra detrás de Monelle ha ocupado en su vida un papel no menos decisivo que Anne en la vida de Thomas de Quincey. En 1894 se publica en París la traducción de Pierre Louÿs de las Escenas de la vida de las cortesanas de Luciano, donde aparece el diálogo “Las tres lesbianas”; en 1895, Louÿs publica Las canciones de Bilitis; ambos títulos coinciden en el tema que se aborda en estas páginas. El año de 1894 es también el año en que Marcel Schwob conoce y traba relaciones con el último, apasionado amor de su vida, la actriz Marguerite Moreno, a quien dirige cartas apasionadas, escribe en inglés y le gusta leer en voz alta sus historias. Para abril de 1903, Schwob se encuentra de viaje rumbo a la tumba de su adorado Stevenson, el tusitala-narrador, en las islas de Oceanía. Maua permaneció inédito hasta octubre del año pasado en que La Table Ronde lo publicó con una breve presentación de su biógrafo Goudemare, quien explica que Maua significa nosotros dos, o él y yo, en samoano.

I
Ella avanzó con una mano entre los muslos, una línea dorada le rodeaba el rostro. Se inclinó sobre la durmiente y primero le tocó las puntas de los senos; después le besó suavemente la nuca. Todo su cuerpo estaba tibio por el sueño. La rodeó con sus brazos, se apretó contra ella y la durmiente respondió con una ondulación lenta; un suspiro alado pasó sobre sus labios; sus muslos se separaron, una mano furiosa se deslizó entre ellos y los abrió. Los dos pies de la durmiente respingaron y su boca se tendió hacia el beso tenebroso.

II
“Tendrás mis cabellos, cada uno de ellos, suaves y dorados, para sofocarte, para cortarte el aliento, miedosa. No vuelvas la cara, yo te deseo, te deseo. Dame tus ojos temerosos y tu boca palpitante; tú sientes que yo te amo, no puedo más. Ah, déjame abrirte los muslos por primera vez; no los aprietes, no los aprietes así. Vas a ser mía, te voy a poseer”.

“Me haces daño, enamorada mía, amante. Tómame, te lo ruego. Ve cómo me entrego, haz conmigo lo que quieras; te siento toda sobre mí, en mí. ¡Viólame, viólame! Oh, cómo me haces sufrir —pero como eres tú, es rico, muy rico. Ves, no me resisto. Tú embistes, embistes —ah —ya no soy virgen —así me siento —estoy mojada —Dios —cómo estoy mojada —Tú estás dentro de mí, soy tuya, tuya, todavía, todavía. Sucia, sucia de ti, querida mía, sí, sucia por ti”.

III
“Escucha, querida mía, miedosilla cansada, hundida en mis cabellos. Mi boca está junto a tu oreja cóncava y rosa que adora —ah, cómo me excitas —No tiembles así. ¿Sabes lo que eres? Tú eres mi hermana, mi hermanita hermosa que acabo de besar, sí, de besar a la medianoche, mientras dormía con los brazos abiertos. Oh, hermana mía, ya no eres virgo, estás rota, estás abierta por mí, por mí tu hermana. Y está mal y está prohibido. Y mañana por la mañana no podrás caminar y te dolerá entre los muslos, y esa lastimadura te hará pensar en mí. Y mañana por la noche regresaré y te volveré a poseer, a pesar de estar toda lastimada y extenuada. Y tu camisa, querida mía, y tu pantalón estarán mojados por mí, por mí”.

IV
“Había en Persia una cortesana que vivía en una casa blanca. Tenía los ojos negros y grandes y la punta de los dedos de un dorado rojizo. A ti te habría gustado dejarte meter uno de sus pies en la boca, adentro, muy adentro. Una tela muy apretada de rombos verdes y amarillos rodeaba sus piernas desde los tobillos hasta la mitad de los muslos. Su amante le pasó los pies por una argolla y la suspendió un poco. Ella apretaba los muslos. Él entró en ella; sus piernas temblaban intermitentemente. Una de sus manos trataba de proteger sus nalgas mientras desviaba la mirada. Luego él le ató las manos y los tobillos con cintas de seda, le tapó la boca con un crespón y la violó por atrás. Ella lo recibió completo”.

V
“Ah, no puedo oír una palabra más: rápido, tómame, viólame, átame los pies y las manos, mira cómo tengo apretadas las nalgas por el deseo. Yo soy la cortesana de Persia, yo me entrego a ti. Mira, maldito, como me has atado no puedo, no puedo abrir los muslos, y eso es lo que más quisiera, lo que más quisiera para sentirte adentro de mí. ¡Amordázame, amordázame! Oh, viólame, con fuerza, más fuerte —ah —siento tu rabo deslizándose entre mis nalgas —más fuerte —más fuerte —entras en mí por encima de mis perneras verdes y amarillas; yo vuelvo los ojos; yo no quiero, no quiero, no, no, te lo ruego, te lo suplico, que —tú —me des por el culo”.

VI
“Tres veces te besaré la punta del pecho y tú te dejarás hacer. La punta se yergue, se yergue; déjame morderla suavemente, muy suavemente. ¡Ah, querida mía, cómo es sabroso! Yo te muerdo, muerdo tu carne y te siento contra mis muslos. Pon tu mano, te lo ruego, tu mano; me mojo, me mojo —yo aprieto la punta erecta de tu pecho entre mis dientes”.

“¡Malvada, malvada! ¡Cruel! ¡Cómo me torturas! ¡Dios, cómo me haces sufrir! ¡…Ah, mátame, mátame! ¡Muerde, muerde, muerde más, más, muérdeme hasta que te duelan los dientes; muérdeme, muérdeme, oh, mi loba! Te pertenezco, yo soy tuya, chúpame, chúpame, quiero toda mi sangre en tu boca, en tu boca —¡ah!”.

VII
¿Por qué te has ido de mi lado y me ves ahora con esa mirada dura? ¿Qué vas a hacer? Ah, violenta, tú me envuelves con tus piernas, tú me montas —¡tú me tocas los pechos! Oh, jinete violenta, móntame con fuerza. Yo soy tu animal arisco; pégame, dame con el fuete para que galope contra ti; apriétame las caderas entre tus rodillas, apriétame, rómpeme, abre tus muslos para que sienta cómo te sientas en mí. Ah, cómo es sabroso que me monte mi hermana violenta; mi jinete, tómame, jálame, más rápido, más rápido, ah, me vengo, me vengo, más fuerte, más fuerte, montada, ¡montada por ti!

VIII
“Cómo es bonita y delicada tu camisa, querida mía, tensa por tus senos —veo sus puntas; y el fondo que se unta a tu cuerpo, y cómo me gustan los encajes de tu calzón alrededor de tus muslos, y tus medias transparentes, violenta mía. Tómame entre tus brazos desnudos, yo me ofrezco a ti, yo quiero poner todo mi cuerpo contra el tuyo.

Ah, puta, ¿qué te has puesto debajo de la falda —qué cosa dura, tiesa, que de pronto me mortifica, me desea, que me busca. ¡Ah, puta!, se te para bajo el fondo untado a tu cuerpo. Dios mío, de pronto tienes un rabo amarrado a ti. Querida mía, qué sorpresa, ¡y cómo se te para, descomunal!”.

“Sí, puta, se me para. Y te voy a coger. Mira, me levanto el fondo; mira mi rabo que se levanta y se sale fuera del calzón de batista. Se me para, se me para; voy a cogerte, te voy a coger ahorita mismo. Deja que tu violenta te haga, mujer amada. Mira, te la meto nada más un poco. Déjate hacer, abre los muslos, ábrelos bien —mmh —mmh —de golpe —hasta el fondo —Mira, puta, tu violenta te coge, puta, puta, te está cogiendo tu violenta de calzón de encajes, cogiéndote, cogiéndote hasta el fondo —todavía más, más, ¡ah!”.

“Oh, ya no puedo más; me muero, me muero. Violenta mía, me matas —me vengo, me vengo, mira, violenta, pegada a ti, pegada a ti”.

IX
La muchacha en la que pienso tenía los senos del color de las naranjas, la muñeca derecha enredada en una mascada dorada, mientras se frotaba los muslos lentamente con sus dos manos abiertas. Además, sabes, tenía los ojos un tanto oblicuos y pestañas alargadas por el pudor. Sus labios zumbaban como abejas mientras decían palabras de niños en un lenguaje caliente desconocido. Y sus dos pechos tenían el color de las naranjas. Y salvo la mascada dorada de la muñeca, estaba desnuda. Había venido a montarme la boca, sus ojos estaban púdicamente cerrados y sus pestañas descansaban; yo le cogía sus dos pechos fríos. Después, ella se echó para atrás y yo veía, entre sus pechos, a lo lejos, su boca entreabierta y el filo de sus dientes. Luego, suavemente, se incorporó de nuevo y sus muslos apretaron apasionadamente mis mejillas y de nuevo tuve sobre los labios toda la frescura de sus pelos.

X
—Querida, déjame montarte la boca como la muchacha de los senos color de naranja. Tómame, apriétame los pechos como dos frutos maduros. Aplasta mis senos, tómalos, tómalos. Yo soy una tríbade de Oriente; come, chupa, sorbe las especias de mis pelos. Tu aliento es fresco. Yo aprieto tu cara entre mis muslos; estoy montada sobre tu cara. Yo te mancho, te mancho; estás manchada por mí. Jamás te lavarás esta mancha; yo te marco para siempre, pinto tu boca, sí, ¡te pinto la boca con mi placer!

—Oh, tríbade de Oriente, échate ahora como la muchacha de los senos del color de las naranjas. Te veo sonreír; entrégame, entrégame rápido tus pelos mojados —oh, cómo están mojados —para que mis labios duerman en ti.

XI
Hoy te prohíbo que me toques. No alcanzarás mi cuerpo; soy prisionera de esta tela transparente. Mira mis senos, mira la sombra debajo de mis brazos; mira la sombra entre mis muslos. Querida, estoy prisionera detrás de esta camisa y de este pantalón cerrados.

—Déjame, oh, déjame tocarte.

—No, me aguanto. Ves, no hay ninguna abertura, tu mano busca, rebusca. Yo siento tu caricia a través de mi prisión. Ah, cómo soy desdichada: muero de deseo y estoy encerrada en este pantalón transparente. Mira cómo me aprieta.

—Voy a desgarrarlo.

—No, yo quiero estar presa. Ves, mi placer está en lo apretado. Me consumo a solas. Tú no puedes venir conmigo; yo no puedo venir conmigo. Mira, yo abro las piernas con todas mis fuerzas: tal vez reviente el pantalón delicado. Oh —¡si pudiera estar libre! Seguramente ves, tú seguramente ves a través de la transparencia de la ropa blanca cómo se me para, querida mía, cómo se me para para ti.

—Sí —oh, sí —abre tus piernas —ábrelas más —todavía más —todo lo que puedas. Mira, voy a ponerme ahí. Siente mi pecho levantado; apriétalo, apriétalo entre tus muslos. Oh, querida, ya no puedo más; tu pantalón está muy estirado —tomo tus tobillos —yo te abro —ah, yo te abro —querida, querida, qué puedo hacer —yo desgarro con mis dientes… Ah, estoy en ti, en ti, golosamente —te como, sí, yo te como —goza, goza en mi boca —yo te he liberado, liberado —inunda mi boca, mi garganta, inúndame toda —ya siento tu venida —dámela, dame, dame. Puta, ¡puta! Yo también me vengo, me vengo por la venida —ah, puta, y tú gozas por la mía —¡hasta acá oigo cómo rechinas los dientes! Cómo estoy cansada —te amo, yo te amo.

XII
Déjame hablarte al oído, quedito, bajo tus cabellos. ¿Sabes lo que adoro de ti? Angelito mío, que eres una egoísta cruel. Vaya que eres egoísta, de veras, de veras. Y yo sé por qué, vaya que sé por qué. Eres una santa, querida, tienes fe, una fe terrible en tu placer. Crees en tu amor; oh, querida, te sacrificas a tu propio amor; mortificas, martirizas tu cuerpo para tu amor; lo rodeas de tu placer como una santa se arropa en su blancura. Y eres completamente cándida, completamente cándida, hundida en tu fe profunda, querida santa mía, porque crees en ti. Tú crees en ti.

—Déjame, déjame. ¡Ah, me excitas! Mira, te voy a coger, ¡a coger inmundamente!

—Oh, querida, ¡te lo ruego!

—¡No, me importa un bledo! Tengo demasiadas ganas. ¿Quieres ponerte bien? Cómo eres fastidiosa. Deja, deja… hay que…

—Querida mía, te veo, te veo sonreír. Toda tu cara se ruboriza de éxtasis, de tu éxtasis, de tu fe en tu placer. Cómo me martirizas, ¡cómo me martirizas! Ah, cómo te adoro, santa, santa, violenta que violas tu paraíso —mira, tómame, llévame —te lo suplico —llévame contigo —pues tu sonrisa es resplandeciente —tú gozas.

—¡Ah, sí!

—¡Resplandeciente!

XIII
Es la única fe, querida, en la que tienes fe. ¿No es cierto que esa fe es sagrada y fugitiva? ¡Cómo le sonríes mientras huye, con qué furia la buscas! Oh, ¡tu hondo placer fugitivo, santa mía! Brota de ti blanco, impregnado con tu olor; te aclara la vista, hace brillar tus dientes, perfuma tus axilas, culebrea por tu cintura. Pero el placer huye, huye lejos de ti. Hermana mía, tómalo en mí; ven a buscarlo en mí; es el tuyo, el tuyo, bien lo sabes tú.

—Sí, lo sé.

—Ah, persíguelo, ¡persíguelo entonces! Ah, te arrastra por completo como una corriente de la mar. Estás hundida, hundida en el éxtasis; te derrites, te derrites más, aún más en la fe de tu placer, querida mía.

—Cállate, oh, cállate. Tengo destrozada la cintura.

XIV
O how you have surprised me in the dead of the night. Hush! Or they shall hear. They hear every movement in my room. Yes, slip softly into my bed. O naughty girl, how naked you are! O please, don’t tickle me. O what are you doing?

—I’m feeling your thighs, Darling, I’m spreading your legs.

—Don’t, please, don’t lie between my legs! Terrible girl, o sweet girl, o you’ll make me die. I’m dying, I’m dying! Your golden hair lies about my flesh; it’s so soft. O sweet heart, kiss me again.

—I never felt so before. Kiss me, o kiss me again. Your eyes are so languid, your hair is so lazy, your mouth is so naughty! O naughty red mouth! Where did it learn these violent kisses. O soft red moist mouth —I yield, I yield into you. Mouth, naughty mouth give me deep kisses —you dip into me as into the sea. O sweetheart, your mouth is so mysteriously curved! I have seen it all over the walls of the palaces in Italy —I did not know what it meant —now I know —now I know —a remote pleasure darker than death.*

XV
¿Es obscura la muerte a la luz roja de tu beso? ¡Es deslumbrante, querida! Háblame, sigue hablándome suavemente al oído —habla, oh, habla. Me muero por tus deseos, en verdad me muero. Sí, yo soy tu pequeña valiente y te acompaño; ¡tómame, tómame! Haces que me moje hasta el corazón. Yo sigo tu voz; es una intrusión áspera y dulce, ¡oh violencia de mi alma! Tus labios son como dos deditos sanguinolentos, muy delgados, que me atraen hacia ti. Tu cabellera es una neblina mortal cargada de oro. Tus manos son arabescos lascivos que trazan sobre mi carne un círculo fatal. Ves, me someto al murmullo de tu hechizo. Eres el espejo opaco e irisado de un estanque de dulce peste en el que ya no encuentro mi rostro. Me rodeas como el agua al ahogado. Me hundo, me hundo, querida, en tu placer; me muero, me muero —bejucos húmedos y helados se enredan a mis piernas mientras una voluptuosidad fría me va apretando el cuerpo. Mis ojos están bañados de sombra, el temblor sagrado se apodera de mí; me meto más adentro, aún más adentro, yo muero en ti, oh, amante mía, yo muero en ti.

XVI
Mira: ella tenía los pechos maquillados, los párpados pintados y en la frente una turquesa agonizando morosa en medio de un círculo de oro. Mi alma, las turquesas se desentierran bajo los antiguos campos de batalla; guardan el azul coagulado de la sangre de los muertos. Pégame a ti para que muera como las piedras preciosas que se apagan. Mis pupilas se ensombrecerán como ópalos enfermos. Tócame con tus anillos donde las piedras se multiplican y toda mi vida será una sucesión de facetas. Mi deseo renace y muere como una nube que se condensa y desvanece en el centro del berilo. Las gotas de mi sangre serán piedras bermejas y tus risas crueles se convertirán en sardónices. Te digo que ella tenía los pies pintados y en la frente una turquesa moribunda. Así que me tendí junto a ella, como si fuera una tríbade, y aspiré el perfume de su amor. Esta es una punta de coral vivo; la aprieto, la aprieto; oh, pedrería animada, siento cómo te estremeces entre mis muslos; reposa, reposa, pues en verdad gozo, yo gozo en la herida donde las sombrías madréporas de tu éxtasis yerguen para siempre esta sensitiva de coral.

XVII
Abril 1903.
En ese entonces Maua estaba tendida en el puente de la nave con dos flores rojas de hibisco en las orejas. Y el aire lúbrico nos acariciaba a los dos, la mar estaba sordamente luminosa, la luna discreta y las jarcias murmuraban bajo la sombra propicia. Y yo me acerqué a ella con el cuerpo temblando y mordí la flor de hibisco entre sus cabellos obscuros, encima de su oreja, mientras Maua cantaba: Oh tusitala, ven para que te cante, aquí está mi anillo (y deslizó su anillo en mi dedo, y cuando lo deslizó me llené de una dura voluptuosidad mientras Maua cantaba) —Oh, tusitala, tala, tala, talofa, talofa… féa Sàmoa —… oh, tusitala… matamata… Maua, ohi, talofa alii! —yo apreté su mano desnuda y aspiré el aroma de su palma y apoyé mi palma sobre sus pechos erectos y me tendí contra sus muslos temblorosos y entre sus muslos, ¡oh, Maua! Y el perfume de las islas gravitaba sobre nosotros —pues nos acercábamos a Apolima —y el balanceo de la mar y el aroma del amor hacían desfallecer mi alma en la punta de la mareta y la flor roja temblaba —oh, Maua talofa —en el estremecimiento armónico de nuestros cuerpos, en el corazón negro de la obscuridad, sobre la mar.

XVIII
Maua, muerde la roja flor del hibisco entre mis muslos, oh, lenta, lentamente inclinada. Tiembla, oh, tiembla con el temblor nocturno de la mar; oh, acaricia mis pechos levemente con tu palma sin apoyarla, sin apoyarla: oh, recógelos ahora como si fueran fruta, fruta prohibida; Maua, oh, Eva salvaje, acaricia el pecado, respira el pecado, oh, cómete el pecado: yo cruzaré mis muslos así, sobre tu cuello de bronce, oh, golosa; y el aceite de coco hace brillar tu garganta y tus cabellos huelen a madera de olor, muérdeme con tus blancos dientes filosos, oh, hija de comedores de hombres, ¡oh, comedora de carne!

XIX
Tomé su talón pintado en la orilla del sarcófago y el pie desnudo se estremeció. Una palidez demoniaca resplandecía sobre la muralla pintada y el polvo acre de los siglos llevaba el olor del incienso. Y el tobillo se estremeció y el muslo se estremeció, tenso y prieto; y la otra pierna estaba separada, como a la hora del placer. Y el estremecimiento alcanzó los pechos brillantes y la púrpura de su boca se arqueó mientras las aletas de su nariz temblaban. Pero mi mano se posó en la cadera y la apretó, y las piernas se abrieron por completo como si estuviera montando el sarcófago y su cabeza hubiera girado de forma que su mirada llegara a rozarme entre sus párpados del color del oro. Y porque la dulzura del amor está en la caricia de los ojos semiabiertos y el apretón suave de la mano y el olor de la carne perfumada entre la embriaguez de la muerte, ayunté todo mi cuerpo al suyo desde la púrpura boca hasta las cálidas sombras de entre sus piernas abiertas y cruzadas sobre mi cintura. Y el fuego del amor nos consumió hasta la languidez extrema en esta cámara cúbica de piedra donde no hay ninguna puerta, tan sólo la boca redonda de un pozo negro. n


Marcel Schwob.
Escritor, traductor y crítico literario. Entre su obra: El libro de Monelle, La estrella de Madera y Viaje a Samoa. Versión y presentación de Alberto Román

* Oh, cómo me sorprendiste en plena noche. ¡Calla!, si no quieres que nos oigan. Están pendientes del más mínimo movimiento en mi recámara. Sí, deslízate suavemente en mi cama. Oh, niña traviesa, ¡qué desnuda estás! Oh, por favor, no me hagas cosquillas. Oh, ¿qué haces?
—Siento tus muslos, querida, te abro las piernas.
—No, por favor, ¡no te metas entre mis piernas! Niña terrible, niña deliciosa, me vas a matar. ¡Me muero, me muero! Tu cabello dorado se desparrama sobre mi carne y es tan suave. Oh, mi corazón, bésame otra vez.
Jamás me había sentido así. Bésame, bésame de nuevo. Tus ojos son tan lánguidos, tu cabello tan indolente, ¡tu boca tan sucia! Oh, ¡boca roja y sucia! ¿Dónde aprendió a dar estos besos arrebatadores? Oh, suave boca roja y húmeda —me abandono, me abandono en ti. Boca sucia, dame más besos profundos —te metes tan adentro de mí que es como si te estuvieras metiendo al mar. Oh, querida, ¡tu boca está tan misteriosamente arqueada! Yo la he visto sobre los muros de los palacios en Italia —no sé qué quería decir —pero ahora lo sé —ahora sí lo sé —un placer remoto más obscuro que la muerte. [En inglés en el original.]