En una nueva entrega de la serie La construcción de México, José Antonio Aguilar Rivera practica un vertiginoso acercamiento al mito fundador de este país, un credo de combate que monopolizó el patriotismo y dos siglos más tarde ha terminado por obstaculizar nuestra comprensión histórica

En México el liberalismo ha sido un mito fundacional lastrado por la historia patria. Según el gran historiador del liberalismo, Charles Hale, esa mitificación obstaculiza la comprensión histórica. En México, afirmaba, “ha habido una fuerte tendencia a hurgar en la tradición liberal, a menudo fundida con la tradición revolucionaria, en busca de antecedentes y justificaciones de las políticas actuales. También se suele emplear el mismo pasado liberal para criticar las mismas políticas”.1 A diez años de la alternancia en la presidencia es hora de quitarnos las anteojeras, desechar las caras conocidas del mito que han distorsionado nuestro entendimiento. Las ideas sobre la libertad política y el liberalismo no son patrimonio de ningún grupo o partido.

La idea de que el liberalismo fue una ideología exótica en tierras americanas se remonta a mediados del siglo XIX y todavía hoy encuentra eco en observadores e historiadores. Por ejemplo, Fernando Escalante afirma: “En el pensamiento político mexicano del siglo pasado dominan indudablemente algunos de los temas básicos de la tradición liberal: la exigencia de una delimitación legal, rigurosa del poder político; la defensa de derechos y libertades individuales que tienen un lugar más o menos decisivo en el orden jurídico; la idea de la representación política como fundamento de la legitimidad; una acusada vocación laica, secularizadora e incluso anticlerical. Sin embargo, dichas ideas aparecen entreveradas con otras, mezcladas con una práctica y una estrategia políticas que no son sólo distintas, sino opuestas a ellas”.2 La tesis de la imposibilidad es un buen punto de partida para explorar la historia del liberalismo en México.

¿Qué es el liberalismo? La definición de Stephen Holmes me parece adecuada: “El liberalismo es una teoría política y un programa que florecieron desde la mitad del siglo XVII hasta la mitad del siglo XIX. Tuvo, por supuesto, importantes antecedentes y todavía es una tradición viva hoy. Entre los teóricos clásicos liberales deben contarse a Locke, Montesquieu, Adam Smith, Kant, Madison y John S. Mill. […] Las prácticas centrales de un orden político liberal son la tolerancia religiosa, la libertad de discusión, las restricciones al comportamiento de la policía, las elecciones libres, el gobierno constitucional basado en la división de poderes, el escrutinio de los presupuestos públicos para evitar la corrupción y una política económica comprometida con el crecimiento sostenido basado en la propiedad privada y la libertad de contratar. Las cuatro normas o valores centrales del liberalismo son la libertad personal (el monopolio de la violencia legítima por agentes del Estado que a su vez son vigilados por ley), imparcialidad (un mismo sistema legal aplicado a todos por igual), libertad individual (una amplia esfera de libertad de la supervisión colectiva o gubernamental, incluida la libertad de conciencia, el derecho a ser diferente, el derecho a perseguir ideales que nuestros vecinos consideren equivocados, la libertad para viajar y emigrar, etc.), y democracia (el derecho a participar en la elaboración de las leyes por medio de elecciones y discusión pública a través de una prensa libre)”.3

Por supuesto este tipo ideal es sólo una construcción teórica: ningún cartabón serviría como una descripción perfecta. Aunque se pueden encontrar contraejemplos a cualquier generalización, el prototipo de Holmes es útil para definir el liberalismo. Si partimos de estas definiciones es posible encontrar no sólo liberalismo sino también liberales de diferentes cepas en México.

Fundación

El primer liberalismo mexicano renegaba, en términos generales, del pasado. En los trescientos años de dominio español no hallaba sino tiranía y atraso. José María Luis Mora lo pone bien en México y sus revoluciones. Si al influjo perverso de la Inquisición “se añaden los extravíos de las leyes y los de una administración despótica, no debe admirar que los mexicanos tengan defectos, sino el que no sean una nación depravada: ningún pueblo que ha estado sometido al doble despotismo civil y religioso por muchos años, ha dejado de padecer notables extravíos en su moralidad”.

Las cosas mejoraron con la Independencia. En 1827 Mora escribió: “si en los tiempos de Tácito era una felicidad rara la facultad de pensar como se quería y hablar como se pensaba, en los nuestros sería una desgracia suma y un indicio poco favorable a nuestra nación e institución, se tratase de poner límites a la libertad de pensar, hablar y escribir”.4 Mora es un icono del primer momento liberal, que podríamos ubicar entre 1812 y 1876. Éste es un momento fundacional. Sin embargo, el liberalismo no nació con México, como los artífices del mito han propuesto. En efecto, en los años cincuenta Jesús Reyes Heroles escribió en el prólogo de El liberalismo mexicano: “el liberalismo nace con la nación y ésta surge con él. Hay así una coincidencia de origen que hace que el liberalismo se estructure, se forme, en el desenvolvimiento mismo de México, nutriéndose de sus problemas y tomando características o modalidades peculiares del mismo desarrollo mexicano”.5 Sin embargo, lo cierto es que el liberalismo precede a la nación. La mitología nacionalista oscureció una de sus fuentes más claras. El liberalismo llegó a la Nueva España como una corriente trasatlántica de pensamiento político. La crisis de la monarquía hispánica producida por la ocupación napoleónica propició las condiciones para que tomara forma un primer liberalismo hispánico que moldeó ideológicamente los procesos políticos durante los primeros años del siglo XIX.6

El mito sitúa a los mexicanos insurgentes como héroes liberales en pugna con gachupines realistas y absolutistas. Sin embargo, lo cierto es que muchos novohispanos que deseaban mantenerse unidos a España bajo algún arreglo autonómico compartían las ideas liberales. Más aún, ya desde los primeros recuentos de la Independencia, escritos por Lorenzo de Zavala y Lucas Alamán, se aventuró una hipótesis que todavía debaten los historiadores: la separación de la Nueva España fue una reacción conservadora a las reformas de corte liberal impulsadas desde la Península. Según Roberto Breña, “el distanciamiento definitivo de las elites novohispanas respecto al gobierno de la metrópoli se inició cuando se empezaron a conocer en la Nueva España las disposiciones anticlericales que las Cortes de Madrid preparaban y que finalmente aprobarían entre agosto y octubre de 1820”. Así, “el malestar producido por estas medidas entre la minoría criolla sería capitalizado por Agustín de Iturbide”.7 De forma similar, David Brading afirma que los líderes insurgentes resultaban “poco familiarizados, más bien muy sospechosos de los principios liberales que sirvieron para justificar la independencia en otros países de América”.8

Si el liberalismo fue coartado por la Independencia, consumada gracias a una “alianza entre las fuerzas amenazadas por el reformismo español (la Iglesia, el ejército y la oligarquía) para salvaguardar sus intereses”, es algo que se seguirá debatiendo.9 Lo que no está en duda fue su objetivo primordial al comienzo del periodo nacional. Como afirma Hale, “el meollo del liberalismo político mexicano durante la primera década de la independencia, fue la formación de un sistema constitucional”.10 Esa meta sería una constante. Durante el curso del siglo XIX los liberales intentaron una y otra vez sin éxito crear un sistema de “equilibrio constitucional” que impediría caer en los extremos de anarquía y despotismo. Los elementos de este sistema fueron “una separación de poderes efectiva, una ambivalencia —si no es que abierta hostilidad— hacia la soberanía popular y un vínculo entre los derechos individuales y los intereses de propietarios como la garantía de estabilidad”.11

La fe en la magia constitucional se fracturó hacia 1827, con los primeros descalabros republicanos, pero no se rompió: en cierto grado sigue animando nuestra cultura política y jurídica hasta hoy. A pesar de que los liberales mexicanos e hispanoamericanos fueron artífices del experimento constitucional más vasto en la historia de Occidente (nunca antes se habían escrito y promulgado tantas constituciones liberales como en América hispánica entre 1814 y 1827) rara vez se vieron a sí mismos como innovadores. Sin embargo, lo fueron. El modelo que copiaban en sus constituciones estaba en pañales. Era un experimento que había sido iniciado hacía no mucho tiempo en Estados Unidos y repetido con poco éxito en Francia. Sin embargo, los hispanoamericanos al comprarlo creyeron que se trataba de una maquinaria única, probada y con garantía. Sólo bastaría desembalarla y girar la manivela para que produjera sus milagrosos efectos.

El liberalismo mexicano nació, de esta forma, marcado por una obsesión con las constituciones y cierta pobreza filosófica. También hubo en el origen un consenso metafísico. En efecto, los mexicanos comulgaron con la idea del catolicismo como rasgo constitutivo de la nueva nación. Esa profesión puede apreciarse cabalmente en la primera frase de la constitución federal de 1824: “En el nombre de Dios Todo Poderoso, autor y supremo legislador de la sociedad”. Para los constituyentes la religión de la nación mexicana “es y será perpetuamente la católica, apostólica y romana. La nación la protege por leyes sabias y justas, y prohíbe el ejercicio de cualquier otra” (art. 3).

Además de la intolerancia religiosa había también un consenso ideológico. El sistema tomaba inspiración “de una corriente de pensamiento político francés que se originó con Montesquieu y fue propuesto en el siglo XIX por Benjamin Constant, Alexis de Tocqueville, Edouard Laboulaye e, incluso en cierto sentido, por Hippolyte Taine”.12 En efecto, México y el resto de las naciones hispanoamericanas fueron críticamente influidas por el ambiente político e ideológico de la Europa de la Restauración. La corriente más influyente fue el liberalismo constitucional posrevolucionario preconizado por Benjamin Constant. El principio cardinal de Constant era la defensa de la libertad individual contra las invasiones de la autoridad arbitraria. La generación de liberales posrevolucionarios buscaba un punto medio entre los excesos de la Revolución, en particular del Terror, y la reacción legitimista (monarquista). La piedra angular de este pensamiento era la defensa del sistema representativo de gobierno y el constitucionalismo.

El predominio ideológico del liberalismo posterior a la Restauración, de talante conservador y moderado, es abrumador en prácticamente todos los pensadores y actores políticos de la época; articuló un consenso ideológico que duró en México más de veinte años. Las ausencias más conspicuas en este periodo son las de las ideas democráticas radicales y el pensamiento reaccionario continental. Si hubo un atisbo de radicalismo en el proceso de independencia —en particular en la constitución insurgente de Apatzingán— se había extinguido para cuando los representantes se reunieron para deliberar en los primeros congresos constituyentes de principios de la década de los 1820. Podríamos afirmar que hasta la década de 1840 prácticamente todos los actores políticos comulgaban con un liberalismo moderado, producto de la Restauración en Europa.

No es sino hasta la guerra con Estados Unidos que surgió una alternativa propiamente conservadora. El Lucas Alamán que escribe el Examen imparcial de la administración de Bustamante en 1831 está muy cerca de Mora y lejos aún de las posiciones abiertamente conservadoras que defenderá quince años después. Entre 1821 y 1836 Alamán creyó en el gobierno representativo, la división de poderes (que, según él, no había sido correctamente interpretada por los constituyentes de 1824), una economía de libre empresa, y las libertades ciudadanas.

El liberalismo mexicano tuvo, desde sus inicios, un ala democrática y otra aristocrática. El ala más radical del liberalismo mexicano comenzó a percibir los privilegios del clero y el ejército como un obstáculo a la modernización del país. Paradójicamente, la lucha por liberar a México del régimen de privilegios corporativos de la Iglesia y el ejército podía conducirse dentro del consenso teológico. Por ello, no fue sino hasta 1860 cuando, en medio de la guerra civil, una ley estableció la libertad de cultos. El dilema de los primeros reformadores, encabezados por Valentín Gómez Farías, era que el propósito de limitar al Estado se volvió incompatible con el objetivo de utilizarlo para combatir los privilegios. Como afirma Hale, “lo que había cambiado en 1830 eran las ideas en torno a la manera en que se podía alcanzar el progreso liberal. Era la sociedad ejemplificada por estos vestigios del pasado lo que ahora debía reformarse”.13

Aquí está la pulsión de reformar la sociedad para que acogiera los principios del liberalismo. ¿Es esto contradictorio? Para Hale, los liberales intentaron llevar a cabo dos propósitos encontrados: construir una autoridad política limitada al tiempo que luchaban contra la estructura social tradicional. Había un conflicto entre un Estado fuerte para atacar el privilegio corporativo y un Estado limitado para garantizar la libertad individual.14 Sin embargo, me parece que ésa no es una característica exclusiva del liberalismo mexicano; es más, podría no ser una contradicción en absoluto. La idea de que el liberalismo es una teoría que únicamente constriñe el poder es cuestionable. Como ha señalado Stephen Holmes, a lo largo de la historia el liberalismo ha tenido una dimensión positiva: ha creado poder y Estados poderosos.15 Las instituciones liberales ayudan a incrementar la capacidad del Estado para movilizar los recursos internos para fines colectivos.16 La correlación positiva entre los derechos individuales y las capacidades estatales es un tema importante en la historia del pensamiento liberal. El fortalecimiento de la autoridad estatal para combatir a la Iglesia o a las corporaciones no es un rasgo anómalo, sino una parte constitutiva del liberalismo en Occidente.

A partir de la guerra de Reforma (1857-1861) el liberalismo se convirtió en un credo de combate. Tal vez porque los liberales enfrentaron a un adversario que había terminado por cuajar una alternativa ideológica coherente. Lo notable de ese adversario conservador es que en los años posteriores a la catastrófica guerra con Estados Unidos formuló una crítica general a los principios doctrinales liberales. A finales de la década de los 1840 Alamán, Rafael de Rafael y Vilá y otros editorialistas del periódico conservador El Universal atacaron no sólo la pertinencia del liberalismo para México, sino sus ideas torales como la soberanía popular, el gobierno representativo y los derechos individuales. Ése no era el conservadurismo que en Europa pugnaba por frenar la extensión del sufragio a las clases trabajadoras. Era un programa, radical y anacrónico, que pertenecía cabalmente al siglo anterior.

La victoria final sobre la facción conservadora en 1867 y el periodo de hegemonía liberal de la República Restaurada (1867-1876) dejaron dos herencias perdurables al liberalismo. La primera fue una política en la cual se rendía tributo a una constitución venerada —la carta de 1857— mientras que la política se conducía por otro camino. Durante la mítica República Restaurada Juárez nunca gobernó con la constitución, como señaló a principios del siglo XX el jurista Emilio Rabasa. El segundo legado fue la intolerancia. El liberalismo se convirtió en un credo de combate que monopolizó el patriotismo. No de balde los liberales más radicales se denominaron “puros”.

Según David Brading, los radicales más influyentes de este periodo, Ignacio Ramírez e Ignacio Manuel Altamirano, transformaron el significado político del término patria, “redefiniendo la vieja patria criolla como una república federal, heredera no del Anáhuac o de la Nueva España, sino de la Revolución francesa, de la Insurgencia de 1810”.17 En efecto, para Brading, el meollo del radicalismo en México era el aborrecimiento de la iglesia católica, cuyo poder e influencia se consideraba como el principal obstáculo para el progreso social, económico y moral: “sin la destrucción de su autoridad pública sería imposible crear una sociedad moderna y secular dedicada a los principios de la Revolución francesa”. Así, en México todos llegaban tarde al banquete: los conservadores a la crítica de la modernidad política y los liberales al culto jacobino.

Transformación, crisis y ausencia

La historia de las “transformaciones” del liberalismo en el último cuarto del siglo XIX es bien conocida. Aparentemente el liberalismo triunfó en México, pero al tiempo que logró conquistar algunas de sus metas más anheladas, se perdió, o transformó, en una doctrina política y social distinta: el positivismo. A pesar de que el positivismo no es una teoría política propiamente dicha, sus preceptos proveyeron a las elites mexicanas de numerosas claves para entender su realidad. La política “científica” implicaba la convicción de que los métodos científicos podían ser aplicados a la solución de los problemas nacionales. La política fue entonces vista como una ciencia experimental, basada en hechos observables y los gobernantes “ya no debían guiarse por abstractas teorías y fórmulas legales que sólo habían llevado a revoluciones y desorden”.18

Para Hale, la apreciación ampliamente compartida de que las dos décadas posteriores a 1870 representaron el logro del liberalismo es un espejismo. Lo que aparecía como la consecución del liberalismo “fue de hecho su transformación de una ideología en conflicto con las instituciones y patrones sociales del orden colonial heredado en un mito unificador. En comparación con la primera mitad del siglo que siguió a las independencias, los años que siguieron a 1870 fueron de consenso político. Las doctrinas liberales clásicas basadas en el individuo autónomo cedieron ante teorías que concebían al individuo como una parte integral del organismo social, condicionado por el tiempo y lugar y siempre cambiante, como la sociedad misma se transformaba”.19

Todos aquellos que albergaban aspiraciones políticas debían ser “liberales”; los del Porfiriato se dividieron en dos subespecies, tan semejantes una de la otra como las avestruces y los colibríes. Los liberales “puros” o “doctrinarios” propugnaban por el respeto a la constitución de 1857 y a las Leyes de Reforma. A éstos se oponían los liberales “conservadores” o “nuevos”, influidos por el positivismo y por la experiencia de las repúblicas conservadoras de Francia y España en los 1870; asimismo, habían terminado por oponer el orden a la libertad y en consecuencia veían con mayor simpatía el régimen de Porfirio Díaz. En su perspectiva, México debía ir más allá de la negativa política “metafísica” y revolucionaria característica de la mitad del siglo para formular un programa en consonancia con una nueva era. La agenda de la “política científica” de hombres como Justo Sierra fue la reforma constitucional dirigida a fortalecer al gobierno, la base tanto del orden político como del progreso económico. Sin embargo, los “nuevos” liberales no eran legitimadores del Porfiriato, pues criticaban diversos aspectos del régimen; pedían una reforma integral de la constitución de 1857 para acercar el orden legal a la práctica política, no para dejarle las manos libres a Díaz. Los liberales conservadores se opusieron a él cuando, por ejemplo, promovieron la inmovilidad de los jueces de la Suprema Corte de Justicia.

Sin embargo, en el siglo XX incluso este liberalismo conservador naufragó contra dos grandes escollos, uno interno y otro externo. El primero fue la Revolución mexicana. El mito dice que la Revolución fue la consecución del liberalismo decimonónico, interrumpido por el porfirismo. En efecto, Reyes Heroles proponía que “para comprender la Revolución mexicana, su constitucionalismo social, tenemos que considerar nuestra evolución liberal”.20 La Revolución estaba preñada de liberalismo.

Sin embargo, lo cierto es que la Revolución mexicana constituyó una poderosa fuente de inspiración antiliberal para el resto de América Latina. Como afirma Javier Garciadiego: “resulta innecesario insistir en que ni la Constitución de 1917 ni el Estado mexicano posrevolucionario pueden ser definidos como liberales. Difícilmente podrían serlo, como que fueron resultado de una revolución antiliberal. En efecto, una vez derrotado el proyecto maderista triunfó una revolución que tenía como sus principales objetivos la creación de un Estado fuerte, interventor e ideologizado, así como la recreación de las comunidades y corporaciones, a partir de las cuales se reestructuraría y ordenaría el país… el Estado posrevolucionario mexicano es profundamente interventor en casi todos los ámbitos de la vida pública: además de en lo económico, lo es en lo social y en lo cultural”.21 Esta tradición estatista se complementa “con el menguado valor que se asigna al individuo […] después de 1917, aproximadamente, México dejó de autodefinirse como un país liberal; desde entonces somos, en términos de cultura política y conciencia histórica, un país nacionalista revolucionario”. La Revolución mexicana constituyó una poderosa fuente de inspiración antiliberal para el resto de América Latina.

El segundo escollo, en los años treinta, fue el florecimiento en todo el mundo de pujantes ideologías antiliberales, como el fascismo, el comunismo y el nazismo. El liberalismo y las democracias parlamentarias parecieron entonces obsoletos bártulos ideológicos en vías de extinción. Mientras que en otros países partidos y movimientos fascistas o socialistas se enfrentaban a gobiernos de corte liberal, en México había un Estado revolucionario que no era socialista, fascista o liberal. En ese páramo hostil el liberalismo, como corriente estructurada de pensamiento, prácticamente desapareció. Quedó relegado a los márgenes, a los libros de historia. Sin embargo, en los extremos brotó un puñado de hongos solitarios. Son breves y extemporáneos capítulos liberales. La fundación de la Escuela Libre de Derecho encarnó la libertad de educación. Antonio Caso hizo una enjundiosa defensa de libertad de cátedra y desde una posición humanista, que no liberal, defendió la dignidad de las personas. De la misma manera que Caso defendió la libertad de cátedra, defendió otras libertades y la democracia.22

No es en los partidos políticos ni en los filósofos, ni en un proyecto educativo donde podemos hallar la supervivencia más cabal del liberalismo, sino en un poeta excéntrico: Jorge Cuesta. En los años treinta Cuesta, miembro del grupo de los Contemporáneos, lanzó una solitaria cruzada contra las ideas de moda: planeación, educación socialista, fascismo. Aquí hay no sólo una defensa de la tradición liberal en México, sino en el resto del mundo. “En cualquier lugar donde el antiliberalismo político prepondera”, sentenciaba Cuesta, “se observa el divorcio intelectual entre la política y la cultura superior que se ha verificado en México”.

Apropiación

Para los cincuenta el ambiente político e ideológico en México había cambiado radicalmente. El triunfo de los aliados en la Segunda Guerra Mundial reivindicó a la democracia liberal. Fue el fin de las “terceras vías”: a partir de entonces ya no habría alternativa entre la democracia liberal y el socialismo. Las doctrinas antiliberales, excepción hecha del marxismo, estaban en retirada. Carl Schmitt era enjuiciado en Nuremberg y los fascismos locales habían perdido su atractivo. Las “débiles” y “decadentes” democracias liberales habían finalmente prevalecido. En la Guerra Fría, México se alió con el bloque occidental. La Revolución había perdido su atractivo radical. Se vivía, después de la polarización social generada por las reformas del cardenismo (1934-1940), un periodo de moderación y conciliación ideológica. El lema era “unidad nacional”. Este ambiente era propicio para reelaboraciones ideológicas del pasado donde, para borrar un pasado conflictivo, se restauraba un sentido de continuidad histórica capaz de reconciliar a la nación. La mesa estaba puesta para que el liberalismo se convirtiera en ese factor de consenso ideológico.

La Revolución, como utopía social y política, había dejado de existir. Para muchos, las promesas de regeneración habían quedado incumplidas. Este agotamiento y desencanto llevó a gente como el historiador Daniel Cosío Villegas a una búsqueda nostálgica de una ideología y de un periodo ejemplares en la historia política de México que sirvieran como un parámetro crítico. Después de varias décadas de olvido el liberalismo reapareció como un programa útil para exhibir los desvíos y las traiciones de la Revolución hecha gobierno. Al igual que los liberales “doctrinarios” durante el Porfiriato, Cosío Villegas pensaba que la Revolución había sido incapaz de cumplir los anhelos de regeneración política y moral que la nación había puesto en ella. ¿En qué periodo de la historia se podía hallar una vara que sirviera para medir la situación actual? La vuelta al siglo XIX era ineludible: la etapa idealizada, que serviría como punto de comparación para evaluar el presente, sería la República Restaurada (1867-1876). Aquel había sido, según el historiador liberal, un periodo de libertades, división de poderes, vigoroso debate y democracia política. La obra magna de Cosío Villegas, La historia moderna de México (1955), fue el resultado de esa búsqueda nostálgica. La constitución idealizada sería la de 1857. En la Constitución de 1857 y sus críticos (1957) Cosío hizo una vigorosa defensa del liberalismo constitucional. Ante los “gigantes” de la Reforma palidecían los “cachorros” de la Revolución.

De la misma manera, es precisamente durante la era de consenso que Jesús Reyes Heroles escribió El liberalismo mexicano. Revolución y liberalismo habían sido “institucionalizados”. El liberalismo adquirió dos caras distintas y hasta contradictorias, aunque igualmente míticas. La primera, epitomizada por Cosío Villegas, veía en el pasado liberal un parámetro crítico para juzgar negativamente la realidad de los regímenes posrevolucionarios. La herencia liberal era un programa a futuro, que debía construirse sobre el fracaso de la Revolución. La segunda (Reyes Heroles) no veía traición sino cumplimiento y continuidad en el programa revolucionario. La Revolución había recuperado y actualizado el anhelo liberal decimonónico interrumpido por el Porfiriato. El liberalismo se convirtió así, como señala Hale, en uno más de los mitos nacionales que conformarían el panteón oficial del nacionalismo mexicano. El concepto de la continuidad del liberalismo, afirma Hale, “ya sea construido apologéticamente por Jesús Reyes Heroles o incluso construido críticamente por Cosío Villegas, tiende a impedir nuestro entendimiento de ese largo intervalo entre la heroica Reforma y la heroica Revolución, la era en la cual se forjó el mito liberal, y de esa forma contribuye a ignorar o a distorsionar otras importantes continuidades liberales que pueden ser relevantes para una visión más clara de la política mexicana de hoy”.

Estos dos “modos” de apropiación del liberalismo entraron en crisis hacia finales del siglo XX. Por un lado, nuevas investigaciones históricas aparecidas en los setenta, como las de L. Ballard Perry y Richard Sinkin demostraron que la mítica República Restaurada no era el periodo ejemplar imaginado por Cosío Villegas. El fraude electoral y la continua suspensión de garantías marcaron todo el periodo.23 Por el otro, la tesis de la continuidad del liberalismo entró en crisis junto con el nacionalismo revolucionario. El punto culminante de esa crisis ideológica ocurrió cuando el presidente Carlos Salinas (1988-1994) intentó botar al mar la parte revolucionaria y reconstituir el elemento “liberal” de la ideología del PRI. El resultado fue un breve periodo durante el cual el “liberalismo social” reemplazó al nacionalismo revolucionario. Tal vez esa operación estiró demasiado la liga de la ideología oficial de un régimen autoritario. Cuando se restauró al nacionalismo revolucionario en su sitio, el liberalismo quedó en una especie de limbo. Los tecnócratas en el poder eran firmes partidarios de la economía de libre mercado, pero el liberalismo —como legado ideológico o filosofía política— les tenía sin cuidado.

Además de las dos vertientes conocidas de apropiación han pasado inadvertidos algunos alegatos originales para el caso mexicano. Me refiero a la exótica voz de un abogado que en este periodo propugnaba por una economía sin intervención estatal y que formuló un “Plan para un partido liberal”: Gustavo R. Velasco.24 Este liberalismo, influido por la escuela austríaca de economía tenía poco que ver con Reyes Heroles o Cosío Villegas.

Liberación

El descalabro del liberalismo social tuvo el peculiar efecto de “liberar” al liberalismo de la camisa de fuerza impuesta por el mito. El término se había emancipado de la historia de bronce. Dejó de ser un elemento de consenso y se convirtió en lo que era al principio: una ideología de combate, que se enfrentaba a diversos enemigos. Como resultado de este proceso muchos intelectuales y políticos finalmente se desmarcaron del liberalismo. Algunos asumieron plenamente el legado antiliberal del nacionalismo revolucionario. Otros, huérfanos del marxismo, siguieron atacando a la democracia liberal y la economía de mercado desde las trincheras del multiculturalismo. A partir de entonces sólo un puñado de intelectuales o políticos se asumieron como “liberales”. Las crisis económicas producidas por los “responsables” tecnócratas y el fin del Consenso de Washington ayudaron a este desenlace. En la contienda ideológica y política de la última década del siglo XX el “neoliberalismo” se convirtió en uno de los blancos preferidos. Y un movimiento, que apelaba al corazón de la historia antiliberal, catalizó la energía simbólica de México: el zapatismo. En 1994 los rebeldes zapatistas pusieron en la discusión pública un programa completo antiliberal, no sólo en las propuestas de cambio constitucional por las que propugnaban sino en su visión de la historia del país y en los principios filosóficos que abrazaban. El multiculturalismo se convirtió así en el principal adversario filosófico, político y jurídico.

En 1995 el historiador Lorenzo Meyer escribió un libro, Liberalismo autoritario, que sintetizó bien el malestar compartido por muchos intelectuales: “el liberalismo siempre ha implicado el apego y respeto a la letra y al espíritu del marco jurídico vigente. Y es precisamente ahí donde históricamente ha fallado el liberalismo mexicano”.25 A lo largo de la historia de México había surgido entre la teoría liberal y la realidad “una gran brecha que creció con el tiempo y por donde se escapó la autenticidad y vitalidad del proyecto liberal”.26 El resultado era claro: “en la realidad mexicana el liberalismo sin adjetivos o el social, simplemente no han existido. En ningún tiempo el liberalismo ha pasado de ser un proyecto, y su discurso ha servido para encubrir autoritarismo, injusticia y corrupción. Entre nosotros y hasta hoy, la historia nos muestra que el verdadero liberalismo sólo se puede imaginar; que sigue siendo una meta por alcanzar”.27 En esta variación a la tesis de la imposibilidad histórica del liberalismo hay un corolario: el intento infructuoso de instaurar el imposible programa liberal ha tenido consecuencias negativas. Sin embargo, el liberalismo también tenía otro defecto, ese sí inherente, de no “preocuparse por los pobres”.

Una sociedad liberal implica una economía de libre mercado. Sin embargo, en América Latina el mercado no ha caminado de la mano con las libertades políticas y la democracia. Por un lado, el liberalismo en América Latina en el siglo XX ha significado poco más que economía de mercado. En el mejor de los casos tomó la forma de una tecnocracia empeñada en realizar reformas estructurales, en el peor, pinochetismo. La tradición liberal en América Latina necesita recuperar la parte política de su legado. En el otro extremo está la desconfianza visceral de amplios sectores de nuestras sociedades por todo lo que tenga que ver con el mercado. La paradoja es que mientras no aceptemos al mercado no podemos asignarle su justo papel en las sociedades liberales. Y un dato crítico se ignora: para que haya economías de mercado sanas y vigorosas se requiere de Estados fuertes e independientes de los intereses económicos. Un Estado fuerte pero limitado, capaz de hacer cumplir los contratos, proteger los derechos de las personas, construir infraestructura y proveer bienes públicos no sólo no es antitético a una economía liberal; es su precondición.

Es cierto, como sostenía Meyer hace quince años, que el liberalismo político se encuentra a la defensiva. Pero ésa es una tradición viva. Al árbol liberal le han brotado nuevas ramas. Si bien un gran número de intelectuales se ha distanciado críticamente del camino liberal, la emancipación del mito nacionalista ha permitido que el liberalismo sea redescubierto y apropiado por otros. Una corriente identificada primero con el poeta Octavio Paz y ahora con el historiador Enrique Krauze y la revista Letras Libres ha abrazado desde los ochenta muchas de las banderas liberales en México y el mundo. Incluso una parte de la intelectualidad de izquierda ha encontrado un nuevo eje liberal. Carlos Monsiváis, por ejemplo, halla inspiración en el legado literario y político del siglo XIX: “ni siquiera el vértigo de las transformaciones incesantes vuelve por entero anacrónica la tradición radical, sustentada en la escritura, la búsqueda del conocimiento, la tolerancia y el uso de las libertades”.28 Ese legado estaba “oculto” por el imaginario mítico del liberalismo. Roger Bartra ha abierto una fecunda senda de crítica liberal de izquierdas. De la misma forma, lo mejor de la tradición liberal —una pulsión por la modernidad y la igualdad— ha sido recuperado por Héctor Aguilar Camín en su visión retrospectiva del liberalismo: “No hay que mirar muy lejos para identificar las cosas que deben liberalizarse en México. En primerísimo lugar, hay que liberalizar el Estado. Un dilema del liberalismo es cómo contener al Estado frente a las libertades de los ciudadanos y cómo fortalecerlo para que garantice el piso común de derechos en que esas libertades descansan. El Estado liberal debe ser suficientemente fuerte para obligar a todos a cumplir la ley y suficientemente débil para no interferir con la libertad de nadie”.29 De forma similar, Jesús Silva-Herzog Márquez y Sergio Sarmiento reviven la mejor tradición de la prensa crítica liberal.

El liberalismo, como filosofía, ve hacia delante, no hacia atrás; cree en el progreso no en la conservación del pasado. Está vinculado, de manera indisoluble a la Ilustración, a la certeza de que la razón sirve para hacer luz y avanzar. Hoy, liberado del lastre de la historia patria, el sendero liberal en México se divide en muchas veredas de futuro.


José Antonio Aguilar Rivera

Profesor investigador del CIDE. Entre sus libros: El sonido y la furia. La persuasión multicultural en México y Estados Unidos. Próximamente será publicado por el FCE el libro La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo.


1 Charles A. Hale, “Los mitos políticos de la nación mexicana: el liberalismo y la Revolución”, Historia mexicana, vol. 46, núm. 4, abril-junio, 1997, p. 820.

2 Fernando Escalante, “La imposibilidad del liberalismo en México”, en Josefina Vázquez (coord.), Recepción y transformación del liberalismo en México. Homenaje al profesor Charles A. Hale, El Colegio de México, México, 1999, p. 13.

3 Stephen Holmes, The Anatomy of Antiliberalism, Harvard University Press, Cambridge, 1993, pp. 3-4.

4 José María Luis Mora, “Política. Discurso sobre la libertad de pensar, hablar y escribir”, El Observador, 13 de junio de 1827.

5 Jesús Reyes Heroles, El liberalismo mexicano, FCE, México, 2007, I: xii.

6 Roberto Breña ha hecho la reconstrucción de este primer liberalismo hispánico. Roberto Breña, El primer liberalismo hispánico y los procesos de emancipación de América 1808-1824, El Colegio de México, México, 2006.

7 Ibíd., p. 458. Otros historiadores no están persuadidos de esta tesis. Véase Josefina Vázquez, “Reseña de El primer liberalismo español y los procesos de emancipación de América, 1808-1824”, en Historia mexicana, vol. 57, núm. 3 (227), enero-marzo 2008, pp. 963-975.

8 David Brading, Los orígenes del nacionalismo mexicano, Era, México, 1993, p. 76.

9 John Lynch, Las revoluciones hispanoamericanas 1808-1826, Ariel, Barcelona, 1989, p. 322.

10 Charles A. Hale, El liberalismo mexicano en la era de Mora (trad. Sergio Fernández y Francisco González), Siglo XXI, México, 1994, p. 80.

11 Charles A. Hale, Emilio Rabasa and the Survival of Porfirian Liberalism, Stanford University Press, Stanford, 2008, pp. 5-6.

12 Ibíd., p. 7.

13 Hale (1994), op. cit., p. 116.

14 Ibíd., p. 163.

15 Stephen Holmes, Passions and Constraint. On the Theory of Liberal Democracy, University of Chicago Press, Chicago, 1995, p. 19.

16 Véase, por ejemplo, Stephen Holmes y Cass R. Sunstein, The Cost of Rights. Why Liberty Depends on Taxes, Norton, Nueva York, 1999.

17 David Brading, “El patriotismo liberal y la reforma mexicana”, en Mito y profecía en la historia de México, Vuelta, México, 1988, p. 128.

18 Charles A. Hale, “Political and social ideas in Latin America, 1870-1930”, en Leslie Bethell (ed.), The Cambridge History of Latin America, vol. IV, c. 1870 to 1930, Cambridge University Press, Cambridge, 1986, p. 387.

19 Ibíd., p. 369.

20 Reyes Heroles (2007), op. cit., p. xiii.

21 Javier Garciadiego, “¿Dónde quedó el liberalismo?”, en Josefina Vázquez (1999), op. cit., pp. 83-84.

22 Antonio Caso, Obras completas. VIII- La persona humana y el Estado totalitario. El peligro del hombre (prol. de M. de la Cueva, comp. de R. Krauze de Kolteniuk), UNAM, México, 1975, p. 20.

23 Laurens Ballard Perry, Juárez and Díaz. Machine Politics in Mexico, Northern Illinois University Press, De Kalb, 1978; Richard N. Sinkin, The Mexican Reform, 1855-187. A Study in Liberal Nation-Building, University of Texas Press, Austin, 1978.

24 Gustavo R. Velasco, Un programa para un partido liberal, México, Instituto de Investigaciones Sociales y Económicas, 1972; Gustavo R. Velasco, El camino de la abundancia: una política social y económica para México, México, Edit. Humanidades, 1973.

25 Lorenzo Meyer, Liberalismo autoritario, Océano, México, 1995, p. 21.

26 Ibíd., p. 22.

27 Ibíd., p. 69.

28 Carlos Monsiváis, Las herencias ocultas de la Reforma liberal del siglo XIX, Debate, México, 2006. p. 12.

29 Héctor Aguilar Camín, “El Estado antiliberal”, Milenio, 21 de marzo de 2008.