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Vivimos con los pies dentro de la marea que es la diaria batalla en los diarios. Todas las mañanas y luego todas las noches miramos subir el agua que llega con sus muertos y sus miedos, llenando las casas de noticias que pudren el ánimo. ¿Algo bueno ha de suceder aquí? Florearon las azaleas, pero eso no sale en los periódicos. Han estallado las jacarandas. Nadie las quiere ver. No aquí, menos aún en Ciudad Juárez. ¿En dónde están las causas de ese horror? No se sabe. Sólo sus frutos se oyen. Nada sabemos nosotros, pero allá tampoco lo saben las autoridades. Quisieron gobernar, y ahora ponen cara de quién sabe qué pasará, pero vengan ustedes a ver qué se les ocurre. Y allá han ido. Desde el presidente Calderón con todo tipo de teorías hasta los periodistas con todo tipo de ocurrencias. Y al revés. Teorías y ocurrencias con nuestro pasmo como testigo. Total: de Ciudad Juárez sólo sabemos, como Sócrates y las azaleas, que no sabemos nada. Yo me siento a leer y de repente estoy mesándome los pelos mientras afuera vuela un pájaro rojo y un grillo canta desde una maceta: impertinentes.

Afuera también anda el mundo tropezándose. Ahí está Cuba. Y el silencio. Porque las dictaduras de izquierda son buenas, aunque lleven más de cincuenta años atormentando a un país. Y Fidel Castro un héroe, no una desgracia que parece eterna.

impromptu

La primera vez que oí hablar de Fidel Castro tenía yo diez años y estaba escondida. A los niños de mi familia nos tenían secuestrada la pena. Se trataba de que fuéramos felices, creyéramos en la bondad innata de los seres humanos y viéramos el mundo como un paraíso. Igual que las jacarandas. Y aunque la verdad llega, sin remedio y sin reloj, lo cierto es que las cosas que uno aprende en la infancia marcan para siempre. Y yo quedé marcada por la obligación de andar alegre aunque haya penas. Mi padre, en cambio, sabía todo lo que hay que saber del desencanto. Vivió en Italia durante la Segunda Guerra Mundial y semejante horror no se olvida aunque no se le nombre para no invocarlo. “Dentro de ese hombre hay un dictador”, le dijo a un tío que andaba eufórico con Fidel Castro. “Dictador, Mussolini”, dijo el tío. “Sin duda. Por eso te lo digo, porque ya los conozco”. En el aire hubo un hilo de tensión y yo salí de mi escondite para romperlo. No se hablaba de política frente a los niños.

Ni de sexo, ni de dinero. Así que no se dijo más. Apenas era Fidel el héroe de la paloma en el hombro. ¿Quién le iba a creer a mi padre lo que parecía sólo una mala intuición? Quince años después yo estuve en Cuba con los ojos empeñados en descifrar las dichas de una Revolución venerada en el medio que me rodeaba. Vi por primera vez La Habana, Matanzas, Cienfuegos y unas clínicas de salud idénticas a las que había en México por todas partes. No me gustó el aire de internado, pero confieso que traté de no verlo desde el autobús en que nos llevaban de un lado a otro para que no nos desperdigáramos. Ya entonces le dejé unos pantalones de mezclilla a una mujer que había sido pionera y lo seguía siendo: luego eso iba a pedirlo todo el mundo. Volví dos veces más. Ahí sí ya no era posible hacerse la ciega, ni empeñarse en ver lo bueno de lo malo. Fidel era un dictador, verlo era temblar por sus enemigos. Y enemigos eran todos los que no estaban a sus pies. Desde entonces daba pena ver eso, pena cómo lo vivían los amigos, cómo se había desmoronado la esperanza y cómo se quedaba en otros, tatuada, hasta llevarlos a negar lo evidente. Porque se sigue repitiendo, con Cuba, la infamia que se cometió negando los horrores del comunismo soviético. Y para no perturbar nuestro abolengo de bien pensantes nos quedamos callados mientras pasa el horror por nuestra vera. Todo por no discutir. Porque las dictaduras de izquierda no son criticables. Bastante tienen con enfrentar al imperialismo yanqui. Mayor burrada sólo la cumbre de Cancún.

Han pasado casi treinta años más y la dictadura se ha comido tres generaciones y un caudal de inteligencia que se hizo subalterna y silenciada. ¿Qué aquí también hay injusticia? Ni dudarlo, pero podemos salir a decirlo. A gritarlo. Ahí es imposible siquiera poner en duda la sabiduría de ese loco. Así que oigo callarse a mis amigos mientras aquí suena Chopin y me siento culpable de estar gozándolo. Al tiempo que en Juárez y en Cuba, estoy en la primavera y Chopin. Hace doscientos años que nació Chopin. Los mismos que han pasado desde el inicio de la guerra de independencia en México. Yo no sé qué le hago al tiempo o qué hace el tiempo conmigo: pasan los días como si fueran horas y vive mi cabeza regida por las notas de un impromptu. Notas veloces a las que suceden armonías lentas, sin planes. Se inunda mi estudio con las malas noticias, pero mi oído va llevándome al siglo diecinueve que fue el siglo del piano. Y de las guerras. Aunque en todos los siglos hay guerra. La novedad del diecinueve fue el piano y en el siglo del piano Chopin fue el iniciador de un mundo sonoro que no existía. ¿Cómo no pensar en él aunque parezca un desorden en medio de las inundaciones, los temblores y las dictaduras? Hace doscientos años que nació el frágil, intenso, desarmado e íntegro Federico. Si tuviera que pedir un deseo ligado a lo imposible, jamás pediría ser un héroe patrio, pediría el gozo de tocar un impromptu. Pero esta primavera no andamos para pedir sino para preguntar. ¿Estamos seguros de que nuestro país es sólo esta procesión de muertos y asesinos? ¿De que no hay nada peor? Yo no. Yo veo también un joven de Chalco cuyo televisor flota entre aguas negras, mientras él intenta alcanzarlo y le declara al reportero su certeza de salir adelante, junto con su mujer, como salieron hace diez años, en que las aguas del canal cercano a su vivienda también barrieron las cosas que habían juntado antes de juntar los tres hijos que hoy tienen. El muchacho trabaja en la pepena de basura, y uno diría que semejante quehacer tiene que dar un hombre triste y quejumbroso, sin embargo ha dado un haz de luz que habla en mitad de una catástrofe sin dejar tiempo para una queja. Ni contra la naturaleza, ni contra su destino, ni siquiera contra el gobierno a quien todos culpamos de todo, tiene él un reproche. Y habría para todos. En veinte horas, en temporada de secas, cayó la misma cantidad de agua que en temporada de lluvia suele caer en una semana: ¡malvada naturaleza! Y así como cayó agua sin saber de dónde, cayó el estupor sobre una parte de la ciudad que alguna vez fue un lago rodeado de lagos: ¡infame destino! El ecosistema recuperó la memoria y volvió de golpe a tragarse las casas y las cosas de quienes habían hecho su vida en los páramos medio secos que fueron agua, hace menos de un siglo. ¡Estúpida autoridad que lo permitió! Así que en unas horas se rompieron canales y desbordaron ríos. ¡Vengativa naturaleza! Del drenaje volvió a salir un mundo oscuro y miles de personas perdieron casi todo lo poco que tienen. ¡Irresponsable autoridad, ruin naturaleza, maldito destino! Este muchacho podría decir todo eso y más, pero no lo hizo. Y no por tonto, sino por valiente. Siguió recuperando cosas que iba dándole a su señora detenida en el pretil junto al agua. Bendito ese sereno estar sin volverse ni criminal, ni narco, ni loco. Bendito destino vivir con gente así. Vi a ese muchacho, retando al mundo diario y no habrá diario que me quite de la memoria su memoria. Hay quien vive como quien reza. Como si detrás llevara un impromptu creado por Chopin sólo para su gloria. Hay gente empeñada en florecer sin escándalos. Y en este país nuestro hay mucha de esa gente. Como en Cuba, Polonia, Chile y Haití. Ha de haber para ellos mejor futuro. Y eso no lo digo porque me criaron en la negación del mal, lo digo porque, como las jacarandas, creo en el bien.

Ángeles Mastretta. Escritora. Autora de Maridos, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida.