plura

Roger Bartra (comp.),
Gobierno, derecha
moderna y democracia

en México, Herder,
México, 2009, 256 pp.

No vemos la política, la historia, o eso que llamamos mundo, con los ojos: los vemos con las ideas. De ahí la importancia de éstas, pues ideas bien construidas nos permitirán ver bien nuestra realidad (y explicarla y transformarla en la medida de lo posible). Ideas mal construidas nos impedirán ver.

Los conceptos de derecha, izquierda y centro ¿nos ayudan a comprender nuestra realidad política o bien nos dificultan hacerlo? ¿Facilitan el diálogo sobre nuestros problemas públicos o lo complican hasta volverlo imposible? En particular, ¿son útiles para “entender las tensiones que han impregnado a México después de las elecciones de 2006”, como plantea Bartra en la presentación de este libro? El lector no encontrará una sola respuesta a estas preguntas en Gobierno, derecha moderna y democracia en México, pero sí respuestas diversas y elementos para profundizar en ambas cuestiones.

En los 15 ensayos que conforman el libro hay una amplia variedad de posiciones sobre el valor del término de derecha. Desde quienes los rechazan abiertamente, como Enrique Krauze y Macario Schettino, hasta quienes presentan datos y argumentos a favor del mismo, como Soledad Loaeza y Juan Molinar. En algunos ensayos el término se usa sin cuestionarlo, pero añadiéndole calificativos (Bartra: derecha moderna, liberal, conservadora, burocrática, “revolucionaria”). En otros no se cuestiona directamente, pero se utilizan conceptos distintos que matizan o desplazan a la geometría política (Eduardo Ibáñez).

De manera que un primer mérito del libro es su pluralismo. ¿Hubiera sido posible un libro así hace 20 años? Un buen signo: la cultura mexicana, en la academia y en la política, tiende a ser más plural. Ciertamente, se trata de un rompecabezas desarmado, que deja al lector la tarea de construir respuestas a la pregunta sobre qué es eso de la derecha, si merece adjetivos o no, si ayuda entender o estorba el entendimiento, si permite la comunicación o la impide. El libro busca un lector activo.

El ensayo de Roger Bartra abre el libro. Lo guía la preocupación por el retorno del antiguo régimen, resultado de una alianza entre la derecha priista y la derecha conservadora católica. Frente a ese riesgo propone el fortalecimiento tanto de la derecha liberal como de la izquierda democrática. El mérito de este ensayo está en resaltar los adjetivos de derecha e izquierda. Su debilidad está en eso mismo. ¿Es claro el contenido de los sustantivos (derecha e izquierda)? ¿Qué sustantivo daría Bartra a Gabriel Zaid, citado al menos siete veces en este ensayo?

La contraparte, el primer ensayo en este aspecto sería el último, escrito por Eduardo Ibáñez. Recupera la distinción tradicional pero notablemente actual que Émile Poulat propuso para analizar la actitud política de los católicos: integristas, liberales y sociales. Interesa destacar a los primeros por su relación con la geometría política. Para Ibáñez “en su mayoría son conservadores de derecha, aunque también los hay de izquierda radical”. Un caso, como muchos, donde los supuestos extremos (derecha e izquierda) se tocan, y acaban compartiendo lo fundamental. Los sustantivos pierden lugar frente al adjetivo (integrista).

El ensayo más importante en cuanto al intento de justificar el concepto de derecha (y por tanto el de izquierda) es el de Soledad Loaeza. Recurre para ello a interesantes datos de encuestas a ciudadanos que demuestran que la distinción sí tiene una presencia importante (aunque no total) en la opinión pública mexicana. Sin dudar de lo anterior, al menos dos preguntas surgen en la lectura: el hecho de que la opinión pública mayoritariamente haga suya la distinción izquierda derecha ¿le da validez a estos conceptos para entender a la política? La segunda duda se ha planteado cuando se encuentra una alta correlación entre “ser de derecha” y votar por un partido ¿no se trata de una tautología? “Dado que soy de derecha voto por el PAN, y voto por el PAN porque soy de derecha”.

Molinar también hace suya la distinción. El núcleo de la misma está para él en el dilema entre libertad e igualdad. Todos estamos a favor de ambos valores, nos dice el autor, pero hay circunstancias en que hay que preferir a uno sobre el otro: si se prefiere a la libertad, entonces se es de derecha; si la preferencia es por la igualdad, se es de izquierda. Analiza otros valores que distinguen ambas posiciones y muestra cómo han variado con el tiempo: internacionalismo, nacionalismo, pena de muerte, ecología, diversos tipos de libertades (de expresión, de asociación de empresa) que en ciertos momentos han sido valores de la izquierda, y en otros de la derecha. Esta volatilidad (y la complejidad de cuestiones de la igualdad, pues los tipos de la misma son varios y contradictorios) hacen que la reivindicación de la distinción genere dudas y cautelas.

Como ya se dijo, entre los autores que rechazan la distinción destacan Enrique Krauze y Macario Schettino. Para el primero el término derecha tiene “una clara inutilidad epistemológica”. Tiene, en cambio, “gran utilidad política, pues esta palabra se usa para descalificar y no para caracterizar, comprender o explicar”. Krauze recuerda las múltiples coincidencias entre la izquierda de los siglos XX y XXI y el gran conservador del siglo XIX, Lucas Alamán. Lamenta la miopía de quienes confunden derecha con liberalismo (y al liberalismo económico con el político, hay que añadir), cosas totalmente distintas.

Schettino realiza un “ejercicio” para ordenar las ideas sobre el grado de conservadurismo y liberalismo de los tres principales partidos. Concluye que en los tres prevalecen posturas conservadoras, pero el más conservador es el PRD. Como Bartra y Krauze, teme también que pueda haber una restauración autoritaria en México enmascarada con el término “izquierda”.

Hay otros textos valiosos que no se centran en el término de derecha. Jorge Castañeda, en una reflexión fresca, original, sugerente, pone a los “guardianes del templo” (los intelectuales y la “opinocracia”) frente al espejo, a partir de un interesante “teoría del intruso” basada en la corrección política. Lujambio habla de la izquierda del PAN a partir de Efraín González Morfín. Rodrigo Guerra propone una modernidad barroca, alternativa a la dominante. Fernando M. González seguramente se llevará la mayor parte de la taquilla por su análisis de El Yunque.

Cada lector sacará sus conclusiones. Mi lectura refuerza las tres críticas que se han hecho a la distinción izquierda derecha: cae fácilmente en el maniqueísmo, sintetiza falazmente la diversidad de la política en dos términos y oculta los extremos que se tocan. La primera crítica podemos verla expresada en una frase común en ciertos ambientes mexicanos: “quien critica la distinción izquierda derecha invariablemente es de derecha”. Una frase que descalifica de entrada, que impide el diálogo. Tácitamente considera que ser de derecha es tan negativo que es inconfesable (es estar con el pasado, con los ricos, contra el progreso).

Las otras dos críticas se expresan en una frase más clásica. La escribió Ortega y Gasset en 1937: “Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas son formas de hemiplejia moral”. Para Ortega utilizar estos términos es apagar la luz del entendimiento para que todos los gatos parezcan pardos.

Víctor Reynoso. Profesor de la Universidad de las Américas (UDLA) de Puebla.