okuribito

Dirección: Yojiro Takita.
Guión: Kundo Koyama.
Reparto: Masahiro Motoki, Tsutomu Yamazaki, Ryoko Hirosue.          
Duración: 130 minutos.

Daigo es un chelista que se ha quedado sin trabajo porque se disolvió la orquesta para la que trabajaba. Decidido a cambiar de vida, él y Mika, su esposa, vuelven al pueblo natal de Daigo para vivir en la casa de infancia que su madre le ha heredado. Ahí se encontrarán con una serie de recuerdos que resurgen, pero también con un empleo inesperado: debido a falsas expectativas de un anuncio en el periódico, Daigo acabará aprendiendo el antiguo ritual de la preparación funeraria.
                  
Okuribito (Departures por su título en inglés; literalmente, partidas) no trata tanto de la muerte como de aquellos que se quedan, de los cuidados y la atención al cuerpo, aún después de la muerte. La película da cuenta de una actitud hacia el cuerpo que ha ido quedando en desuso, incluso de las tradiciones orientales, a cambio de una asepsia y un pensar el cuerpo como objeto, como órganos independientes con funciones específicas y aisladas. Tanto es así que Daigo tendrá que ocultar su empleo, que cada vez disfruta más, para evitar la deshonra ante su mujer y mejor amigo, hijo de la dueña de un baño público —otra de esas formas de cuidado del cuerpo en vías de desaparición.

Aquel que prepara un cuerpo en un funeral debe aprender una compleja y precisa serie de gestos. Un ritual de despedida en el que vemos cómo discretamente se prepara, limpia y acomoda el cuerpo del difunto delante de los asistentes al funeral, debajo de mantas bordadas que cubren el cuerpo sin vida de modo que nunca se revele su desnudez. Cuidadosa y delicadamente, honrando la fragilidad de la vida que se ha apagado, pero también el dolor de sus seres cercanos, iremos viendo cómo Daigo aprende los modos en que deben cerrarse unos ojos, quitar la ropa por debajo del manto, limpiar el cuerpo con un paño por debajo de esa ropa, acomodarlo de nuevo, maquillar su rostro.

Ganadora —entre otros muchos premios— del Oscar a la Mejor Película Extranjera en 2009, Okuribito es un melodrama en toda forma. Un melodrama efectivo que no duda en usar todos los artilugios para conmover y divertir al espectador en pautas muy precisas y en momentos que a veces resultan demasiado previsibles: desde flashbacks de la infancia en los que Daigo no logra recordar el rostro del padre que los abandonó a él y a su madre, hasta momentos de pura emotividad donde le vemos tocando el violonchelo en distintos paisajes.

Naturalmente, la música es un elemento fundamental que nos va llevando a través el filme como partitura de emociones. Melosa, irá acompañando los gestos de preparación, los espacios de luz muy suave y los paisajes de montaña japonesa.

Los trazos del espacio resultan muy particulares en el trabajo de este director. Lejos de los trabajos de los clásicos japoneses como Yasuhiro Ozu o Kenji Mizoguchi, Yojiro Takita revela sus espacios de una manera que resulta un tanto contradictoria: unas veces revelando de golpe casi la totalidad del espacio interior y haciendo que los personajes entren o salgan por alguna de las puertas laterales (en la misma lógica de los sitcom y las telenovelas); otras, colocando al personaje al centro del encuadre y dando oportunidad que la cámara vaya alrededor de éste —permitiéndole ir de un lado al otro sin desconcertar al espectador— de modo que el resto del espacio se va revelando al fondo. Resulta lamentable que muchas veces el director no se resista a fragmentar un movimiento en varios planos en vez de sostenerlo en uno solo —como en las mejores tradiciones del cine oriental—que nos dejara ver la delicadeza y temporalidad de los movimientos de los personajes y la complejidad de su puesta en escena.

Aunque melodramático, el filme logra alternar con inteligentes momentos de humor negro que lamentablemente se van haciendo más escasos conforme avanza la trama, deviniendo en un relato abiertamente cursi. Sin duda es esta la mayor debilidad en términos de la historia: cuando pareciera que la trama ya quedaría cerrada y que algunos cabos sueltos se dejarían sin resolver, se agregan dos escenas más —predecibles en extremo— que alargan innecesariamente un final que ya deseábamos.

Okuribito (o Violines en el cielo, absurdo título con el que se estrena en nuestro país) resulta, finalmente —siempre y cuando asumamos que estaremos siendo abiertamente manipulados en nuestras emociones— en una interesante reflexión sobre el cuerpo y sus cuidados, sobre la fragilidad de la vida y las relaciones humanas.

Edwin Culp. Docente e investigador de cine en la Universidad Iberoamericana. Edwin Culp. Docente e investigador de cine en la Universidad Iberoamericana.