En 1950, a sus 24 años de edad, Jaime Sabines (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1926-ciudad de México, 1999), publica Horal, un libro extraordinario donde ya se establece un estilo, un tono, un vocabulario personalísimos. La unidad en la dispersión: un texto remite al siguiente o al anterior y el uso de los vocablos prestigiosos de la poesía de ese momento no son reiterativos (nunca dicen lo mismo, dependen de su función en el poema). El personaje, el Yo implacable, jamás cae en la proclama, y se atiene a lo tajante (el modo de enunciar) y lo anticlimático (la quietud profética, si vale el oxímoron):

Lento, amargo animal
que soy, que he sido,
amargo desde el nudo de polvo y agua y viento
que en la primera generación del hombre pedía a Dios…

Un texto magnífico escrito a los 22 o 23 años de edad. Desde el principio, Sabines ejerce su madurez, o como se le diga al don de no pagar el costo de las etapas de la inexperiencia o el candor. Verbigracia: “Lento, amargo animal”, un texto de los orígenes míticos. En el principio era… Un lector de la Biblia va de los ancestros a los descendientes, y de regreso:

 

Amargo, como esa voz amarga
prenatal, presubstancial, que dijo
nuestra palabra, que anduvo nuestro camino,
que murió nuestra muerte,
y que en todo momento descubrimos.

¿No suscribiría Sabines los versos de López Velarde: “Mis hermanos de todas las centurias / reconocen en mí su pausa igual, / sus mismas penas y sus mismas furias”? En Horal están la mezcla de extroversión y ensimismamiento que distingue a la obra y los temas perdurables: la soledad, el amor donde la pareja se devora con tal de renacer, la luz que varía de acuerdo a su materialidad: “estatua de la luz hecha pedazos…”, el ánimo del augur que alerta a ese pueblo elegido que es el poeta mismo; el haz de las paradojas como el arraigo en las contradicciones: “Soy el eco del grito que sería”, y el inicio de la fijación perenne: “He aquí que me desnudo para habitar mi muerte”. Por doquier, líneas deslumbrantes:

Cualquier cosa que se diga es verdad,
antes de mi suicidio estuve en un panal.

En Horal Sabines advierte “algo en el subsuelo de mis ojos”, adopta la humildad: “De polvo a polvo soy…”, pone al día su lectura de los clásicos del Siglo de Oro: “Me duele el aire herido que a veces soy…”, y alcanza la cima del desdoblamiento:

Mi soledad me mira
como a un extraño.

Los versos asombrosos no debilitan la unidad de los poemas, en especial de aquellos que contienen un relato que es una fábula que es una alegoría:

Anda entre toda la gente
trabajosamente.
No puede disimular,
pero, a punto de llorar,
la cojita, de repente,
se mira el vientre
y ríe. Y ríe la gente.
      (De “La cojita”.)

Y, también, el lugar común puede reconvertirse en una línea poética:

 

Yo no lo sé de cierto, pero supongo
que una mujer y un hombre
algún día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos.
                               (De “Yo no lo sé de cierto”.)

 

La pareja en el acto sexual, una de las insistencias de Sabines, alcanza la perfección en quince líneas. Allí el ritual escenifica la proeza que sólo dos perciben: el coito es una categoría del entendimiento, es lo que contiene a la otra lucidez de la especie: la realización del deseo:

Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.

Cualquier día despiertan, sobre brazos;
Piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.
(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo)

El personaje poético exalta el acoplamiento de los cuerpos (“Mi corazón emprende de mi cuerpo a tu cuerpo un último viaje”) y, con gran elegancia, elige el tema que dominará la obra: la fusión del amor y la cópula.

*

“Los amorosos” es el texto que es alegato que es utopía que es la sublevación de una inesperada raza maldita. La inmensa suerte de este poema ha corrido a cargo de las generaciones de adolescentes y jóvenes que lo han leído y memorizado como un pacto secreto y público que incluso alcanza, oh dioses, los aniversarios de boda. A estas alturas del descrédito de la obsesión amorosa y del amour fou, “el loco, loco amor pregonado por los surrealistas, André Bretón a la cabeza”, parece un despropósito alabar la “refundación del mundo” por cuenta de dos seres ansiosos, y más ahora, cuando el romanticismo parece un artilugio teatral (la sección elocuente del melodrama), pero es siempre actual la gana de trazar de nuevo el rumbo de la especie. Los que leen este poema en voz alta o en la voz alta de la mente, casi de seguro no le hacen caso a los mecanismos de la entrega sin condiciones, pero sí extraen de sus versos las sensaciones que vuelven tangible el amor en la página, mientras le conceden a lo cotidiano la transparencia última:

Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.

 

Sabines

Un poema como un viaje incesante a través de la emoción, un poema que hace las veces de acto de rebeldía (en la obra de Sabines, reacio por lo común a las formulaciones ideológicas, sólo la pasión ilumina los sentimientos). Sin estrépito, se hacen a un lado las normas, en pos de la perdurabilidad de la pareja. Los amorosos son los nómadas (“se están yendo, / siempre, hacia alguna parte”); son los premiados por la falta de recompensas (“Esperan, / no esperan nada, pero esperan”); son los que a fuerza de insistir se encuentran consigo mismos (“Los amorosos son los insaciables, / los que siempre —¡qué bueno!— han de estar solos”).
Si se escudriña a fondo “Los amorosos”, la única lectura exigible de un poema por otra parte, se advierte su condición específica: los amorosos no son los amantes a lo Abelardo y Eloísa, o a lo Rick y Elsa en Casablanca, son una tribu alejada de las recompensas del cielo prometido y el infierno tan temido; son los críticos de la sabiduría al uso y de las gentes “que creen en el amor como en una lámpara de inagotable aceite”; son los autores de hazañas imposibles: “juegan a coger el agua, / a tatuar el humo, a no irse”; son los adversarios de la dictadura de lo definitivo; son los partidarios de la oquedad y su centro infalible, los que vislumbran paisajes insólitos, los que arrancan de la verdad acertijos indescifrables, los que releen la escritura fatídica en las paredes, los persuadidos por la insensatez que alivia las heridas de la lógica. Así, en el final del poema:

 

Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida
y se van llorando, llorando
la hermosa vida.

Me detengo en este poema, no únicamente por sus resonancias sino porque auspicia las lecturas que rechazan o contradicen su proclama evidente. En “Los amorosos” no se admite la obviedad que institucionaliza a la pareja y, sin embargo, muchísimos, tal vez la mayoría, encuentran en “Los amorosos” la clave de su enloquecido sueño de bodas de plata y bodas de oro. Recuerdo la lectura de Sabines en Bellas Artes. Al anunciar “Los amorosos”, el regocijo transformó la sesión, las parejas se tomaron de la mano y siguieron el ritmo de las imprecaciones como si se tratara de bendiciones solemnes, como si oyeran el exorcismo que los protegía de la soledad, precisamente la sensación que exalta el poema.

*

En Horal, el texto “Así es” resulta de varios modos el complemento de “Los amorosos”, y es el primer homenaje-antihomenaje de Sabines a su personaje poético, a sus limitaciones y aturdimientos. En “Así es” el uso casi metafísico del sentido del humor vulnera el prestigio del afán autodestructivo:

Con siglos de estupor
con siglos de odio y llanto,
con multitud de hombres amorosos y ciegos,
destinados a la muerte,
ahogándome en mi sangre, aquí, embrocado,
Igual a un perro herido al que rodea la gente
Feo como el recién nacido
y triste como el cadáver de la parturienta

Los que tenemos frío de verdad,
los que estamos solos por todas partes,
los sin nadie.
Los que no pueden dejar de destruirse,
esos no importan, no valen nada, nada,
que de una vez se vayan, que se mueran pronto.
A ver si es cierto, muérete.
¡Muérete, Jaime, muérete!

¡Ah, mala vida,
testaruda, sorda!

En Así hablaba Zaratustra, Nietzsche escribe: “Los poetas mienten mucho”, y Sabines lo secunda desde la autocrítica. Luego del “¡Muérete, Jaime, muérete!”, añade:

Poetas, mentirosos, ustedes no se mueren nunca
Con su pequeña muerte andan por todas partes
Ustedes no conocen la muerte todavía

Si se habla de ideas poéticas fundamentales, en la obra de Sabines se translucen las enseñanzas del peruano César Vallejo, de sus empresas de autodemolición, de su llevar al límite la noción de sí mismo como el personaje herido y perseguido:

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro,
también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos.

De Vallejo, Sabines aprende el modo de no darse cuartel.

*

Del repertorio de poemas esenciales o, dicho de otro modo, infaltables de Sabines, mi predilecto es “Tía Chofi”, uno de los grandes textos cristianos en el mejor sentido del término, en el de padecer junto a otra persona, el de asumir como propias la desdicha o la tristeza en torno suyo, el de negarse a representar la superioridad de cualquier índole. La incapacidad de fingimiento lleva al homenaje más profundo de la muy piadosa falta de piedad:

Amanecí triste el día de tu muerte, tía Chofi,
pero esa tarde me fui al cine e hice el amor.
Yo no sabía que a cien leguas de aquí estabas muerta
con tus setenta años de virgen definitiva,
tendida sobre un catre, estúpidamente muerta.
Hiciste bien en morirte, tía Chofi,
[porque no hacías nada, porque nadie te hacía caso,
porque desde que murió abuelita, a quien te consagraste,
ya no tenías qué hacer y a leguas se miraba
que querías morirte y te aguantabas.
¡Hiciste bien!
Yo no quiero elogiarte como acostumbran los
                                                           [arrepentidos,
porque te quise a tu hora, en el lugar preciso,
y harto sé lo que fuiste, tan corriente, tan simple,
pero me he puesto a llorar como una niña porque te
                                                                               [moriste.
¡Te siento tan desamparada,
tan sola, sin nadie que te ayude a pasar la esquina,
sin quien te dé un pan!

 

*

En dos años Sabines entrega dos poemarios fundamentales, Horal y La señal (1951), en buena medida el mismo libro, un largo y desolado y victorioso viaje por el amor que el cuerpo de una mujer multiplica, por la ambición de eternidad que se aferra al instante, por las madrugadas vacías de contenido y ahítas de sexo o, sin contradicciones, de espiritualidad. Así por ejemplo, “Sigue la muerte” es un convivio de temperamentos en el límite, una danza medieval de la muerte, una congregación de Calaveras y Bufones del Señor:

No digamos la palabra del canto,
cantemos. Alrededor de los huesos,
en los panteones, cantemos.
Al lado de los agonizantes,
de las parturientas, de los quebrados,
de los trabajadores, cantemos.
Bailemos, bebamos, violemos.
Ronda del fuego, círculo de sombras,
con los brazos en alto, que la muerte llega.

Encerrados ahora en el ataúd del aire,
hijos de la locura, caminemos
en torno de los esqueletos.
Es blanda y dulce como una cama con mujer.
Lloremos.
Cantemos: la muerte, la muerte, la muerte,
hija de puta, viene.

La tengo aquí, me sube, me agarra
por dentro.
Como un esperma contenido,
como un vino enfermo.
Por los ahorcados lloremos,
por los curas, por los limpiabotas,
por las ceras de los hospitales,
por los sin oficio y los cantantes.
Lloremos por mí,
el más feliz, ay, lloremos.

La señal es un libro tal vez calificable de agorero no en el sentido de anotaciones del fin del mundo, sino en el del estremecimiento del personaje que, en una ciudad asediada, atiende a su propio desmoronamiento: “velar el cadáver diario que dejamos”. Esto se advierte en el poema “Es un temor de algo” donde, de nuevo, la muerte no es el fin sino una de tantas emblematizaciones de lo erótico, y en donde el miedo es una sensación casi santificada:

Es un temor de algo, de cualquier cosa, de todo.
Se amanece con miedo.
El miedo anda bajo la piel,
recorre el cuerpo
como una culebra.
No se quisiera hablar, mirar, moverse.
Se es frágil como una lámina de cine.
Vecino de la muerte a todas horas,
hay que cerrar los ojos, defenderse.
Se está enfermo de miedo como de paludismo,
se muere de soledad como de tisis…

Es y no es una paradoja que a Sabines, el más pesimista, el más desolado de los poetas contemporáneos de México, se le aprecie popularmente como el poeta del amor que a todo sobrevive.

La transformación de los poemas se debe —ni modo, Jaime, vívete— a la energía asombrosa, a la ternura que traspasa las barreras de la hosquedad. Nada más tierno que esta súplica por alguna variante coloquial del Juicio Final:

Que todos mueran a tiempo, Señor.
que gocen, que sufran hoy.
Desampárame, Señor,
que no sepa quién soy.

*

En 1953 Sabines inicia “mi trauma, mi silencio”… Se hace cargo de El Modelo, la tienda de su hermano Juan. Le cuenta a Martha Anaya y Patricia Ruiz:

Cada mañana tenía que levantar cuatro chingadas cortinas de acero y barrer la calle por donde la gente pasaba tirando basura. Era un poeta, pero tenía que ponerme a vender metros de manta o delantales o no sé qué carajos… Ahora reconozco que esos años terribles me enseñaron muchas cosas; la humildad, a ser cualquier gente, aunque en el fondo supiera que yo era antes que nada un poeta.

*

¿Tiene sentido seguir precisando en esta poesía el papel del llanto o del amor que nos conduce a la muerte o la desnudez? A sus 30 años Sabines publica Tarumba, un despliegue de la ironía como acertijo, donde el Yo poético encuentra a Tarumba, el interlocutor preciso y enigmático, a la vez el confidente, el rumor amigo y enemigo, el primero que se entera del hijo próximo del escritor:

El libro no soy yo, ni es mi hijo,
ni es la sombra de mi hijo.
El libro es sólo el tiempo,
Un tiempo mío entre todos mis tiempos,
un grano en la mazorca,
un pedazo de hidra.

 

Sabines

Sabines subraya los enigmas desde la sencillez. El que quiera entender su trabajo, que se enamore, que sufra como si su acervo simbólico no dispusiese de otros temas, que se acerque a los juicios salomónicos del disparate, que observe a la razón caminar sin ayuda de los silogismos. A fines de la década de 1940, cuando Sabines inicia su tarea literaria, ya las libertades de la imagen no requieren del calificativo “surrealista”, y los alicientes del ímpetu metafórico de Sabines están a la vista: el vocabulario poético de su generación (las voces consagradas); la obra de Neruda y de César Vallejo; la poesía francesa; la Biblia como catálogo de personajes y como elocuencia perfecta; las mitologías del catolicismo hispanoamericano; las herencias del modernismo literario (a partir de las renovaciones del sonido en Rubén Darío que Sabines matiza en pos de una “épica sordina”); el diálogo con la obra de sus contemporáneos… En este linaje de Sabines el sexo y la familia y la ternura no le dejan escapatoria al personaje:

 

Pero nací también  (porque nací)
al sexto sol del día
en el último vientre de mi madre
(Mi madre es mujer
y no tuvo ningún que ver con Dios).

*

Otras publicaciones: Diario semanario y poemas en prosa (1961) y Poemas sueltos (1951-1961), que contienen dos textos, “No es que muera de amor” y “He aquí que tú estás sola”, logros técnicos, ensalzamientos metafóricos como laberintos que continúan invictos hasta el final:

No es que muera de amor, muero de ti.
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma de ti y de mi boca
y del insoportable que soy yo sin ti.

Muero de ti y de mí, muero de ambos,
de nosotros, de ese,
desgarrado, partido,
me muero, te muero, lo morimos.

*

Yuria (1967) contiene el único y no muy logrado intento de poesía política de Sabines y, también, varios excelentes poemas de amor contradictorio (¿o cómo nombrar a los elogios a la amada rodeados de los obituarios de quien ama?), y la “Autonecrología”, una serie de cuadros líricos a los que les convendría el complemento de los grabados de James Ensor. Yuria es en su mayor parte un libro de los salmos de la muerte sin otro destinatario que el propio Sabines, que preside su duelo y distribuye no sin sarcasmo las ofrendas fúnebres:

Los gusanos hermanos, son buenas gentes
no hay que tenerle miedo al agujero del patio.

En Maltiempo (1972) incluye las estampas dedicadas a la muerte de Doña Luz, su madre:

No somos nada, nadie, madre
Es inútil vivir
Pero es más inútil morir.

En este libro, el texto “Memorial de Tlatelolco” es una elegía a los jóvenes asesinados por la locura de Gustavo Díaz Ordaz, “incapaz de todo menos del rencor”. El ánimo lo mantiene en un poema de imprecaciones soberanas, “Diario Oficial”:

El pueblo es una entidad pluscuamperfecta
generosamente abstracta e infinita
sirve también para que jóvenes idiotas
aumenten el área de los panteones
o embaracen las cárceles
o aprendan a ser ricos.
Lo mejor de todo lo ha dicho un señor Ministro:
“Con el pueblo me limpio el culo”.
He aquí lo máximo que puede ser el pueblo:
un rollo de papel higiénico
para escribir la historia contemporánea con las uñas.

 

*

Octavio Paz reconoce a Sabines: “Es uno de los mejores contemporáneos de nuestra lengua”; sin embargo, lo lee de un modo a veces no muy compartible. Por ejemplo, lo califica de “poeta verdadero y un comediante disfrazado de salvaje”; no advierto en Sabines a comediante alguno, su sinceridad nunca se disfraza y su exigencia crítica le impide el juego de máscaras. También, Paz describe las “violentas y apasionadas relaciones de Sabines con el lenguaje (verdugo enamorado de su víctima, golpea las palabras y ellas le desgarran el pecho)”. No lo considero así; él, como cualquier poeta valioso, sostiene violentas y apasionadas relaciones con el lenguaje, pero no golpea a las palabras sino, por el contrario, les adjudica un valor supremo. También, Paz habla del “realismo de hospital y burdel”: en su obra hay un hospital donde muere su padre, y, en un texto muy irónico, machista y solidario canoniza a las putas, pero en ningún momento el énfasis es realista, sino lírico, lo propio de un delirio muy afinado. Paz en cambio me parece muy acertado cuando afirma: “Para Sabines todos los días son el primero y el último día del mundo”.

Luego, Paz, en un juicio extremo, acusa de tremendista a Sabines: “Peligros de la falsa barbarie. Sabines forcejea y con un vozarrón de sótano emite quejas, sentimientos débiles o de débil. Peligros del odio (real o fingido) a la inteligencia”. De nuevo, no comparto tal severidad. Sabines no es un bárbaro ni finge serlo, acepta la inmediatez de sus pasiones y tal cosa transmite sin demostrar un odio real o fingido a la inteligencia; en lo que se concentra es en el ejercicio de la sensibilidad cuyo sustento es la inteligencia.

*

Sabines es muy parco al hablar de lo poético, y lo hace en dos o tres textos. En uno de ellos afirma:

Hay dos clases de poetas modernos, aquellos, sutiles y profundos,
que adivinan la esencia de las cosas y escriben:
“Lucero, luz cero, luz Eros, la garganta de luz
Pare colores coleros”, etcétera, y aquellos que se
tropiezan con una piedra y dicen: “pinche piedra”.

Este texto, no muy afortunado, tiene entre otros un inconveniente: incluye dos parodias que se anulan mutuamente, la del que hace malabarismo con las palabras, y la del que carece de sutilezas y abomina de la retórica. Sabines es muy complejo y nunca dice “Pinche piedra”. Él, siempre, es de una finura heterodoxa:

(Vuelvo a plancharme el rostro en el espejo,
Bozal el corazón, que ya es de día).

*

En esta obra, el llanto tan prodigado no tiene que ver con el melodrama, aunque no lo desprecie, sino con los métodos de purificación:

¡A la chingada las lágrimas!, dije,
y me puse a llorar
como se ponen a parir.

“Que el mundo sepa que sabemos ser trágicos”, sí, pero que también advierta cómo los instrumentos tradicionales —el dolor, la tristeza, la soledad, el llanto— ya no son las entidades que avasallan lo cotidiano, sino las que desatan la pequeñez anímica, las que convierten en proeza lo que de otro modo se deslizaría en la autocompasión:

Yo soy sólo la sombra
que madura en un vientre desconocido

O esta declaración de ausencia de bienes:

No soy, no soy, no he sido,
más que un lugar vacío,
un lugar al que llegan de repente
un cuerpo y un delirio
y una apagada voz que nos aprende
como un castigo.

*

¿Dónde se ubica la poética de Sabines? Él adopta el vocabulario lírico de su época, desbordante en palabras que —se supone— crean por sí mismas las atmósferas literarias, no se necesita más que la derrama inercial de palabras: luna, luz, noche, alborada, soledad… Si por intercesión de la ironía Rosario Castellanos se distancia de la creencia en los reflejos condicionados del lector, Sabines, con el impulso que congrega a la inteligencia y el tener que decir, obtiene la originalidad indispensable. En la obra de Sabines localizo entre otras varias funciones de la muerte:

  • El refugio del amor ante la posibilidad de su aplastamiento.
  • El diluvio de metáforas a modo de antídotos contra la solemnidad o la insensibilidad: “Ora por nosotros, / mosca de la muerte, / párate en la nariz de los que ríen”.
  • La pesadumbre que calcina las pretensiones y verifica lo inútil de la vanidad.
*

Escribe Sabines: “Se apoya en Dios o cae sobre la muerte, pero no descansa…”. Apoyarse en Dios. Esta palabra, este concepto, esta realidad de la fe, esta muerte de lo trascendente acompañada de la multitud de sus resurrecciones, se mueve en la obra de Sabines. Doy ejemplos:

a) y es terrible dulzura que es Dios insoportable
b) contagia la salud de un pecho a otro
c) la eternidad que dura un abrir y cerrar de ojos
d) Quiero apoyar mi cabeza
     en tus manos, Señor.
     Señor del humo, sombra,
     quiero apoyar mi corazón.
     Quiero llorar con mis ojos,
     irme en llanto, Señor.
e) (El Rey de Reyes, como un elote espera,
     se prueba una sandalia de hoja de plátano).
f)   Quiero que tu divina presencia, Comecaca,
     apuntale mi espíritu eterno.

Y este fragmento, poderoso, blasfemo, creyente, de Algo sobre la muerte del Mayor Sabines:

…vive Dios, el manco de cien manos,
ciego de tantos ojos,
dulcísimo, impotente.
(Omniausente, lleno de amor,
el viejo sordo, sin hijo,
derrama su corazón en la copa de su vientre).

Así como la muerte varía de rango y sitio casi en cada poema, así también Dios, el jubilado o el insultable, nunca es el mismo; también, por así decirlo, es el mundo, la rendija desde la cual se mira al mundo, el fundador y el talador del árbol genealógico de la humanidad, el cómplice tempranero y tardío… Sabines se acomoda en las atmósferas donde se complementan la fe y el agnosticismo, el crédito y el descrédito del Altísimo, el recelo ante los dones de la blasfemia, el respeto a las creencias que si no se comparten sí se añaden a los recursos espirituales. Al fin y al cabo, en 1915 o 1916, el peruano César Vallejo escribe:

¡Dios mío! ¡Estoy llorando porque vivo!
Me pesa haber tomádote tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
tú no tienes Marías que se van!

Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;

                     (De “Los dados eternos”.)

Sabines jamás alude a la Virgen María o a Jesucristo, ni tampoco, como Carlos Pellicer, le habla a Dios desde la creencia que es religión y estética:

Haz que tenga piedad de ti, Dios mío,
huérfano de mi amor, callas y esperas,
en cuántas y andrajosas primaveras
me viste arder buscando un atavío.

Sabines asume ya la verdad sociológica del siglo XX: el Dios que ha presidido dos guerras mundiales y un sinfín de batallas y matanzas, ya no es el Absoluto o Lo Irresistible. De allí la seducción del último de sus poemas impresos, escrito literalmente sobre las rodillas, “Me encanta Dios”:

Me encanta Dios. Es un viejo magnífico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega. Y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna y nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe de las manos.

Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, manda tormentas, caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia —y se agita y crece— cuando Dios se aleja.

Sabines

Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy.

A mí me gusta, a mí me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios.

 

*

En Algo sobre la muerte del Mayor Sabines (1973), un gran poema sobre la desaparición a pausas de su padre, el poeta se desprende del uso simbólico de la pérdida:

Déjame reposar,
aflojar los músculos del corazón
y poner a dormitar el alma
para poder hablar,
para poder recordar estos días,
los más largos del tiempo.

Algo sobre la muerte… es, en rigor, un texto sobre la enfermedad, sobre lo que la enfermedad contiene de prosaico y de poético, sobre la muerte alternativa que sufren los familiares. En medio del florecimiento de oraciones laicas y exvotos metafóricos, la enfermedad se mueve con tranquilidad soez en el laberinto de hospitales y esperas prolongadas y envíos de la muerte a la Chingada, y maldiciones que aderezan las fulminaciones del Señor Cáncer, el Señor Pendejo, y elogios a la tierra, el sudario que hermana los huesos del difunto y las astillas del ataúd. Se vive a la disposición de las precisiones de los médicos, entre súplicas a lo hogareño de que la muerte no consume la muerte. Surge una obra maestra donde la entereza de la viuda y el dolor de los hijos se trasmutan en vigilia de la memoria, y en la resignación que es el otro nombre del vislumbramiento amargo:

No vuelve nadie, nada. No retorna
el polvo de oro de la vida.

Carlos Monsiváis. Su libro más reciente: Pedro Infante. Las leyes del querer (Aguilar, 2008).