El Fitness Center de Halcyon Mills es un bloque grande y sin ventanales, de estuco color crema, ubicado sobre lo que fue un camino “campestre” cruzado ahora por la ajetreada Ruta 31. Detrás del Fitness hay muchas canchas de tenis, que no se usan en el invierno; al lado, una pista ocre que nunca se usa. Todo pasa adentro en el invierno, todo. Pocos venimos al gimnasio en estos días lúgubres. Unos cuantos vehículos en el estacionamiento, la mayoría de los que trabajan allí. Adentro, el sitio tiene un aire sepulcral. La iluminación es de un color té pálido, fluorescente, y emite un zumbido. O quizá el zumbido lento del pulso sanguíneo. Por supuesto, los jóvenes del personal ponen música pop en las bocinas, rap bronco, tan  ajeno a la gente de Halcyon  Mills, quizá con la loable intención de animar el ambiente, como quien mete materia inerte en una licuadora.

¿Quiénes son los del Fitness Center? Me lo he preguntado con frecuencia, y soy miembro hace más de un año. La edad promedio de los miembros debe andar en los cincuenta y dos. Es raro ver a alguien más joven, excepto por los atractivos instructores que hacen doble turno y a los que nadie confundiría con los miembros que pagan cuota. He descubierto que la mayoría de los cuartos del Fitness Center están vacíos. Un cuarto con paredes de espejos contiene hileras de bicicletas fijas que nunca se usan. Hay varias claustrofóbicas canchas de squash, un cuarto de gimnasia con la más melancólica de las arengas sobre un báner rojo en la pared: ¡TÚ PUEDES!; un cuarto para basquetbol que emite ecos extraños, un cuarto de pesadilla color mostaza para clases de karate, y un siniestro y tenebroso cuarto para masajes, todos vacíos por lo general. En el pasillo al otro lado de la recepción hay oficinas para un quiropráctico de planta, un “herbalista” de planta, un “especialista geriátrico”, hasta un fisiopsicoterapista “acreditado”, pero dichas oficinas están a oscuras por lo general, con las cortinas tapando las ventanas. A veces en la recepción no hay recepcionista. Una máquina es la que saluda. Cuando uno pasa su credencial de plástico por un ojo electrónico éste reacciona y suelta una trinante voz femenina: “¡Que tengas un buen ejercicio!”. A lo cual algunos de nosotros, entrenados en los guiños sociales, no sabemos sino responder con un manso y suave: “Gracias”.

Los instructores de planta son jóvenes y entusiastas, y tienen una envidiable condición física, pero si uno los mira sin que se den cuenta percibe en sus caras rastros de cansancio y preocupación. Si la membresía en el Fitness Center va a la baja, como ocurre al parecer, y sigue cayendo, sus empleos peligran. Más de una vez, cuando me he quedado tarde en el Fitness Center, reacia a enfrentar el crepúsculo invernal de afuera, me he encontrado a Karla pasando la aspiradora en el vestidor de mujeres, y a Jorge y a Andy trapeando pisos. Andy, con su buen talante dominicano, se siente obligado a decirme cada vez que me ve: “Cómo le va, seño”. Su sonrisa no podría ser más franca y auténtica, es el más ferviente y evangélico de los instructores de planta. Una vez, mientras yo luchaba contra uno de los diabólicos aparatos de “movimiento libre”, Andy apareció en silencio, reacomodó mis manos, ajustó las correas, reprogramó el peso y me explicó lo que hacía mal. “Qué vergüenza”, dije. Con el aire de reproche de quien regaña a un niño exasperante pero encantador, Andy me dijo: “Seño, ¡por algo se empieza! Todo es ganancia”.
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Me fascina ver a Andy haciendo ejercicio entre nosotros, como si fuéramos iguales en una benévola caricatura de Disney. Corre sobre la caminadora sin sudar; levanta pesas de hierro del tamaño de una llanta como si fueran de papel maché; va jovialmente de un aparato a otro y los sube y los baja con pesos de noventa kilos. Nunca se ahoga, ni  bufa ni boquea extenuado. Y aunque sobresale en cosas a las que nosotros sólo podemos aspirar, Andy nunca nos mira hacia abajo, con nada parecido al desprecio, sólo hay en él  amabilidad, simpatía y paciencia.

Otro personaje del Fitness Center es el “gato del gimnasio”, una criatura pesada y sin gracia, con tamaño de perro, la pelambre gruesa y negra, las patas grandes como espátulas, garras esponjadas, una cara tosca y desafiante, bigotes tiesos y ojos ferales. Hasta donde sé, no tiene nombre. Quizá ni siquiera es el gato oficial del gimnasio, sólo el más vivo de alguna colonia de gatos que vive en algún baldío tras el centro comercial y medra de los contenedores de basura. Este gato se ha abierto paso hacia el Fitness Center por arte de sus propias mañas y se manifiesta sólo a ciertos privilegiados. Ver al gato del gimnasio no es siempre una experiencia placentera, porque lo más probable es que aparezca con su torva pelambre reflejada en el espejo durante una rutina de ejercicio vigorosa. En ese momento es cuando el gato del gimnasio se asoma, agazapado, sobre una alta cornisa a tu espalda. Se le habla entonces suavemente a través del espejo, con miedo de hacer algo que lo induzca a saltar sobre tu cabeza. El gato del gimnasio sigue mirando fijamente desde su atalaya a dos metros de distancia, inmutable, inescrutable, y cuando uno se da la vuelta, la cornisa está vacía.

Le he preguntado a Andy sobre el gato del gimnasio, y a Carla, y a Jorge, pero ninguno lo ha visto, nunca. Una vez, en un momento de debilidad, le pregunté al Zanahorio si había visto al gato del gimnasio, y el Zanahorio masticó una respuesta evasiva sin mirarme a los ojos, lo que me  hizo pensar que el Zanahorio lo había visto, pero no estaba seguro de haberlo visto ni del significado de lo que vio.

El gato del gimnasio se les aparece a los que van a morir. Tuve este pensamiento hace algunas semanas, pero no se lo dije a nadie, por supuesto.

En esta época del año, cuando  los días son cortos y se desvanecen con rapidez, pues el sol se pone temprano y las sombras suben de la tierra helada como si fueran duendes malos, es un misterio por qué cada día es de hecho más largo que el anterior hasta por cuarenta insostenibles minutos; y por qué lo seguimos aguantando, si no somos idiotas.

Fue así como esta mañana, con la aguda conciencia de que el tiempo no pasaba mientras leía el New York Times, me pareció evidente hasta lo ominoso que el tiempo había dejado de moverse incluso a su cansina velocidad normal. Y que en cada cuarto de la casa donde había un reloj —caros relojes viejos de las tiendas de anticuarios, relojes de cuerda y de baterías, relojes de tic tac y de carátula luminosa— el tiempo se había alentado: lo que antes eran “cinco minutos” se habían vuelto veinte; los “veinte” se habían vuelto sesenta, los “sesenta”, noventa minutos —y así hasta el infinito—. Nunca acabaría de leer el New York Times, porque siempre habría toda una sección (Estilos, Comer fuera, Comer en casa, Escapadas) con la que tenía que lidiar, o un minúsculo recuadro de “erratas” puesto bajo una columna no leída de una página por leer.

“¡Que tengas un buen ejercicio!”.

Me mordí los labios esta tarde para no responder: “Gracias”.

Es el 21 de diciembre y a las 5:03 p.m. ya es noche cerrada. Si hoy no logro el suicidio por Fitness Center, me temo que perderé mi valentía y nunca volveré a intentarlo.

En una ráfaga de amenazante música hip-hop entro al gimnasio vestida con una sudadera color lila, pants, zapatos deportivos color gis. Estoy irritable. Me molesta que el salón principal de ejercicio no esté desierto  a esta hora, como esperaba. Es el cuarto más grande en el Fitness Center, un vasto espacio con techos altos, luces fluorescentes de un brillo hasta cruel, y paredes con espejos. El aire huele a sudor viejo, desinfectante y angustia. A la izquierda hay dos filas de caminadoras, varias elípticas: la nórdica, la escaladora, la Ironman, una de las cuales es la que usa un individuo al que a veces me encuentro en el gimnasio ya cerca de la noche: Gustavote (no es su nombre; no tengo el menor interés en saber el nombre de esta persona). Gustavote es la espeluznante ruina de un hombre a mitad de sus años sesenta. Estaría calvo si no fuera por las hilachas de pelo húmedo, como hierbas, que él se peina de una parte a otra del domo abollado de su cabeza. Tiene los ojos hundidos y feroces, y la mandíbula apretada. Está bañado en sudor, haciendo un severo “jogging” sobre la caminadora. De vez en cuando expulsa un suspiro torvo, ruidoso y sibilante, como de una válvula a punto de estallar. En el centro del cuarto, en uno de los aparatos de movimiento libre, otra imagen familiar: el Bufas. El Bufas es unos diez años más joven que Gustavote y tiene mejor condición física, pero el Bufas, como siempre, se ha impuesto tareas que exigen un enorme esfuerzo, de modo que jadea, gruñe, gime y “bufa” de forma tal que me hace temer por su vida, aunque trato discretamente de ignorarlo.

En lo profundo del gimnasio, luchando por levantar dos pesas, con una mirada de encono fija en el espejo de la pared, está otro tipo exasperante al que he dado en llamar Berenjeno, por su cara morada que es difícil seguir mirando cuando levanta sus mancuernas en una rutina invariable y exigente como estipulada en un contrato. Berenjeno tiene una esposa ruidosilla que a veces lo acompaña al gimnasio. Es torpe para los aparatos, pero tiene la confianza fanfarrona de quien pudo haber sido porrista en su juventud. Ahora tiene el rostro arrugado y el pelo pintado de rojo con unos rizos de permanente que no le van. Mientras nosotros luchamos esforzada y vanamente con los aparatos, la Señora Berenjena sólo juega con ellos, sin importarle su pobre desempeño. Casi  todos los días acaba sus rutinas antes que su esposo, pajarea por el gimnasio mirándose  en  los espejos,  llama por su teléfono celular y al fin se acerca al Señor Berenjeno, le da un beso en la calva parada de puntitas y le dice en un susurro estudiado: “Te espero arriba en la refresquería, mi vida. No te fuerces mucho”.

Salvo por su cara amoratada y sus ojos de angustia, el Señor Berenjeno es un hombre atractivo comparado con los demás del Fitness Center. Aún es relativamente joven —a principios de sus cincuentas, si no es que a finales de sus cuarentas— con una  firme barriguita y unos bíceps respetables. En otra época de su vida pudo haber sido un atleta de preparatoria en algún deporte de no-contacto. Si me pusieran a adivinar en qué trabaja podría decir que es maestro de matemáticas en preparatoria, o, quizá, ya que de vez en cuando despide un aire inconfundible de autoridad desafiada, director de una preparatoria. Hace algún tiempo el Señor Berenjeno y yo tuvimos un acercamiento casual. Yo era nueva en el gimnasio y se me cayó en el pie una pesa de cuatro kilos. Grité de dolor. El Señor Berenjeno de inmediato colocó en el suelo su propia pesa y vino corriendo a ver cómo estaba. Desde entonces hay entre nosotros algo indefinible, una especie de conciencia del otro, aunque no nos saludamos ni formal ni informalmente.

La Señora Berenjena no está hoy en el gimnasio. Es un alivio. Cuando me colapse, me ahorraré los gritos de auxilio de esta tonta.

Antes de subir a cualquiera de los aparatos hay que calentar. Así se me pidió encarecidamente desde que llegué al Fitness Center. De modo que me acerco a una barra, me estiro sobre las puntas de mis pies, tomo la barra y logro elevarme como para lanzar al aire mis pies y mis piernas (me sorprende lo pesados que están), como lo hacía de joven, en otra época. De pronto, en franca burla de mi esfuerzo pueril, una dolorosa descarga eléctrica me recorre los brazos y los hombros, y la cabeza se me va para atrás como si las vértebras del cuello se hubieran zafado. Se me nubla la vista. La sangre me golpea en los oídos. ¿Llegó el momento? ¡Qué rápido! Mi mano derecha  resbala, mi mano izquierda se afloja, caigo sobre el piso de parqué con un sonido sordo. ¿Estoy muerta? ¿Ya?

—¿Seño? ¿La ayudo?

No es el Señor Berenjeno, quien por fortuna no me ha visto, ni Gustavote, ni el Bufas, sino Jorge, uno de los sonrientes instructores jóvenes. El amable Jorge me ayuda a levantarme y me explica de nuevo cómo hacer el “estiramiento” sin lastimarme. Me retiro cojeando, muy apenada, y explico que en este momento no necesito instrucciones, gracias. Siento como si me hubieran arrancado los brazos de sus coyunturas. Estoy cubierta de dolor y sin embargo regocijada, con ánimos. La muerte por Fitness Center no es una fantasía vana.

Voy a una caminadora  —mi aparato predilecto— en una apartada esquina del gimnasio, tan lejos como es posible de los ruidosos empeños de Gustavote y el Bufas. Pongo mi caminadora en el nivel dos. Cualquiera que no use muletas puede andar sobre la caminadora en el nivel dos. Al final de la hilera de caminadoras está Gustavote pujando, corriendo a una  buena velocidad. ¿Cinco millas por hora para un hombre en la condición de Gustavote? No es la primera vez que me preocupa que a Gustavote le dé un ataque en las coronarias sobre la caminadora ¿Qué se supone que debemos hacer los demás si eso sucede? Hace tiempo fui consejera de un campamento de verano en las montañas de Adirondack y tomé un curso de primeros auxilios y resucitación cardiopulmonar, pero las sesiones de práctica me daban náuseas y mareo. No sé cómo pasé el curso. Todo lo que puedo hacer es tratar de ignorar las explosivas exhalaciones respiratorias de Gustavote —lo mismo que las del Bufas—. (Estoy muy lejos para  atestiguar el esfuerzo heroico, casi quijotesco, del Señor Berenjena con sus pesas.) ¡Van solos, jóvenes!  No cuenten conmigo. Con alegre abandono subo la velocidad de mi caminadora a tres, a cuatro, a cuatro y medio, a cinco… ¡Cinco! Ahora de veras que estoy corriendo, mis brazos golpean a mis costados como aletas deformes y la respiración se me acelera.

¡El pequeño puño de mi corazón empieza a golpear! Si corro a esta velocidad durante —¿cuánto tiempo?— media hora, una hora, ¿me vendré abajo exhausta o mi corazón simplemente dará de sí? ¿Así es como ocurre —con un pum? Temerariamente subo la velocidad a seis. ¡Seis! ¡Seis y medio! Esto no es correr: es galopar. Nunca en todos los meses desde que estoy en el Fitness Center me he atrevido siquiera a pensar que correría en nivel  seis.

Un brote de sudor en la nuca. Empiezo a sentir un poco más caliente la sudadera color lila. Me pregunto —no voy a mirar, desde luego— si alguno de los muchachos reparó en el paso veloz al que corro, si Andy, Jorge o Carla me observan con azoro y admiración.

En el espejo de una pared, en la luz borrosa de la derecha, veo a una mujer congestionada corriendo sobre la caminadora, una mujer de edad indeterminada —unos desgarbados cuarenta y nueve, o treinta y nueve, quizá—. Mide uno setenta y no puede pesar más de cincuenta kilos. Es larguirucha, de pecho plano, caderas estrechas, piernas largas, pies grandes. Su pelo tiene manchones oscuros veteados con rayos de plata, y sus ojos grisáceos —su “mejor rasgo”— brillan con una intensidad fanática y miope. Tiene las pestañas caídas como si estuviera llorando. (No ha estado llorando. Ha dejado atrás el asunto de las lágrimas.) Las cejas pobladas se unirían en el puente de su nariz si no se tomara el cuidado de arrancar uno a uno tan exasperantes pelos. Tiene los dedos pelados por el invierno, las uñas rotas y partidas. Sus zapatos deportivos son talla siete.

Estoy corriendo a seis y medio. Para sostener el tranco mi corazón bate como las alas de una mariposa en vuelo. Y pienso, aturdida: Qué triste. ¿No que el ejercicio era Tiempo de Fantasía? En un Fitness Center como este, donde interactúan hombres y mujeres que buscan estar en forma, la Fantasía más natural es tener un romance. Como  soñando, piensa la mujer que busca estar en forma, mientras rebota en trance sobre la caminadora: ¿Irrumpirá alguien en el gimnasio y se fijará en mí y encontrará una excusa para acercarse y conocerme, y se enamorará de mí, y lo que sigue?

Una vez, me quedé chueca, de lado, en el aparato de abdominales, la muñeca izquierda colgando de una correa, la rodilla izquierda torcida, y de pronto vi a Zanahorio sobre mí, viéndome fijamente, a la manera de quien está preocupado pero quiere transmitir una cierta atención impersonal, no vinculante. Galantemente, Zanahorio enderezó la correa, me ayudó a ponerme de pie, y reajustó el peso del aparato, sin que yo se lo pidiera, de ocho a cinco kilos. “Ahora sí vas a poder”, dijo. “¡Ten cuidado!”.

Zanahorio —de cuya existencia soy consciente en forma indirecta, esporádica— es uno de los ciudadanos del Fitness Center que está en mejor forma. Joven, no más de cuarenta y cinco; pecoso y descarado, como un muchacho salido de un cuadro de Norman Rockwell; el pelo anaranjado le brota en rizos gruesos, desvanecidos en las sienes pero abundantes en  el resto de la cabeza. Es alegre, no gruñe ni bufa, silba, y va por los distintos aparatos sin llamar la atención. Es delgado, salvo por las llantitas que se le mueven en la cintura; los músculos de sus piernas son portentosos, cubiertos de un vello rojo incendiado y parpadeante. Sin darse cuenta, Zanahorio frunce mucho el entrecejo, y su cara de muchacho se le arruga arriba de las cejas. Parece un padre agobiado por la demanda de atención de sus hijos.

Nos encontramos una vez en el estacionamiento del SuperFresh de la Ruta 31. Zanahorio me miró con tono inquisitivo y dijo: “¿Nos conocemos, no? Del Fitness Center”. Hablamos un rato, nos reímos. Hicimos sonar las llaves de los coches para sugerir que de veras teníamos que llegar a nuestros vehículos respectivos, luego nos detuvimos, y seguimos hablando, y nos reímos un poco más. Zanahorio estaba a punto de preguntar: ¿Tomamos un café? O, posiblemente: ¿Un trago?, lo cual me dio un poco de miedo y me hizo decir entre dientes que tenía que irme porque mi esposo me esperaba en casa, y Zanahorio dijo que sí, que él también tenía que irse. Ya rumbo a su camioneta, agitó la mano en despedida y dijo: “Nos vemos en el gimnasio”.

Pero al día siguiente, en el Fitness Center, ni el menor rastro de Zanahorio.

Al día siguiente tampoco, ni al siguiente.

Estaban el fiel Bufas y Gustavote, estaba el Señor Berenjeno, y a ratos Porquita (una mujer de edad indeterminada, como la mía, con trece kilos más que yo y veinte centímetros menos de estatura, un milagro de botox y celulitis en acción), y estaba el Calabaza (no pregunten), pero no Zanahorio.

¿Me sentí herida? ¿Estaba enojada? En absoluto. Estaba divertida. Intacta.

Semanas después vi a Zanahorio en la biblioteca, pastoreando a tres hijos jóvenes. Nuestras miradas cruzaron un lamento agridulce, porque no podíamos hablar. Me tardé en el estacionamiento junto a mi coche, y cuando Zanahorio salió con libros y videos en los brazos, y los niños parloteando y enredándosele entre las piernas, nos sonreímos, Zanahorio señalando a los niños, y yo como diciendo: sí, yo también estoy ocupada, pero a lo mejor nos vemos pronto. ¿En el Fitness Center?

La siguiente vez que nos vimos en el Fitness Center, Zanahorio estaba levantando pesas con gran esfuerzo, moviéndose como una ballena varada,  roja la cara pecosa. Al verme mirándolo por el espejo, no tuvo para mí una sonrisa, rompió el contacto visual.  Rudo en verdad.

¿Por qué? ¿Por qué así? Zanahorio había empezado el coqueteo, no yo. (Seguro yo no.) En el salón de arriba, donde se insta a miembros del Fitness Center a “socializar” —tomar café, refrescos, leche descremada— oí a Zanahorio hablando por su celular cuando pasaba: “Todavía no puedo”, dijo. “ Sí, pero todavía no”. Escuchó.  Contrajo y arrugó la frente. Sus ojos color amarillo duna brillaron con ira naciente. “Te dije que no puedo”. Escuchó. Suspiró. Finalmente, poniendo un dedo contra la base de su nariz como si quisiera romperse el cartílago: “Oh, está bien. Al carajo, sí, lo hago”.

¿La esposa? ¿Zanahorio le hablaba a la esposa? ¿Su matrimonio estaba en problemas? ¿Estaban a punto de separarse? ¿Estaban separados? Como un mosquito hambriento en torno a su posible víctima, debí zumbar mucho en mi vuelo, porque Zanahorio apartó su celular, me miró con una débil sonrisa, y dijo, con la helada precisión de quien dispara una pistola de  grapas:

—¿Me estás fichando? Por favor, no…

—No, yo no …

—Lo que sea: no lo hagas.
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Sobra decir que nunca más traté de hablar con Zanahorio, ni de saludarlo, ni de ondearle la mano a través del espejo. Eso a pesar de que la última vez que lo vi con la cara roja y pujando en el aparato de los pectorales, vi también sobre su hombro, en una cornisa, surgiendo de la bruma fluorescente, el perfil fantasmal del gato del gimnasio. Fingí que estaba absorta en el aparato para los muslos internos, pero vi fascinada cómo tomaba forma el perfil del gato del gimnasio, cómo se materializaban su pelambre de petróleo sucio, y sus  brillantes ojos verdes. Entendí con un sobresalto: ¡Zanahorio no puede verlo! Pensé: Zanahorio está condenado. Y pensé también: No voy a decirle.

Corro boqueando por la caminadora a una velocidad elevada y sorprendente para mí. Algo, algo me obliga a subir la velocidad una rayita más. Hay un click, un chasquido, y la caminadora de repente corre hacia mí no a siete sino a ¿podría ser diecisiete? “¡Dios mío!”. Hay sobre mi cabeza giros y golpes fluorescentes como de cometas locos que caen sobre la tierra, una presión terrible que me empuja hacia atrás, unos ojos verdes que rondan por el aire con un destello maligno; todos los puntos de la brújula parecen insertarse en mí lanzándome contra la pared de concreto, donde reboto y caigo indefensa como una palomilla.

—Hey.

De inmediato Gustavote salta de su aparato y viene en mi auxilio, con interés y sin reproches: “Fíjate más. Las caminadoras son traicioneras”.

Me pongo cuidadosamente de pie. ¡Avergonzada con Gustavote! Un hombre al que sólo he despreciado y ahora es amable conmigo. Me pregunta si estoy segura de estar bien, me sugiere que deje por el momento la caminadora.

Huyo al vestidor de mujeres antes de que me atrape alguien más. Lo último que quiero es la cordialidad de Andy, o de Jorge; y que alguien adivine lo que me propongo. En el vestidor huele a humedad y estoy al borde de las lágrimas. Al borde de la desesperación. Al borde de la rabia. Si no caí muerta sobre la caminadora ni tuve una hemorragia cerebral al reventarme contra la pared, hay la posibilidad de que sea invulnerable. Como ella en Ella. No puede morir, no pueden matarla. Sólo cuando se rompa el conjuro será liberada, en una especie de combustión espontánea.
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¡El vestidor de mujeres! No hay sitio más deprimente. Es más lúgubre incluso, estoy segura, que el vestidor de hombres, porque siempre está vacío. Tres paredes de casilleros y ni uno en uso. La mayoría de las mujeres no se cambia aquí, desde luego. La mayoría ni siquiera llega a sudar en el Fitness Center. Traigo puesta mi ropa de gimnasio cuando llego y la llevo puesta cuando me voy. ¿Quién quiere bañarse aquí? En los tubos de la regadera y en las coladeras se ven crecer los hongos y el moho, casi puede oírse el murmullo de hongos que respiran. Aun así examino las regaderas para ver si hay —por supuesto no lo hay, el pensamiento es ridículo— manera de “colgarse”. Haría falta una soga especial para hacer un nudo.

Antes de salir del vestidor de mujeres abro todas las puertas que puedo y descubro unas cuantas cosas olvidadas: un viejo par de zapatos deportivos Lady Champ, un peine roto, un pañuelo desechable arrugado, y una tarjeta Visa —no: sólo una tarjeta de membresía al Fitness Center, como la que uno pasa por el ojo electrónico.

La tarjeta pertenece a Brooke Hamess. Por pura maldad no la entrego a la recepción, la guardo en un bolsillo de mis pants color lila.

Cuando vuelvo al cuarto de ejercicio —la cara salpicada de agua fría, los manchones de pelo loco aplanados con dedos húmedos— veo para mi alivio que Gustavote ya se fue. Qué bueno. No más respiraciones explosivas ni gruñidos indecentes desde aquella esquina del gimnasio. Se equivoca tristemente Gustavote si cree que hemos establecido algún vínculo esta tarde.

Después de Zanahorio, no más malentendidos.

Después de Zanahorio, finis.

Pero aquí está la Señora Berenjena dando vueltas por los aparatos en su efervescente estilo de porrista vieja, jugando con aparatos de tortura tan aterradores como el aparato de las pantorrillas, la banda nórdica y la escaladora. La Señora Berenjena pone poco peso en los aparatos —lo he checado— y le importa poco el papel de tonta que hace en el gimnasio. Como una presumida muchachita, entona en voz alta “¡Un! ¡Dos! ¡Tres! ¡Cuatro!”, como si a alguien pudiera importarle su actividad. De pronto, la Señora Berenjena para sus ejercicios, suelta  el peso y lo deja caer con un ruido enervante.

En su lucha con las pesas de siempre, el Señor Berenjeno tiene la cara de un rojo que alarma. ¿Cuánto trata de levantar? Apenas la tercera parte de lo que Andy levanta sin despeinarse. Una vez en SuperFresh vi al Señor Berenjeno y casi lo desconocí, pues su cara no era roja, sino de una normal palidez urbana. Llevaba un bonito abrigo y, sobre su escaso pelo color bayo, una de esas gorras Aran Island de tweed como la que una vez le compré a mi marido, en un viaje a Irlanda, hace mucho. La gorra puede transformar al más anodino hombre urbano en un objeto romántico. Nuestras miradas se cruzaron en el espejo empañado de las verduras, pero yo miré rápidamente a otro lado. No soy una esposa solitaria de los suburbios ansiosa de compañía. ¡No sigas mi carrito de compras!

Aunque tiene una esposa imposible, el Señor Berenjeno no me siguió.

He tenido suficiente caminadora por hoy. Un ejercicio vigoroso, por lo menos una milla corrida, y ya me siento con los huesos cansados y alborozada a la vez, como deben sentirse los camioneros que recorren largas distancias luego de haberse fumado —¿inyectado, inhalado?— suficientes metanfetaminas para aguantar el brinco de costa a costa. En cuanto la señora de Berenjena deja los aparatos de movimiento libre, se desliza hacia la esquina donde se ejercita su jadeante esposo y le planta un beso en la calva del desventurado. Tomo mi sitio en la remadora que la Señora Berenjena ha dejado puesta en muy cómodos cuatro kilos. Con hábiles dedos subo la carga a ¡veintisiete kilos! Deslizo mis manos en los agarres y jalo —trato de jalar, me esfuerzo al máximo por jalar—. Las coyunturas de mis brazos, lastimadas desde el primer ejercicio, tiemblan con un dolor súbito, y se me escapa un sollozo de la garganta. Mientras lucho con el peso (que no se mueve, como si estuviera pegado con cemento) veo cómo, a sólo unos metros, el pobre Bufas lucha con su propio peso —dos veces el mío—. Unas venas inmensas le saltan en la frente y en el dorso de las manos. El Bufas sigue bufando —gruñendo— con la cara roja como un tomate asado a punto de explotar. Siento una oleada de simpatía por él, incluso una especie de ¿afecto?, porque el Bufas no está de mal ver. Los músculos de sus hombros están bien desarrollados, tiene una actitud diligente y honesta que atraería a cualquiera, como el perro golden retriever con sobrepeso donde viven todavía, afligidos y perplejos, los ojos del juguetón cachorrito que fue. Lo cierto es que, de vez en cuando, el Bufas me sonríe. Si  no me ha hecho conversación, es porque no le he dado pie. Pero ahora —a menos de que me lo imagine— el Bufas me hace señas, tratando de hablar.

Con sereno aplomo le digo:

—¿Sí? ¿Te pasa algo?

La cara sudada del Bufas se congestiona de dolor. ¡Justo la imagen que he temido ver en el Fitness Center! Sobre una cornisa, al otro lado del aparato para muslos internos, está el perfil borroso del maligno gato del gimnasio.

Un gemido —un quejido de sorpresa y dolor— y el Bufas dobla la rodilla. El Bufas cae. El Bufas gime pidiendo ayuda. Al instante estoy junto a él, apretando mis dedos contra el pulso de su cuello: ¡latido errático! ¡Latidos como patadas! El Señor Berenjeno y su esposa ya se han ido. No hay nadie en el gimnasio en este momento salvo el Bufas y yo. ¡Qué pesadilla! Estoy aterrada pero trato de mantener la calma. Me oigo diciéndole al Bufas que se quede quieto, que no trate de sentarse. Como una maestra de escuela, instruyo al Bufas que respire de modo tan uniforme como pueda. Grito: “¡Ayuda! ¡Auxilio!”. Jorge viene corriendo, pero al ver al hombre tirado en el suelo reacciona de modo inesperado. ¿Va a desmayarse? Le grito: “¡Llama a emergencias! ¡Le está dando un ataque al corazón!”. Estoy furiosa con Jorge, quien seguramente ha tenido un entrenamiento de resucitación cardiopulmonar más reciente que yo. Pero el imbécil de Jorge se está dando primeros auxilios a sí mismo, inclinándose hacia adelante, pegando la frente contra sus rodillas para que la sangre le vuelva al cerebro. A todo esto, el pobre Bufas ya está inconsciente, exangüe, la cara pálida, blanca como el papel, y yo soy la que le da los primeros auxilios. Desesperada, al ver que los ojos del Bufas se pierden tras sus párpados, que su cara —una luna inmensa de piel áspera— está húmeda y fría, y sus labios flácidos y azules, aprieto las palmas de mis manos contra su pecho y me inclino con decisión sobre su cara. Pego mis labios a los suyos y le respiro a fuerzas en la boca, hacia sus pulmones; yo, que sería incapaz de besar a un extraño con la pasión con que beso en la boca a este llamémosle amigo, tirado ahí. Es terrible. En mi intento de establecer un ritmo, me inclino y presiono —con cautela, luego con menos cautela, con algo de fuerza— el pecho del hombre caído, un pecho de músculos con grasa cubierto por una camiseta de algodón, a través de cuyo tejido húmedo brotan algunos pelos canosos erizados. Entro en pánico cuando creo no sentir ningún latido, pero sigo inclinada sobre el Bufas, sello mi boca contra su boca húmeda y fría y sin respuesta, respiro —meto mi respiración— en su boca y sus pulmones, y con ese ritmo más intenso, me parece que el Bufas empieza a responder. Siento el sabor de algo como café en su aliento: moka tostado brasileño. Para esto, Jorge se ha recuperado de su síncope y grita pidiendo ayuda. Finalmente es Carla quien llama a emergencias desde la recepción. Cuando el equipo de Emergencias Médicas de Halcyon Mills llega por fin al gimnasio a hacerse cargo de la situación y a tomar el lugar de mis brazos y mi boca adolorida, casi parece que el Bufas respira de nuevo.

Sumida en una bruma de fatiga y excitación manejo a casa, que está justo al pasar Pheasant Hill, donde Holly Drive se cruza con la Ruta 31. Ha oscurecido y ha empezado a caer aguanieve. Soy una conductora cautelosa y tardo veinte minutos en llegar a la casa. Nuestra casa está casi toda apagada. Sólo unos cuartos de abajo están encendidos, porque mi esposo ha estado trabajando casi todo el día en la parte de atrás. Lo encuentro sentado en su escritorio con la cabeza en las manos, rumiando frente a una pila de estados financieros, recibos y cheques cancelados. Entro callada y de puntitas en su estudio y beso la calva que se asoma en su coronilla en medio del pelo canoso y ligero.

—¿Dónde estuviste?

Lo que queda de este día, el más corto del año, transcurre sin incidentes. La verdadera noche llega, cuando llega, con rapidez.

TRADUCCIÓN DE GABRIEL GIMÉNEZ

Joyce Carol Oates. Escritora estadunidense. Acaba de publicar La hija del sepulturero.

Este cuento apareció por primera vez en Harper’s Magazine en 2008. Formará parte del libro Dear Husband (The Ontario Review, 2009). Publicado con autorización de HarperCollins Publishers, LLC.

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