Me fascina ver a Andy haciendo ejercicio entre nosotros, como si fuéramos iguales en una benévola caricatura de Disney. Corre sobre la caminadora sin sudar; levanta pesas de hierro del tamaño de una llanta como si fueran de papel maché; va jovialmente de un aparato a otro y los sube y los baja con pesos de noventa kilos. Nunca se ahoga, ni bufa ni boquea extenuado. Y aunque sobresale en cosas a las que nosotros sólo podemos aspirar, Andy nunca nos mira hacia abajo, con nada parecido al desprecio, sólo hay en él amabilidad, simpatía y paciencia.
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