Odio la vida ordenada pero he tenido que sucumbir a ella para encontrar en las palabras una evasión de la realidad mucho más radical y efectiva que el alcohol o las drogas. La escritura es el arte de convertir la tensión nerviosa en estilo, pero esa tensión es tan difícil de soportar que muchas veces derrota a la inteligencia. Hace un cuarto de siglo, cuando empecé a escribir con regularidad, fumaba dos cajetillas diarias, tomaba seis o siete tazas de café al día y después de entregar mi artículo semanal en el suplemento sábado me corría una larga parranda con mi novia, bebiendo cubas sin parar en mis tugurios de cabecera. Necesitaba excederme en todo para aplacar las tensiones, porque nunca he sido un escritor a quien los textos le salgan bien a la primera y cada victoria sobre mis limitaciones ameritaba un gran festejo. En aquellos felices tiempos las crudas sólo me duraban un día, una penitencia bastante benigna comparada con los beneficios que me reportaban mis adicciones.
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