En realidad, las ciudades suceden en la memoria. Conocer unas calles, ciertos edificios, alguna esquina, un parque significa recordarlos y acaso tejer allí rutinas que conforman recordaciones maquinales, historias repetidas, elucubraciones, cavilaciones, ideas inmediatas, errancias de paseante. Esas evocaciones cotidianas, sin embargo, las comparten ineludiblemente los desconocidos que también han hecho una intimidad de esos lugares, de una línea de tranvías, de un anuncio luminoso, de una casa abandonada, del personaje del barrio.
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