Entrada la noche del día en que cité a Valentín a la comida semestral de los amigos descubrí el enorme valor biográfico que guardaba en su trayecto el Circuito Interior. No es que fuese una vía poco común dentro de mis rutinas cotidianas, sino que la costumbre de utilizarlo a diario en el tramo que va desde Mixcoac hasta la Torre Mayor me había habituado a centrar la atención en los semáforos y los anuncios espectaculares, y me había obstruido los ejes viales de la memoria. Pero esa noche, la conciencia de los sitios memorables me llegó envuelta en un resplandor alcohólico torrencial, una revelación digna de los delirios de Malcolm Lowry o, más bien, de las peregrinaciones cantineras del Biólogo Hernández.
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