Los hombres terminan llamando ciudad a un pedazo de tierra, al barrio donde han vivido toda su vida o al cementerio que hospeda a sus muertos más queridos. Fuera de esto comienza el reino de las convenciones y los malentendidos: tanto que llegamos a concebir como parte de “nuestra ciudad” a barrios lejanísimos donde jamás pondremos los pies. Philip Roth, que es judío (lo que entre muchas cosas quiere decir “dedicado históricamente a la errancia”), ha dicho que en todo caso su patria es Newark, porque ha vivido allí una parte considerable de su vida: cada quien tiene el derecho de elegir las raíces que le convienen.
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