Esa noche Gabriel Galván no soñó con aviones que caían. Despertó empapado en sudor y con una certeza: el cataclismo estaba por ocurrir. De inmediato pensó en Lydia, la aeromoza pelirroja y de senos puntiagudos que habitaba sus fantasías. Se levantó del catre, fue al lavabo y mojó su rostro con agua fría.
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