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EL POLEN DE LA BUENA LITERATURA

POR RAFAEL PÉREZ GAY

La promoción de la «literatura basura», la defensa intransigente de la cultura underground y la crítica sarcástica de los valores establecidos de la cultura mexicana detuvieron durante algún tiempo la difusión de los libros de Guillermo Fadanelli (1960). La difusión, pero no el desarrollo de un autor que muy probablemente el mismo Fadanelli desconocía. Desde sus primeros relatos, Fadanelli se dedicó a narrar las corrientes subterráneas de la vida mexicana: la violencia en las calles, la idea de que la juventud no es un inicio sino un final, la tristeza de la sexualidad, la droga como ejercicio de la indiferencia son temas que Fadanelli ha estudiado desde diferentes puntos de vista en libros como Cuentos mejicanos (1991), El día que la vea la voy a matar (1992), Terlenka (1995), No te enojes Pamela (1996). Sin abandonar sus temas, ni renunciar al estilo directo de sus cuentos, las novelas La otra cara de Rock Hudson (1997), Te veré en el desayuno (1999) y Para ella todo suena a Franck Pourcel lograron una voluntad dramática y un estilo más decantado en sus pasajes realistas. Influido por la obra del escritor norteamericano John Fante, orientado por los suburbios de las grandes ciudades que describió Raymond Carver y, aun, coincidente con algunas de las vertientes narrativas de Bukovsky, Fadanelli encontró un tono descarnado y creó una atmósfera, una ciudad nublada, sucia. irremediable, como la de México, pero narrada a través de una visión propia, de realismos extremos y de personajes imaginarios de tan reales, o demasiados reales de tan imaginarios.

El trabajo periodístico de Guillermo Fadanelli ha demostrado que la naturalidad de sus cuentos y de sus novelas se desprende de un lector culto que llenaría de estupor a muchos de sus lectores y seguidores: el pesimismo de Schopenhauer y de Cioran, el gusto por los laberintos cortazarianos, el cuento fantástico de Poe, los dilemas del psicoanálisis y sus alrededores. No es una controversia infrecuente en el alma de los escritores: ocultarse para ser, descubrir sobre la marcha la línea del poeta norteamericano Delmore Schwartz: contradecirse en cada acto, la tarea infinita del corazón humano.

La disputa entre esas contradicciones provocó un cambio de piel y una magnífica novela, Clarisa ya tiene un muerto, alegoría de la ciudad de México, la noche mexicana y sus personajes extraviados en la desesperanza. En su cuidada trama, esta novela transita con fortuna por el entramado policiaco y la crónica urbana, el monólogo interior y los impulsos de un narrador naturalista, por llamar así a los poderes realistas de esta literatura. El hecho es que Fadanelli mejoraba en cada libro y, sobre todo, aclaraba una voz narrativa única, atractiva, capaz de profundidades extraordinarias sin perder una característica por la que cualquier escritor pactaría con el diablo: la trama magnética. Si el lector le cree al narrador, se trate de una historia de la ciudad o de una catástrofe galáctica, la historia ha cumplido su ambición primera y última. Fadanelli tiene ese poder. Lograr esto no es poca cosa, sobre todo si pensamos en un medio cultural acostumbrado a privilegiar lo incomprensible y lo pedante, lo falsamente complejo o mercantil como canon único para medir la destreza literaria.

Al desarrollo de la obra de Guillermo Fadanelli le esperaba una prueba de fuego. La ordalía que aguarda a todos los escritores profesionales: el siguiente libro. No creo equivocarme si digo que Lodo es una de las novelas más profundas de la literatura mexicana de los últimos tiempos. Un profesor de filosofía puesto en el borde de sus cincuenta años recibe un día cualquiera un manotazo del destino encarnado en la figura esbelta de una mujer de veintiún años, Eduarda, encargada de los modestos sueños que contiene un minisúper de la colonia Condesa. Pero este no es el tema de la novela sino apenas la anécdota que concentra una historia de amor desdichado, de sexualidad triste y desbordada, de amistades imposibles. Se trata de una trama sobre la fragilidad de la vida y las mentiras sobre las que construimos el porvenir.

La estructura de Lodo es notable por su refinados cálculos. Todo escritor es un editor de los materiales combustibles que maneja. Esa combustión, cuando ocurre, provoca un incendio llamado literatura. Si esto es así, Fadanelli ha sido un editor magnífico de su historia. Intento un boceto de la trama sin vender sus diversos finales: un hombre de cincuenta años mira el abismo, un abismo nietzschiano, y ve en él la juventud perdida, los anhelos intelectuales malogrados, el deseo sexual habitando un cuerpo zarandeado por los años. La fibra última de Lodo cuenta los tiempos de esa decisión ante el abismo. La resolución cuesta dos vidas y dos muertes. En el camino, Fadanelli ha inventado a uno de los personajes con mayor densidad en la narrativa mexicana reciente. En este sentido, Benito Torrentera no sólo es un protagonista de novela sino, al mismo tiempo, un proyecto moral. Por lo mismo, el tema de Lodo es la ética, una parábola literaria en la que el sedimento es un programa de la voluntad. Torrentera es un emblema del deseo, de la pregunta, fundamental de toda acción humana: ¿qué debo hacer en este momento de mi vida? Torrentera como héroe trágico reproduce el ideal de la voluntad, la elección legítima, aunque ésta destruya a su elector. Siendo la ética el gran teatro épico de las acciones humanas, Lodo es un relato de oposiciones interiores y desgarradoras: el riesgo y la mesura, la lealtad y la traición, lo efímero y lo perdurable. En este fuego arden Torrentera y Eduarda.

Para construir su proyecto moral, Fadanelli ha dotado a Torrentera de amplios conocimientos de filosofía e historia de México que dosifica a lo largo de la novela con naturalidad, aunque al protagonista y al propio autor les preocupe aclarar las diferencias entre el ensayo y la novela. En algún episodio de la historia de esta destrucción, Torrentera afirma: «la novela, para sobrevivir, se ha convertido en ensayo». Probablemente, sobre todo si pensamos que el ensayo verdadero siempre interroga el alma de quien lo ejerce. Torrentera interroga a su alma y las respuestas son intolerables.

Otra de las virtudes de Lodo es su atlética agilidad narrativa, la rapidez de sus escenas y el manejo hábil del suspenso, como si fuera un thriller. Por esto, no deja de ser extraño que una historia tan libresca sea una especie de road movie, una huida por carreteras mexicanas, pueblos fantasmas, ciudades modestas donde gobierna el infierno. El equilibrio, esa dificultad límite de la literatura, es una de las mayores virtudes de Fadanelli; es decir, el conocimiento intuitivo y adoptado a la vez de aquello que hay que sugerir y develar, ocultar e incitar. Hay escritores que se pasan una vida aprendiendo lo que Fadanelli sabía desde sus primeros libros. En uno de sus monólogos interiores Torrentera dice: «Uno jamás sabe en donde caerá el polen de la inteligencia. Las patas de la abeja pueden fecundar la cabeza más extravagante. No podemos reprocharle al azar su estúpida naturaleza: ¿a quién elegirá en esta ocasión para hacerlo el más brillante de la tribu?» Del mismo modo, nadie sabe donde caerá el polen de la buena literatura, pero una cosa es segura, en esta ocasión una parte del polvo ha caído en las páginas de esta novela de Guillermo Fadanelli. n