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GLORIA Y DECADENCIA

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Durante su vida el conde-duque de Olivares cosechó numerosos adversarios y enemigos, los cuales se complacían en afirmar que había venido al mundo en el palacio de Nerón.

La imagen que evoca la memoria de Gaspar de Guzmán, el conde-duque de Olivares, es la del gran retrato ecuestre que el genial Velázquez pintó y que puede admirarse en el Museo del Prado. La figura de Olivares es imponente, ataviado de gala, el gesto altivo y ordenando un enjaezado corcel. Durante mucho tiempo este personaje exponente de la España del XVII, que sufriera derrotas militares, el descalabro económico y la caída del imperio, yacía en el olvido y el desinterés. Tuvieron que pasar largos años para que el conde-duque volviera a la luz. Esta ingente tarea la llevó a cabo, precisamente, un médico, don Gregorio Marañón, una de las mentes más preclaras de la reciente historia de España y uno de sus más grandes maestros de medicina. En 1936 publicaba la primera biografía existente hasta entonces del personaje, El Conde-duque de Olivares o la pasión de mandar; según Néstor Luján, «obra modélica en su género», aborda, como era de esperar, aun tratándose de un estudio complejo del personaje, sobre todo los aspectos médicos y psicoanalíticos. Es decir, el interés por el hombre en su vertiente patológica, en detrimento del político y el estadista. Durante su vida Olivares cosechó numerosos adversarios y enemigos, los cuales se complacían en afirmar que había venido al mundo en el palacio de Nerón.

En realidad, nació en la embajada de España en Roma el 6 de enero de 1597. El padre, don Enrique de Guzmán, había sido el embajador español ante el papado; perteneció a la estirpe andaluza de los Guzmán, descendiente de Guzmán el Bueno; en 1579 se casó con doña María Pimentel de Fonseca, hija del cuarto conde de Monterrey. Este ventajoso matrimonio le proporcionó una alta dote y el poder emparentarse con una de las más ilustres familias de Castilla. Doña María murió de parto en 1604, a los 44 años de edad, dejando a Olivares huérfano a los siete. El padre, hombre austero y puntilloso, había hecho su carrera al servicio de Felipe II, y no disimuló su resentimiento al negarle el rey lo que más deseaba, el título de Grande de España. Antes de morir, el 26 de marzo de 1607, había hecho cuanto pudo para que el hijo pudiera alcanzar el galardón que a él se le había negado. Gaspar, el conde-duque, era un personaje ampuloso, complejo y rígido, defensor a ultranza de sus ideas y sin el menor escrúpulo para satisfacer las ambiciones políticas. La repentina muerte del hermano mayor, Jerónimo, cambió el rumbo de su vida; abandonó la carrera eclesiástica y a toda prisa, por indicación paterna, se dirigió a Valladolid para iniciarse en el aprendizaje del mundo y las maneras cortesanas. Heredero de las frustradas ambiciones del padre, sería el norte de su vida obtener el favor real para sí y para su familia; incluso todavía en el ocaso, derrotado y en desgracia, escribía: «Nada de esto me quita a mí mi reputación, ni honra, que es sólo aquello que he conservado hasta la sepultura por no parecer indigno de tan grandes padres como Dios me dio». Frase que retrata a las claras el talante hermético y orgulloso del personaje.

Tras la incorporación a la Corte, el principal objetivo del duque fue en todo momento alcanzar el poder. En 1607 hereda el título de conde a la muerte del padre, y cuatro años más tarde rechaza ser embajador ante la Santa Sede; en 1615 es ya valido del nuevo rey Felipe IV, y al fin, en 1622, es nombrado primer ministro. Tenía 35 años cuando emprendió la tarea del gobierno de una España que extendía sus dominios a dos continentes. La apasionante vida de este personaje sobrepasa con mucho la necesaria concisión. La obra de John H. Elliot, El conde-duque de Olivares, el político en una época de decadencia, es una pieza clave para llegar a conocer a este controvertido personaje y una época, el siglo XVII, que sigue proyectando muchas sombras hasta nuestros días.

De la patografía de Gaspar de Guzmán, destaca que, contra lo que pudiera esperarse, padeciera gota ya a los 35 años. Gregorio Marañón hace un fiel retrato «clínico» en el momento de su destitución y caída: «Gordo, medio inútil, andando lentamente, apoyado en su muletilla, fatigándose en cuanto andaba unos pasos, agotado e insomne, sostenido a fuerza de excitantes, al llegar a lo que entonces se llamaba la primera senectud, según la división hipocrática de las edades, es decir de los cincuenta a los sesenta años nos da la impresión, en efecto, de uno de esos gotosos antiguos, obesos y con complicaciones viscerales importantes que arrastran unos años de vida trabajosísima y que casi nunca llegan a doblar el cabo de los setenta».

Sobre la causa de la muerte se han aventurado algunas hipótesis. Según Marañón los accesos febriles que fueron el preludio del final pudieron deberse a una pulmonía, ya que hay numerosas referencias a «dolor de costillas», que se complicaría con una septicemia. También apunta con gran cautela que el cuadro de demencia final tuviese un origen sifilítico. El día 15 de julio se sintió indispuesto. Aquella noche estaba totalmente incoherente y tenía una gran confusión mental. La última semana de vida la pasó en un estado de delirio y fiebre alta que no fue posible hacer remitir, pese a los esfuerzos de muchos médicos. Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares, falleció en la mañana del sábado 22 de julio de 1645. Tenía 58 años.

La reacción ciudadana ante la noticia de la muerte de Olivares fue un suspiro de alivio colectivo. Este sentimiento lo expresaba Quevedo en una carta a un amigo: «Buen memorable día debe ser el de la Magdalena en que acabaron con la vida del conde de Olivares tantas amenazas y venganzas y odios que le prometían eternidad.

¡Secretos de Dios grandes son! Yo que estuve muerto el día de San Marcos, viví para ver el fin de un hombre que decía de ver el mío en cadenas». En palabras de Néstor Luján, periodista e historiador recientemente fallecido: «…lo cierto es que nada o casi nada de lo que hizo era lo que necesitaba el imperio de las Españas. Con la mayor voluntad, con todas las condiciones y ambiciones para el mando, este hombre de una extraordinaria capacidad intelectual no entendió en absoluto lo que pasaba en la Europa del siglo XVII. Todos sus actos fueron marcados por una suerte nefasta, definitiva y rotunda». n