La escritora cubana Wendy Guerra se dedicó durante largo tiempo a investigar los años en Cuba de la legendaria escritora Anaïs Nin. El resultado es un libro notable y aún inédito, mezcla de ficción y no ficción, Posar desnuda en La Habana. Diario apócrifo de Anaïs Nin. De este libro publicamos un extenso fragmento.

Para Albis Torres

INTRODUCCIÓN
LA HABANA ES UN GRAN SOLAR

“¡He sido llevada a ‘La tierra de la belleza’, ahora vivo en un palacio encantado! Toda mi tristeza y aprehensión desaparecieron en el momento en que sostuve la vista sobre La Habana, y mientras el barco se acercaba a la bahía, me estremecía más allá de lo que pueda expresar ante la maravilla de todo lo que me estaba pasando (…) El paraíso de mi infancia fue un paraíso inventado, porque mi infancia no fue feliz. Sólo actuando, fingiendo, inventando podía disfrutar. La realidad no me daba ninguna alegría… el paraíso de mi infancia se encontraba bajo la mesa de la biblioteca…”

En realidad nunca entendí qué hacía yo viviendo en una casa de vecindad a los once años. Yo, heredera de la única ciudad colonizada por franceses en Cuba: Cienfuegos. Abandonada por mi padre, aferrada a las faldas de mi madre, quien no sabía otra cosa que escribir, soportaba “El solar”, como le llaman en la isla a esas casas atestadas de marginales. El solar era hostil y mugriento. Pero aunque parecía alejarme, me acercaba de una peligrosa manera a la casa donde Anaïs Nin pasó sus primeros años cubanos. Jovellar número 111 entre Hospital y Espada. Centro Habana. La Habana. Cuba. De San Lázaro a Jovellar hay sólo media cuadra y Anaïs vivió en San Lázaro 114 entre Aguila y Crespo. Centro Habana, La Habana, Cuba, durante los primeros años del siglo XX. Para entonces éramos vecinas, pero en tiempos distintos y en Habanas tan distintas como nuestras.

Esto lo descubrí después, muchas amigas escritoras intentaron hacer la ruta que ella describía en los diarios. Pero ninguna pudo hallar el verdadero palacete con las iniciales de Thorvald Culmell. TC, su abuelo el cónsul danés en La Habana. Varias biografías editadas en estos días de jubileo por su centenario, nos hacen creer que su abuela Anaïs Vaurigaud, era francesa, o quizás nacida en New Orleans, pero se equivocan, los certificados encontrados durante mi investigación la convierten en una cubana sin remedio, y sus padres: Rosa y Joaquín, nacidos en el corazón de La Habana Vieja (hoy casco histórico) se conocieron y casaron aquí, donde también tuvieron a su tercer hijo, Thorvald Nin Culmell (1905).

Rosa Culmell y Joaquín Castellanos se encontraron una tarde, hora de la siesta, en la calurosa tras tienda de una exclusiva tienda de música que tenía Anselmo López en la calle Obispo. El amor de Rosa fue inmediato, el de Joaquín Nin no tan acelerado. El debería comprobar el linaje de su admiradora, pues, frente al piano, en sus arpegios refinados, conociendo su propio magnetismo, el maestro necesitaba, deseaba y le urgía averiguar si un matrimonio con Rosa era el ideal para sacarle de la pobreza en que estaba sumido.

Para organizar toda esta historia he necesitado más de cuatro años, pues los archivos, registros civiles y las parroquias merecen un tiempo precioso, casi de levantamiento o reconstrucción, y es que la humedad habanera y los cambios de administraciones o estatus institucionales han desordenado el camino del asentamiento humano en la isla. Para mí fueron largos viajes entre La Habana, Los Angeles, San Francisco y New York. Todo esto derivó en un Diario apócrifo, que cuenta lo que siento sobrevino en Cuba durante el año en que Anaïs regresó a “pescar marido” por preciso mandato de su familia materna. Como única salvación a la decadencia económica de Rosa y sus hijos. Pero la escritora se salió con la suya, pues desdeñó todos los pretendientes de la sacarocracia habanera y se trajo a Hugo Guiler hasta la finca de su tío político Rafael de Cárdenas. General del Ejército Libertador, jefe de la policía de La Habana y esposo de la antológica Antolina Culmell.

Anaïs no perdió oportunidad en La Habana, los años fascinantes XX fueron su escenario de lágrimas, cine mudo, bailes en clubes de la playa, polémicas políticas, deseo atrapado en abanicos y jóvenes azucareros desesperados por sus ojos brujos, ojos raros, en fin: ojos cubanos. La parte biográfica del libro relata su genealogía cubana. Sus cuentas y las de Hugo congeladas en los complejos días del cambio de moneda durante los primeros años de la revolución cubana. Sus conexiones filiales con apellidos ilustres de este país, y sobre todo, su huella documental en el matrimonio de Arrollo Naranjo en marzo de 1923. Al final es cierto. Su firma, que adjunto, está en los libros del pequeño registro civil que hoy se moja a chorros, cuando hay tormenta, en el callejón de ese pequeño y “extraño pueblo” de los márgenes habaneros. Anaïs dejó dos casas amplias. Una finca, que es hoy un solar habanero en las alturas de Luyanó. Llamado popularmente “La quinta de los locos” y el palacete de su abuelo danés, un solar vertical reconstruido en la década del cuarenta para edificio de rentas, pero que conserva aún su escudo fundacional.

De mi solar a su solar hay sólo unos pasos. Algo me decía que las amigas de mi madre, escritoras de diarios, cartas, novelas y poemas a la autora no estaban erradas. Vivíamos rodeadas por su enigma. Éramos parte de él y convivíamos con ella en una ciudad que la vio sólo como la modelo preferida de Charles Dana Gibson, hijo de uno de los grandes amigos de José Martí en New York, fotógrafo y diseñador alma y vida de Life y no como la escritora que aún no existía en 1922.

¿Será por ello que escribió sólo nueve cuartillas en su viaje cubano? ¿Será por ello que sus cartas fueron escuetas y ocultaban lo que verdaderamente llegaría a ser después: la testigo trasgresora de los días parisinos, la voyerista terrible de Miller, la hija y amante del compositor cubano Joaquín Nin?

Por cierto, Joaquín Nin Castellanos, su padre, nació en la calle Damas. Está inscrito en Barcelona y en La Habana. No olvidemos que para los cubanos de la generación de 1800, cualquier vínculo con España era ganancia y renombre. Luego, curiosamente, cotejó sus papeles para aparecer, al igual que Ignacio Cervantes, muy criollo en los salones de París. Sin dudas, era mucho más fácil triunfar como cubano que como catalán. Menos competencia, más exotismo. Su danza ibérica lo confirma. Danza más clasicismo igual a: maravilla. Hoy le llamaríamos fusión.

Mi libro, en dos partes la desnuda y la viste. Anaïs en su luna de miel al borde de la playa de Baracoa, a las afueras de La Habana. Anaïs vestida en la capilla familiar. Anaïs en la vida de los Loynaz. Un poco de ficción y un poco de realidad.

¿No es eso acaso el volumen lo dos diarios, con más de 35 mil páginas manuscritas, quien nos esconde o rebela el delirio de su realidad?

Estoy jugando con Anaïs, mas no con su biografía. Estoy jugando con sus peripecias, mas no con su saga cubana. La infancia de Anaïs entre Francia, Alemania y La Habana fue gris y pesarosa, la adolescencia incomprendida, solitaria y apasionada. Su juventud ensayó todo el sentido medular que su “yo” acumulaba. Anaïs era un poco La Habana. Era su padre, las contradanzas en ese piano que vi luego durante mi visita a Los Angeles, cuando su viudo me mostró las partituras de Joaquín bajo la lámpara. Luego en UCLA, ojeando temblorosa sus páginas, lo supe definitivamente. Anaïs perteneció a esta ciudad de columnas ladinas y de azules transparentes. Supo bailar tumba francesa y entregarse al deseo como quien se toma un vaso de agua con sed, a “cun cun” y hasta el final.

Anaïs tenía algo que no sabíamos describir. Lo que no pudimos explicar, lo supe pisando ambos solares de La Habana. Lo supe regresando a un solar como el mío. Anaïs no tenía límites, ella nació Anaïs, sólo Anaïs y después de Anaïs y sólo ella entre las ruinas y los gritos de estos sitios reconstruidos bajo el polvo de luz. En las ruinas del solar o en la seda china que cuelga de ese balcón hacia la calle, fuera de su escondite imaginario, su refugio, su teatro, sus rencores pasados. Allí se le nota, se le ve. Lo que le pasa es que es cubana.

La Habana, septiembre de 2003.


Año 1922

Querido Diario: (Viaje en el vapor New York). Siempre llego tarde a lo que me fascina. Estoy segura de que cuando pueda viajar en primera clase ya no va a interesarme. Así soy. Todo se me presenta cuando ya me resulta indiferente. Para entonces estaré intranquila sabiendo que algo ocurre con la gente de abajo, esa que desea ascender hasta mí y no podré recuperarme de ese ataque de libertad. Por ahora Primera Clase es una gaveta prohibida, llena de joyas y de vanidad. El mar no me importa porque ya estoy en él, como cuando patiné en la nieve con Joaquinito en esa primera vez de caerse y recuperarse, estos son elementos tan importantes como asiduos. Es tan filoso el hielo como inestable el mar. Ahora no tengo a Joaquinito conmigo, no puedo agarrarle, ni indicarle, ni dominarle, ni estabilizarnos los dos sobre la marcha. Sólo me tengo a mí. Lloro sobre el mar y al mar no le importa, vomito sobre el mar y se alimenta rápido de lo que no logro sostener en mi cuerpo. Me ignora y yo le ignoro, porque no hay nada más llano que un texto mío pensado desde el mar. Me gusta jugar a olvidarlo sobre todo en los días luminosos. Este es sin dudas, un ejercicio magnífico para no complacerlo. Suponía que este fuera el Diario de Hugo, lleno de facilidades para su lenguaje de hombre refinado pero simple, dragado para su bahía estrecha, y ya ves que no. Hugo no hace acto de presencia y, sin desdorarle, yo no respondo a quien no agradece el favor de mis palabras. Cada palabra aprendida en mí ha significado un asombro y un sobresalto, no dispongo de tantos como para también vaciarlos en el mar a esta velocidad desconcertante. Escribir en inglés ha sido de algún modo darle mis espaldas desnudas al francés infantil y candoroso de mis padres, al breve castellano que me arrulló y a fundirme en otra síntesis que en nada se parecía a mis adjetivos y a mis mañas. Entonces estoy dispuesta a seguir en este viaje dándole la espalda a las cosas que puedan robarme el dolor en la fuga. Quiero ese dolor porque lo necesito, ni mis tías, ni mis primos, ni siquiera Eduardo me va evitar este cambio de piel. Hablaré en el español olvidado y volveré a mí a toda costa.

Estoy aprendiendo a conocer las breves marcas de trasgresión. La débil lámina carmesí que la línea de flotación deja ver vacía sobre el agua, o debajo de ella cuando va completamente cargada una embarcación. (…) Siempre que me interese ese destino, porque Cuba es… Padre. Cuando quise venir por Padre estábamos en París, cuando llego a Cuba, él se ha marchado a París con Maruja… también Hugo está en París. Quizás ambos se encuentren en una calle, o en un pequeño café, se tomen una copa juntos a la salida de un concierto y ni adviertan quién es quién. Llego siempre retrasada a lo que creo es una necesidad imperiosa, y al arrodillarme ante ella veo que es tarde, y me levanto para seguir, sin mas remedio que encontrar otra necesidad. Son puros pretextos para trasladarme usando el puente inestable de estos viajes. Me olvidaba… Cené en mi pequeño camarote, que por fuerza ya tiene el aroma de mi almohadilla de extrañas flores. Como vegetales marchitos al vapor y pido un vaso de leche antes de dormir, llega frío y no protesto. Prefiero que no retengan mi cara, paso inadvertida de primera a segunda sin sospechas. (…)

Notas secretas a Hugo: Sí, creo en mi atmósfera perfecta: el aroma inicial, el espasmo original y el más puro, el de las lilas. El color de las lilas y su olor atormentado, a cuentagotas, aceites afinados en una clave alta y bien temperada. Las lilas, mi atmósfera, mi burbuja, mi concha, mi estancia superior. Escribo, escribo y es esencia, es arroz de novios lo que me llueve sobre el papel, la tinta falla y choca con los granos mientras me deshago en lágrimas de lilas. La humedad de este clima tiene un manto grueso de sal con lilas y ahí me cobijo y me aprendo a conocer tan sola. (…) A veces el aire se define perfecto y no quiero llegar. Si en el muelle no estás, si hago el viaje contrario al que mi cuerpo pide, por qué me llevó el impulso hasta la orilla. Ahora suelto estas líneas, las dejo, las abandono sin cuidados, nadie va a leerme. Estoy tan sola. Las lilas son secas, envueltas en un capullo de tul que me algodona. ¿Qué hago aquí? Voy atrás. Busco la respuesta en el Diario.

APUNTES DE ENERO…
(DIARIO ORIGINAL)

 Madre le ha escrito a tía Anaïs preguntándole si puedo ir a La Habana. El compromiso de Cuca ha provocado un gran cambio. ¡Cuánto he rezado por su felicidad! Y aún me parece que su matrimonio es por el mero hecho del acto y no por amor. En una vida tan vacía como la suya, el matrimonio es una necesidad, una obligación. Como una muchacha de sociedad, sería considerada un fracaso si permaneciera sin casarse. Espero esté equivocada. El mundo me parece lleno de amor estos días. O quizás mis ojos están llenos de amor y entonces lo ven por doquier. Primero Bernabé y su joven esposa, luego Cuca. Nuestra propia sirvienta, Amparo, recibe visitas, cartas y mensajes telefónicos que la empujan dentro de arrebatos de abstracción. Bélica, más bien en secreto, tiene planes, y sonríe misteriosamente ante la mención de Hernández. En libros, en obras, en películas, en las calles, en los parques —donde quiera veo amor, romance, y me provoca admiración y vehemencia. La Habana para mí significa… Tres en punto. Nunca sabrás lo que La Habana significa para mí.

17 DE SEPTIEMBRE

Chere Papá: He vacilado mucho antes de responder tu carta porque lo que tengo que decir te va a herir, Sobre todo, quiero que sepas, que a pesar de mi amor hacia ti estoy obligada a escribirte la triste verdad. Tu deseo de vernos no puede ser realizado, o al menos no en la forma en que pensaste. Después de todos los años que madre ha pasado luchando por nosotros, abrumada con responsabilidades y preocupaciones, ahora está cansada pero tiene su recompensa. Thorvald y yo hemos llegado a una edad en la cual podernos unir nuestros esfuerzos a los de ella, y estamos trabajando con ella para mantener la familia que tú creaste y que tú debiste haber mantenido. Nunca te diste cuenta de que tus niños sufrirían demasiado, que se privarían de tantas cosas, y que vivirían llevados hasta el límite con dificultades, sacrificios y necesidades -por ti. por tu falta. Nunca nos hemos quejado. Nunca nos hemos dicho unos a otros cuando hemos visto los papás de otros niños: ¿por qué nuestro papá no trabaja para nosotros? ¿Por qué nuestro padre no nos da lo que todos los papás dan a sus niños? No, nunca nos hemos quejado, porque nuestra madre nos dio todo lo que pudo, a la vez que nos enseñó a ser suficientemente felices con ello. Y nunca nos ha dejado sentir el gran vacío que dejaste en nuestra vida, privándonos de todo lo que nos debías a nosotros, tus niños. Por su gran coraje, por su fuerza, por su energía, por esa ternura combinada con inteligencia de la cual los niños obtienen la inspiración vital para la vida, nuestra madre fue capaz de reemplazar tu deber, tu presencia, tu influencia. El hombre que deja de mantener y servir su casa es corno el creador que abandona su trabajo… y lo pierde.

Ahora que Thorvald es un hombre joven y yo una mujer, estamos listos para compartir la carga. Y ahora nos pides que vayamos a ti. ¿Dejaremos a nuestra madre en un momento en que necesita nuestro apoyo y nuestra energía? Mil veces no. Estamos llevando a cabo la misión que tú no terminaste. Con nuestra fuerza joven, estamos pagando el precio de la obligación de la que tú escapaste.

Tu hijo ha tenido que sacrificar su más querido sueño. Se graduó en la escuela con los mayores honores, y en adición ganó un premio por el cual lo hubieran admitido en una escuela superior donde hubiera comenzado a estudiar para su catrera de ingeniería. En vez de ello, está trabajando, ya en servicio en vez de estar estudiando y disfrutando. Cuando debería estar llevando la vida de un joven mozo, está llevando la de un hombre. ¡Tan pronto! También, tu hija está comprometida. Si he sido fuerte contigo, ¡ah, papá! Piensa en la pena que he sentido al darme cuenta, poco a poco, del alcance de tus errores contra nosotros. Toda nuestra niñez estuvo nublada por ti. Toda nuestra juventud es dura, triste, por ti. Esto es todo lo que tengo que decirte. Si lo entiendes, bien. Si no, nada de lo que yo pueda decir te ayudará a ver algo que dependa de tu interpretación de: la justicia. Tu hija, que sufre por ti y contigo, Anai’s.

20 DE SEPTIEMBRE

De vuelta a la pequeña mesa de escribir rodeada de bullicio y confusión  la única cosa que aún no ha cambiado en cuanto a mí, y me adhiero a ello para asegurarme de que soy real y de que todo es real. (…) Esta tarde Joaquín se sentó al piano y tocó el acompañamiento de Madame Butterfly. (El aria “Un bello día”, etc.) mientras mamá cantaba. Al principio escuché las magníficas notas con un sentimiento de pura admiración por la voz de mamá, y de pronto la música penetró en lo más profundo de mi ser, y su doloroso y penoso espíritu me conmovió. Me imaginé en La Habana, lejos, tan lejos de mi pequeña madre, lejos de Joaquín y de Thorvald, privada del gozo de verlos y escucharlos a todos…. yendo sola hacia delante, dejando atrás lo que más quiero en este mundo, lo que esta pequeña casa sostiene dentro de sus humildes paredes, todas mis alegrías, mi amor, mi vida.

Es domingo: Se acaba de ir el cura que oficia en la pequeña capilla familiar.

Las amigas de mis primas no pararon de cuchichear y señalar durante toda la misa. El padre ha oficiado un poco en francés, para mí y un poco en español para todos. Eso me parece excesivo porque la fe no distingue los lenguajes, no tiene idiomas, pero en fin, lo agradezco, lo veo como una cortesía.

Las personas van a misa para relacionarse, para señalarse, chequearse, ocultarse con una mantilla y luego a la salida en esos pocos instantes dejarse ver. La fe para mí no necesita de capillas ni de reuniones. Está creciendo dentro de mí. No la comparto.

Hoy deberíamos ir a varios sitios que nos habían invitado. Pero se ha descompuesto el automóvil de Antolina. Veo cómo lo desarman sobre el césped de la cochera, y aunque la grasa gotea y sangra acabando con el pasto, no tiene mucho futuro nuestra salida. Felo es un desastre en el oficio de mecánico. Su afición por la arquitectura le va mejor.

Edelmira y su esposo han venido en auxilio para trasladarlo al taller de la playa. Allí me voy, quiero conocer un poco.

Llevo el Diario y anoto. Mientras lo hago siento cómo intercambian sus muecas. No me entienden, lo siento tanto. Escribo y eso me guarda.

Al llegar veo otro automóvil de cabeza. Su dueña es, al parecer, una chica con peinado tipo garzón, muy corto, vestida con pantalones y tres puros en el bolsillo izquierdo.

El olor a grasa y a toxinas me irritaba, mientras ella salía debajo de la mole metálica sacudiendo su ropa con abandono. Segundos después, tumbada en su auto descapotable leía un libro concentrada; mientras a ratos chequeaba enérgica cómo su mecánico escudriñaba dentro del motor.

Desde lejos se nos podía ver a ambas, de auto a auto, en ángulos perfectos.

Sólo que ella no me advertía, el libro y su artefacto eran más importantes que yo.

Mis tíos hablaron con el señor que estaba debajo de su automóvil mientras su dueña continuó leyendo sin inmutarse.

Determinaron esperar. De hecho esperamos un largo rato. Apuntes en el Diario, calambres en mis piernas. Miradas furtivas a la joven seria y centrada en su labor.

Tía Edelmira por fin nos presentó en la distancia, y ella atinó a girar la cabeza para mirarme; yo le dije adiós desde mi ventanilla. En el acto se bajó del carro viniendo a mí muy presta, atolondrada como un paje diligente.

Le dije que era un placer conocerla pero no respondió a mis halagos y me habló de su automóvil descompuesto. Tenía las manos engrasadas, el libro también lo estaba. Me quité los guantes y la tomé de la mano, su gesto fuerte me estremeció, en exacto contraste con el gusto que me ocasionaron sus manos tibias y sedosas que acariciaron las mías con candor.

Así era: inhibía sus rasgos femeninos engañándonos con su vestuario duro, masculino y sobre todo trasgresor.

Leía un libro en francés. Algo sobre gramática que no alcancé a descubrir. El mecánico terminó finalmente su trabajo mientras yo estaba impactada al conocer aquel ser que no se parecía en nada a mi entorno.

Mi tía me internó en el coche, nos llevamos al mecánico a la finca, detrás nos seguía “ella” al volante con mucha determinación. Edelmira dijo que se llamaba Flor, pertenece a una de las más ricas e ilustres familias de La Habana. Su padre fue general de la guerra y muy amigo del tío Rafael.

Flor nos seguía mientras Edelmira daba instrucciones. Los atajos que elegía mi primo Felo eran intransitables, sin embargo ella los recorría sin dudar.

Era evidente que se invitaba a casa.

Nadie le convidaba, pero creo que mi olor la atrajo, supo, supimos que íbamos a ser amigas de inmediato.

Mi tía le abrió los ojos a su esposo, el americano imponente. Su voz se alzó con mucho ímpetu para recordarnos en inglés que: aunque se trate de la oveja negra es una Loynaz y hay que intimarla como tal. El comentario no la defendía, era intrigante, y a la vez trataba de salvarla.

El mecánico entró a la cochera y desembarcó miles de piezas que me recordaron los juguetes de mi hermano Thorvald.

Flor los iba nombrando con precisión. Felo asentía y entre el mecánico y ella dieron con el quid del asunto: era el motor. Lo que significaba que nos restaba un buen trecho para salir de la paz tediosa de la finca.

Flor fue invitada a almorzar de inmediato por Antolina y ella accedió con naturalidad. Luego pidió hacer dos llamadas telefónicas. Entramos al salón y le convidé a lavarse las manos. Se rió de mí como si la invitación fuera demodé o fuera de lugar. Me avergüenza ser tan pulcra y afectada.

Juro nunca más usar los guantes en Cuba. (…) Nos vamos al césped. Desde allí pueden vernos pero no escucharnos, e incluso se sienten más tranquilos. Antolina manda a trasladar la mesa de la cocina al patio. Pone el mantel de hilo que se eleva libre hasta los cuartos de servicio, los criados corren, lentos, los negros corren tardos como príncipes sin prisa, vuelan tras el mantel. Luego sirven jugos de guanábana también muy despacio, como sin querer, ellos no necesitan correr, no es su estilo. La guanábana es una maravilla tiene un sabor blanco y caleidoscópico. La guanábana da la posibilidad de adivinar sabores en medio de la fuerza que ya tiene el suyo, me aprieta la boca y me exalta los sentidos. Es mi fruta predilecta. En ella encuentro los conjuros sensoriales del trópico.

Flor y yo hablamos de mil temas. Estuvo en París, estudió un poco de francés y al final dialogamos en un dialecto compuesto por un español afrancesado que nos gusta mucho. Le cuento de Hugo, hablo como nunca, sin parar. Ella me dice que desde el año pasado han instituido en Cuba las llamadas al extranjero. Puedo marcar el cero o la letra A en el locutorio y la operadora me comunicará con Nueva York, de allí las operadoras me transportan la llamada a París: hemos llamado así a muchos amigos desde el invierno del 21.

¡Existe un cable debajo del mar que lleva tu voz a todas partes, es increíble!

Me incita a hacerlo. Me llena de valor. Pero no sé si Hugo anda navegando o quizás esté en algún hotel con teléfono. También pienso en llamar a mi madre, ni siquiera le he escrito, o tal vez en llamar a Joaquín para que consiga el paradero y las señas de Hugo. Mi hermano lo haría por mí, lo sé.

El estómago se altera. El sol me ahoga. Flor me da tanta vida que produce un exceso de ansiedad no conocido por mi cuerpo hasta el momento. Esa ansiedad que Hugo no comprende tiene un cordón umbilical, por debajo de mi mar hasta su cuerpo. Ambas, tendidas en la hierba, recordando algunos poemas que hemos leído curiosamente al mismo tiempo, reconociendo novelas que tenemos en común. Aventuras infantiles, canciones escolares. Mis tías conversan a lo lejos. Los criados pasan remotos, ni nos ven. El piano se escucha y es Antolinita (Baby) cumpliendo sus rutinas obligatorias.

Flor me dice un texto suyo dedicado al automóvil. Me río a mares, no sólo por el texto, sino por su traducción al francés y luego al inglés. Le pido me lo diga en español, risa y más risa. (…) Estamos muy compenetradas y apenas hace tres horas que acabamos de conocernos. La hierba pica. El sol arde. Flor extraña algo que no tuvo jamás. Me pide un poco de mi desarraigo para tener algo de qué quejarse. Me encanta Flor. Su lección es única. Tiene tantas raíces que no la dejan levantarse del suelo. Yo no tengo ninguna, por eso soy una pluma que se lleva el viento. Sin remedio, la soplamos. ¡Fuuu! ¡Fuuu! ¡Fuuu! Desde que empezamos el almuerzo rezo por ver el instante en que, tras el café, Flor encienda su tabaco, un puro enorme en medio de la charla de varones. Estoy a punto de soltar mi carcajada. Flor parece irreal, por su libertad y su demencia, mansa como una torcaza, torpe como un pony, encrespada como la espuma de los acantilados que he visto en la costa. Ese diente de perros habitado por casas blancas, vedado y poco concurrido. Allí donde se mudan los ricos para ver el mar de cerca y no olvidar jamás las bondades de una isla. Adivino que Flor provoca irritaciones, desastres a su alrededor. Como se decía de Claudio, el emperador romano: “Es capaz de destruir un reino con sólo caminar por él”. Parece marcharse en estampida y siento, es probable no verla nunca más. Tiene un velo, el velo que cubre su propia belleza, no la desea, la que quiere ocultar poniendo telas de araña sobre su frente. Flor es más real que todos nosotros porque conserva incólume su instinto. Es tal cual, sin aprensiones. (…) Ella me crea una exaltación nunca antes experimentada desde mi interior. Pero debo buscar mi propio centro, somos dos niñas, quién garantiza que esos universos no cambien, no se transformen o eclipsen. Depende de nuestros trazos y del diseño que tomen los caminos. Que son neones y pueden apagarse en cualquier instante si no vigilamos atentamente nuestras vidas. La dejo ir así como sale el agua de mi cuerpo.

Durante muchos días he vivido sin mi droga, sin mi vicio secreto: mi Diario. Y lo que averigüé es esto: no soporto la soledad. Comprobé que si escribiera una novela hablando de otras mujeres, habría cosas que no les podría dar. Averigüé que ninguno de los personajes elaborados a retazos podría llegar a tener todas mis experiencias y conciencias. Que quedarme en esos personajes equivaldría a restringir horizontes y percepciones; equivaldría a una conciencia restringida. Me sentiría como metida en moldes apretados. Comprendí que ninguno de los personajes inventados podría contener mi obsesión por una vida sin límites, expansiva, completa.

Papá nunca me abandona, lo llevo en el corazón. Pero muchas veces me entran ganas de llorar al ver al tío Gilbert cogiendo a Nuria en sus brazos y besándola dulcemente. ¡Que dulce debe ser! ¿Cuándo los recibiré yo? Apenas puedo contener las lágrimas que pugnan por salir contra mi voluntad. Después me enfado conmigo misma, son celos, me digo. Por eso, cuando tío Gilbert abraza con ternura a su dichosa hijita, mis deseos tantas veces formulados se vuelven más ardientes, y me pregunto cuánto tendré que esperar por ese beso tan lejano, que tal vez no llegue nunca, y mi alma recibe unas lágrimas contenidas pero abrasadoras y muy amargas.

LA BODA Y SUS PREPARATIVOS

Fuimos a ver a Guillermina. La parte nueva de la vieja Habana ha sido inundada por los chinos, está sembrada de costureras hacendosas. Mina, como le llamaban, conoce los gustos de todas las novias de esta ciudad; mientras su esposo, un sastre mulato y altivo, hace ajustes en el traje que Hugo quiere lucir para la ceremonia. Le queda enorme por esa escualidez que ha traído de su viaje. Guillermina insistió con varios vestidos y accesorios. Recuerdo su boca llena de agujas y mi cuerpo desnudo tras las mamparas chinas.

El que elegí parece ser un atuendo propio de mujeres matrimoniadas en segundas nupcias; pues tiene muy poca cola y un diseño recto y art deco. Tía Edelmira no está contenta, este es su único regalo y no sé elegirlo.

Hugo bromeó con mi breve sombra tras la mampara. Dijo algo sobre mi fino trazo. Yo le comenté que las flechas son dúctiles y firmes, encajan y encuentran las dianas, se dejan permear del aire y en esa sencillez estriba su acierto.

Hugo está abrumado. Sé que aturdo, es mi talón de Aquiles.

Edelmira se va en el auto muy atormentada.

—¿Cómo le diremos a Antolina, Anaïs; ella espera que lleguemos con el vestido de los sueños y no…?

—No le diremos, vamos a esperar.

Hugo me habla al oído. Recuerda que una vez le pedí casarnos de negro rompiendo todas las reglas. Quiere complacerme, consentirme con placeres y extravagancias. Llegamos a un acuerdo: elijo algún vestido para calmar a la tía, mas, al final nos vestimos de negro los dos. Si nos escapamos encontraremos un vestido en negro adecuado para la ceremonia.

No recuerdo si vi a esa niña con un vestido blanco muy corto ribeteado en encaje, o una fotografía tomada en La Habana, con todas mis primas puestas en fila por orden de estatura, todas con vestidos blancos cortos y enormes lazos. En el espejo no hubo nunca una niña. El primer espejo tenía un marco de madera blanca. En este espejo no está Anaïs Nin, sino María Antonieta con un gorro de encaje blanco, un vestido largo de color negro, de pie sobre un montón de sillas, el carro camino hacia la guillotina. Ninguna Anaïs Nin. Una actriz que interpreta todos los papeles de la historia de Francia. Soy Carlota Corday que hunde su puñal en el cuerpo del tirano Marat. Soy, naturalmente, Juana de Arco. A los catorce años, mi interpretación de Juana de Arco ardiendo en la hoguera era la historia de horror favorita de mi hermano.

En el primer espejo en el que aparece el yo es muy grande, está empotrado en una pared de madera marrón, en una habitación de una casa de piedra oscura. A su lado, la ventana deja entrar la luz tan fuerte que el resto de la habitación no se refleja en el espejo. La imagen de la chica que se acerca a él queda vigorosamente iluminada, en relieve. Contra la neblinosa oscuridad, la muchacha de quince años mira con ojos asustados. Se mira el vestido, un vestido de brillante sarga azul muy gastada, que le arreglaron para ella y había sido de una prima. No le sienta bien. Es muy pobre. Le da un aspecto de pobreza. La muchacha mira avergonzada su vestido de sarga azul. Ese mismo día le han dicho en el colegio que tiene dotes de escritora. Han ido a su clase especialmente para decírselo. Aunque es extranjera, aunque tiene que usar el diccionario, ha escrito la mejor redacción de toda la clase. Precisamente ella, que siempre estaba callada y prefería pasar inadvertida, la llamó el profesor de inglés, tuvo que subir a la tarima y, delante de todos, recibió sus alabanzas. Y la alegría, la deslumbrante alegría que la llenaba en el primer momento, desapareció instantáneamente en cuanto tuvo conciencia del vestido que llevaba. No quería levantarme, no quería que notaran que llevaba aquel vestido. Me daba vergüenza su apariencia pobre, su brillo, su aspecto usado, su aspecto de ropa de huérfano, de vestido usado anteriormente por otra niña.

Hay otro espejo enmarcado en madera marrón. La chica mira el nuevo vestido que la transfigura. Qué cambio tan extraordinario. Se inclina sobre el espejo para ver de cerca los ojos, la boca, húmedos y luminosos gracias al cambio de vestido. Camina muy despacio hacia el espejo, muy despacio, como si quisiera evitar que el espejo se asustara y huyera. Varias veces, a los quince años, caminará despacio hacia el espejo. Todas las chicas de quince años se han hecho la misma pregunta ante el espejo: ¿soy guapa? La cara es como una máscara. No sonríe. No quiere seducir ni engañar al espejo, no quiere obtener una respuesta falsa. No quiere asustar a su imagen. Alguien ha dicho que es muy pálida. Se acerca al espejo y se queda muy quieta. Como una estatua. Inmóvil. De cerca. Sorprendida. ¿Sonámbula? Sólo se mueve para interpretar a Sarah Bernhardt. Mélisande, La dama de las Camelias, Madame Bovary, Tahïs. Nunca es Anaïs Nin, la chica que va al colegio y cultiva verduras y flores en su jardín.

Está inmóvil, como una figura que perteneciera a un sueño. Ante el espejo se descompone en cien personajes, se recompone regresando a la palidez y la inmovilidad. Silencio. Busca una expresión que traicione el espíritu. Es imposible atrapar la cara en un momento vital, en la risa, en el amor. A los dieciséis años se mira al espejo con el pelo recogido en un moño alto por primera vez. Siempre hay una pregunta. El espejo no va a contestarla.

DÍAS EN LA FINCA

Sólo algunas notas. Escondo el Diario. Hago largos paseos a caballo. Largos baños. Me dedico a leer y Hugo sigue frotándose sobre mi pijama de seda. (…) Donde esté yo estará por siempre, él residirá en todos los cuerpos que me abracen. Me hizo la mujer que soy. Nada puede faltarme con su sino en mi interior. He sido marcada para siempre. Los días pasan lentos. Leo, olvido. Intento no extrañar mi soltería.

(…) El azogue de la tarde desprende la ciudad del barco. Me cuelgo de la proa tratando de eliminar esa distancia interior. Mi alma se separa de Cuba como una mariposa abandona la funda de seda para siempre. Siento una desnudez que asusta. Me ha abandonado mi cuerpo. Posar desnuda pudo darme paz, sin embargo, es infinita la soledad que siento ante Hugo.

Nadie dibuja, nadie me sigue con su ojo preciso, soy juzgada por el esposo y quiero vestirme. Dejo atrás los aposentos de mi virginidad.

Me llevo todo, me fugo cleptómana y lujuriosa al fin de mis días cubanos. Padre va en mi cuerpo como el primero de los hombres posibles. No lo dejo atrás, va en la hipnosis que provoca mi extravica mirada. La familia agita sus pañuelos.

Por fin los libero de mí. Por fin es sólo mía la responsabilidad de mis trastornos o mis embrujos. Yo soy mi propia razón, aunque ahora la extravíe entre el salitre y el ritual interminable de la pérdida.

Adiós Cuba. Adiós Padre. Adiós yo. n