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ENFERMEDAD Y LITERATURA

POR SANDRO COHEN

La narrativa de Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barcelona, 2003) es una especie de sistema planetario cuyas órbitas se entrecruzan sorpresivamente. Para quien lo ha seguido desde el principio, tal vez esto no resulte desconcertante, pero para aquellos —como yo— que apenas han empezado a descubrir y saborear la obra de este autor que falleció el 15 de julio pasado, cada cuento o capítulo de novela nos saca de balance porque parece llamar a fragmentos de otros libros cuya fuerza gravitacional influye en los primeros y viceversa. En otras palabras: no es posible dar un dictamen definitivo sobre ningún libro de Bolaño sin leer toda la obra para luego discernir no sólo qué relación existe entre los libros y sus personajes —relaciones que en ocasiones son bastante complejas— sino también entre lo que es realidad y lo que es ficción.

Pocos autores en busca de materia prima para su mundo narrativo han recurrido a la autobiografía de manera tan literal como Roberto Bolaño. Nos da la impresión  de que casi ningún personaje suyo es puramente ficticio, aunque sólo tengamos noticia de la veracidad histórica de unos cuantos. En última instancia, sin embargo, no importa el grado de invención sino la combustión literaria que resulta de la experiencia cruzada con la imaginación. Los personajes de Bolaño, por lo pronto, tengan el origen que tuvieren, poseen la calidez humana que experimentamos cuando alguien nos cuenta sus aventuras, o las de un amigo, o las del hermano de un amigo de la infancia que alguna vez vimos en un oscuro café del Centro Histórico de la ciudad de México, o en un bar de la parte más vieja de Barcelona…

En el primer cuento de Llamadas telefónicas,1 una colección de relatos anterior a El gaucho insufrible, el narrador habla de la obra de Luis Antonio Sensini, personaje que da título al cuento. En esta cita el protagonista contrasta la urdimbre de su novela con la de sus cuentos: «Todo lo que en Ugarte era frialdad, un pulso preciso de neurocirujano, en el libro de cuentos era calidez, paisajes que se alejaban del lector muy lentamente (y que a veces se alejaban con el lector), personajes valientes y a la deriva». El juicio que el narrador emite acerca de los cuentos puede aplicarse perfectamente a los de Roberto Bolaño en El gaucho insufrible y en muchos otros libros suyos.

Antes que nada, una aclaración: El gaucho insufrible no es precisamente una colección de relatos. Según cómo se cuenten o entiendan, hay de cinco a siete relatos, y uno o dos ensayos. Los textos son siete en total. Pero uno de ellos, «Dos cuentos católicos», puede contar —como su título lo indica— como dos relatos o dos caras del mismo relato. Cada uno separadamente sería una narración sin mayor relieve, pero Bolaño los une de tal manera que al llegar al final del segundo revienta magistralmente una serie de chispazos latentes en el anterior y las primeras páginas del último. El total es muchísimo mayor que la suma de sus dos partes.

El penúltimo texto, a su vez, «Literatura + enfermedad = enfermedad», puede leerse tal como se presenta: como si fuera conferencia o como si fuera ensayo. Pero al mismo tiempo, dados los procedimientos habituales de Bolaño —según los cuales el autor confunde adrede la autobiografía con la invención—, también puede leerse como un relato donde el protagonista se explaya como si escribiera un ensayo. Lo importante es que Bolaño, escritor, nunca deja de narrar en la voz de alguien que posee sus mismos o parecidos rasgos personales: un escritor que se encuentra gravemente enfermo. Tan grave está que no puede presentarse a dictar su conferencia sobre el tema de la enfermedad.

Ahora sabemos que Bolaño, el hombre, se moría debido a una deficiencia hepática. Si no lo supiéramos, el ensayo o relato seguiría siendo valioso, pero estando enterados, la lectura se tiñe de colores insospechados. Lo que antes parecía humor, se vuelve ironía; lo que antes parecía simple bonhomía, deviene un autoescarnio tan delicioso que nos permite reconciliarnos con la vida. Si Bolaño puede burlarse de sí mismo de tal manera y en tal estado, y seguir creando de manera tan envidiable, ¿qué más nos queda a nosotros sino celebrar la vida que tenemos por delante? Vivirla. Así, sus disquisiciones sobre el acto de follar, hacer el amor —coger para nosotros—, revisten un pathos y una profundidad que en otro contexto no alcanzaríamos a apreciar.

Roberto Bolaño poseía, además, el don del trovador. Nació y se crió en Chile, pero pasó en México años decisivos entre la adolescencia y la primera adultez, país donde —junto con el también fallecido Mario Santiago, «Ulises Lima» en Los detectives salvajes— fundó y formó parte de los legendarios infrarrealistas, la espina en el costado de Octavio Faz. Volvió a Chile, donde fue apresado tras el derrocamiento de Salvador Allende, y pudo asilarse en España, donde vivió desde 1977. Esto le permitió escribir con un dominio absoluto de una amplísima gama de voces, fueran éstas mexicanas, chilenas, argentinas, españolas o incluso norteamericanas o italianas. Aún más: uno de los relatos más sugerentes de El gaucho insufrible ni siquiera se cuenta en voz de un ser humano, sino de una rata —las ratas son un leitmotiv importante a lo largo de la obra de Bolaño—, y ésta no sólo es verosímil y creíble sino enternecedora. Técnicamente tendríamos que clasificar «El policía de las ratas» como un cuento fantástico, pero no deja de ser absoluta y totalmente realista.

El relato que abre el volumen, «Jim», es un golpe a la mandíbula que —si se desconoce el sistema planetario bolaniano— resulta incomprensible. Pero con conocimiento de causa, reconocemos quién es este vagabundo sin patria que busca «lo extraordinario para decirlo con palabras comunes y corrientes» y que está a punto de morir calcinado por el fuego que echa un lanzallamas en un crucero cercano al Paseo de la Reforma. Este es el preámbulo al último libro de relatos de Roberto Bolaño, un preámbulo que nos recuerda y resume de manera violenta en qué consiste la humanidad que lo antecedía, y nos recuerda que esta humanidad es compleja, incomprensible, dolorosa y, aun así, hermosa al extremo. n

1Roberto Bolaño, Llamadas telefónicas, Anagrama, Barcelona. 1997.