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REGRESO AL FUTURO: AL MENOS TRES

Este texto, publicado en esta sección el mes de diciembre de 2001, plantea tres posibilidades de convergencia creativa entre México y Estados Unidos para paliar la obsesión norteamericana por la seguridad, surgida a raíz del 11 de septiembre.

Después del 11 de septiembre la mirada internacional de Washington fue reorientada por el eje de la seguridad. En las nuevas condiciones, los problemas de México y América Latina corren el riesgo de parecer triviales.

¿Qué podría ofrecer México en ese gran juego nuevo?

México tiene al menos tres ofertas de seguridad que hacer a su socio y vecino. Las tres, en su propio beneficio.

1. Seguridad en la frontera. Vale decir: control de puertos, aeropuertos, aduanas y flujos migratorios. Para ofrecer esto, México debe alcanzar un dominio efectivo sobre su territorio, lo que supone una reconstrucción de sus instrumentos de inteligencia y seguridad a fin de garantizar: 1. Control en su territorio de terroristas y delincuentes (narcotráfico en particular). 2. Control de mercancías ilegales (narcotráfico en primer lugar). 3. Control de migrantes ilegales, 4. Sistemas confiables de seguridad en pasos fronterizos, puertos, aeropuertos, mas clave de circulación de mercancías y personas.

Apenas pueden exagerarse las ventajas de instituciones eficaces de seguridad, inteligencia, combate a la delincuencia y control migratorio. Un buen acuerdo en esta materia acaso permitirá fijar con Estados Unidos reglas de colaboración y buena voluntad en toda la agenda bilateral.

El rediseño de los instrumentos de seguridad y control del territorio necesitará colaboración, asesoría y financiamiento de Estados Unidos. El beneficio mayor del proceso será para México. Respondiendo a la urgencia de seguridad de su vecino, México puede atacar la mayor de sus debilidades institucionales que es el descontrol de la violencia y la ilegalidad dentro de su propio territorio.

2.   Seguridad energética. México puede ofrecer a Estados Unidos una opción de seguridad energética. Basta levantar algunas de las restricciones que pesan sobre ese sector y hacer un diseño de largo plazo para una industria petrolera no constreñida a las limitaciones actuales de Pemex. Algo semejante puede suceder con la industria eléctrica en la frontera y, menos, pero significativamente, con el gas.

El nacionalismo paraestatal está convirtiendo en chatarra nuestra industria petrolera. Pocas cosas serían más benéficas para el país que un relanzamiento en gran escala de inversión y desarrollo de Pemex, asunto imposible de emprender sin inversión y tecnología que México no tiene, pero Estados Unidos puede aportar.

El país debe explorar el horizonte de negocio, oportunidad y ampliación de la economía mexicana que una apertura energética de ese tipo podría traer, sin olvidar los riesgos, el primero de los cuales es que el sector energético mexicano se volvería parte del interés vital estadunidense. Quedaría sujeto, por lo tanto, a decisiones militares por parte de Washington, en caso de riesgo.

3.  Seguridad demográfica. La población estadunidense seguirá envejeciendo y necesitará una migración abundante para mantener productiva su economía en el largo plazo. Ninguna población joven es menos amenazante, más segura, menos costosa y de mayor rendimiento que la migración latina, en particular la mexicana.

Vendrán años de rechazo norteamericano a migrantes del Medio Oriente, Asia, el África árabe y musulmana. También a la población no europea venida de Europa. La gran reserva de población norteamericana está en América Latina y, sobre todo, en México. Las cifras del censo estadunidense del año 2000 muestran ya esa tendencia. Para el año 2050, uno de cada cuatro estadunidenses serán latinos, la mayor parte de ellos mexicanos. (Ver: «La hora latina», Nexos , num. 284, agosto 2001.)

Para poderse plantear estas oportunidades de colaboración con Estados Unidos, México tiene que revisar a fondo su relación histórica con el vecino.

Los mexicanos deben recordar que en la segunda guerra no sólo colaboraron abiertamente con Estados Unidos sino que obtuvieron a cambio ventajas de toda índole, las cuales explican, en buena medida, el salto a la industrialización del país en los años cuarenta y cincuenta.*

México debe someter a crítica radical su imagen victimista frente a Estados Unidos, el gran enemigo y la gran amenaza que enseñan sus libros de texto. El pasado remoto justifica esa imagen opresiva pero el pasado inmediato la desmiente o al menos la matiza.

Por último, nuestro país debe aceptar deportivamente sus limitaciones y revisar sus mitos.

Entre las limitaciones, una fundamental es la poca capacidad del Estado mexicano para cumplir con su obligación primera: garantizar la seguridad a todos sus ciudadanos. Es un Estado sin control de la violencia en su territorio, no castiga al crimen ni aplica la ley, no tiene aduanas serias ni registro de la gente que circula por su territorio.

Otra limitación dolorosa es que, en sus condiciones actuales, el país no puede dar trabajo productivo a todos sus habitantes. Estados Unidos ha sido la gran válvula de escape para millones que no encuentran oportunidades en su suelo natal. Ese es el origen de la epopeya humana y económica que tiene en Estados Unidos a ocho y medio millones de mexicanos, más de tres millones de ellos ilegales, que remiten cada año ocho mil millones de dólares a sus familias (13 mil millones en 2003).

Entre los mitos a revisar, descuella el de la soberanía mal entendida que limita nuestro desarrollo energético, somete a Pemex a una exaccción fiscal que le impide desarrollarse como empresa y mantiene estancado el potencial de renta petrolera de la nación.

Las tres seguridades que México podría ofrecer a Estados Unidos serían beneficiosas, en primer lugar, para los mexicanos: seguridad y control de su territorio, expansión de su sector energético, racionalización de los flujos migratorios.

La mesa está puesta, falta el país dispuesto a aprovechar la oportunidades, los políticos capaces de llegar a acuerdos en ese sentido y la sociedad dispuesta a probar sin prejuicios ese camino. n

*Véase a este propósito el excelente estudio de Blanca Torres, México en la segunda guerra mundial, vol 19 de la Historia de la Revolución mexicana de El Colegio de México. En particular la parte «II. La colaboración militar». También Luis Medina: Hacia el nuevo Estado. México 1920-1994 (FCE, 1994). En particular la parte «IV. La búsqueda de la estabilidad económica».