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NINFÓMANAS Y VÍRGENES

POR HORTENSIA MORENO

La ninfómana y la virgen quedan como bastiones imaginarios de la masculinidad maltrecha que se debate entre las nuevas definiciones y los últimos estertores de la tradición. Seguirán informando nuestros mapas fantasmáticos porque su eficacia probada les brinda una vigorosa sanción: permiten el despliegue del universo ficcional y, como todos los mitos, aún otorgan sentido a ciertas prácticas.

La ninfómana es, quizá, más bien una fantasía que un ser de carne y hueso; proviene de un deseo tan recóndito como contradictorio y puebla el universo imaginario que nos legó el siglo XVIII con su todavía vigente horror al pecado y su novedosa voluntad de saberlo todo acerca de una sexualidad aún en construcción. El deseo engendró las perversiones, ese retorcido catálogo de monstruosidades cuya lógica descifró con su afilado cuchillo el genio de Freud en sus Tres ensayos de teoría sexual (que cumplirán en 2005 su primer centenario sin muestras demasiado visibles de envejecimiento).

La lógica de lo perverso implica la existencia de un cerrado conjunto de prácticas sexuales «normales», que permite clasificar, sin ambigüedades, todas las desviaciones posibles de la norma como «degeneradas, enfermas o perversas». Lo normal está determinado a partir de las leyes inefables de la Naturaleza que el XIX leyó sin empacho como un reflejo moral de su propia organización; y Natura exigía — ¿qué duda cabe?— la reproducción de la especie.

Las prácticas, por tanto, debían responder a esa estructura —expresada en el cuerpo y sus más conspicuas diferencias— que tenía claramente un fin (el coito) y un objeto (una persona adulta del otro sexo) únicos e imposibles de intercambiar en su prístina transparencia biológica. Toda variante —es decir, todo aquello que no condujera en forma inmediata y recta al encuentro en el útero de un óvulo con un espermatozoide— iba a ser clasificado, patologizado y perseguido por la policía del sexo.

Freud tuvo dos variantes favoritas: la inversión (transgresión del objeto) y el fetichismo (transgresión del fin), pero revisó con celo de taxidermista prácticamente todas las demás. Finalmente —y de allí la trascendencia de esos textos— los Tres ensayos enunciaron el «descubrimiento» que convirtió al psicoanálisis en el escándalo de su tiempo: la pulsión sexual no está enganchada —y, por tanto, no hay Naturaleza a quién apelar para defender una sexualidad estrictamente reproductiva— ni al objeto sexual ni al fin sexual «normales».

Dentro de la lógica de la perversión, la ninfómana es una desviación compleja. Define, por contraste, el deber ser de la sexualidad femenina —que tantos dolores de cabeza le provocó a Freud y a sus discípulas(os)—: una mujer no puede concentrarse en sus posibilidades de placer porque el único destino legítimo de su pulsión se cumple en el embarazo, el parto y la crianza. El deseo femenino, el profundo, el inconsciente, tiene que ser controlado, domado, sometido a las reglas de la cultura si no queremos que —anárquico y brutal— nos conduzca al desastre.

Existe un enorme acervo de prevenciones en contra de esa sexualidad desbocada y salvaje. Desde el relato bíblico de la caída hasta la figura de la rumbera clásica de la época de oro del cine nacional, pasando por los informes deliciosos de las Mil y una noches (como el de aquella chiquilla que un genio encerró en un baúl con siete cadenas y candados para luego sumergirla en el mar, y ni así logró preservar la pureza de la pérfida criatura), el imaginario de lo femenino está plagado de historias que demuestran la peligrosidad de ese animal incontenible.

Según esta tradición, a las mujeres hay que encerrarlas, esconderlas, atosigarlas con prejuicios, ascos y pudores; extrañarlas de sus cuerpos y ofrecerles ideales angélicos. Sólo así —pero a veces ni siquiera de ese modo— puede construirse un mundo existible donde no prive la omnipresente amenaza de la indomable y ardiente sexualidad femenina. Y sin embargo, como reflejo distorsionado, la figura de la ninfómana florece para desquitarse del horror con que se quiso desterrar la sensualidad de nuestro opresivo universo.

He aquí a la ninfómana: emparentada con ciertas deidades del imaginario clásico, dispuesta a todo por satisfacer sus bajos instintos. No hay ninfómana fea ni gorda ni vieja ni contrahecha. La imagen siempre es perfecta: una mujer cuya sexualidad es gratuita. No obligará a su pasajero poseedor ni siquiera a la grosera transacción del dinero. Está ahí por el puro placer, hambrienta de ese contacto que todas las demás mujeres —las decentes y las indecentes— condicionan a un intercambio interesado. Para la ninfómana no hay horarios ni indisposiciones: se entrega sin obligación ni culpa, nunca está cansada ni melancólica ni enferma. Está abierta a todas las extravagancias: no hay región de acceso restringido en su anatomía. No distingue entre actos legítimos y actos inaceptables: con ella se puede hacer cualquier cosa. No le hace el fuchi a nadie: todos los hombres reciben su don de concupiscencia sin ningún melindre.

El deseo, por supuesto, se acota cuando llega la hora de las definiciones. Todo hombre que se respete —con su civilizado deseo bien puesto en la demostración inefable de su virilidad— quisiera una mujer así para un VTP a Puerto Vallarta. Y después, que la imagen se desvanezca en la nada, porque una mujer así es una lata. Las fantasías de voluptuosidad total sólo tienen cabida en una mentalidad que ofrece, como contrapeso indispensable, la otra figura, el negativo, la sexualidad confiable, reproductiva y «normal» de la esposa buena y santa que asegura la posteridad en una descendencia legítima. Ningún varón del patriarcado —dice la conseja popular— quiere mantener hijos ajenos. Y la única garantía asequible de un producto inviolado es esa marca tan improbable como mítica de la virginidad.

La virgen también es una fantasía. Representa a la mujer honesta y fiel. Dedicada en cuerpo y alma a la credibilidad del linaje. Guardadita en su casa con sus hijos mientras el padre romántico busca en otra cama a la ninfómana de sus sueños. Complementarias, las dos imágenes se corresponden en su imposible materialización. A pesar de sus incongruencias, todavía habitan las expectativas de la gente y despiertan un mundo de ensoñaciones que interfiere la realidad de las relaciones de pareja en la posmodernidad del siglo XXI.

Fértiles aún para generar conjeturas, la ninfómana y la virgen respiran nuestra atmósfera cargada de diversidades. Cuesta mucho trabajo sostener los viejos mitos sexuales en una época donde la disponibilidad de los modernos métodos anticonceptivos relativizó el valor de la «pureza» y rehabilitó el deseo femenino como un ente con derecho propio a la existencia; donde el reconocimiento social del lesbianismo desbancó al pene de su nicho como único procurador de la lujuria; donde el acceso de las mujeres a las profesiones privó al bendito bread-winner de su exclusiva reivindicación como jefe de familia.

La ninfómana y la virgen quedan, pues, como bastiones imaginarios de la masculinidad maltrecha que se debate entre las nuevas definiciones y los últimos estertores de la tradición. Seguirán informando nuestros mapas fantasmáticos porque su eficacia probada les brinda una vigorosa sanción: permiten el despliegue del universo ficcional y, como todos los mitos, aún otorgan sentido a ciertas prácticas —no por caducas menos persistentes— de esa cotidianeidad que todavía se juega en la iglesia y en el registro civil, pero también en las películas y en las telenovelas, llenas aún de angustia por la (in)fidelidad y sus (in)consecuencias.

Frescas y frondosas, la ninfómana y la virgen no se van a ir rápido ni fácilmente. Seguirán plagando nuestras narrativas durante un rato porque las criaturas del deseo no nos piden permiso para persistir. n