El poeta Delmore Schwartz perdurará por un puñado de poemas y cuentos inolvidables en la literatura norteamericana del siglo pasado, como “El oso lento que va conmigo”, y “Las responsabilidades comienzan en los sueños”, al que Vladimir Nabokov consideró uno de los seis cuentos perfectos de la literatura universal, Schwartz fue también un maestro del artículo ligero sobre la vida cotidiana.

Los carros son muy importantes, incluso si uno no está muy interesado en los carros. Esto es porque la mayoría de las personas admira mucho un carro llamativo. Si uno es poseedor de un buen carro, el populacho en general lo ve a uno como alguien muy exitoso y próspero.

A mí mismo nunca me importaron mucho los carros, pero al paso de los años veo la parte tan seria y significativa que los carros han jugado en mi vida. En 1929, cuando mi familia era rica, o supuestamente rica, me regalaron un Chrysler Royal cupé, nuevecito. Yo no sabía manejar, nuestro chofer tuvo que enseñarme y la primera cosa que hice al volante, al doblar la esquina, fue incrustarme contra un camión, pero como iba muy despacio nada grave ocurrió. Quise no manejar más en el acto, pero el sabio chofer insistió en que continuara porque de otra manera nunca aprendería a manejar un carro.

Yo estaba rebosante de orgullo en este hermoso carro y me iba por ahí, a la búsqueda de muchachas que pasearan conmigo y con un amigo. No teníamos mucho éxito porque ambulábamos por Riverside Drive y las muchachas que vagaban por ahí preferían de modo invariable a los marineros cuando la flota tocaba tierra. Mi amigo dijo que esto era porque la marina gastaba dinero de manera dispendiosa y sin cuidado. Como sea, el carro me causó no poca tristeza porque yo esperaba que las muchachas se vieran muy atraídas por él, pero en vez de eso eran suspicaces, precavidas, y creían que mi amigo y yo sólo queríamos hacerles el amor. Esto era muy cierto, pero ¿qué decir de los marineros?

Al cabo de dos años, tiempo en el cual sufrí a manos del sexo bello y sufrí también porque esperaba que las muchachas cayeran rendidas por mi carro, y sufrí también porque yo estaba manejando sin licencia y me daba miedo todo policía con que sólo volteara a verme, tuve que vender mí coche para pagar mi colegiatura en la universidad en la que se suponía que yo estaba estudiando. Me engañaron en el trato, pero esa es otra historia. La cosa es que la depresión económica había comenzado y mi familia no era rica, como se había supuesto, y yo no tenía el dinero para pagar por el mantenimiento del carro.

Me llevó cinco años acostumbrarme a la idea de que no era yo lo que un pariente había denominado “un rico heredero” y a la idea de que la depresión no era más que un intervalo antes de un nuevo periodo de prosperidad. Para entonces ya me había hecho a la idea de no tener carro. Lo único que quería hacer era leer libros.

Para 1938, había leído yo tantos libros que escribí uno. Me sentí tan bien que me fui a comprar un carro, un Ford modelo 1929. Era un buen carro, a pesar de su edad, que me dio mucho placer y no abrigó ninguna ilusa expectativa amorosa. Al fin del año lo vendí por veinticinco dólares a crédito. Fui engañado de nuevo por un negociante de automóviles experto en las mañas de este mundo. Pero aun así el carro era una buena cosa.

En 1939 viví durante el invierno en un lugar de veraneo y otra vez tuve que comprar un carro, y compré un Chevrolet modelo 1928. Este fue el más satisfactorio de los carros, aunque el motor de ningún modo era lo que debía ser. Mientras manejaba este carro de un lado a otro, conseguí un muy buen trabajo, obtuve también un premio muy codiciado y visité a muchas personas ilustres e interesantes. Una de ellas quedó muy sorprendida por el hecho de que yo manejara un carro. Después de una visita que le hice en su casa de verano en las montañas, le dijo a un amigo mío: “¡De veras que sabe manejar!”. Esto habla por el tipo de impresión que tiene de mí la mayoría de los seres humanos, en parte porque doy la apariencia de ser tímido e indefenso. Doy esa apariencia muchas veces porque estoy tratando de imaginarme por qué los Gigantes no ganaron el campeonato en 1928, o qué habría ocurrido si Alemania hubiera ganado la Primera Guerra mundial, o lo que habría ocurrido conmigo de no darse la Gran Depresión que me impidió ser un joven rico. Pienso en otras cosas como las anteriores y acabo fascinado por todos los tipos de posibilidades, si es que de hecho son posibilidades. Es extraño que mi apariencia de alguien abstraído y distraído le haga creer a la gente que soy tímido e indefenso: ¿de veras creen que no estoy pensando para nada? El hecho es que soy un apasionado de las ensoñaciones de gloria y poder, de pasar por la Quinta Avenida bajo una inmensa nevada de papelitos, en una hermosa limosina al descubierto, vitoreado por multitudes de admiradores.

De cualquier modo, tuve que vender mi tercer carro, el Chevrolet modelo 1928, en 1940, porque la policía de la ciudad en la que viví entonces no cesaba de levantarme infracciones por dejar estacionado el carro afuera durante toda la noche, pero tenía que hacerlo, porque no tenía dinero para pagar un garaje. Una vez concluida la venta —y esta vez fui muy precavido y cauteloso con el negociante de autos usados— sentí que era un tropiezo real. Después de once años no tenía carro y no veía cómo podría tener uno pronto, pero yo había empezado en 1929 con un muy buen carro modelo 1929. Los taxis son mejores, y menos caros, me dije durante este periodo.

Durante la guerra un amigo muy rico me prestó varias veces su carro lujoso, porque esta vez yo trataba de impresionar a una joven dama muy guapa y muy fría. No se impresionó porque no le gustaba mi modo de manejar, y lo cierto es que mi habilidad al respecto había venido a menos por la práctica insuficiente y porque me había puesto muy nervioso como resultado de todos los altibajos de la vida misma.

Las cosas fueron de peor en peor. Llegué a estar tan nervioso que me daba miedo manejar un carro. Pero ahí, en la hora más negra, decidí comprar un carro nuevo. Esto fue hace muy poco, y el carro pertenecía a un próspero amigo mío que tenía miedo de vendérmelo por lo nervioso que yo estaba y por creer como otros que yo no soy el tipo de persona que puede manejar muy bien un carro. Me preguntó cortésmente si aún me acordaba de cómo manejar, porque él me había visto manejar y se había sentado junto a mí en 1939 en mi Chevrolet modelo 1928. La venta se consumó luego de sus titubeos naturales y las formalidades acostumbradas. Saqué una licencia de propiedad, placas, y habría hecho las pruebas para obtener una licencia de manejo —mi primera licencia había expirado cuatro años antes— de no ser porque había que esperar dos semanas para una cita y yo tenía que salir de la ciudad de inmediato.

Así que ahí estaba, en el camino otra vez. Allons! me dije a mí mismo, como Walter Whitman solía decir: una vez más sin una licencia de manejo e igual que en 1929, cuando yo era muy joven como para que se me permitiera obtener una licencia en el estado de Nueva York, que es muy estricto. Y mis emociones eran, con mucho, las mismas —le plus ga change, le plus c’est la méme chose—: miedo a los policías, bravatas fundadas en la probabilidad e improbabilidad de ser detenido, nerviosismo que sin duda se remontaba a la tensión de que fui traído con gran dificultad a este valiente mundo nuevo (fue una labor de parto espectacular, se me ha dicho, y no fue sino hasta que mi madre pateó accidentalmente la fotografía de su abuelo en la pared del cuarto que el doctor le dijo a mi dubitativo y angustiado padre que todo iba a salir bien, observación superficial, si alguna he oído). Sin embargo, yo manejaba cada vez con mayor compostura, e incluso, podría llegar a decir, con cierta serenidad, aplomo y poder, con orientación precisa y sintiéndome muy bien, a pesar del carácter ilegal de mi actividad. Me dio por pensar en mis tres primeros canos, y cuando los comparé con este carro nuevo, quedé muy complacido. Primero el Royal cupé modelo 1929 en 1929, luego el Ford modelo 1929 en 1930, tercero el Chevrolet modelo 1928 en 1939- 40, pero ahora, después de tantos años de pobreza y varios tipos de opresión, sobre todo internos, era yo dueño de un Buick modelo 1936 en 1949.

No hay motivo para un optimismo desbordado, pero sería difícil negar que tengo avances en el camino. Es verdad que este carro tiene trece años y que en el peor de los casos, en el pasado, mi cano no llegó a tener más de doce años. Pero un Buick es, de lejos, mucho más carro que un Chevrolet, y el año entrante si todo va bien creo que podré negociarlo por un Studebaker modelo 1941, con un radio y un reloj que sí sirvan. Si se cumple esta buena esperanza, sólo estaré nueve años atrás de mi punto de partida en 1929, y esto será de veras un progreso. Y ¿quién sabe qué puede aguardar el futuro, en lo que a carros usados respecta?

 

Delmore Schwartz
Poeta estadunidense. Un “Mozart de la conversación” lo llamó su amigo Saúl Bellow. “El ego está siempre al volante” es parte de un libro póstumo, con el mismo título, publicado por New Directions.

Traducción de Luis Miguel Aguilar.