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Los ciudadanos mexicanos quieren más. Quieren que la política les procure la solución a todos sus problemas. Pero la política, como sostiene Adrián Acosta Silva, no da para tanto. ¿Por qué no aprendemos a vivir con esa limitación?


¿Qué puede y qué no puede resolver la política en el contexto de sociedades de “nueva” complejidad como la nuestra? En un contexto donde a la política se le exige resolver prácticamente todos los problemas de la sociedad, desde el combate al narcotráfico hasta los problemas de tránsito en las ciudades, desde los problemas de la disciplina de los diputados con su propio partido hasta la resolución de problemas como el de las cárceles, desde la búsqueda del acuerdo para implantar la nueva hora nacional hasta la exigencia de reorganizar las funciones del gobierno, la confusión de los límites de la política —es decir, de la potencia y alcances de la política en la vida social— se torna en un asunto que termina por caer en el viejo lugar común de que “todo es político” (como aquellas otras afirmaciones de que “todo es cultura”, o de que “todo es economía”), de que todos los asuntos desde los privados, morales y mercantiles, de los que tienen que ver con el ejercicio de la sexualidad hasta los que tienen que ver con la ley, son objeto “en última instancia”, como solía escribir el viejo Engels, de un tratamiento político.

La confusión de las posibilidades y potencialidades de lo político es un rasgo constante de las nuevas democracias, donde la centralidad de la política en los largos procesos transicionales en los que la democracia se convirtió en sus luces del norte, terminó, hoy lo sabemos, por sobrecargarla de exigencias y expectativas, deseos y ocurrencias, por parte de ciudadanos, grupos y partidos, que ven en la política la solución de todos nuestros males y la consolidación de todos nuestros bienes. Quizá como nunca en nuestra historia moderna, el territorio de la política se convirtió en tierra de nadie, donde los poderes electos se han enfrentado en varias arenas a poderes no electos surgidos de los más diversos círculos privados del autointerés y la autopromoción. Tenemos así un escenario de empantanamiento y conflicto improductivo. donde, ante la debilidad y fragilidad de nuestras instituciones democráticas, lo que impera es la negociación face to face, el chantaje y la fuerza.

La politización de la vida social es, por supuesto, un polvo de viejos, históricos lodos de las sociedades contemporáneas. En términos del pensamiento liberal clásico, la política tiene límites precisos en las fronteras de la ley y en la moral, una definiendo lo que es tolerable y correcto en la vida pública y la otra dejando a los individuos y a sus familias el asunto de los límites entre lo ética o moralmente tolerable y lo inaceptable. Con el capitalismo, el mercado se declaró el reino de lo no político, donde las transacciones y relaciones entre los individuos eran orientados por la maximización de las funciones de utilidad dictados por las preferencias individuales. El reino del homo economicus separado claramente del ámbito del homo politicus. En este proceso de separación de lo político coexistieron siempre, sin embargo, tensiones y traslapes entre lo político y todo lo demás, desde la economía política del desarrollo hasta aquello de que, como dirían las feministas, lo personal es político.

Pero en realidad la política tiene límites más o menos precisos, cuyas fronteras se construyen (o diluyen) socialmente. Que un diputado no vote como lo hace el resto de sus compañeros de partido es un asunto que concierne a su conciencia, no a la política. Que el congreso yucateco o tabasqueño decidan no hacer caso de una disposición federal es un asunto de cumplimento de la ley, no de política. Que una mujer haya disparado a quemarropa contra el gobernador de Chihuahua es un asunto de deterioro de los mecanismos psicológicos de autorrestricción de los impulsos homicidas, no de conflicto y negociación política. Que un grupo armado, de narcotraficantes o de encapuchados, decida retar a la autoridad y al poder político es un asunto criminal o un delirio justiciero, no de política. Que los miembros del Consejo General de Huelga insulten, humillen y cometan vejaciones a sus profesores en la UNAM es un asunto criminal, pandillesco, no político. Que el gobernador de Yucatán persista en su rebeldía de acatar el fallo del Tribunal Electoral Federal es un asunto de competencia e interpretación jurídica, no política. En todos los casos, la política es un componente del contexto, un espacio de la acción colectiva, una fuente de rechazo o consenso, pero tiene un ámbito de acción delimitado por las instituciones o por las conciencias. La violencia es, por supuesto, otra de las fronteras que delimitan los alcances de la política, aunque se repita tina y otra vez aquella vieja frase de Clausewitz de que la guerra es la continuación de la política por otro medios.

Cuando exigimos a la política cosas que por sí misma no puede resolver, estamos condenando a la política a su permanente incapacidad para conseguir nuestros fines. La política, como la democracia tiene límites, restricciones, imposibilidades. y sólo un largo proceso de diferenciación social e ingeniería constitucional y jurídica puede lograr resolver, casi siempre de manera modesta y por aproximaciones, muchos problemas económicos, de cohesión social, de igualdad o de justicia. Ya lo sugería hace algún tiempo Roger Benjamín: sólo una noción de bienes colectivos (instituciones políticas confiables, seguridad pública, aire limpio, paz. buenas escuelas), basado en los impulsos que la democracia imprime a la autorganización de los intereses de los privados, puede conducir a la revaloración de la política y a un orden social duradero, democrático y libre imperfecto y cambiante, pero con ciertos márgenes de certidumbre. La reinvención de la política, esa vieja fórmula de regulación de la conflictividad social. puede mostrar así sus nuevos límites y desplegar, discretamente, sus potencialidades. 

 

Adrián Acosta Silva
Sociólogo y politólogo. Profesor-investigador de la Universidad de Guadalajara.