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El pasado 23 de marzo murió en un accidente automovilístico, en Italia, David McTaggart, uno de los fundadores de Greenpeace, la más famosa organización ambientalista del mundo. Jaime Ramírez Garrido ilustra cómo sus activistas han abandonado sus demandas originales —salvar a las ballenas e impedir las pruebas nucleares— para avanzar hacia una “privatización” e “invención” de sus causas.


Las activistas blandían sus alas de papel multicolor, mientras las antenas ceñidas a sus diademas vibraban al ritmo de la protesta. Sus mantas decían “Otorguen una oportunidad a las mariposas. Detengan los cultivos GenetiX”. Se disfrazaron y acudieron a la manifestación para llamar la atención de los medios de comunicación, de los posibles donadores y del público en general, sobre el peligro inminente que corría la mariposa monarca.

Unos investigadores habían alimentado orugas de mariposa monarca con hojas recubiertas artificialmente de polen de una especie de maíz genéticamente modificado para resistir a los embates de los insectos. Estas orugas tuvieron un crecimiento más lento y una mortalidad más alta que las orugas alimentadas con hojas revestidas de un polen de maíz que no estaba genéticamente mejorado.

Parecía claro que la creciente tendencia a utilizar maíz resistente provocaría efectos indeseables como la muerte masiva de mariposas monarcas y, eventualmente, la extinción de esta especie emblemática de los grupos ambientalistas.

Sin embargo, las orugas de las mariposas monarca no ingieren polen de maíz. El periodo de liberación del polen no coincide con el del desarrollo de las orugas, que se alimentan de hojas de una hierba que no toca los cultivos de maíz y, además, la resistencia a los insectos no se detecta en el polen de las especies que se siembran con autorización de los gobiernos europeos.

Por otra parte, el uso del maíz genéticamente mejorado para resistir las plagas prescinde de los pesticidas; por el contrario, la agricultura tradicional elimina a los insectos aplicando insecticidas químicos sobre el maíz. Estos insecticidas sí matan mariposas monarca y muchas otras especies.

Así, Greenpeace, el grupo ambientalista más grande del mundo, con unos cinco millones de afiliados en 42 países, comenzó una campaña por una causa que no era evidente ni producto de demandas sociales ni respondía a la mortalidad verdadera de las mariposas. Se trataba de una demanda de probeta, realizada en un laboratorio y dirigida a aprovechar los recelos hacia lo desconocido (los organismos genéticamente mejorados) y la simpatía por la hermosa y delicada mariposa monarca.

El caso de las orugas alimentadas con algo que nunca comerían en su hábitat natural no fue el primero en el que Greenpeace editó un poco los hechos para favorecer una buena causa. En 1983 una corte australiana determinó que en la filmación del documental propagandístico de Greenpeace Good bye Joey se pagó a unos cazadores para que torturaran frente a las cámaras a unos canguros. En 1992 una corte noruega determinó que las escenas del documental Bitter Harvest en las que un cazador despelleja a una foca viva fue actuada ante las cámaras y no corresponde a los métodos de quienes se dedican a la comercialización de las pieles de este animal.

En el origen, las causas de Greenpeace fueron espontáneas e inmediatas. Su acto fundacional se realizó en 1971 por un grupo que reunió a pacifistas, detractores de la guerra de Vietnam y anticapitalistas de todos los tonos que abordaron el barco que dio nombre a la organización para evitar una prueba nuclear estadunidense en Canadá. A la lucha contra las pruebas nucleares siguió la campaña para salvar a las ballenas y desde entonces a la fecha las causas se han diversificado y “privatizado”, es decir, han dejado de dirigirse en contra de los gobiernos y ahora eligen a los blancos de su “confrontación creativa”, como llaman a sus acciones, entre empresas privadas.

Entre los cambios relevantes que ha experimentado Greenpeace en estos treinta años está la mudanza de su sede de Canadá a Holanda, donde, junto con Alemania, recibe dos terceras partes de sus ingresos mundiales. En su país de origen no le ha ido tan bien. El año pasado el gobierno de Canadá retiró a Greenpeace la calidad de organización caritativa con la facultad de recibir donativos libres de impuestos, pues determinó que si bien reconoce la lucha por el medio ambiente como una actividad caritativa, no encontró en ninguna de las acciones realizadas por Greenpeace en Canadá algún beneficio discernible, reconocible, preciso, para el medio ambiente.

David McTaggart, uno de los fundadores de Greenpeace, murió el pasado 23 de marzo en un accidente automovilístico en Italia. En 1991 dejó, tras doce años, la presidencia internacional del grupo ambientalista más famoso y exitoso del mundo. En la década de los sesenta era improbable que un próspero contratista llegara a ser un líder ambientalista. Su destino dio un giro en 1969. Una fuga de gas en una de sus construcciones ocasionó una explosión. Entre indemnizaciones a las víctimas y demandas perdió gran parte de su fortuna. En 1972 respondió a un anuncio en que se solicitaban voluntarios para evitar una prueba nuclear francesa. A los 39 dejó el negocio de los bienes raíces para embarcarse —literalmente— en la causa ambientalista. En un principio su sucesor en la presidencia, Matti Wuori, intentó moderar las tendencias del grupo; pero era demasiado tarde, el prestigio de la organización ya está íntimamente relacionado con su intransigencia y con la invención de causas de probeta.

“El secreto del éxito de David McTaggart es el secreto del éxito de Greenpeace” —afirma Paul Watson, otro fundador de la organización—. “No importa qué es verdad, sólo importa lo que la gente cree que es verdad”. Las causas de probeta y la manipulación de los hechos pervierte causas aparentemente nobles. Lejos de informarnos sobre los verdaderos riesgos que amenazan al medio ambiente y a las especies en peligro de extinción nos hacen pensar que quizá Watson tenga razón y Greenpeace se haya “convertido en un mito, y en una máquina generadora de mitos”.

 

Jaime Ramírez Garrido
Escritor.