Piraña, Pingüino, Sirena, Camarón, Gitana, La Turba. Nombres de calles de la colonia del Mar, en la delegación Tláhuac, que después del sismo del 19 de septiembre aparecieron, algunos por primera vez, en los medios de comunicación por ser parte de una pequeña zona de desastre. Sin embargo, la ayuda hasta este domingo era limitada.

Las imágenes que circularon en periódicos, portales de noticias y redes sociales mostraban calles partidas a la mitad por largas y serpenteantes grietas. Con los días se sumaron casas con fachadas apuntaladas, con bardas derrumbadas o con niveles de hundimiento que obligaron a ingenieros y arquitectos voluntarios de la UNAM a pintar en la paredes con aerosol rojo: “NH” (no habitable), “Alto riesgo”, “Muy alto riesgo”.


Fotografías: Kathya Millares

En la calle Pingüino, casi a las tres de la tarde, un camión de mudanzas está atravesado en la esquina con Sirena. Muebles, bolsas, cacerolas, restos de una vajilla, un sillón y otros objetos eran cargados por vecinos y por familiares de la señora Angelina Gutiérrez Serrato, quien lleva cuarenta años viviendo en la manzana 104.

—¿Cómo vas?, pregunta una de sus hermanas.

—Esto es un desmadre, responde la dueña de la casa con voz agotada.

A partir de ahora tendrá que volver a casa de su madre, “a unas cuadras cerca de aquí”. Los daños en su propiedad se observan desde la entrada. La fachada está apuntalada con dos polines, lo que era la cocina tiene casi todo el azulejo hecho añicos, debajo de la escalera principal y en la pared del espacio donde estaban sus sillones hay grietas.

En los restos de la casa de Angelina Gutiérrez, “todos andan en friega” moviendo cajas y desmontando cosas porque ella tiene miedo de que se queden atrapados. Este terremoto le deja como recuerdo la angustia de que su hija se quedó encerrada en la casa debido a que la puerta principal se atascó. “Ella estaba sola; se puso muy nerviosa. Los vecinos ayudaron a sacarla”.

En este tramo de la calle se repiten historias similares. Algunos aguardan el peritaje del personal de Protección Civil, pero a simple vista parece que en breve tendrán que seguir los pasos de la señora Gutiérrez.

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Los primeros en llegar al albergue instalado en el Centro Comunitario de la Colonia del Mar fueron Patricia Zamora Camacho y Juan Galván, un matrimonio que se quedó sin vivienda.

Juan Galván tiene asignado el papel de repartir la comida a todos los refugiados. Algunos de ellos están tiempo completo y otros solo vienen por comida, pues decidieron hacer guardia en sus viviendas para evitar que las roben o para esperar “la visita de los expertos”.

Hasta ayer, en esa cancha de basquetbol con techo de lámina que ahora es su casa provisional, vivían diecisiete adultos y diecisiete niños. Hombres y mujeres ya tienen tareas asignadas: seleccionar y acomodar los víveres y medicamentos que les han donado. Aquí se sienten seguros; la única objeción que manifiestan es que no hay regaderas y el agua se está agotando (la cisterna es muy pequeña). Las encargadas de poner orden en este lugar, mencionan que un grupo de estadounidenses y guatemaltecos van a instalar tres regaderas y lavaderos, sin costo alguno.

Los niños juegan con los pocos juguetes que les han obsequiado y una madre lee en voz alta un cuento a su hijo.

Otra de las historias que se cuentan en este lugar es la de Nayeli García Rivas, quien vivía en la calle Pulpo, en la manzana 163. En ese predio vivían siete familias. Nayeli tuvo que pedirle ayuda a otra familiar para que le ayudara a contar el total de personas con quienes compartían techo. Luego de cinco minutos de jugar con los dedos, sumaron cincuenta, entre adultos y niños. “La casa se cuarteó. El gobierno nos dijo que van a demoler y a retirar el cascajo. El problema es que no vamos a recibir ningún otro apoyo”.

Por ahora muy pocos de los integrantes de la familia de Nayeli ha ido a trabajar. Varias de las mujeres se dedican a las tareas del hogar y algunos de los hombres trabajan en fábricas, supermercados o tiendas de manualidades.

Cuando Nayeli piensa en el tiempo que les llevará recuperar su patrimonio, se le hace eterno.

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Otra de las escenas que delatan el desastre que dejó el terremoto del pasado martes 19 de septiembre son las filas de personas recargadas en las paredes con otra hilera de botes o tinacos frente a ellas. Todos esperan las pipas. Algunos llevaban cinco días sin que una sola gota caiga en las llaves de su casa. Otros apenas este fin de semana comienzan a preocuparse por las pilas de trastes sucios o por cumplir con el baño diario.

El día a día se había resuelto de distintas formas: comer en platos de unicel (pese al daño ecológico), comprar garrafones de agua en las purificadoras cercanas para resolver necesidades básicas como mantener el baño limpio, acudir a las lavanderías para lavar sus prendas de trabajo.

A la una y media de la tarde, en la calle Caballo de Mar aparece un grupo de vecinos. Están esperando una pipa. Ellos habían sido afortunados a lo largo de la semana, al menos habían conseguido el abasto de cuatro pipas del jueves a la fecha. Rosa Badillo, dirigente de la organización Mujeres de Tláhuac, se encargó de pedir apoyo a la delegación y al DIF. Pero este domingo sus solicitudes ya no están siendo atendidas con la misma eficiencia que antes.

Casi veinte minutos después, en Cangrejo y Perca llegó una de las pipas enviadas por la delegación. Las filas rompieron el orden y los botes comenzaron a volar. Todos intentaban llegar pronto a la boca de la gruesa manguera verde que dejaba caer en chorros descuidados el “vital líquido”.

En medio de la urgencia, el jefe de Proyectos Culturales de la Delegación Tláhuac e improvisado Cicerón del chofer de la pipa, Valentín Aguirre, gritaba: “Con cuidado; ahorita vale oro”.

 

Kathya Millares
Editora.

 

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