Reflexiones sobre la zonificación sísmica de la Ciudad de México

La zonificación sísmica que contiene el Reglamento de Construcciones de la Ciudad de México es errónea, pues está disociada de la realidad. Los que elaboraron esta norma han ignorado las evidencias que la naturaleza ha ofrecido desde 1985, y que han sido recogidas en diversos trabajos de investigación (Fundación ICA, 1988 & 1989 e Iglesias, 1987 & 1989). Dicha zonificación es una derivación de modelos matemáticos sin el respaldo de la observación directa que, como se comprueba con este sismo, han sido insuficientes para proteger la vida y el patrimonio de los ciudadanos. Para justificar esta aseveración comparto las siguientes reflexiones, producto principalmente de las experiencias del sismo de 1985.

En 1985 solo hubo dos estaciones acelerográficas en la zona de terreno blando conocida como zona de lago, lo que impidió la identificación instrumental de la distribución de intensidades en la Ciudad de México y su zona metropolitana.

El trabajo que dirigí en la UAM, a partir de la evaluación de la capacidad resistente de 162 edificios dañados por el sismo en 1985, nos permitió identificar las zonas de mayor amplificación de la intensidad. Estas zonas de mayor riesgo estuvieron definidas por porciones de suelo blando atrapadas entre zonas de suelo firme, cercanas entre sí en la dirección de llegada del sismo, que en esa ocasión fue aproximadamente este-oeste. Así ocurrió entre el centro de la ciudad y Chapultepec; y entre el Cerro de la Estrella y Churubusco (Iglesias, 1987).

Con base en los resultados así obtenidos, en 1987 se presentó al subcomité de normas un mapa de zonificación sísmica de la ciudad de México que reconocía estas zonas y proponía elevar en ellas los requerimientos de resistencia respecto al resto de la zona del lago cuando menos en 50%. El organismo que elaboró el Reglamento de Construcciones de 1987 incorporó el mapa propuesto, pero sin elevar los requerimientos de resistencia en las zonas de alto riesgo identificadas (Figura 1).

Figura 1. Mapa de zonificación sísmica del Reglamento de Construcciones de 1987

Fuente: Iglesias, 1987.

En 1989 las estaciones acelerográficas ya instaladas entonces permitieron elaborar mapas de las intensidades de los sismos de febrero de 1988 y abril de 1989 (Fundación ICA, 1987 & 1989), con epicentros localizados al sureste y al sur de la ciudad respectivamente. En el primer caso, con una dirección semejante al sismo de 1985, se corroboró la observación ya hecha, pero en el segundo, los mecanismos de amplificación aparecieron esta vez entre los bordes de la zona del lago entre Xochimilco y Tláhuac, donde se activó la amplificación por interacción lateral en dirección norte-sur. Esto hizo evidente que las zonas de amplificación máxima en la zona del lago eran diferentes entre sismos con distintas ubicaciones del epicentro.

Como resultado de esta observación, durante el VIII Congreso Nacional de Ingeniería Sísmica de 1989 se propuso un nuevo mapa de zonificación que hacía hincapié en incorporar como zona de alto riesgo al menos la zona de lago alrededor de Tláhuac, nuevamente insistiendo en incrementar los requerimientos de resistencia en esas zonas (Iglesias, 1989). Esto tampoco fue atendido por los autores del Reglamento de Construcciones (Figura 2).

Figura 2. Mapa de zonificación sísmica propuesto en el VIII Congreso Nacional de Ingeniería Sísmica, 1989

Fuente: Iglesias, 1989.

En 2004, la última modificación al Reglamento de Construcciones, actualmente vigente (Figura 3), redefinió el mapa de zonificación sísmica eliminando las zonas de alto riesgo incorporadas en el mapa de 1987. En su lugar se introdujo una clasificación con varias zonas cuya definición depende esencialmente del espesor del estrato de subsuelo blando y desestima los efectos de interacción lateral que fueron identificados en 1985. Así, el mapa actual es un reflejo de la profundidad de los depósitos arcillosos, que no considera la dinámica tridimensional del fenómeno sísmico. Incluso, en algunas zonas de lago entre Xochimilco y Tláhuac, se disminuyeron en 25% los requerimientos de resistencia especificados en 1987.

Figura 3. Mapa de zonificación sísmica del Reglamento de Construcciones de 2004

Pero la naturaleza es necia y los datos acelerográficos del sismo que acaba de ocurrir señalan la aparición de aceleraciones extraordinarias precisamente entre el Cerro de la Estrella y Churubusco, que alcanzan hasta el doble de lo registrado en la colonia Roma, así como en la zona de lago sur, entre Xochimilco y Tláhuac, con aceleraciones entre 20% y 70% mayores que en la Roma. Esto coincide plenamente con las propuestas mencionadas y no con la zonificación actual del reglamento (Figura 4).

Figura 4. Aceleraciones registradas por la Red Acelerográfica de la Ciudad de México el 19-09-17

Nota: Aceleraciones máximas registradas en las 19 estaciones acelerográficas que tuvieron registro de las 79 que conforman la Red Acelerográfica de la Ciudad de México.
Fuente: Centro de Instrumentación y Registro Sísmico, A. C., CIRES

Si se considera que la aceleración máxima registrada en 1985 en SCT fue de 168 cm/s2 (punto que sirvió de base para la elaboración del Reglamento en 1987), los registros obtenidos ponen de relieve que las aceleraciones en zonas como la colonia Roma fueron muy inferiores a las registradas en 1985 en SCT. En cambio fueron mucho mayores precisamente en las zonas de alta intensidad sísmica ya descritas.

En la Figura 5 se comparan los registros de la Red Acelerográfica de la Ciudad de México con la propuesta de 1989. En ella se aprecia que las mayores aceleraciones (puntos cafés) se producen entre el Cerro de la Estrella y Churubusco hasta con 225 cm/s2, y también en Tláhuac con 190 cm/s2. En ambos casos valores muy superiores a los 114 cm/s2 de la colonia Roma, lo cual subraya la necesidad de elevar los requerimientos de resistencia en estas zonas, de la misma manera que en 1985, con un sismo con ubicación epicentral distinta, se hizo evidente la necesidad de elevarlos también entre el centro de la ciudad y Chapultepec.

Figura 5. Superposición del mapa de aceleraciones registradas por la Red Acelerográfica de la Ciudad de México el 19-09-17 con la propuesta de zonificación sísmica de 1989


Fuente: Elaboración propia.

Para tomar en cuenta estas lecciones y mejorar la normatividad actual, es necesario que la determinación de la sismicidad de la CDMX se base principalmente en las observaciones de los efectos de los sismos sobre las construcciones y no solamente en modelos matemáticos imperfectos y limitados que no coinciden con ellas. La elaboración del Reglamento de Construcciones, en lo que concierne a la seguridad estructural ante sismos, no puede quedar solamente en manos de un grupo de académicos encerrados en sus computadoras sin contacto con la realidad, como en el viejo chiste de la Universidad de Berkeley sobre el científico que recibe el encargo de estudiar la salud de las vacas y lo primero que dijo fue: “empecemos por suponer una vaca esférica”.

En la definición de las normas de construcción deberían participar activamente los profesionales de la ingeniería y la arquitectura y no dejar en la ciencia de escritorio la decisión del nivel de seguridad que debe garantizarse a la población. La interacción entre la práctica y la abstracción es impostergable. Hoy es imprescindible salir a la calle para analizar los edificios dañados como se hizo en 1985 y obtener de ellos la información que permita calibrar a partir de los daños los parámetros de diseño del Reglamento de Construcciones y la zonificación sísmica de la ciudad. En este sentido también debe transparentarse quienes son los autores de las normas, que siempre han sido anónimas, para que ellos también asuman la responsabilidad que les corresponda ante la sociedad.

Finalmente, se debe subrayar la importancia de recuperar la memoria de estos últimos 32 años para incorporarla al Reglamento, y reconocer con humildad que la comprensión de la sismicidad de la Ciudad de México es un proceso acumulativo de observaciones que prácticamente se inició en 1985 y que debe mantenerse permanentemente en desarrollo. Si no lo hacemos así nos veremos condenados a la fatalidad de ver en el futuro como se repiten las tragedias del pasado.

 

Jesús Iglesias Jiménez
Maestro en ingeniería estructural por la Universidad Nacional Autónoma de México. Premio Nabor Carrillo a la Investigación del Colegio de Ingenieros Civiles de México.


Referencias:

1. Iglesias, J. (1987). "Zonificación sísmica de la Ciudad de México". VII Congreso Nacional de Ingeniería Sísmica, Querétaro, México.

2. Fundación ICA. (1988). “El sismo del 8 de febrero de 1988 en la Ciudad de México. Vol.2. Análisis de los acelerogramas registrados. Primera parte”. Fundación ICA 2, agosto 1988. México: ICA.

3 Fundación ICA. (1989). “El sismo del 25 de abril de 1989 en las costas de Guerrero. Mapas de distribución de aceleraciones máximas”. Fundación ICA 3-5, junio 1989. México: ICA.

4. Iglesias J., (1989). "Sismicidad de la Ciudad de México." Memorias del VIII Congreso Nacional de Ingeniería Sísmica y VII Congreso Nacional de Ingeniería Estructural, Acapulco, Gro.

La Ciudad de México y la gestión del riesgo

El proceso de gestión del riesgo se compone de cinco pasos:

1.- Identificar el riesgo: reconocer y describir los riesgos.

2.- Analizar el riesgo: Determinar su posibilidad de ocurrencia y las consecuencias que tendría en caso de que el riesgo se verificara.

3.- Evaluar el riesgo: Determinar la magnitud de los daños en caso de que se verificara.

4.- Tratar el riesgo: Desarrollar planes de prevención y de contingencia así como medidas de mitigación de los riesgos residuales.

5.- Monitorear el riesgo: Vigilar la evolución de los riesgos, sus potenciales alteraciones o agravaciones.

El sismo del pasado 19 de septiembre ha dejado ver claramente que la política pública en materia de gestión de riesgos, —al menos en materia de terremoto—, está en un estado precario.

Hace tiempo se viene hablando del Atlas de Riesgos, en el cual el Gobierno de la Ciudad ha invertido una suma que rebasa la centena de millones de pesos; sin embargo, tal documento no ha sido publicado, pese a las insistentes solicitudes que se han formulado al amparo de la ley de transparencia. No podemos decir por ende que hemos avanzado siquiera en el primer paso del proceso que es Identificar el riesgo.

Más aún, no solamente los fenómenos de la naturaleza representan riesgo sino las edificaciones y construcciones representan, en sí mismas, un riesgo más: tanto por su capacidad de respuesta a los fenómenos naturales que les embisten, como por su propia dinámica y funcionamiento.

Si se desconoce entonces el riesgo, poco o nulo análisis puede hacerse del mismo. Jamás se han hecho cálculos estadísticos de pérdidas probables en función de los cuales se hayan establecido mecanismos para afrontar el riesgo. Ciertamente en el pasado se ha creado mecanismos tales como el Fondo Nacional de Desastres Naturales (FONDEN) de los cuales se pueda echar mano en caso de que sobrevenga el siniestro; no obstante, hasta ahora, el procedimiento para disponer de los fondos es tortuoso y algunas veces un mecanismo clientelar para fines proselitistas.

La respuesta del gobierno de la Ciudad dejó claro que no ha habido avance alguno en el cuarto punto del proceso : desarrollar planes de prevención y de contingencia así como de mitigación de los riesgos. No obstante el sismo tocó apenas unas horas después del mega-simulacro que tiene por objetivo conmemorar aquella catástrofe que vivimos en la misma fecha pero 32 años atrás; aparte de ese desordenado ejercicio no existe agenda alguna para la puesta en marcha de los planes de contingencia en caso de catástrofes. Mucho antes de que el gobierno reaccionara, la ciudadanía salió a la calle a emprender labores que iban desde el rescate de víctimas hasta la coordinación del tránsito. La respuesta de la Delegación Cuauhtémoc fue la de bajar la cortina, suspendiendo cualquiera trámite ante aquella dependencia; es decir, no solamente el gobierno fue lento y omiso durante la contingencia sino que además en una situación delicada, generó ausencia de gobierno.

Aún a la fecha la autoridad no se ha manifestado de forma clara y contundente acerca de los inmuebles que quedaron maltrechamente en pie y que representan un riesgo inminente para la ciudadanía;  ya hay —al menos dentro de los límites de la Delegación Cuauhtémoc— una lista pública de inmuebles en peligro de derrumbe, sin embargo en tanto dictan procedimientos para llevar a cabo las medidas de mitigación del riesgo que pueden ir desde reparaciones hasta demoliciones, el peligro en la demora puede cobrar aún más vidas de las que ya se cobró el propio terremoto.

No hablemos siquiera del quinto paso del proceso de gestión de riesgo.

Como en el 85, las Colonias Roma e Hipódromo sufrieron daños sensibles. Como hace 32 años, el éxodo ha comenzado. Los inmuebles que se cayeron en el sismo de la misma fecha pero de este año, jamás debieron de haber sido ocupados. El sismo del pasado 19 de septiembre no debió de haber cobrado una sola vida. La naturaleza no tiene una agenda de muerte; los sismos no matan, en cambio, los edificios sí. ¿Pudo haberse evitado la tragedia? Sí. La respuesta: un atlas de riesgos que de manera clara y precisa, pública y gratuita, hubiera dado a conocer las condiciones de riesgo de las zonas afectadas (se habla ahora de una falla geológica que atraviesa la delegación Cuauhtémoc) así como una certificación pública de las condiciones de habitabilidad de todos y cada uno de los inmuebles que se encuentran dentro de la demarcación.

Los habitantes de las colonias Roma e Hipódromo queremos saber: queremos saber cuáles son las condicionantes naturales de los suelos donde se levantan nuestras viviendas y nuestras oficinas y queremos también saber cuáles son las condiciones estructurales y de habitabilidad de los inmuebles donde trabajamos, comemos o bajo cuyos techos dormimos. Es responsabilidad del gobierno la salvaguarda de la población y para ello está obligado a informar. Además del atlas de riesgos que tanto se ha demandado, los vecinos de la Delegación Cuauhtémoc exigimos un censo de inmuebles y una certificación —sin compromisos— de las condiciones de seguridad y de habitabilidad de los mismos.

Salvador de Maria y Campos Quesada

Naufragio en la colonia del Mar

Piraña, Pingüino, Sirena, Camarón, Gitana, La Turba. Nombres de calles de la colonia del Mar, en la delegación Tláhuac, que después del sismo del 19 de septiembre aparecieron, algunos por primera vez, en los medios de comunicación por ser parte de una pequeña zona de desastre. Sin embargo, la ayuda hasta este domingo era limitada.

Las imágenes que circularon en periódicos, portales de noticias y redes sociales mostraban calles partidas a la mitad por largas y serpenteantes grietas. Con los días se sumaron casas con fachadas apuntaladas, con bardas derrumbadas o con niveles de hundimiento que obligaron a ingenieros y arquitectos voluntarios de la UNAM a pintar en la paredes con aerosol rojo: “NH” (no habitable), “Alto riesgo”, “Muy alto riesgo”.


Fotografías: Kathya Millares

En la calle Pingüino, casi a las tres de la tarde, un camión de mudanzas está atravesado en la esquina con Sirena. Muebles, bolsas, cacerolas, restos de una vajilla, un sillón y otros objetos eran cargados por vecinos y por familiares de la señora Angelina Gutiérrez Serrato, quien lleva cuarenta años viviendo en la manzana 104.

—¿Cómo vas?, pregunta una de sus hermanas.

—Esto es un desmadre, responde la dueña de la casa con voz agotada.

A partir de ahora tendrá que volver a casa de su madre, “a unas cuadras cerca de aquí”. Los daños en su propiedad se observan desde la entrada. La fachada está apuntalada con dos polines, lo que era la cocina tiene casi todo el azulejo hecho añicos, debajo de la escalera principal y en la pared del espacio donde estaban sus sillones hay grietas.

En los restos de la casa de Angelina Gutiérrez, “todos andan en friega” moviendo cajas y desmontando cosas porque ella tiene miedo de que se queden atrapados. Este terremoto le deja como recuerdo la angustia de que su hija se quedó encerrada en la casa debido a que la puerta principal se atascó. “Ella estaba sola; se puso muy nerviosa. Los vecinos ayudaron a sacarla”.

En este tramo de la calle se repiten historias similares. Algunos aguardan el peritaje del personal de Protección Civil, pero a simple vista parece que en breve tendrán que seguir los pasos de la señora Gutiérrez.

***

Los primeros en llegar al albergue instalado en el Centro Comunitario de la Colonia del Mar fueron Patricia Zamora Camacho y Juan Galván, un matrimonio que se quedó sin vivienda.

Juan Galván tiene asignado el papel de repartir la comida a todos los refugiados. Algunos de ellos están tiempo completo y otros solo vienen por comida, pues decidieron hacer guardia en sus viviendas para evitar que las roben o para esperar “la visita de los expertos”.

Hasta ayer, en esa cancha de basquetbol con techo de lámina que ahora es su casa provisional, vivían diecisiete adultos y diecisiete niños. Hombres y mujeres ya tienen tareas asignadas: seleccionar y acomodar los víveres y medicamentos que les han donado. Aquí se sienten seguros; la única objeción que manifiestan es que no hay regaderas y el agua se está agotando (la cisterna es muy pequeña). Las encargadas de poner orden en este lugar, mencionan que un grupo de estadounidenses y guatemaltecos van a instalar tres regaderas y lavaderos, sin costo alguno.

Los niños juegan con los pocos juguetes que les han obsequiado y una madre lee en voz alta un cuento a su hijo.

Otra de las historias que se cuentan en este lugar es la de Nayeli García Rivas, quien vivía en la calle Pulpo, en la manzana 163. En ese predio vivían siete familias. Nayeli tuvo que pedirle ayuda a otra familiar para que le ayudara a contar el total de personas con quienes compartían techo. Luego de cinco minutos de jugar con los dedos, sumaron cincuenta, entre adultos y niños. “La casa se cuarteó. El gobierno nos dijo que van a demoler y a retirar el cascajo. El problema es que no vamos a recibir ningún otro apoyo”.

Por ahora muy pocos de los integrantes de la familia de Nayeli ha ido a trabajar. Varias de las mujeres se dedican a las tareas del hogar y algunos de los hombres trabajan en fábricas, supermercados o tiendas de manualidades.

Cuando Nayeli piensa en el tiempo que les llevará recuperar su patrimonio, se le hace eterno.

***

Otra de las escenas que delatan el desastre que dejó el terremoto del pasado martes 19 de septiembre son las filas de personas recargadas en las paredes con otra hilera de botes o tinacos frente a ellas. Todos esperan las pipas. Algunos llevaban cinco días sin que una sola gota caiga en las llaves de su casa. Otros apenas este fin de semana comienzan a preocuparse por las pilas de trastes sucios o por cumplir con el baño diario.

El día a día se había resuelto de distintas formas: comer en platos de unicel (pese al daño ecológico), comprar garrafones de agua en las purificadoras cercanas para resolver necesidades básicas como mantener el baño limpio, acudir a las lavanderías para lavar sus prendas de trabajo.

A la una y media de la tarde, en la calle Caballo de Mar aparece un grupo de vecinos. Están esperando una pipa. Ellos habían sido afortunados a lo largo de la semana, al menos habían conseguido el abasto de cuatro pipas del jueves a la fecha. Rosa Badillo, dirigente de la organización Mujeres de Tláhuac, se encargó de pedir apoyo a la delegación y al DIF. Pero este domingo sus solicitudes ya no están siendo atendidas con la misma eficiencia que antes.

Casi veinte minutos después, en Cangrejo y Perca llegó una de las pipas enviadas por la delegación. Las filas rompieron el orden y los botes comenzaron a volar. Todos intentaban llegar pronto a la boca de la gruesa manguera verde que dejaba caer en chorros descuidados el “vital líquido”.

En medio de la urgencia, el jefe de Proyectos Culturales de la Delegación Tláhuac e improvisado Cicerón del chofer de la pipa, Valentín Aguirre, gritaba: “Con cuidado; ahorita vale oro”.

 

Kathya Millares
Editora.

Crónica de una sacudida

“Vaya el camión que pasó”, pensé mientras exprimía el agua de mi cabello y escurrían burbujas de jabón por mi espalda. El edificio se meneaba, pero el zangoloteo, a diferencia de cuando transita un camión pesado por la calle de Tokio en la colonia Juárez, no se detuvo: incrementó.

Moví la cortina de la ducha y observé la lámpara que bailaba. Mi cabeza también, así que giré la llave para apagar el agua de la regadera y me equilibré poniendo la mano sobre el muro. A lo lejos, reconocí el alboroto de la alarma sísmica.

Me cubrí con una toalla y corrí por el pasillo rumbo a la salida del departamento. Todo se sacudía en desarmonía. “¡Vamos!”, grité a mis dos perros. “¡Pum!”, reventó en el piso un primer librero y el más alto de los dos, un callejero pura sangre de nombre Púa, velozmente se impulsó debajo de la cama.

“¿Qué hago?”, pensé aterrada. Durante el simulacro, pocas horas antes, habíamos practicado salir fugaces al ritmo de la alarma. Siempre dejaba las correas junto a la puerta de entrada y hasta les había puesto un collar nuevo para agilizar su salida. Ahora, por detener con una mano la toalla y con la otra equilibrarme sobre la barda del pasillo, no había alcanzado a agarrarlos y uno se me había escapado.

No había tiempo para entrar a la habitación, arrastrarme y sacarlo. El viejo edificio se movía tanto que en su lenguaje parecía advertirme que en cualquier segundo colapsaría. El más chaparrito, Totopo, se mantenía inmóvil en el pasillo, así que lo jalé del collar y lo empujé a bajar las escaleras conmigo.

Lo hicimos apresurados. Por el segundo piso me topé a la señora Josefina. Con el rostro pálido exclamó “¡Corre, Teresa, que ahora sí está temblando!”. Al salir cruzamos la calle. Pisaba descalza, marcando con gotas de agua el rastro de donde escapaba.

“¡Aquí, Josefina!”, nos detuvimos frente al edificio y de espaldas a un pequeño teatro que siempre me ha dado la impresión de ser una estructura estable y sólida. También una de las construcciones más bajas de la cuadra.
El edificio se movía y raspaba contra el colindante, más alto y con semblante medio enclenque. Medio agachada, con una mano sosteniendo la toalla y la otra aferrada al collar de Totopo, no podía mas que observar la ventana de la habitación donde se escondía Púa.

Gente me cruzaba desesperada, gritos, unos corrían, otros intentaban mantener la calma. Desde el fondo de la calle, como llamarada, apareció una nube de polvo. Ya no podía ver la siguiente cuadra. “¡Muévanse lejos!”, gritó un joven que trabaja en un restaurante cercano. “¡Se ha caído un edificio!”. Después descubriría que no era cierto, solo se habían desprendido algfunos cachos.

Mi cabeza rogaba que mi edificio no se desplomara con Púa en sus entrañas. Josefina agarró del collar a Totopo. El suelo, en crescendo, rugía y se sacudía. Todo tronaba o se caía.

“Tranquila”, me susurró una mujer mientras se quitaba el suéter y me lo ponía encima, “debes cubrirte o te puedes enfermar”. Era de las pocas que mantenía la calma. Otra me prestó una bufanda para que, como correa, sujetáramos a Totopo.

Cuando el piso volvió a la calma nos rodeaban sirenas de ambulancias y patrullas. “No debes regresar”, me decía otro vecino; yo quería sacar a Púa. “¡No!”, continuó otro muchacho, “el edificio está muy dañado”.

La gente no dejaba de atravesarnos, apresurada. La tensión crecía al igual que nuestra incertidumbre. “¡Deben moverse, hay una fuga de gas!”, se escuchó gritar y Josefina aconsejó: “entremos rápido, saquemos a Púa y vámonos”.

Subí las escaleras lentamente. Temblaba tanto como la Tierra que se acaba de tranquilizar. Abrí la puerta y vi Púa, había dejado la cama y se había metido al baño. También tiritaba. A nuestro alrededor todo se había desparramado y quebrado: macetas, libros, vasos y cuadros.

Decenas de recuerdos destrozados y un sentimiento de vacío. Aventé la toalla, entré en un pantalón (no me importó la ropa interior), tomé unos tenis, las dos correas, las llaves, el celular, y volví a la calle.

“Vámonos al Bosque de Chapultepec”, le dije a Josefina, y caminamos entre una marabunta ansiosa y desprotegida. “Dicen que se vino abajo el aeropuerto y La Villa”, comentó el joven que se sentó en la banca junto a nosotras.
 “¿Y nuestra Señora? ¿Ella está a salvo?”, preguntó Josefina apanicada. El joven nos mostró imágenes terroríficas. Intentamos usar mi teléfono para comunicarnos con familiares pero la red estaba saturada. “Prueben el WhatsApp”, recomendó.

Mis padres estaban bien, mi esposo, amigos y conocidos aseguraban que también. “Yo vengo de un piso veintitrés, mañana renuncio”, aseguraba otro que se resguardó en el bosque como nosotros.


Ilustración: Estelí Meza

Hora y media después caminamos de regreso al edificio. Se había recargado en el vecino y los muros colindantes parecían los labios reventados de un boxeador noqueado. “¿Estás bien?”, me escribió el casero, “mandaré a alguien a que revise la estructura”.

Caminé rumbo a mi negocio, a pocas cuadras de distancia, una pequeña pizzería llamada Casi Esquina. Habían cerrado el gas pero el servicio de bebidas no paraba. Nada se había caído, el edificio se veía bien. No habían podido cerrar pues entraron decenas de personas urgidas por una cerveza. También rolaron tequilas.

“No parece que se vaya a caer”, aseguró un primer ingeniero, “pero hay que apuntalar los muros”. Así que armé una pequeña maleta y junto con dos bolsas de croquetas me movilicé a casa de mis padres, al sur de la ciudad, hasta que comiencen los trabajos.

A la mañana siguiente caminé por las colonias Roma, Condesa, Juárez y Centro. Cientos de puños se extendían hacia el cielo, también manos con teléfonos que querían atestiguar  lo que acontecía.

Llevé lo que pude a distintos centros de acopio. Gasas, jeringas, tortas. También casi toda la ropa que quedaba en mi armario. En el autobús la gente hablaba sobre refugios de perros, de conocidos caídos, desaparecidos. Gente unida, mano a mano, con las entrañas destruidas.

El sábado siguiente volvió a sonar la alarma sísmica. Salté y salí de la casa al jardín, en pijama. Seguía por el sur de la ciudad. “Ya estamos aquí”, me escribió un vecino de mi edificio; habían llegado los trabajadores a comenzar los arreglos.

Me apuré rumbo al Metro. El servicio continuaba siendo gratuito. Un hombre con guayabera y un violín abordó el mismo vagón que yo. Segundos después, comenzó a tocar son. Una mujer con un bebé en brazos, sin importar el zangoloteo, se paró y comenzó a bailar. En medio de la destrucción siempre habrá una promesa para sanar.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa

Escenas de un mundo incumplido

Uno

Los periódicos del 19 de septiembre de 1985 producen una de las sensaciones más extrañas del mundo. Son los diarios impresos la noche anterior al temblor, cuando nadie sabía que se estaban viviendo las últimas horas del mundo antiguo. Son los diarios que nadie leyó: quedaron olvidados en los quioscos, mientras la gente buceaba entre los escombros llorando por sus muertos. Contienen un mundo incumplido. Resultan perturbadores porque están llenos de algo que jamás llegó.


Ilustración: Víctor Solís

Ese jueves iba a jugarse el primer partido de la semifinal entre América y Atlante: las habilidades de Zelada, Brailovsky, Vinicio Bravo y Gonzalo Farfán parecían superar las más modestas de Pedro Soto, el Pueblita Fuentes o el Chocolate García. Para ese día estaba programado el estreno “mundial” de Gavilán o paloma, película sobre el auge y caída del Príncipe José José, que sería exhibida en 28 salas de la capital. Luis Miguel, Lucerito, Menudo y Parchís se presentarían en un programa especial, por el canal 2, a las 14:30. Luego comenzaría el ciclo Tardes de juventud  con una película de Silvia Pinal y Rafael Bertrand.

Si la vida hubiera seguido como de costumbre, Julieta Bracho habría dado, en ese mismo canal, una lección del curso de inglés Follow Me. Por la tarde Irán Eory conmovería a su público con el nuevo capítulo de la telenovela Principessa, y por la noche Blanca Sánchez y Enrique Rocha promoverían la llegada del Videocentro a través de un programa en el que serían transmitidas “las más grandes escenas que Videocentro tiene para su renta”.

Dos

Se esperaba un día nublado con posibilidad de lluvias por la noche. Era el día de las Emilias, las Constanzas, los Ricardos y los Geranios. Los festejados podrían celebrar su onomástico viendo el show de Vitorino en el Quórum del hotel Crown Plaza, o podrían asistir al Teatro República para reírse con los albures de Chóforo y Varelita (que escenificaban La que quiera azul celeste que se acueste). También podrían adquirir un boleto para las 250 representaciones de La Perricholi, obra en que actuaba Rosenda Montero. En los Televiteatros de Cuauhtémoc y Puebla iba a representarse José el soñador. En el Morocco, del conjunto Marrakesh, cantaban esa noche Jorge Vargas, Alicia Juárez y Cruz Infante. El cine Regis sacaría de cartelera El vuelo de la cigüeña (última cinta que proyectó) para estrenar, en la tarde, una película de José Carlos Ruiz: Vidas errantes.

Quizá las Emilias, las Constanzas, los Ricardos y los Geranios iban a recibir presentes adquiridos en la tienda departamental Salinas y Rocha, que anunciaba descuentos en máquinas de coser, aspiradoras, motocicletas y ventiladores. En ese jardín de senderos que bifurcó el terremoto, la procuradora capitalina Victoria Adato había contemplado recorrer las nuevas instalaciones de la dependencia, en la colonia Tránsito. La Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología, encabezada por Guillermo Carrillo Arena, anunció que el problema de vivienda estaba a punto de ser resuelto: el gobierno federal haría una inversión de 630 millones de pesos para construir unidades habitacionales que beneficiarían a 770 mil familias.

Para ese mismo día, la Secretaría de Hacienda anunciaba la puesta en marcha de la Operación Tepito, cuyo objetivo era desterrar para siempre, de esa parte de la ciudad, el contrabando.

Tres

A las 7:19 el sendero se bifurcó. El día que se esperaba nublado se convirtió en “jueves negro” (de acuerdo con la denominación ensayada por Emilio Viale en las páginas de El Universal). Las instalaciones que Adato pensaba recorrer se cayeron: bajo los escombros aparecieron los cuerpos de delincuentes torturados. El problema de vivienda no solo no se resolvió, infinidad de edificios construidos por el apenas 24 horas antes triunfal Carrillo Arena, se volvieron cascajo. Comenzó el “jueves negro” con la ciudad sin agua, sin teléfonos, sin energía eléctrica. Dejó de funcionar el metro, hubo fugas de gas. Todo era polvo y humo; todo era ruinas y devastación. Nunca olvidaré el semblante de la gente parada en las esquinas de la colonia Roma: miraban una ciudad que ya no conocían.

Ese día el tráfico se paralizó, salió a flote la miseria escondida en las vecindades. Pedaleé por la Roma porque había sabido que el edifico donde vivía un amigo se había venido abajo. En Orizaba y San Luis viví los segundos más angustiosos que recuerdo: los referentes habían desparecido y no supe en qué sitio, en qué calle, en qué esquina me encontraba.

Acababa de nacer otra ciudad, de la que veinte años después no hemos escapado. El tráfico sigue paralizado y la miseria escondida en las vecindades, como polvo guardado bajo la alfombra, ocupa ahora con membrete oficial ambas aceras de la calle. Resulta inconcebible que horas antes del desastre los políticos hayan anunciado la llegada de un mundo mejor. Había, sin embargo, otras señales. Como si la ciudad nos jugara bromas crueles, en la marquesina del cine Tlatelolco se anunciaba la película de Carmen Salinas, Tú puedes mexicano, y en la marquesina del Cinema Uno, que quedó reducido a polvo, se estrenaba, esa noche, Solos en la oscuridad.

Qué extraño hojear ahora esos periódicos. Ante la promesa de ese mundo incumplido, y otra vez de la mano de Borges, es fácil pensar que efectivamente los senderos se bifurcaron. Que en algún lugar el Cinema Uno exhibió Solos en la oscuridad, que en ese mismo sitio el Regis estrenó Vidas errantes; que Vitorino debutó en el Quórum, y que la gente salió a la calle al terminar la función: se disgregó en el manto oscuro de la ciudad, iluminado intermitentemente por vendedoras de tamales, cafés de chinos y puestos de quesadillas.

Pero de este lado, en donde antes estuvieron esos sitios no hay más que lotes baldíos y estacionamientos, cicatrices que tuvimos, y se quedaron para siempre.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de Roja oscuridad. Crónica de días aciagosLa ciudad que nos inventaLa perfecta espiral y El derrumbe de los ídolos, entre otros libros.

Publicada originalmente en el suplemento Confabulario de El Universal el 17 de septiembre de 2005.

Las demasiadas manos

Para algunos el día empezó a las nueve o diez de la mañana, para otros a las siete o a las seis; para muchos el amanecer no fue sino la prolongación de la noche anterior, la del 19 de septiembre. Ya desde el alba, la ciudad no tardó mucho en convertirse en un caos de muchos tentáculos.

El primero es encomiable. Los ciudadanos, en especial los jóvenes, tomaron las calles. Con chalecos y cascos, en bicicleta o a pie, urgidos por la necesidad de ayudar, se apostaban en los puntos más críticos con toda su disposición y energía. Estaban listos para sacar cascajo con las manos desnudas, para hacer cadenas humanas y clasificar los víveres; prestaban su coche para dirigirse a Lindavista, a Xochimilco, a la Condesa, también a Puebla, a Morelos y hasta a Oaxaca. Rápidamente fueron demasiados. En el edificio de Álvaro Obregón, la mañana del 20, había tumultos. Ocho de cada diez personas esperaban algo qué hacer. La comida preparada con esmero por decenas de cocineros anónimos comenzaba a echarse a perder. Cientos de botellas de agua tiradas a la mitad, abandonadas con la prisa del que tiene algo más importante en la cabeza: ayudar a las víctimas.

Los centros de acopio se reprodujeron exponencialmente. Bastaba poner una cartulina para que la gente llevara cosas. En coche, en moto, o hasta en bicicleta, jóvenes y no tan jóvenes recorrían kilómetros para llegar a Xochimilco o Morelos, por ejemplo. Eran tantos, que las vías de acceso comenzaron a colapsarse. El exceso de ayuda se transformó en un problema. Por momentos, la ayuda ahogaba a la ciudad.

El otro tentáculo vino por el camino menos esperado y a la vez más evidente. Las redes sociales, ese universo gobernado por el doble filo, se volvió una telaraña. Aquí se necesitan medicinas; allá, una grúa; tengo disponible un tráiler pero no sé a dónde mandarlo. Pero ni siquiera la velocidad, la inmediatez de Facebook o Twitter, podía alcanzar eso que llamamos “el tiempo real”. Guiada por las redes, una amiga caminó como zombi por toda la ciudad dispuesta a ayudar en lo que fuera. Cuando llegaba ya tenían demasiada gente, ya estaban cubiertos de esto y de lo otro. Y luego lo verdaderamente peligroso, la desinformación: en tal sitió van a empezar a meter maquinaria, resistan; cuidado, aquel edificio está a punto de colapsar. Ignoro cuántos grupos se habrán creado en Whatsapp para responder a la tragedia, pero podría apostar que la mayoría fueron ignorados. No por inútiles: por demasiados.

Resulta irónico, pero de pronto parecemos desbordados a partes iguales por la tragedia y por la solidaridad.

Pero acaso estos problemas se hubieran resuelto, o contenido al mínimo, si existiera una cadena de mando por la cual fluyera la información y que coordinara las acciones de miles de voluntarios.

En muchos de los edificios que se cayeron, bastaba un chaleco fluorescente para dar órdenes. En varios lugares la gente no sabía si responderle al ejército, a la marina, a protección civil, a los topos o al vecino que ha vivido toda su vida en esa cuadra.

Hemos visto a miembros de las fuerzas del Estado pidiendo insumos para los rescatistas por televisión. Al parecer, el Ejército no cuenta con algún tipo de almacén pertrechado con equipo de salvación. Parece ser que en la delegaciones y municipios no hay ni un tornillo disponible.

Quizá hemos visto muchas películas, pero ante situaciones como esta solemos imaginarnos a una especie de comandante en jefe saliendo en la tele cada hora para dar información puntual.

Y si todo esto parece aberrante, aún faltan las peores jornadas. Cuando termine el recuento de víctimas, cuando ya no se necesite la ayuda inmediata, cuál será el destino de los desalojados, cuánto tardarán en evaluar, demoler y reconstruir los predios afectados. Y sobre todo, ¿bajo qué criterios? ¿O será algo que dependa de la sociedad civil?

Quizá las demasiadas manos no sean tantas después de todo.

 

César Blanco
Editor y traductor

 

La sociedad está haciendo la magia

40 horas despierto, 750 kilómetros manejando la camioneta cargada hasta donde se pudo, 80 kilómetros en moto, de comida mejor no hablemos por que no había tiempo para nada más, sólo movernos y ayudar en la medida de lo posible. Morelos fue la prioridad. Quiero darle las gracias a todas las personas que hicieron esto posible. La ayuda que enviaron a través de nuestra brigada llegó a las manos de las personas que la necesitaban sin ningún intermediario.

Existen zonas en Morelos muy necesitadas a las que el gobierno ni siquiera ha entrado. Me da tristeza y rabia saber que para algunos es más importante venir a tomarse fotos que ayudar a las comunidades que están tan cerca y en condiciones de necesidad extrema. En Cuernavaca habían retenido el apoyo mandado desde de Michoacán con el pretexto de “inventariar” para lograr el cometido de reetiquetar con calcas del gobierno en turno. Pero ves gente solidaria. Todos ponen su grano de arena.

El camino nos permitió ver más brigadas y voluntarios dando lo que pueden, transportando, alentando, distribuyendo ayuda. La sociedad está haciendo la magia. Ninguna ayuda es muy pequeña y todos estamos haciendo esto posible. Hacer sonreír a alguien que tiene el alma en el piso es un milagro por sí mismo. No se desalienten, sólo busquen un canal seguro para ayudar, porque sí los hay. Y me da gusto reconocer el trabajo de los bikers. Quienes más nos han facilitado las cosas a los miembros de la brigada han sido hermanos motociclistas de Guadalajara, Ciudad de México y Estado de Mexico.

 

Víctor Javier García
Jefe de equipo en Tata Consultancy Services Guadalajara y miembro de Road Bulls Jalisco.

Grano de audacia

Me agarró recién salido de la revista Nexos en las calles de Michoacán y Cuernavaca. Me hice al centro de la calle o las calles, que ahí en su convergencia dejan una zona de amplitud, como un gran claro asfáltico entre los camellones y las aceras. Por primera vez luego de tantos temblores, sentí que la tierra podría abrirse a mis gelatinosos pies. Veo gritos arrodillados y oigo caras que gritan. Caen vidrios y paredes. Cae y rueda sobre el metálico piso, silenciosa ante el pánico, una cabeza de transformador. Cuando los hilos removientes del diablo nos liberan salgo corriendo hacia mi casa en el Parque México. Sigo instintivamente, pero ahora a zancadas, mi camino habitual de las oficinas de Nexos hacia ella. Camino que cerca de la llegada da en pasar junto al edificio Plaza, seguir por Laredo, doblar a la izquierda en Amsterdam, tomar a la derecha en Parras, llegar a mi casa. En Laredo y Amsterdarm detengo mi carrera para tomar esta foto (cuya etiqueta adjunta puesta por el iPhone dice “Ciudad de México /Colonia Hipódromo/ Martes 13:25”):

Retomo la carrera y al desembocar en el Parque México veo a la mediana de edad de la casa en la orilla del parque y le pregunto por Mika; me dice que se quedó adentro. Abro la puerta y le grito a Mika mientras subo las escaleras de mi casa con reguero de cosas, vidrios rotos y objetos estrábicos de todo tipo. Me aterra que no conteste. Mika, una perrita Schnautzer de año y meses, está en mi estudio, literalmente cagada de miedo, y entre libros caídos como un dominó de fichas eruptadas. No quiere salir del rincón donde se ha construido su precario refugio; por fin ve que soy yo y bajamos las escaleras rumbo a la puerta y al parque. Ahí hago contacto mensajefónico si apenas con la mayor de la casa, la bióloga que está en la UAM Iztapalapa, y también con el más ex joven de la casa, puesto que ya no vive con nosotros, y por el wasapo nos informa que está bien luego de pasar el terremoto en una alta torre pública bien hecha.

Mika llegó a nosotros por la aún faltante en esta historia, la más joven de la casa. Una familia amiga no podía tener a Mika, puesto que ya tenían a la mamá de Mika, y la mamá de Mika había tenido a Mika, y en el edificio donde vivía la familia sólo aceptaban un perro por departamento. Contra todos los gruñidos del más viejo de la casa, Mika llegó a la casa por dulces urdimbres de la más joven.

La más joven de la casa pasó el primer reciente temblor, el de madrugada, en un hospital público puesto que ya recibida en Medicina por la UNAM ahí cumple el internado. En el segundo temblor, el del 19, le tocó también estar de guardia toda la noche y salir hasta la mañana del 20. Cuando salió y caminando de regreso a cada cuadra miró los quiebres y las ausencias de los edificios en su colonia, se le salieron lágrimas según me contó la más vieja de la casa, quien la acompañaba.

En el hospital público la más joven de la casa recibió cerca de las cuatro de la tarde a uno de los atrapados en el derrumbe del edificio de Laredo y Amsterdam por el que yo había pasado al vuelo y en el que me había detenido a tomar foto un par de horas antes. Era un señor, el primer rescatado (herido con “politraumas”) que en cuanto pudo pidó que buscaran a su esposa atrapada en el mismo edificio, y a su hijita, en otra parte, niña en una escuela Montessori de la zona. Durante un tiempo se pensó que la esposa del señor estaba viva en otro hospital; no fue así. Ya había muerto. En cambio, la niña de la escuela Montessori fue localizada debido a lo siguiente. La más joven de la casa envió a las redes sociales los datos del señor y de la niña, y gracias a eso la encontraron. En el hospital público, personal del área de urgencias preguntó indignado quién entre los médicos había sido tan imprudente como para dar a las redes sociales las señas del señor y de la niña buscada.

Mientras escribo esto (Ciudad de México, septiembre 21, 19: 40 horas) la más vieja y la más joven de la casa, bióloga y médica, están en el lugar de acopio y distribución del Parque México, ayudando a clasificar cosas y para lo que se necesite.

La más joven de la casa regresa mañana de madrugada a guardia en el hospital público, donde pasará toda la noche del 22. En sus guardias previas de medio día, dice, triste, que ya no llegan tantos vivos; o simplemente: que ya no llegan. Los muertos van a otra parte. Hace unas horas, cuando supe que ella había enviado el “mensaje imprudente”, le enseñé una casualidad: por algún motivo yo releía los Diarios de José Lezama Lima y justo en la mañana me sorprendió ver que Lezama citaba un famoso pasaje de Baltasar Gracián en, dónde más, el Oráculo manual y arte de prudencia: “Un grano de audacia en todo es importante cordura”. En efecto: grano de audacia, en lo que parecía tremenda imprudencia, tuvo la más joven de la casa al lanzar como médica de guardia a las redes los datos del señor y la hija que al fin fue encontrada.

Le enseñé, repito, la cita de Gracián por Lezama, y nos fundimos abrazados en un llanto abrupto y como próximo liberador de torrente; pero al fin corto, escueto, sin aspavientos ni espasmos de más. Esto sigue.

 

Luis Miguel Aguilar

El ojo de la noche

Toda historia no es otra cosa que una infinita catástrofe
de la cual intentamos salir lo mejor posible.
—Italo Calvino citado por Gil Gamés

Glifo del Códice Telleriano-Remensis.

Una joven germana-mexicana —que nunca había sentido un sismo— y su madre mexicana —sobreviviente del terremoto de 1985 y residente en Alemania desde ese año—, familiares de mi esposa, están de visita en la Ciudad de México para acompañar a una enferma. Sintieron el sismo del 7 de septiembre. La chica quedó aterrorizada y su madre evocó la tragedia del sismo del 19 de septiembre de 1985. Tras días de enclaustramiento, la joven decidió conocer las pirámides de Teotihuacan. Madre e hija observaban la Calzada de los Muertos desde la cima de la Pirámide del Sol el 19 de septiembre de 2017 a las 13:14 horas.

La imagen de ambas me remitió a Los sismos en la historia de México. Tomo II,1 libro que contiene la imagen del glifo tlalollin o temblor de tierra, 1542. “Este año de 11 conejos y de 1542 hubo temblor de tierra” (Códice Telleriano-Remensis, folio 46r). La ilustración muestra el cuadrante cronológico 11 conejo, unido con un lazo gráfico a una figura con un palo y con el topónimo de México-Tenochtitlan y en la parte inferior con un tlalollin. “Este último muestra al glifo ollin dentro de tlalli, con el ojo de la noche en el centro.” La lectura pictográfica, según las autoras, sería: “en el año 11 conejo hubo un temblor de tierra durante la noche”.

El terremoto del 19 de septiembre de 2017 fue de día, pero la sensación es de permanencia en “el ojo de la noche”.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.


1 Virginia García Acosta, Irene Márquez Moreno y América Molina del Villar, Los sismos en la historia de México. Tomo II. El análisis social, FCE/UNAM/CIESAS, México, 2001, 281 pp.

1985 y 2017: sismos, lagos, y códigos de construcción

El 19 de septiembre de 1985 a las 7:19 de la mañana las ondas de un sismo originado frente a las costas de Michoacán y de magnitud 8.1 sacudieron a la Ciudad de México con resultados desastrosos. 412 edificios colapsaron, 3,124 edificios sufrieron daños severos con un total de daños estimado entre 3,000 y 4,000 millones de dólares. La cifra total de muertes, aún se debate y se estima entre 10,000 y 40,000. El impacto social fue aun mayor, hay quien considera que la paupérrima respuesta del gobierno fue lo que dio inicio al comienzo del fin de la dictadura perfecta de 71 años del Partido Revolucionario Institucional. La excelente crónica de Elena Poniatowska Nada, nadie pinta un cuadro complejo de negligencia gubernamental y organización espontánea por parte de la sociedad civil que marcó a varias generaciones de capitalinos y les mostró que tenían el poder para determinar el rumbo de su propio destino.

La sacudida del 85 también tomó a los sismólogos e ingenieros por sorpresa. Usualmente la mayoría de los daños producto de un sismo se concentran en la zona inmediatamente aledaña al temblor. De forma muy simple, pensemos en un foco de luz, mientras mas lejos se encuentre uno, menos brillante lo percibimos. Lo mismo ocurre con los sismos, a mayor distancia menor se espera que sea la sacudida. La Ciudad de México se encuentra a varios cientos de kilómetros del sismo de Michoacán de 1985 ¿qué sucedió?

Análisis subsecuentes mostraron lo que hoy es bien conocido en el ámbito sismológico. La ubicación de la ciudad en la cuenca del antiguo lago de Texcoco produce un efecto de resonancia. Como el timbrar de una campana, el viejo lago se cimbra cada vez que tiembla. En lo que ahora conocemos como “efectos de cuenca” las arcillas blandas y saturadas de agua del extinto lago sobre las cuales esta construida gran parte de la urbe amplificaron las ondas sísmicas. Es decir, aunque la ciudad se encontraba lejos del sismo, al estar construida sobre materiales muy blandos las vibraciones sísmicas que usualmente serían pequeñas multiplicaron su amplitud y sacudieron a la ciudad cual gelatina. Este fenómeno es ampliamente visible en muchas colonias de la ciudad ubicadas dentro del viejo lago donde grande estructuras, como la Catedral Metropolitana o el Palacio de Bellas Artes parecen hundirse, en ocasiones hasta un metro o más respecto de las calles aledañas. Cualquiera que haya caminado por las colonias Roma o Condesa conoce bien el perfil parabólico de los cruces peatonales la cresta del asfalto siempre se encuentra un poco mas arriba que las banquetas aledañas ya que las casas y edificios de departamentos compactan las arcillas y se hunden en ellas.

Esta condición geológica, existe hoy y existirá por mucho tiempo. Sismólogos e ingenieros mexicanos a lo largo de las décadas han cartografiado en detalle el perímetro del lago de Texcoco y hoy sabemos que en 1985 la vastísima mayoría de los edificios dañados se encontraban dentro de lo que los ingenieros ahora llaman la “zona del lago”. La Tierra tiene una larga memoria y lo mismo ocurrió este martes por la tarde en el 32 aniversario de aquel lúgubre sismo. Análisis preliminares muestran de forma inequívoca que, salvo un par de estructuras, la mayoría de los edificios dañados el martes 19 de septiembre de 2017 se encuentran, una vez más, en la zona del lago.

Dada la inevitabilidad de la condición geológica de la Ciudad, ¿cómo se resguarda una sociedad? La respuesta se encuentra en los códigos de construcción. Los ingenieros civiles, en colaboración con los sismólogos determinan el “riesgo sísmico”. Este es función del numero y tamaño (la magnitud) de los sismos esperados para una región y además, de las particularidades geológicas, como el efecto de cuenca del lago de Texcoco. Estas dos características, son utilizadas por los ingenieros para calcular la intensidad de sacudida esperada en tal o cual lugar. Con ello se elabora un código que delinea la “carga sísmica”, una estimación de que fuerzas deberá de resistir un edificio durante un sismo y determina cuestiones tan fundamentales para la construcción como el número de varillas y su grosor, las dimensiones de las columnas, el tipo de concreto y muchas otras más. Todo ello esta delineado con fastidioso detalle en los códigos, son biblias ingenieriles que si se siguen con apego, minimizan de forma sustancial los impactos de un sismo.

En 1985, no conocían los ingenieros y sismólogos que el efecto del antiguo lago fuera tan pronunciado. Es decir, se había subestimado el riesgo sísmico y por ende los códigos de construcción exigían cargas sísmicas mucho menores a lo que exigen ahora. Las consecuencias fueron los colapsos, en 1985, del Hotel Regis, el edificio Nuevo León, el hospital Juárez y muchos más. Ello no fue producto de negligencia, los códigos de construcción son reflejo del conocimiento sísmico, o más bien de la ignorancia, del momento, sencillamente no sabíamos que el lago amplificaba la sacudida de forma tan intensa. La Tierra funciona a escalas de tiempo geológicas y milenarias y a pesar del progreso científico a pasos agigantados de los últimos cien años, aun nos sorprende.

Dentro de este contexto histórico llegamos pues al 19 de septiembre de 2017. Un sismo cuya magnitud, determinada en tan solo unos minutos por el Servicio Sismológico Nacional, fue de 7.1, ocurre a la 1:14 de la tarde a 60km de profundidad con epicentro en la frontera entre Morelos y Puebla. Al momento de escribir estas líneas hay mas de 40 edificios colapsados y 250 fallecimientos. Estas cifras, al pasar los días seguro habrán de incrementar. Recordemos que la escala de magnitud es logarítmica, lo cual significa que el sismo de 2017 liberó 32 veces menos energía que el de 1985, por lo cual surge una pregunta fundamental ¿por qué la tragedia con un sismo más pequeño al de 1985?

La respuesta no la conoceremos con detalle hasta que se haga un peritaje detallado de las estructuras colapsadas y se estudien los sismogramas para determinar si la sacudida fue de intensidad similar a la de 1985. Porque la magnitud no lo determina todo, la distancia entre una estructura y el sismo es importantísima. De nuevo vayamos a la analogía del foco, un sismo de magnitud 8.1 es como un foco de 200 watts mientras que un sismo de magnitud 7.1 es tan solo de 60 watts. Sin embargo, dependiendo de la distancia a la cual se encuentre uno, es posible percibir al foco de 60 watts mucho mas brillante que el de 200 watts. Lo mismo ocurre con los sismos, salvo que la brillantez es la intensidad de la sacudida y en este caso el sismo de 2017, a pesar de su menor magnitud, se encuentra a tan solo 120km al sureste de la ciudad.

En 1986, se estableció un código de construcción mucho mejor, reemplazando al antiguo de 1976, y que reflejaba nuevo conocimiento del efecto del lago de Texcoco sobre la intensidad de la sacudida. Exigía a los ingenieros que al construir edificios en la zona del lago diseñasen para cargas sísmicas mayores. Será fundamental que en los próximos meses se estudien de forma sistemática y transparente las particularidades de cada colapso. Existen hipótesis que podremos confirmar o descartar. Por ejemplo, ¿es posible que las estructuras colapsadas se hayan construido todas antes de 1986 con el código viejo? Cuando se reforma el código la nueva normativa solo aplica a construcciones que se inicien posterior a su renovación. Otra hipótesis es que muchas de las estructuras se encuentran cerca del borde del antiguo lago y no cerca de su centro. ¿Es posible que exista una mayor amplificación, que desconocíamos hasta hoy, en estas zonas? Otra hipótesis más es qué las estructuras colapsadas no se hayan apegado a la letra del código de construcción, ya sea por negligencia criminal, o por descuido.

Dos viñetas sismológicas. Primero, el sismo de Puebla del 19 de septiembre 2017 es un cuanto extraño. En general, los sismos mas destructivos en México ocurren en las costas del Pacifico donde se encuentra el contacto entre la placa de Cocos y la placa de Norteamérica. Este contacto, denominado la “zona de subducción” se extiende desde Jalisco hasta Chiapas y fue responsable del sismo de 1985. El sismo de 2017 ocurrió lejos de esa zona en las profundidades de la placa de Cocos y debajo del centro del país. Esto es inusual y habrá trabajos de investigación hartos para entenderlo, pero para fines de la discusión que aquí tenemos, amigo lector, es tan solo una curiosidad sismológica. México es tierra de temblores, sabemos de muchos otros sismos inusuales, lejos de la zona de subducción. Por ejemplo en 1912 ocurrió un sismo de magnitud 6.9 en Acambay Estado de México a solo 100km de la ciudad. Los sismos, cercanos y lejanos, usuales e inusuales, continuaran ocurriendo con el ir y venir de las décadas y tenemos que convivir con ellos.

Segunda viñeta. Hasta ahora he ignorado al sismo de Tehuantepec de magnitud 8.1, nada deleznable, del 7 de septiembre que causó grandes estragos en Chiapas y Oaxaca y un pequeño tsunami en el golfo de Tehuantepec. Fue otro sismo de esos raros, no tradicionales de la zona de subducción sobre el cual también se escribirán artículos científicos y a consecuencia del cual ha habido reportes de fuertes daños en el Istmo. ¿Están conectados estos dos eventos? Es difícil decirlo aunque la evidencia sugiere que no. Están lejos el uno del otro, a mas de 400km y separados por mas de dos semanas en tiempo. La mente humana, gusta de encontrar patrones, los vemos en el estuco de una pared en blanco y en las nubes sobre nosotros y es posible que lo mismo suceda aquí. Aunque la posibilidad de que sean causa y efecto es apetecedora, será muy difícil demostrarlo de forma científica.

¿Qué vamos a aprender? Es menester usar las catástrofes, no para olvidar o ignorar lo sucedido si no como un punto de apoyo para el progreso científico y social. Es difícil y natural querer tapar al sol con el dedo, el dolor a veces es tan agudo que preferiríamos olvidar. En Japón después de cada gran sismo se construye un museo que recuerda a las victimas, recuerda su cotidianeidad y honra su memoria. Los museos también muestran de forma clara y concisa, que sucedió y que se aprendió, admiten la falibilidad humana y apuntan al futuro. Es un esfuerzo concertado por mirar la tragedia, tan visceralmente desagradable, generadora de impotencia y hacerse dueño de ella para promover mejoras técnicas y sociales. Esta actitud me parece admirable y algo a lo cual podemos aspirar a replicar.

En México gran parte del conocimiento de sismología e ingeniería ha sido orgulloso producto nacional. Los investigadores de geofísica, geología e ingeniería alrededor del país, todos ellos en universidades públicas, son reconocidos a nivel mundial como expertos en sus disciplinas. El país cuenta con uno de los primeros sistemas de alerta sísmica, el Servicio Sismológico Nacional monitorea con redes de instrumentos modernas y extensas la sismicidad en el país y hay muchas licenciaturas en ingenierías y ciencias de la Tierra que cada año generan egresados que compiten por plazas de investigación en las mejores universidades del mundo y que trabajan en la iniciativa privada alrededor del planeta. Sin embargo, es realidad ineludible que la inversión en ciencia y tecnología aun es magra. Porque es eso, una inversión que reditúa y rinde dividendos, genera conocimiento fundamental que fortalece a la sociedad y al país. En México hay, en este momento gente ambiciosa, con talento y educación de punta que quiere trabajar más, pero necesita un renovado apoyo de su sociedad civil y de sus instituciones gubernamentales. Las tragedias de septiembre pueden llevar a algo mejor. Para todo fin práctico, la Tierra es inmutable, pero nosotros no, estudiemos de forma honesta la sismología, la ingeniería y sí la dimensión social también de la incomoda pregunta “¿Por qué se colapsó el  colegio Enrique Rebsamen?” y cambiemos.

Mi padre gusta decir que el ser humano es el único animal que se tropieza con la misma piedra dos veces. Los talentosos sismólogos y sismólogas del país han identificado que frente a las costas de Guerrero existe una brecha sísmica. Un lugar donde sabemos que deben de ocurrir grandes sismos pero donde no ha habido un evento importante en tiempos históricos. La amenaza de un gran sismo en la brecha de Guerrero, para la Ciudad de México, es mayor que la del sismo de 1985 o del sismo de Puebla de 2017. Aun estamos a tiempo de actuar y de mejorar, tenemos el poder y la capacidad para evitar futuras tragedias, aun estamos a tiempo de no tropezar con la misma piedra, pero el tiempo es finito y el tiempo algún día se agota.

 

Diego Melgar Moctezuma
Sismólogo y profesor de la Universidad de Oregon

El sismo y su memoria heredada

El día 19 tardamos en entender la magnitud de la catástrofe. Sabíamos del colapso de algunos edificios, postes caídos, el olor penetrante a gas, las fugas que llenaban de miedo el aire. Habíamos oído por radio la primera señal de una tragedia: “Se derrumbó una escuela en el sur de la ciudad”. Al avanzar por Nuevo León, empezaron los signos de la destrucción, las escenas que se repetirían a lo largo de la ciudad: vidrios, tabiques y pedazos de muro en las banquetas, enormes grietas en los costados de los edificios, el bullicio omnipresente de ambulancias y helicópteros, mares de gente esperando en los camellones.

Desde la esquina de División del Norte y Eje 5 vi el caos a lo lejos: gente que corría o huía, gritos, el trajín de carretillas, una enorme grúa, las maniobras entre el tumulto de un camión de volteo. Después supe que eran los edificios colapsados de Gabriel Mancera y Escocia. ¿Cuántas personas sepultadas? ¿Cuántos heridos y víctimas? ¿En cuántas partes de la ciudad se ha quebrado lo que creíamos firme?

Avanzaba lentamente en bicicleta, cuidándome del pánico de los autos, de la falta de semáforos, tratando de guardar la calma. De las radios de los coches salían las mismas noticias catastróficas, todos los peatones hablaban de lo sucedido, con ojos de angustia, nerviosos. Al llegar al cruce de Zapata con División del Norte, a unos metros estaba lo inimaginable. Otra vez. No puede ser. El mismo día. Sobre una pirámide de escombros, columnas y varillas, decenas de hombres, policías, brigadistas y voluntarios subían y bajaban, se pasaban cubetas de escombros. Empezaban a acordonar la zona. A unos metros un paramédico, con chamarra y casco de motociclista, había tomado un megáfono. Solamente sus palabras podían tener sentido en ese momento. Ninguna más. “Por favor, acérquense. Estamos ante un desastre mayor. Yo estuve en el 85, todos queremos ayudar”. Hizo una lista de necesidades inmediatas. En los días siguientes veríamos esas listas incesantes circular en redes como la voz compartida de nuestra urgencia. Hacía falta subir agua a lo alto de las ruinas, se acababa de desmayar un voluntario que trabajaba, como otros, sin sentir la deshidratación ni el cansancio. Subimos y repartimos agua en pequeños grupos. No la querían recibir. La reunimos en pequeñas bases, en las distintas esquinas que quedaban del esqueleto del edificio.

Las filas humanas también pasaban cubetas pesadísimas de cascajo. Sin saber bien cómo me vi en una pendiente, en una de esas hileras de trabajo, organizadas por la intuición inmediata del desastre. Estaba sobre la losa inclinada de lo que fue horas antes una cocina. Más abajo, regados entre el cascajo vi las patas de una silla, discos de acetato, cacerolas, las páginas amarillentas de La Celestina, fotografías del diploma de un estudiante. Una mujer se ocuparía de reunir y ordenar, frente a unos abarrotes, esos objetos íntimos que quedan de nosotros en el polvo.

La casa que era defensa contra la noche y el frío,
la violencia de la intemperie,
el desamor, el hambre y la sed,
se reduce a cadalso y tumba.
Quien sobrevive queda prisionero
en la arena o la malla de la honda asfixia.1

Es duro de creer, pero abajo había personas. Dos topos y un paramédico se acercaron a un boquete lateral, entre dos vigas. El silencio de nuestros puños levantados permitiría ese diálogo en el umbral de la muerte: “¿Me escuchas? Somos rescatistas, necesitamos oírte para saber dónde estás”. Introdujeron un tubo flexible de plástico para comunicarse. Luego, una vía con una bolsa de líquidos. Nunca vi salir a nadie. Solo escarbábamos cada vez más rápido. La gente empezó a amontonarse.

Al caer la tarde la urgencia era conseguir lámparas, baterías y cascos. Volvimos a hacer pequeños grupos de acopio en las cuadras aledañas. El ejército, la policía, Protección Civil y la Cruz Roja empezaban a tener más control de la situación, colectaban víveres y herramienta. Volvimos frente a las ruinas para subir el equipo que tanta gente había donado. Un hombre de camisa se acercó a pedir de todo, desesperado. Las autoridades sólo dejaban subir ahora grupos organizados y equipados. “Mi familia está ahí adentro”, nos dijo señalando la enorme montaña de escombros. Al detenerme, dos días después, a escribir sobre ese día, no puedo dejar de pensar en ese hombre y su esperanza deshecha.

Hacía las 8 de la noche, la mayoría esperaban impacientes órdenes de las autoridades. Se organizaban grupos más pequeños y específicos. Ahí estaba la labor colectiva incansable de miles de héroes anónimos, la oda improvisada al “nosotros”. El 85 parecía repetirse. Parecía devolvernos la opresión macabra de su efeméride. Algunos estábamos dentro del recuerdo de nuestros padres, mil veces contado. En esas fotografías. En esas historias. En ese lugar imposible donde nadie, jamás, se imagina que se va a encontrar algún día. Otros recobraban la experiencia anterior. Lo que vivieron los de entonces que ya no están ahora. Lo que vivimos los de ahora, con esa memoria heredada, quedará con nosotros para siempre.

Avanzo, doy un paso más,
miro de cerca el infierno.
Muere el día de septiembre
entre la asfixia y los gritos.2

Álvaro Ruiz Rodilla
Editor.


1 Estos versos pertenecen a Miro la tierra, ese poema largo que escribió José Emilio Pacheco en las semanas siguientes al terremoto de 1985 y que constituye una épica anónima y colectiva de la destrucción de la ciudad de México.

2 Idem.

El patrón de la destrucción del sismo del 19 de septiembre

El segundo sismo grave en un 19 de septiembre, 32 años después del anterior, ha impactado fuertemente la Ciudad de México de manera sorpresiva, tanto por su repetición, como por sus características. En un principio parecería que por su magnitud de 7.1 no debería de haber causado daños severos. Sin embargo, esto no fue así. Hasta el miércoles por la noche se habían reportado 38 edificios que colapsaron, 101 muertos, cientos de heridos e incontables daños materiales, tan solo en la Ciudad de México. Haciéndolo el segundo terremoto más catastrófico desde el de 1985.

El daño que causó se puede explicar por dos razones de fondo. La primera razón, el sismo sucedió a sólo 120 kilómetros al sur de la Ciudad de México, en Axochiapan, Morelos. Esto hace que sea mucho más intenso que si hubiese pasado en las costas del Pacifico mexicano. Por ejemplo, tan sólo hace unos días, el 7 de septiembre, sucedió un temblor de magnitud 8.2 en las costas de Chiapas, a más de 700 kilómetros de la Ciudad de México. El temblor más grande registrado en un siglo, pero por su distancia los daños en la ciudad fueron mínimos. De igual forma, el sismo del 19 de septiembre de 1985 fue de intensidad 8.1, a sólo 300 kilómetros de distancia de la capital. El cual fue cinco veces más intenso que el registrado el 7 de septiembre, lo que explica los enormes daños que causó, como los 412 edificios destruidos (10 veces más que en el actual sismo).

Además, la cercanía del epicentro del temblor y en un lugar en el que se registran pocos sismos de dicha intensidad, también explica el porqué no sonaron las alarmas sísmicas con tiempo suficiente. En esta ocasión la alarma sonó sólo entre 11 y 19 segundos de anticipación. Las alarmas sísmicas están colocadas en la costa del Pacífico, en Guerrero y Oaxaca, previniendo sismos intensos que se originan regularmente en esta zona, lo que permite alertar con tiempo suficiente a la población ante un evento y ponerse a salvo.

Ilustración 1: Mapa de intensidades del temblor del 19 de septiembre de 2017

 

Fuente: Servicio Sismológico Nacional.

 

La segunda razón de fondo tiene que ver con el mismo desarrollo de la Ciudad de México que igualmente explica el porqué son tan intensos los sismos en la ciudad. A simple vista existe un patrón de los edificios que colapsaron y están dañados. Recorren en una diagonal desde Xochimilco hasta la Reforma, como si se localizaran alrededor de Avenida División del Norte recorriendo Coapa, Culhuacán, Tlalpan, la del Valle, Narvarte, Roma y Condesa, entre otras zonas afectadas.

Ilustración 2: Edificios afectados por el sismo del 19 de septiembre de 2017 y localización de la cuenca de los antiguos lagos del Valle de México

 

Fuente: Elaborado con datos de REPSA (lagos) y  Google Maps (edificios).

 

Este patrón no es en lo más mínimo fortuito. De hecho, corresponde al antiguo lago de Xochimilco. Hay que recordar, que existían 5 lagos en la zona que hoy ocupa la metrópoli: Zumpango, Xaltocan, Texcoco, Xochimilco y Chalco (aquí se puede ver su localización). Siendo Xochimilco uno de los más grandes y abarcaba desde la actual delegación Xochimilco hasta Azcapotzalco, recorriendo justo en una diagonal el valle de México.

Entonces, después de haber sido desecados en su mayor parte estos lagos, se urbanizaron con el pasar de los siglos. Esta situación bien conocida e implica que el subsuelo en muchas zonas urbanizadas de la metrópoli es blando. Es un subsuelo arcilloso que amplifica y alarga las ondas de los sismos, lo que hace que sean mucho más intensos que una zona firme y los vuele más peligrosos.

 

Ilustración 3: Localización de edificios afectados por el sismo del 19 de septiembre de 2017 y localización de la cuenca de los antiguos lagos del Valle de México (acercamiento)

 

Fuente: Elaborado con datos de REPSA (lagos) y  Google Maps (edificios).

 

A esto hay que agregarle, los acuíferos subterráneos, de los que se abastece de agua a parte la ciudad, se encuentran sobreexplotados. Al respecto, esta sobre explotación genera hundimientos de la ciudad, lo que altera el subsuelo y también causa diversos daños en edificaciones, lo que las hace más frágiles a los sismos.

Estas razones son solo una parte de la explicación del patrón de daños en edificaciones en la ciudad. Habrá que esperar tiempo para conocer todas las características de los edificios colapsados y dañados, así como el contexto en qué fueron construidos (como bajo corrupción), lo que contribuirán a explicar con detalles la actual tragedia y a prevenir que se repita algo así en el futuro.

Finalmente, el sismo nos recuerda de nueva cuenta la fragilidad de la Ciudad de México por haber sido construida sobre un lago y por la pésima administración del agua que se tiene. Paradójicamente, se sobreexplota el agua a la vez que se hunde la ciudad y hay escases del vital líquido, mientras que ante la primera lluvia severa, se inundan muchas zonas de la ciudad (como ha sucedido varias veces este año). Situación que se agravará en el futuro, aunque suene totalmente catastrófico, debido al cambio climático que generará mayor escases del agua e incrementará la intensidad de las precipitaciones en la metrópoli. Una ciudad que hoy es frágil ante sismos… y ante las lluvias, una ciudad proclive a las tragedias. Esto tiene que cambiar.

 

Salvador Medina Ramírez es economista con maestría en urbanismo.

Las primeras horas (segunda parte)

Condesa, 7:00 pm.

Empezaba la noche en la Condesa. No había luz en las calles, era demasiado peligroso restablecer el servicio debido a las fugas de gas. Tampoco había señal en los celulares. La colonia estaba aislada pero la gente seguía apareciendo. Hacían falta muchas lámparas pero resultaba difícil conseguirlas. Las tiendas habían cerrado hacía horas. Acaso por temor al saqueo, decidieron no compartir. Por la zona no se podía comprar ni un chicle.

Los centros de acopio se multiplicaban. En el parque México y en el España brotaba gente de todos lados, caminando, en moto, en coche, en bicicleta. El agua y la comida se desbordaba por momentos; resultaba crítico clasificarla.

Condesa, 8:00 pm.

En Veracruz y parque España se montó un centro de acopio desenfrenado. En una parte se descargaba la ayuda; en otra se cargaban vehículos de todo tipo. Cadenas humanas para uno y otro lado. Un área para medicinas, otra para leche, otras más para comida, mantas, material de limpieza. Se daba lo que se pedía. De pronto desaparecía una montaña de latas de atún, luego no había medicinas. Los vehículos de entrega se iban incompletos, en ocasiones ni se sabía a dónde. No había tiempo para preguntar. La gente actuaba por inercia. No podía ser de otra manera.

Condesa, 9:00 pm.

En Ámsterdam habría cientos de personas. Caminaban en la oscuridad, alumbrados por pequeñas lámparas. Formaban filas inmensas para sacar piedras a mano del edificio que hacía esquina con Laredo. Los pocos militares apostados cooperaban con la gente. La cadena humana parecía un acordeón, se encogía y alargaba para prepararse, pero el cascajo no llegaba o llegaba a cuentagotas. En medio corría gente con carritos de supermercado repletos de piedra. Cerca del edificio colapsado se instalaron lámparas de alto poder, dos camionetas entraron con cañones de luz inmensos. Diez metros más allá, casi tinieblas.

Un camión de volteo estaba siendo cargado al pie del edificio. Sobre Nuevo León, dos camiones más esperaban, vacíos. No sabían por dónde entrar y no querían meterse entre la gente porque estaba muy oscuro. Agarramos a uno de los choferes y lo guiamos. De pronto éramos “viene viene” en medio de la noche.

Condesa, 10:00 pm.

En Ámsterdam y Laredo la gente era tumulto. Cada tanto, el nuevo símbolo de la tragedia, la mano alzada con el puño cerrado, daba esperanzas. Silencio. El cascajo comenzó a fluir entre algunas manos que a veces no se veían entre sí. Era importante anunciar qué estaban pasando —varilla, piedra, ladrillo— para no causar un accidente.

Llegó gente que empezó a repartir comida entre los voluntarios. Sándwiches, tortas y pan dulce, algunos envueltos en servilletas, otros en papel celofán con notas de agradecimiento. Repartían café y agua. Muchos llevaban más de seis horas trabajando.

Condesa, 11:00 pm.

En una banca del parque tres personas leían la Biblia en voz baja. Otros fumaban en grupos; el gas, decían, no llegaba hasta ahí, o no nos importaba. Ya se sabe lo que el cigarro le hace a los nervios.

En las calles aledañas, caminar por cualquier parte era una temeridad. Era fácil tropezarse con algo, en cualquier momento podía colapsarse un edificio. Se empezaba a hablar del futuro, un enorme signo de interrogación. ¿Cuántos edificios afectados? ¿Cuántos inhabitables? ¿Cuánta gente sin casa y hasta cuándo? ¿Qué estaría pasando allá, fuera de la Condesa? ¿Cuándo llegarían más soldados? ¿Qué estarían haciendo las autoridades?

Condesa, 12:00 pm.

En algún momento regresó la luz. Fue un alivió y a la vez un mal augurio. Varios de los edificios que horas antes se veían rajados, ahora tenían cicatrices permanentes. La gente caminaba con maletas y computadoras, despidiéndose de su hogar. Dos o tres veladores se iban a quedar cuidando edificios vacíos, edificios fantasma. Uno de ellos dijo que se iba a dormir abajo del escritorio.

En algunas calles las banquetas parecían olas. En las jardineras del parque México había piedras tiradas al azar, piedras de todos los tamaños, ahí, acomodadas, como una absurda instalación de arte contemporáneo.

La señal también regresó y la gente se conectó frenéticamente a las redes. Tantos edificios destruidos, tantas personas rescatadas, tantos muertos. La escena de la Condesa se multiplicaba por todos lados.

En Ámsterdam y Laredo estaban a punto de sacar a alguien. Todos estábamos ahí y sin embargo nadie tenía cifras claras. Un militar habló de tres rescatados, una chava de cuatro o más.

El grupo de la Biblia seguía leyendo. Otras dos personas se habían unido, formando un pequeño coro. Se notaba el cansancio: gente empolvada, cubierta de sudor, se sobaba las manos y el cuerpo, sedienta. Muchos, a pesar de llevar horas haciendo algo, rechazaban el agua como un gesto de pudor frente a los que aún estaban ahí abajo. Llegaban los relevos.

La noche sería larga. A la Condesa, como al resto de la ciudad y del país, le esperaba un amanecer amargo.

 

César Blanco
Editor y traductor.

Las primeras horas (primera parte)

Condesa, 2:00 pm.

Avenida Mazatlán parecía una extraña kermés. Gente en pijama, oficinistas, vecinos, grupos con perros nerviosos, personas tratando de contactar a sus familiares, arrancando cualquier pedazo de información en las redes. Las líneas estaban colapsadas pero en los teléfonos comenzaban a gotear las primeras imágenes que parecían extraídas de una película de ciencia ficción: tomas desde rascacielos donde el horizonte aparecía salpicado de nubes de humo. Sonaban alarmas, helicópteros, los primeros indicios de la catástrofe. Olía a gas. La gente, sin embargo, parecía tranquila, aún no entendíamos nada.

En Durango había ya cientos de personas en movimiento. Tráfico. Nadie tocaba el claxon. Arriba y abajo de la banqueta, todos empezaban a moverse. Extrañamente, nadie fumaba. Padres aliviados que agarraban fuertemente a sus hijos, con uniforme escolar, trabajadores que pensaban cómo llegar a casa. Algo de cascajo. Sobre el camellón, un hombre cubierto con una manta blanca. Lo estaban atendiendo un grupo de paramédicos. Estaba a salvo. Afuera del el hospital Durango había camillas con enfermos, pacientes en silla de ruedas, viejitos atados a sus carritos de diálisis, esperando.

Sobre Lieja se proyectaba la sombra de los rascacielos de Reforma. Todo en pie. Un bolero escuchaba las primeras noticias en una radio vieja. El Estadio Azteca parecía tener daños graves. No estaba claro que se pudiera jugar el América-Cruz Azul.

Reforma era un río de gente. Los que no estaban tratando de usar su celular miraban hacia arriba, a la Torre Mayor, a la Torre Bancomer, como esperando que algo muy grave fuera a suceder. Un indigente se preguntaba a sí mismo si estaba bien. Todo en orden, carnal, todo bien, se contestó.

Anzures, 3:00 pm.

En Leibniz algunos edificios tenían los vidrios rotos, más cascajo. Muchas calles precintadas con cinta amarilla y roja. No había policías, ni bomberos, ni nada. ¿De dónde salía tanta cinta?

Cuauhtémoc, 3:00 pm.

En Río Ebro algunos edificios dañados. Entre el escombro de las recientes obras y el aplanado caído de muchos edificios no quedaba claro qué tan afectados estaban. No había luz y las llaves de paso estaban ya cerradas. En algunas casas se habían caído libreros, cuadros, copas. Los vecinos comenzaban a juntarse debajo de los departamentos; en un convivio fantasmal, compartían impresiones, recuentos de daños, las primeras anécdotas.

En Río Tíber, un camión de bomberos intentaba sacar a una persona atrapada en un décimo piso. Un buen puñado veía la maniobra, otros caminaban sobre la calle hacia Reforma. Se escuchaban comentarios de las primeras afectaciones graves: edificios caídos en la Condesa, en Buenavista, en el sur. Algunos empezaron a encaminarse hacia esos lugares.

Condesa, 4:00 pm.

Sobre Salamanca el daño era más grave. Vidrios rotos por todas partes, edificios deformes, semáforos en el piso. Grupos de voluntarios corriendo con palas, chalecos, cascos, víveres; camionetas de albañiles dispuestos a ayudar.

Un hombre joven pedía pilas a gritos. En su mochila traía arneses y equipo de salvamento. Había escuchado que una mujer estaba atrapada en un edificio e iba a entrar por ella. Solo.

El edificio de Álvaro Obregón parecía una postal macabra del 85. La gente se apiñaba para ayudar: diez civiles por cada militar o policía trepados sobre las ruinas, jalando escombro, solicitando comida, agua y medicamentos.

En la farmacia de Ámsterdam y Sonora las luces estaban apagadas y la puerta rota. Había ocho o diez personas adentro. Preguntamos quién despachaba, queríamos comprar lo que pudiéramos. Nadie de los que estaban ahí era empleado. Cuando me di cuenta, estábamos saqueando la farmacia. Llegaban grupos de gente a pedir paquetes de antibióticos, suero, analgésicos, gasa, guantes, cubre bocas, jeringas, insulina. Empezamos a organizarnos y clasificar medicinas. Pocos sabían de fórmulas o nombres científicos; por suerte, aparecieron dos enfermeras. Una hora después, en la farmacia solo quedaban chocolates y cigarros. Varios llegaron a pedir cosas para su casa: buscapina, algo para los cólicos menstruales, un edema. Se los despachamos.

Condesa, 5:00 pm.

No había datos, ni señal. Todo se sabía a voces. Todo había que verlo. Al adentrarse en la Condesa uno empezaba a dimensionar la magnitud de las cosas. Patrullas y coches semienterrados bajo el cascajo; postes a medio caer, piedras. Olor a gas por todas partes. Paranoia de explosiones. Las motos tenían que cruzar con el motor apagado.

 En Ámsterdam y Laredo, uno de puntos más negros de este día, cientos de personas empezaron a autogestionarse. Unos juntaban comida, otros estaban entre las ruinas. Extranjeros, socorristas, gente sola o en grupos. Llegaban con unas latas de atún entre las manos o con un carrito de súper lleno de cosas; aparecían con palas y picos. Pedían cubetas, muchas cubetas, para acarrear escombro. Entre los gritos, de pronto, el silencio. Si alguien levantaba la mano con el puño cerrado, significaba que estaban buscando voces sepultadas, algún indicio. Todos sostenían la respiración, se detenían por un momento; luego, otra ve a trabajar, a coordinar. La calle era como un gran pulmón al que le costaba respirar, pero que seguía con vida.

Condesa, 6:00 pm.

En el Parque México la gente acampaba y recopilaba cosas. Muchos de los edificios de la zona se habían convertido en tumbas inhabitables. Varios vecinos salían con maletas de los edificios, despidiéndose para siempre de sus casas. El daño era evidente. Nunca volverían a entrar.

Las cubetas se volvieron prioridad. En el edificio de La Princesa una vecina consiguió diez. Algunos arrancaban los botes de basura de los parques para usarlos. En el parque España llegaron dos camionetas de lujo cargadas de víveres. La gente hacía cadenas, empezaba a clasificar, aplaudía de vez en cuando. Veía con temor el Plaza Condesa: su fachada parecía un enorme lisiado.

La gente corría de un lado a otro, pero no desesperada, ni llorando. Todos querían hacer algo. Había polvo y basura por todos lados. Se hablaba de números, de gente enterrada, de rescatados, de quién sabe cuántos edificios en riesgo de colapso.

De pronto, la siguiente urgencia era conseguir lámparas. Faltaba poco para el anochecer y la colonia seguía sin luz. La Condesa estaba a punto de entrar en la penumbra.

Pero nadie estaba dispuesto a irse. Al contrario, las hordas de gente seguían llegando.

 

César Blanco
Editor y traductor.

19 de septiembre, una vez más

A las tres de la tarde Insurgentes era una vía peatonal. Los trenes del metrobús estaban detenidos. En la esquina con Sonora la gente se amontonaba para escuchar las instrucciones que dos hombres estaban gritando: “Por favor donen agua para los rescatistas; no importa que esté incompleta. Todo lo llevaremos a donde haga falta”. Algunos comenzaron a dejar sus botellas con agua en el piso y otros corrieron a las tiendas cercanas para comprar lo que estuviera a su alcance: un litro o seis. Jóvenes y adultos preguntaban cómo ayudar. “Súbanse a la camioneta. Vamos a remover escombros en Álvaro Obregón”.

Era el día en el que se cumplían 32 años de haber vivido un sismo catastrófico para la Ciudad de México, y las escenas de destrucción aparecían de nuevo, esta vez,  debido a un temblor de 7.1 grados.

En ese momento las hileras de caminantes eran más largas hacia el norte que hacia el sur. Los agentes de tránsito trataban de desviar a los pocos automóviles que circulaban para evitar cualquier accidente. Ellos mismos estaban confundidos, no sabían hacia qué dirección enviar a los preguntaban por los edificios derribados. “Hay varios en Viaducto. El primero está en Monterrey. Dé vuelta a la derecha”.

La caminata seguía. El celular pegado en la mano y en la oreja. Nada. Rostros de angustia por no saber de sus familiares o por no poder avisarles que estaban bien. Habitantes de sus edificios sentados en las puertas, esperando que alguien les autorizara entrar.

Al dar vuelta sobre Viaducto, el tránsito indicaba algo grave. No era el tráfico de la hora pico. Era distinto. Autos parados, sin saber hacia dónde moverse. Los semáforos no servían y varios jóvenes con cubrebocas se atravesaban solo pidiendo el alto con la mano. Eran voluntarios que querían mover escombros del edificio que se derrumbó sobre esa avenida casi esquina con Medellín.

Los jóvenes que aún traían mochilas con útiles o que portaban cascos de bicicleta para protegerse, al principio no pudieron ayudar porque la brigada de Protección Civil y los militares que ya estaba ahí, trataba de poner un poco de orden y distribuir la ayuda.

Uno de los voluntarios que estuvo en el lugar pocos minutos después del temblor, recordó: “Yo pasaba por aquí en mi bicicleta cuando vi que el edificio se había caído. La dejé en la orilla y me puse a mover piedras con las manos. Éramos muy pocos los que estábamos al principio”.

El relato de este voluntario se interrumpió por el grito de dolor de un adolescente que no se imaginaba el daño que había sufrido el edificio en el que vivía. Dos personas lo sostuvieron para que no se cayera y lo alejaron de la zona de desastre.

Los vecinos llegaban con agua, cubrebocas, cubetas, sándwich, papel higiénico, cobijas, galletas y preguntaban qué hacía falta.

Los voluntarios tuvieron que aprender a escuchar instrucciones: “Por favor fórmense en filas de diez en diez. Ya les indicaremos de qué forma ayudar”. Hubo quienes no pudieron esperar su turno en la fila y dieron la vuelta a la manzana para ayudar a quienes ya estaban cargando cubetas vacías o con cascajo. La mayoría eran jóvenes que no tenían en su cabeza el recuerdo del terremoto de 1985. O tal vez sus familiares les habían contado historias, pero nunca habían vivido algo así. Nunca habían removido piedras para salvar la vida de alguien.

Hubo momentos en los que era más la vitalidad de la ayuda que las posibilidades de desalojar los vestigios del edificio. Los camiones tardaban en llegar porque las calles cercanas estaban saturadas de automóviles.

Filas largas con hombres y mujeres menores de treinta años tratando de seguir las instrucciones de los marinos; sin embargo hubo momentos en que eran más los gritos que el movimiento. “Tomen distancia de un brazo con su vecino. No se amontonen porque no van a poder cargar rápido los escombros”.

Al caer la noche, todos traían el rostro, las manos y la ropa empolvados. Sudor y cansancio. No había lágrimas.

Después de seis horas eran incontables los momentos en los que se habían levantado los brazos con el puño cerrado. Se necesitaba silencio absoluto para poder escuchar a los sobrevivientes. Desafortunadamente, no fueron tantas las ocasiones en las que brotaba una oleada de aplausos como señal de que habían rescatado a una persona. Ese momento servía para inyectar fuerza en los jóvenes voluntarios, para sentir que era posible rescatar a las dos personas que estaban lanzando señales de vida desde las entrañas de esa montaña de concreto.

 

Kathya Millares.
Editora.