Es muy pronto para saber si estamos ante el fin de la epidemia de violencia que en estas mismas páginas hemos documentado, pero el siguiente estudio anuncia que a lo largo del país, en medio de la estela sangrienta dejada por Tlatlaya y Ayotzinapa, hay una disminución sostenida en los índices de criminalidad: las cifras que Eduardo Guerrero ofrece permiten señalar dos extremos del último lustro: 2011 como el año con mayor número de ejecuciones y 2014 como aquel en que se registró no sólo el menor índice de homicidios vinculados al crimen organizado, sino una baja considerable en delitos de alto impacto como el secuestro y la extorsión. La mala noticia es que los grupos criminales ocupan nuevos municipios donde la debilidad institucional podría llevar a la persistencia de hechos violentos.
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