El tercer camino1

El municipio de Tetecala, Morelos, está a 40 kilómetros de Cuernavaca y a 10 de la frontera con el estado de Guerrero. Tiene poco más de 7,500 habitantes y el 50% de ellos vive en la pobreza, según la Secretaría de Desarrollo Social. El 24% de las personas de Tetecala viven en casas sin servicios básicos y el 21% tiene carencias de acceso a la alimentación. En náhuatl, Tetecala quiere decir “lugar de casas de piedra”.

Cocula, Guerrero, es un municipio en peores condiciones que Tetecala. En Cocula, de aproximadamente 15,000 habitantes, el 70% de la población es pobre, el 41% vive sin servicios básicos en sus hogares y el 30% tiene problemas de acceso a la alimentación. En náhuatl, Cocula quiere decir “lugar de riñas o discordias”.

En ambos municipios se ha disparado la violencia en tiempos recientes: las tasas de homicidios en Tetecala y Cocula están muy por encima de la media nacional. En Tetecala hay cerca de 150 asesinatos por cada 100,000 personas, en Cocula cerca de 80. El promedio en México, según las cifras más recientes publicadas en nexos, es de 16.5.2

Es entre estos dos lugares que Felipe Rodríguez Salgado, conocido en la prensa como “El Cepillo” y por sus amigos como “El Terco”, ha pasado la mayor parte de su vida. Entre la miseria y la violencia.

Rodríguez, detenido el 16 de enero de 2015, es acusado de ser el último eslabón de una cadena siniestra: aquel que supervisó la quema de 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos la noche del 26 de septiembre. El cargo en su contra es de secuestro agravado, y en caso de ser declarado culpable podría ser sentenciado hasta 140 años en prisión por cada víctima, 6,020 años en total.3

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Felipe Rodríguez se mudó de Tetecala a Cocula en la infancia. En Cocula cursó secundaria y preparatoria, aunque tiene un nivel de lectura deficiente. Cuando se le pide que lea la información de un documento, lo hace con mucha dificultad y dice que “no sabe leer”. Eso sí, tiene un perfil en redes sociales.

En Cocula hay poco trabajo; los caminos se reducen casi a tres. Estudiar para convertirse en maestro –como la esposa de Rodríguez, que da clases de secundaria en un pueblo cercano a Chilpancingo–, irse a Estados Unidos –como su hermano, que vive en Iowa– o convertirse en miembro de un cártel –como él–.

Su hermano se fue hace unos años, cuando La Familia Michoacana controlaba el municipio. Las autoridades locales se hacían de la vista gorda, y la única ley que reinaba era la que impartía Nazario “El Chayo” Moreno.

El hermano de Rodríguez se peleó con alguien que estaba conectado. Huyó al día siguiente con el poco dinero que tenía, y llegó a la frontera. Al tiempo que intentaba cruzar, los sicarios de La Familia tocaban la puerta de su casa. Rodríguez recuerda que le dejaron un mensaje: si regresaba a Cocula lo iban a matar.

Entre la falta de trabajo y la amenaza de La Familia, Rodríguez aceptó la oferta que le hizo un compañero de secundaria, Patricio “El Pato” Reyes: Los Guerreros Unidos, un nuevo cártel, iban a recuperar la plaza. Los Guerreros, que antes fungían como brazo armado de los hermanos Beltrán Leyva, se habían fortalecido tras la muerte de Arturo “El Barbas” Beltrán en 2009. Ahora buscaban controlar la distribución de opio y metanfetaminas en la zona. Pero al oeste estaba La Familia, y al norte y al este Los Rojos, con quienes habían trabajado bajo los Beltrán. “Yo acepté porque querían matar a mi hermano”, dice. Los Rojos y Los Guerreros Unidos han estado en guerra abierta desde entonces.

Rodríguez empezó desde abajo, como halcón. El sueldo era de 5,000 pesos al mes, pero no tenía que hacer mucho para ganárselos: pararse diario en una esquina de Cocula con un radio y reportar si sucedía algo extraño. Ni pistola portaba.

En el pueblo había entre seis y ocho halcones. Ya no recuerda a todos, aunque no ha pasado ni un lustro desde esos tiempos. Habla de “El Kikis”, “que ya no está”, y de “El Duvalín” y “El Wereke”, quienes todavía son parte de Los Guerreros, y de hecho están acusados por la Procuraduría General de la República de haber participado en los hechos del 26 de septiembre.4

Le pagaban en efectivo, era parte de “la nómina”, como él dice. “El Pato” repartía el dinero entre los halcones, cuya labor era estar atentos por si alguien de La Familia se aparecía.

Se le pregunta a Rodríguez quiénes son ellos, qué es La Familia, qué los distingue de Los Guerreros. “La Familia robaba camiones de coca [Coca-Cola], se llevaba a niños, extorsionaba y secuestraba”, relata. “Los Guerreros siempre quisimos hacer las cosas bien”, dice. “Nunca nos dieron órdenes de pasarnos de lanza; matamos a puro culpable, nunca a ningún inocente”.

Tradicionalmente, el concepto de “narco cultura”, desarrollado –entre otros lugares– en el documental del mismo nombre, dirigido por Shaul Schwartz (2013), exalta el papel del narco en la sociedad. La riqueza, opulencia, las armas son objeto de orgullo criminal y del ideal de aquellos que quieren emularlos. La vida en el cártel es una forma de salir de la pobreza y de ser “alguien” en la comunidad.

En Narco Cultura, Schwartz sigue la carrera de Edgar Quintero, un Mexican-American, vocalista del grupo Buknas de Culiacán. Quintero, que vive en California, escribe canciones por encargo (narcocorridos) para las células locales de Estados Unidos. Le pagan en cash y le dicen qué escribir. Los exalta. Cada muerte es un triunfo.

En sus conciertos sale al escenario con un cuerno de chivo en la espalda, y los balazos se escuchan al iniciar la canción. La gente la corea de memoria. Los narcocorridos son himnos. (De hecho, uno de los productores detrás de la música de los Buknas dice que van camino a ser el próximo hip hop en términos de popularidad.)

Quintero viene a México y ve la opulencia de primera mano. Pistea en reverencia frente a la tumba de un narco, un mausoleo en uno de los cementerios de Culiacán. El fin de una vida corta es el recuerdo eterno a través de las propiedades. Para algunos la meta es ser el muerto más rico del panteón.

Los Buknas son sólo unos de tantos grupos que participan en la romantización del narcotráfico. También son criticados porque escriben desde afuera, sin conocimiento real de lo que idealizan. Quintero, hasta el viaje que realizó durante el rodaje del documental, casi no había puesto pie en México y menos en Sinaloa, en parte, irónicamente, por su seguridad.

Los narcotraficantes pueden ser vistos, como dice Eric Hobsbawm en su clásico Bandidos, como aquellos “inmóviles” en la estructura de clases, cuya salida de lo más bajo y su ascenso se encuentra en la ilegalidad y el dinero fácil.

No obstante, la realidad puede ser muy distinta a la que pintan Los Buknas. Así como hay quienes llegan a líderes y se hacen millonarios, también están los miles soldados de a pie como Rodríguez, cuyo sueldo mensual y lugar en el organigrama de Los Guerreros lo convierte en alguien de medio pelo.

A la par de la imagen externa, utilizada para resaltar el poderío y la idea de “respeto” del cártel y del narco –como individuo– dentro de la comunidad, está el código interno: para algunos no se trata de matar por matar, sostienen, sino de la defensa “de los suyos” frente a los otros. Es el caso de La Familia Michoacana y después de Los Caballeros Templarios, que repartían panfletos con su “código” en el territorio que controlaban. En El Código de los Caballeros, por ejemplo, se resaltaba una promesa que incluía las siguientes frases: “Juro y prometo combatir siempre en protección del oprimido […] Juro combatir la injusticia y socorrer a mi prójimo…”.5

Rodríguez enfatiza que, cuando se daban cuenta de que uno de los detenidos por Los Guerreros Unidos era inocente “nos disculpábamos y le invitábamos una cerveza”; pero la “justicia” narca puede ser extrema: en una especie de cultura torcida de la legalidad, el cártel de Los Guerreros Unidos es capaz, según lo dicho por varios de sus integrantes, de mutilar, torturar y matar sin mayor miramiento.

A los pocos meses, entre las muertes de sus compañeros y las deserciones, Rodríguez fue promovido. Pasó de ser halcón a “tirador”. Su sueldo subió 200%. Ahora ganaba 15,000 pesos al mes. Compró gallos de pelea.

Pero para ser tirador primero tenía que aprender. Su maestro, dice, fue “El Chuky”.6 Primero con una pistola nueve milímetros y después con un cuerno de chivo. Aunque agrega, seco, “nunca he matado a personas”.

Como lo relata, su trabajo era similar al de un supervisor en una empresa. Él “cuidaba a los chavos” (a los halcones), y les distribuía la nómina: $90,000 al mes, también en efectivo. “El Pato” ya no era su jefe, sino su empleado.

Los fines de semana, Los Guerreros Unidos jugaban futbol en las canchas locales de Cocula. Tenían su propia liga y varios equipos. Rodríguez dice que se lastimó la rodilla en uno de los partidos. Nadie lo atendió y nunca quedó bien. Hasta la fecha cojea al caminar.

Rodríguez se casó en 2014, y tuvo una hija al poco tiempo. Su esposa, originaria de Cocula, no vivía ahí. Es maestra de secundaria en un poblado cercano a Chilpancingo. Se veían sólo los sábados, ella viajaba en la mañana a Cocula y se regresaba al otro pueblo esa misma noche. Rodríguez se queda callado cuando se le pregunta qué opinaba ella de su trabajo.

Le dicen que si sabe por qué fue detenido. “Por los ayotzinapos”, responde, enojado. Comienza a narrar lo sucedido “un jueves”, dice. No recuerda la fecha exacta. “Tiene como cuatro meses”.

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Cuando Los Guerreros Unidos expulsaron a La Familia, Los Rojos fueron los siguientes en intentar tomar el control del norte guerrerense. Ya eran dueños de Morelos, pero les faltaba la entrada a la zona más importante: la Sierra, donde se cultiva opio.

Para Rodríguez, Los Rojos y La Familia eran idénticos. Nada los diferenciaba. “Los Rojos secuestran, extorsionan, violan”, dice. Elabora un poco: “son un cártel que está entre Chilpo [Chilpancingo] y Chilapa”. Dice que después del 26 de septiembre aprendió que su líder era alguien a quien le dicen “El Carrete”, pero no agrega más.

Ese jueves por la tarde, recuerda, “estaba pisteando” con “El Chereje”, “El Wereke” y “El Wasa”, cuando les llegó una llamada de “El Fercho”, uno de los ayudantes de Gildardo “El Cabo Gil” López, a quien se le acusa de ser el jefe de plaza de Los Guerreros. “El Fercho” le dijo a Rodríguez por teléfono que le iban a entregar “unos paquetes”, o unos detenidos, parte de “los contras”, Los Rojos.7

Rodríguez, después de torturar a los estudiantes, le dijo a “El Pato” que les “diera piso”. Narra el recuerdo de la orden con total tranquilidad.

El resto de la historia ha sido repetido a suficiencia.

Al día siguiente del basurero, y ya que Los Guerreros habían cumplido su misión, Rodríguez fue a avisarle a “El Cabo Gil” y a César Nava lo que habían hecho. Después regresó a su casa a dormir. Su esposa no estaba, era viernes. Fue la última vez que durmió en Cocula. La policía estatal llegó pronto y la zona se convirtió en un hervidero. Cada quién escapó por donde pudo. Rodríguez habló con “El Wereke” y los dos se fueron hacia Cuernavaca. Traía 5,000 pesos, sus ahorros.

En Cuernavaca se juntaron con “El Piquetes”, un conocido de “El Wereke” que también iba para el norte. Cada quién pagó 1,900 pesos y se subieron a un autobús hacia Ciudad Acuña, en la frontera entre Coahuila y Estados Unidos. Allá se pusieron en contacto con un pollero. Rodríguez le marcó a su hermano en Iowa, que trabajaba de vaquero. Ése era su destino final.

El pollero los botó a la mitad del desierto, y los tres tuvieron que caminar el resto del viaje. Pero algo pasó: aunque “El Wereke” y “El Piquetes” traían buen paso, Rodríguez se fue rezagando. La rodilla se le “llenó de agua”, relata. Ya no podía avanzar.

Rodríguez se quedó varado, hasta que fue recogido por una camioneta de la Border Patrol.

Pasó los siguientes 15 días en un centro de detención; después fue deportado y terminó en Caborca, a miles de kilómetros de donde había cruzado. Ya no volvió a saber del “El Wereke” y “El Piquetes”, si lograron seguir, si los detuvo la migra o si no sobrevivieron.

Desde Caborca le marcó a su hermano para avisarle que lo habían regresado. El hermano le envió 3,000 pesos, y con eso viajó a la Ciudad de México. Ahí se quedó con el amigo de un amigo, a quien conocía a través de las peleas de gallos. Estuvo “unos días” y después se fue a Jiutepec, a unos cien kilómetros de Cocula.

Miles de federales lo buscaban, las protestas por la desaparición de los 43 normalistas se expandían por todo el país y Felipe “El Terco” Rodríguez regresó a las trincheras como si nada hubiera sucedido.

 

Esteban Illades
Editor en nexos.


1 Este texto se basa en una entrevista a Felipe Rodríguez Salgado realizada la tercera semana de enero de 2015 por peritos en psicología.

2 Ver Guerrero, Eduardo, “¿Bajó la violencia?”, nexos, febrero 2015.

3 Según la Ley General para prevenir y sancionar los delitos en materia de secuestro, el secuestro con agravante –establecido en el artículo 11– sucede cuando la persona secuestrada “es privada de la vida por los autores o partícipes de los mismos”.

4 Ambos están prófugos.

5 Un fragmento del código puede ser consultado aquí.

6 “El Chuky”, cuyo nombre se desconoce hasta el momento, es señalado por las autoridades federales como uno de los enlaces de Los Guerreros Unidos con la policía de Iguala y Cocula. Actualmente está prófugo.

7 A la fecha sigue sin quedar claro por qué Los Guerreros Unidos pensaron que los estudiantes eran miembros de Los Rojos.

 

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