La autobiografía es un vicio solitario, aunque de haberlos los hay mejores y de menos complicada ejecución. Porque es la aventura entre la memoria, la evidencia, la verdad, la imaginación, el olvido y la autocensura; no se le puede exigir ni verdad, ni exactitud; ni piedad ni humildad. La autobiografía es un género tan entre historia y literatura que a veces es historia o es literatura sin siquiera cargar con orgullo el nombre de autobiografía. Hasta mediados del siglo XIX hubo exponentes del género que no parecían autobiógrafos: la historia de don Bernal Díaz del Castillo quería ser verdadera por ser autobiográfica, y lo de Chateaubriand, de Rousseau o del marqués de Sade era literatura por ser autobiografía. Y la novela, ya se sabe, antes era ficción con dejos de autobiografía, pero lleva décadas que no es más que autobiografía con dejos de ficción. No puedo comprobarlo, pero creo que la manía autobiográfica adquirió velocidad en la segunda mitad del siglo XIX, al menos en las lenguas europeas, y anda como un tren descarrilado a lo largo del XX y XXI.

No teniendo vida que contar, quiero dejar fluir la autobiografía de una sospecha que por un tiempo fue mía y que al contar su vida la doy por muerta. Trato, pues, la vida efímera de una sospecha, una pregunta, que hace tiempo me asaltó a raíz de la lectura de autobiografía de historiadores y de mis conversaciones con dos historiadores: Friedrich Katz y Jean Meyer. La muy endina de mi sospecha nació con cara de gran Tractus, y murió joven y en mí, de obviedad y, también, de nostálgica resignación: mi biografía se autoimagina gracias a, y contiene, las buenas autobiografías que he leído o que he escuchado.

En fin, al nacer, la sospecha era así: cuando el autobiógrafo es historiador o historiadora, la cosa debe ser muy singular; ergo, hay que caracterizar la autobiografía de historiador como un género en sí y describir sus peculiaridades porque quien se dio a reconstruir pasados y decide reconstruir el suyo es agente de una autobiografía mayor, la de la historia misma —Clío inspirando a Clío—. Esto debe ser, sustentaba mi sospecha, un ejercicio similar al de un neurocientífico, ante el espejo, metiéndose el escalpelo entre el cerebro y el cerebelo, microscopio construido para ver bicho, bicho amaestrado para construir microscopio. Y así comenzó su vida, quiero decir, la sospecha.

03-clio

De bebé, la sospecha era emocionante, la imaginaba como un termómetro fiable para medir y entender la imaginación histórica. La emoción nació de leer a Henry Adams y fue creciendo en Chicago en mis conversas con Katz —charlas de pura y llana autobiografía—. Me duró algunos años la sospecha y comenzó a caminar o a hacerme caminar. Me llevó a localizar más de 300 autobiografías de historiadores y a leer muchas de ellas, y así empezaron los problemas: si una de esas autobiografías hacía ver a mi sospecha ya muy muchacha, muy madura, la lectura de cinco o seis más me hacía dudar de su propia existencia. Descubrí que muchos de los historiadores que yo admiraba habían escrito y, más importante, habían publicado apuntes autobiográficos.

Relatar los detalles de estas lecturas sería aburrir con el titipuchal de fotos fijas de mis viajes entre libros y bibliotecas con la consabida sospecha en la cabeza: que si las 100 o 300 fotos del momento en que el historiador o historiadora descubre la vocación, que las múltiples y cansinas imágenes de la politiquería académica, que las fotos del historiador ante su librero y sus lecturas, que las imágenes de los enemigos pasados por las armas de la memoria del historiador, el cual, como cualquier mortal, no perdona. En fin, una “güeva”.

Pero no bien lo digo ya tengo en mente la megalomanía —deliciosa— de Edward Gibbon que es la autograndeza a manera de optimismo desmedido sobre las posibilidades de conocer el pasado. Es decir, para mi sospecha, Gibbon no revelaba mucho sobre qué significa el autopasado a la luz de haber escrito una de las historias más vendidas en más de dos siglos The History of the Decline and Fall of the Roman Empire (1776-1788). Ego y vanagloria, nada más —“… every man who rises above the common level has received two educations: the first from his teachers; the second, more personal and important, from himself”—. Y como él varios, de ahí que la musa Clío que imaginara Charles Peguy en 1909 concluyera, “arrastrada por el ejemplo [de los historiadores]”: “yo también accedo en juzgarme una persona muy ingeniosa”. Delirios de autobiografía que así como salen del historiador pueden venir del novelista o del banquero o del político memorioso.

Aunque dije que no lo haría, cómo no detenerme en una de las mejores autobiografías de historiadores, biografía de una era, la de Henry Adams —The Education of Henry Adams (edición póstuma, 1918)—. Mi núbil sospecha vivió de este libro por mucho tiempo, él fue el padrino y el sustento de mi sospecha, una autobiografía de historiador cual un “un-Gibbon act”. He ahí la lucidez de la melancolía, la anatomía forense de una era, The Gilded Age, removiendo su pátina de grandeza a través de la vida, en tercera persona, de un fracaso: Henry Adams. Imagine el lector a mi sospecha intelectual, tan ávida de sustento, leyendo a aquel patricio que utiliza la autobiografía para declarar el fraude: él y su era. Su salvación: la honestidad de reconocerlo, pero su era queda irredenta. Un nieto y bisnieto de presidentes que acabó viviendo una vida insignificante en un engaño de gran República, despojada como estaba de las glorias y esperanzas de sus antepasados, una nación que “stood alone in history for its ignorance of the past”. Y en Adams mi sospecha escuchó esta confesión como si ante el altar: el pasado, la vida, escapan al conocimiento: “The sequence of men led to nothing and that the sequence of their society could lead no further, while the mere sequence of time was artifical, and the sequence of thought was chaos”. En verdad, ahora que escribo su vida, creo que mi sospecha fue poca cosa más que una alargada lectura de The Education of Henry Adams.

La sospecha perseveró, leí más autobiografías de historiadores y recordarlas produce incontinencia en la memoria. Suelto algo más. Lúcidos historiadores contaron sus vidas cual trasunto trágico y metodológico del arte de Clío, como Benedetto Croce cuya autobiografía tiene un principio tristemente memorable: el terremoto de 1883 en la isla de Isquia. Ahí, Croce pierde a su padre, a su madre y a su hermana. Su autobiografía acaba siendo la de la imaginación histórica —cómo y por qué imagina el historiador—, y en otro texto autobiográfico Croce cuenta la vida de su imaginación conjeturando un ficticio encuentro con el viejo Hegel. Hace las paces con el filósofo alemán y de paso articulo lo que mi sospecha esperaba que dijera un historiador de su propia vida, algo así como un collage entre una entrevista a Clío y un destilado de lo esencial de una época. Pero los apuntes autobiográficos de Croce no cumplen del todo esto último porque están escritos antes de la llegada del fascismo y de las décadas terribles que vivió alguien que nació en 1866, poco antes del fin definitivo de la unidad italiana, y murió en 1952, después de la derrota del fascismo y de Italia. Cosa que sí hizo —quiero decir, así como entrevistar a Clío y sus manías y dar sentido de época— Marc Bloch en su Apologie pour l’histoire, verdadera autobiografía al encuentro de la historia y del historiador: “L’histoire, à condition de renoncer elle-même à ses faux airs d’archange, doit nous aider à guérir ce travers. Elle est une vaste expérience des variétés humaines, une longue rencontre des hommes. La vie, comme la science, a tout à gagner à ce que cette rencontre soit fraternelle”.

Con estas lecturas mi sospecha parecía sana, cachetona, cierta; andaba tras de algo serio. ¿Qué?, no sé, pero algo que tenía que ver con la arquitectura neuronal del pasado y me topaba una y otra vez con la sabiduría poética de algunos historiadores autobiógrafos que retrataban un tema historiográfico, no sé, la esclavitud, a través de lo humano personal y de la despersonalidad de la humanidad, como los fragmentos autobiográficos del historiador estadunidense, descendiente de esclavos, W. E. B. DuBois —The Soul of Black Folk (1903)—. Ya sé que hace párrafos debí dejar la retahíla de fotos del viaje con mi sospecha, ¿pero cómo no citar a DuBois ante la historia y ante su hijo muerto? Esto hay que leerlo:

Within the Veil was he born, said I; and there within shall he live —a Negro and a Negro’s son. Holding in that little head —ah, bitterly!— the unbowed pride of a hunted race, clinging with that tiny dimpled hand —ah, wearily!— to a hope not hopeless but unhopeful, and seeing with those bright wondering eyes that peer into my soul a land whose freedom is to us a mockery and whose liberty is a lie, I saw the shadow of the Veil as it passed over my baby, I saw the cold city towering above the blood-red land.

Además, por unos años dos o tres veces al mes comía con Friedrich Katz y no costaba nada ver el funcionamiento de autobiografía y concepción de la historia, así con cualquier excusa (algo sobre Israel, algo sobre la guerra civil española, sobre el cardenismo, sobre literatura alemana). Katz siempre unía la autobiografía a la historia, no sé qué mandaba sobre qué, lo que sé es que siempre terminaba yo con: “eso lo tiene que contar maestro, escriba su autobiografía”.

03-friedrich-katz

Ya debí haber parado las anécdotas, pero qué es la vida, de cualquiera o de una sospecha, si no una colección de anécdotas. Va otra: mi sospecha se nutrió, por supuesto, de los Essais d’ego-histoire (1987) donde variopintamente enfrentan a la memoria y al oficio, pasado y vida, Maurice Agulhon, Pierre Chaunu, Georges Duby, Raoul Girardet, Jacques Le Goff, Michelle Perrot y René Rémond. También fue deleite de mi sospecha Visions of History (1983), aunque sin darse cuenta mi sospecha iba muriendo al leer lo ejercicios autobiográficos de E. P. Thompson, N. Zemon Davis y John Womack. Porque eran entrevistas y ensayos reveladores, sí, de una escuela de historiografía, pero como quien lee las autobiografías de los del Sylicon Valley o de los críticos literarios de los años treinta. Nada especialmente revelador sobre historiador y autobiografía. Y claro, mi sospecha hizo su agosto con la versión mexicana de Essais d’ego-histoire, Egohistorias, editada por Jean Meyer, donde se guardan los pocos escritos autobiográficos de historiadores tan importantes para mí como Edmundo O’Gorman, Luis González o Alfredo López Austin —también de jugo variado, algunos son currículos en prosa—. Además, tristemente Egohistorias no incluía nada autobiográfico del editor, de Jean Meyer, mi otro interlocutor con el cual mi sospecha viajó a recónditos encuentros con mis pueblos de Michoacán o con el París de los sesenta, o con los recuerdos de un profesor de historia, el padre de Meyer, entre Alsacia y La Provance, entre la guerra y la posguerra, o con las pláticas de vida y oficio que yo nunca escuché de Luis González o de Ferdinand Braudel o François Chevalier.

Aquí algunos últimos favoritos de mi sospecha, antes de proceder a su obituario: la autobiografía de Inga Clendinnen, memorias de la vida de la historia, del método de la vida, imaginación histórica si la ha habido (Tiger’s Eye, 2001); las autobiografías, as it were, “epocales” de dos distintas edades de la esperanza, la de Eric Hobsbawm y la de Toni Jud; autoanatomías de una esperanza que prueban, decía William Hazlitt, que “The season of hope has an end; but the remembrance of it is left. The past still lives in the memory of those who have leisure to look back upon the way that they have trod, and can from it ‘catch-glimpses that may make them less forlorn”. Mi sospecha también engordó y empezó a enfermarse con la autobiografía de la profesión en Estados Unidos, la que escribió Peter Novick (That Noble Dream, 1989). Y luego la nutrieron las autobiografías de Tulio Halperín (apuntes sabrosos de un sabio que iba para químico y acabó historiando en el medio del peronismo), Nicolás Sánchez Albornoz (el escape de película de El Valle de los Caídos y la llegada a Argentina y a Nueva York con el raro oficio de historiador económico), Boris Fausto (memorias de un historiador de domingo) o la de Luis Valcárcel (el historiador como autobiógrafo costumbrista, sabor y color de Cuzco).

Mi sospecha acumuló decepciones en las muchas desabridas autobiografías de historiadores. Son recuerdos, sí, pero como los de cualquiera, algunos sin mayor consecuencia —por ejemplo, la autobiografía de Robin George Collingwood o las muchas autobiografías de historiadores estadunidenses que han padecido la fiebre memoriosa a partir de la década de 1990—. Porque la autobiografía académica ahora es todo un género, muy cercano a la novela campus: chismes de corredor de universidad, sexo, carrerismo, egocentrismo. Son memorias ya pensadas dentro de la hinchazón nemotécnica postHolocausto, postgiro lingüístico y post todo lo demás, que han sacado de proporción el tamaño del yo in the larger scheme of things. Podrían ser memorias de vendedores o de cocineros. Y eso, que ante tanta evidencia de nada, mi sospecha flaqueó, no encontraba nada sobre cómo piensan la vida y la historia los del vicio y oficio de Clío.

México, claro, tuvo que pasar por el filtro de mi sospecha, la cual se regodeó en algunos apuntes de Vicente Riva Palacio, partes del Ulises criollo, la autobiografía de Cosío Villegas (testimonio interesantísimo, pero nada de profundidades ni filosóficas ni personales) y los apuntes autobiográficos recolectados por Jean Meyer. En González y O’Gorman encontré algo que inspiró bastardos productos de mi sospecha, cosas sobre vida, imaginación histórica y formación de un estilo para contar la historia. Sobre eso escribí, pero mi sospecha, ¡ay¡, siguió muriendo.

También mi preocupación tuvo que considerar al latinoamericanismo, sobre todo estadunidense, pero encontró poco, fuera de los apuntes de Womack. Mis maestros virtuales, Richard Morse, Irving Leonard, Charles Gibson, David Brading, Jean Meyer, Charles Hale, Alan Knight o Friedrich Katz no escribieron autobiografía. Claro, mi sospecha, pertinaz, se dio a encontrar qué tanto de autobiográfico había en sus obras: el populista de Oklahoma, Womack, y su Zapata; el exiliado austriaco hijo de un populista y comunista que escribió novelas en yiddish y alemán sobre rebeliones campesinas en el este de Europa, Katz y su héroe popular Villa; el cultísimo Morse, mujeriego empedernido, fascinado por la erudición y la promiscuidad hispánicas y lusitanas; el liberal puro a l’américaine, Hale, disecando el liberalismo mexicano; o los pensadores católicos, Brading y Meyer, y sus Guadalupes y cristeros.

Y caí en la cuenta: no existe un subgénero lúcido de la autobiografía, la de historiador; es sólo que hay vidas que merecen contarse porque son una resonancia magnética de dos cosas: de una etapa de la imaginación histórica colectiva y de un periodo de la historia de la humanidad. La lección de Henry Adams, vamos.

 

Murió mi sospecha a la víspera, cuando no bien había logrado existir como verdadera idea. En efecto, creo que no hay nada de especial en la autobiografía de historiadores; los hay buenos y malos autobiógrafos, como entre los políticos o entre los científicos. Lo vital es una vida contable y una capacidad de contarla. Esta es la obviedad que mató a mi sospecha. Además, en su afán, mi sospecha descubrió que ya era ella todo un tema; que ya Jeremy D. Popkin había escrito History, Historian, and Autobigraphy (2005), aunque ajeno (como es de ley) al mundo de habla hispana y portuguesa pero al menos al tanto de la historiografía francesa y alemana (Friedrich Meinecken sobre todo) además de lo consabida consideración de la historiografía inglesa y estadounidense —nada de la autobiografía de historiadores de la India que han escrito en inglés, como la excelente autobiografía de uno que quiso ser historiador Nirad C. Chaudri, The Autobiography of an Unknown Indian (1951)—. Popkin mostró que mi sospecha sólo daba para una obviedad, que los historiadores autobiógrafos hablan de cómo se hicieron historiadores, de sus lecturas, de sus amigos y enemigos, raramente de su concepción de la historia como vida y oficio al alimón. También descubrí que Jaume Aurell había tratado el tema de la historia y autobiografía en artículos y recopilaciones de memorias de historiadores ingleses y estadunidenses de España. Pero mi sospecha no murió la muerte violenta de “el tema ya está tratado”. No, ya lo dije, mi sospecha murió de obviedad. Lo que comprobé es que mi sospecha, la del neurocientífico ante el espejo con la imagen de su propio cerebro, no era tema conocible. ¿Qué de la vida del historiador explica su imaginación histórica? Todo y nada. ¿Cómo la disciplinada imaginación histórica dota de sentido a nuestras vidas? No hay manera de saberlo.

Llegado a este punto, claro, le pude haber dado respiración artificial a mi sospecha, con inyecciones de Henri Bergson, Paul Ricoeur, Hyden White, sus vitaminas de Jacques Derrida y Giorgio Agamben, así, haciendo de sapo príncipe como si para el SNI. Pero no había caso, mi sospecha estaba moribunda y cuando las sospechas enferman la eutanasia es la compasión que les debemos, no a ellas, sino a nosotros.

 

Murió mi conceptuosa sospecha, pero quedó algo: la capacidad de distinguir en el aire el aroma de autobiografía, de historia y vida trascendentes listas para ser contadas. Si Chadri, como Vasconcelos, fue el “wanabe” historiador que acabó siendo autobiógrafo genial, ¿qué hay de los que han sido grandes historiadores pero ante todo vidas memorables, autobiografías en potencia deslizada en cada plática, paréntesis, comentario, fuente? Todos hemos encontrado personajes que en sus conversas nos han hablado de una vida, de una perspectiva, que de ya se revela una gran autobiografía no escrita. Pero soy historiador, y he andado en estos mundillos por mucho tiempo, por ello sucede que me he topado con colegas que me han dejado sediento de sus autobiografías, como si la historia que quisiera leerles es la de sus vidas. Friedrich Katz, así, estuvo al principio y fin de mi sospecha.

Ya no creo que entre historiador y autobiografía haya algo esencial filosófico o historiográfico; ahora sólo creo que la vida nos deja pocas oportunidades de conocer gente cuyas autobiografías serían un necesario complemento para nuestras anodinas vidas. Katz fue uno de esos pocos que quedaban con el sentido y el peso de una época de la historia de Occidente. Me dijo que escribiría su autobiografía, pero en inglés, para su nietos. No sé si lo hizo.

Quiero regresar a la metáfora original con que nació mi sospecha, la del neurocientífico pero a coro con mis recuerdos de Katz y sus pláticas. Porque sucede que hay dos vidas paralelas, una que leí y otra que oí, que son cual cápsulas que, si se pudiera, podrían dejar leer u oír a los del futuro qué tan agridulce y terroso nos sabía el siglo XX. La no existente o no publicada autobiografía de Katz, pues, se me juntó con la lectura de una gran autobiografía, no de historiador, sino de un neurocientífico, Eric Kandel, dos años menor que Katz, también judío austriaco, también sabio en la ingeniería de la memoria y con una autobiografía publicada: In Search of Memory: The Emergence of a New Science of Mind (2006) —existe edición castellana de la editorial, ¡vaya coincidencia!, Katz.

03-eric-kandel

En efecto, se trata de la metáfora que inició mi antigua sospecha, pero no como metáfora sino como realidad. Un experto en el cerebro, en la memoria, que repara en la suya. Katz era el historiador que por contar historia me hacía sentir su vida; Kandel es el científico que al explicarme cómo funciona mi memoria me recuerda todo el peso el siglo XX, la autobiografía de una ciencia, de una vida, de una era. Inicia no con una idea, ni siquiera con los recuerdos de una vida intensa, la de un judío nacido en 1929 y crecido en Austria. No. Inicia con otra autobiografía, la de Santiago Ramón y Cajal y no con el qué de la memoria sino con el porqué de la memoria. Por cierto, acaso mi sospecha, ya muerta, debiera resucitar con otro presupuesto: autobiografía y neurocientíficos, porque son notables los relatos autobiográficos de don Santiago, los de Kandel, los de Oliver Sacks o los de Rita Levi-Montalcini.

Katz y Kandel pudieron encontrarse en las calles de Viena, donde los padres de Kandel tenían una juguetería. Katz —se lo pregunté— recordaba la juguetería. Pero por distintos caminos Kandel y Katz huyeron, uno se hizo científico en Nueva York, ganó el Premio Nobel en el 2000, renegó, como Katz, de la falta de desnazificación de la tierra tolerante que ambos añoraban por familia, el imperio austrohúngaro. Otro Katz, otro Kandel, Stefan Zweig, escribió al final de sus días que la era antes de la Segunda Guerra Mundial le parecía una era dorada, aunque sabía todo aquello Traumschloss (castillo de sueños), pero no obstante algo de todo eso en ellos: “fue una fantasía maravillosa y noble… y a pesar de mi desencanto posterior, todavía hay algo en mí que ensimismadamente me previene de abandonar aquello del todo”.

Katz viró en el enamorado de México, el agradecido de México, el austriaco, el American Professor y, ante todo, como él dijera alguna vez en sus memorias no escritas, “uno de esos sin patria real, de esos que huyeron”. Un día le regalé a Katz el libro de Kandel, no lo conocía, le dije que era una invitación a su autobiografía, quedamos en discutirlo. Ya no hubo vida.

Kandel y su familia huyeron a Estados Unidos en 1938. Los Katz migraron a Berlín, capital del mundo de habla alemana antes de la llegada de Adolf Hitler al poder. Como para millones de judíos o comunistas, la subida al poder del nacional-socialismo significó para los Katz la constante huida: Francia, Estados Unidos y México, donde Friedrich Katz prosiguió sus estudios en el Liceo Francés —no podía ir al Colegio Alemán, contaba, porque estaba lleno de nazis, y en el Liceo, aunque hablaba el francés, le costaba socializar con la aristocracia de los Barcelonets, eso contaba, él que se sentía un judío totalmente asimilado, de familia comunista, pobre. La huida fue tormento y peligro y varias veces le pedí el relato, no me importaba volver a oírlo: un joven soldado alemán llega en busca de su padre, Leo Katz, al apartamento familiar en el París ocupado. Luego tragedia y humanidad: el soldado interroga, la familia miente, Leo Katz no ha escrito en contra del Führer, pero el soldado se va con algo así como: “no les creo nada, pero me voy, el siguiente que venga no se irá sin ustedes”.

Poco después la familia busca salida en Marsella, y ahí Gilberto Bosques y luego México, como en la excelente novela Transit, de Anna Seghers. Fueron varias nuestras conversaciones sobre Seghers y su marido, László Radványi; Katz los recordaba en su casa. Después pude comprobar en su correspondencia que a su regreso a Berlín en 1947, Seghers preguntaba a su marido, quien permaneció en México, y a Clara Porset, la pionera del diseño en México, cubana, y esposa de Xavier Guerrero, por los Katz, por el niño Friedrich. En otra ocasión, muy historiográficamente, pregunté a Katz su posición frente a la nueva historiografía alemana que estaba al fin hablando de las víctimas alemanas, de los horrores rusos en Berlín o del bombardeo indiscriminado de Dresden. Me contestó que Alemania había sembrado el terror en todo Europa, no era justificable moralmente lo hecho en Berlín y Dresden, pero era entendible históricamente. La carta de Seghers a Clara Porset (junio 1947) hablaba con pudor pero con descaro de lo que esos como Katz y Seghers, que huyeron y regresaron, acaso sentían y nunca publicaron: “tengo vergüenza de decir que ya estoy encantada (solamente estéticamente como arista) de las ruinas de la ciudad… Yo misma no digo a nadie que cada noche me encantan esas fantasmas de calles, primero porque los rusos tenían tanto éxito y segundo dan una impresión rotundamente perversa o irreal o surreal estas escaleras que van en el cielo como la escalera de Jacobo en la Biblia y estas fachadas completamente vacías, es decir quemadas donde los fantasmas quedan los únicos habitantes (sic)”.

Las biografías se mezclan, Katz y sus mayores, judíos, comunistas, en México, el Holocausto, la salvación. Kandel hace de esa biografía conjunta el leitmotiv de su ciencia y de su autobiografía: “One theme of post-Holocaust Jewry has been ‘Never forget’,… My scientific work investigates the biological basis of that motto: the processes in the brain that enable us to remember”.

Me decía Katz que Viena era una de las pocas ciudades no desnazificadas, me contaba su decisión de ir a la Humboldt Universität en el entonces Berlín del este y de no regresar a su alma mater, la Universidad de Viena. Ora por una noticia sobre Austria ora sobre nuestras discusiones sobre una nueva posición latinoamericanista en la Universidad de Viena u ora para explicarme por qué se había negado a conocer su carpeta en la STASI, Katz sacaba a cuento el pecado austriaco. No menos es el sentido de traición de esa otra vida paralela, la de Kandel. Un ejemplo: como científico laureado, Kandel es invitado a Viena, ahí en el Ehrenzeichen fur Wissenchaft und Kunst, una octogenaria científica austriaca, Elizabeth Lichtenberg, se le acercó y le dijo, según recuerda Kandel, “Let me explain what happenend in 1938 and 1939. There was massive unemployment in Vienna until 1938. I felt that in my family, people were por and opresses. The jews controlled everything —the Banks, the newspapers. Most physicians were Jewish, and they were simply squeezing every penny our of these impoversihed people. It was terrible. That’s why it all happened”. Kandel creyó que aquello era una broma, pero no lo era, saltó y gritó, como el pacífico Katz hubiera hecho, “ich glaube nicht was Sie mi sagen¡” (no puedo creer que usted me hable así, a mí). Las autobiografías de Katz y Kandel, sin coincidir en papel, coinciden en el sentimiento de absoluta traición. Es más, Kandel explora, como yo hubiera querido que Katz hubiera hecho, eso que mi difunta sospecha quería conocer: la memoria explorando la memoria. “How did the Viennese past leave its lasting traces in the nerve cells of my brain?”, pregunta Kandel como preguntando en nombre de todos los como él y en nombre de los profesionales del recuerdo (historiadores y neurocientíficos), “How was the complex three-dimensional space of the apartment where I steered my toy car woven into my brain’s internal representation of the spatial world around me? How did terror sear the banging on the door of our apartment into the molecular and cellular fabric of my brain with such permanence that I can relive the experience in vivid visual and emotional detail more than a half century later? These questions, unanswerable a generation ago, are yielding to the new biology of mind”.

Claro, Kandel nunca pasó por la segunda decepción, la que Katz contaba, la decepción del autoritarismo comunista; otra vez México, Texas y finalmente la Universidad de Chicago, cuyas altas autoridades tuvieron que buscar la manera de limpiar la carpeta “Friedrich Katz” en el FBI o en alguna agenda oficial que lo identificaba como profesor de la Alemania oriental. Los destellos de autobiografía que le escuché a Katz mencionaban sin ambages la decepción de Checoslovaquia y del régimen comunista de la Alemania del este, pero ante todo se refugiaban en las historias de gentilhombría de todos los que, como su padre, como Anna Seghers y tantos otros, creyeron, lucharon y se salvaron. El siglo XX pasaba por su recuerdos con todo su peso y Katz estaba dispuesto a la autocrítica pero no a renegar de sus mayores.

Un buen día, conté al profesor Katz mi lectura de una biografía de otro científico, Juan Negrín, el último presidente de gobierno de la república española. Me asombró que Negrín utilizara agentes en Nueva York para comprar armas en el mercado negro de armas más grande del mundo, con fondos soviéticos. “Ah sí, claro, mi padre era ese agente”, me contestó Katz, así como una más de las escenas increíbles de la autobiografía que no escribió. La escena siguió: me contó que en el libro Arms for Spain, el autor, Gerard Howson, se preguntaba qué había pasado con ese Leo Katz que cometió la tontería de regresar fondos sobrantes en medio del caos de la derrota final de la república. Katz le escribió a Howson, me dijo, y le narró párrafos de la autobiografía que no tenemos: lo que había pasado con Leo en la guerra, en Francia, en México, en Israel.

Para los profesionales del recuerdo, historiadores o neurocientíficos, como escribió Kandel, “without the binding force of Memory, experience would be splintered into as many fragments as there are moments in life. Without the mental time travel provided by memory, we would have no awareness of our personal history, no way of remembering the joys that serve as the luminous milestones of our life. We are who we are because of what we learn and what we remember”.

En efecto, somos memoria, aunque sea prestada.

 

Si mi sospecha no llevó a ningún lado fue porque en la autobiografía sólo esporádicamente comparten arquitectura y contenido esa dimensión tan grande, la Historia, y esa tan pequeña, los recuerdos. Sí creo que cuando se da la casualidad que el autobiógrafo es profesional de la memoria y ha tenido por vida un agujero negro de la historia, entonces esa coexistencia de historia y recuerdos es un entrar en el taller de la memoria. Y, como es claro, entonces la autobiografía pasa a ser no la de los que la escribieron o contaron, sino parte de la nuestra, la de los que las leemos y escuchamos. Pero nadie, ni yo, echará en falta a la sospecha cuya efímera vida fue aquí contada.

 

Mauricio Tenorio Trillo
Historiador. Su libro más reciente es Culturas y memoria: Manual para ser historiador.

Ensayo presentado en la XIV Reunión Internacional de Historiadores de México, Chicago, septiembre 21, 2014.