En 1989 caía el Muro de Berlín y con él —decían— la posibilidad de cruzar la frontera a un mundo mejor. Los ladrillos no eran más que eso, roídos por el viento y la lluvia en ambos lados, la utopía socialista parecía no haberlo sido nunca. El muro dejaba ver al sueño no como pausa en el tiempo sino como un cerrar de ojos inútil. Con ese nuevo paso vacío a la mitad de Alemania se desechaba una alternativa ideológica al capitalismo, era el “fin de la historia”. Reacomodadas las fronteras, se suponía dar paso a la mejor de nuestras versiones de mundo posibles.

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Dudé de todo esto cuando, con la sensación de infiltrada, fui al velorio de Arnoldo Martínez Verdugo. Antiguo secretario general del Partido Comunista Mexicano, “pieza esencial en el proceso de la transición democrática de la izquierda en México”; pero fundamentalmente refrendador de ideologías y por eso anacrónico sin remedio según lo hubiera descrito Fukuyama.

Como parecería que mueren los hombres importantes, Martínez Verdugo murió en la tarde, un viernes, y llegó aun más tarde a su propio velorio, cuando ya decenas de personas lo esperaban. Para mí y mi acompañante (aunque en el evento los papeles realmente estuvieran invertidos) nunca fue claro el momento en que llegaba el cuerpo. Mucho se decía también de la tardanza de la viuda y, sin quererlo, del transcurrir del tiempo en general: por lo menos de las últimas dos décadas de historia.

En la espera del cuerpo, la viuda, o el cansancio acumulado de la semana, se aglomeraban entre las salas de Gayosso diversos personajes. Describirlos a todos como representantes de la izquierda mexicana sería mucho decir, aunque la izquierda (como la mayoría de las corrientes) se hubiera arraigado de las más variadas y exóticas maneras en México. Probablemente, todos los asistentes se habrían reconocido a sí mismos como parte de esta corriente ideológica, lo que en muchos momentos ha sido el único aparente requisito para pertenecer de hecho a la izquierda en este país. Se trataba de esa izquierda históricamente capaz de reunir a múltiples y disímiles corrientes bajo su Socialismo Unificador.

Con la sensación de que algo los unía más allá del difunto —contrario a lo que pasa generalmente en los velorios— estaban los representantes de la izquierda artística de Coyoacán, los de la izquierda exiliada también de Coyoacán, los de la izquierda partidista, la del periodismo crítico de los ochenta, la de los movimientos estudiantiles, la del petróleo, la de los diputados trepadores y la Desigual (la marca de ropa española). Casi todos estaban vestidos de negro pero nunca excediéndose en la formalidad: salvo en el caso de algún despistado, de ninguna manera había corbatas que pudieran confundir el velorio con el de algún ex mandatario priista. Un asistente disimulaba su suéter de cashmere escocés de la colección que tenía un cajón especial en su casa en el centro de Tlalpan, pero nada más. Entre las mujeres, mucho más elegantes, destacaban los bordados étnicos y el caso particular de una orgullosa portadora de una playera con el estampado “PCM”.

Entre las conversaciones constantemente resonaba “El Partido”. Como ente, y sobre todo como ente vivo. Se oían las críticas a los desertores, “conversos” que habían tenido el descaro de asistir y que, por el aislamiento producto de sus decisiones familiares y sus plumas libres, atestiguaban todo desde las esquinas del cuarto fúnebre. Más precavido fue un desertor en especial que no había asistido, a pesar de haber gozado de la fama de ser de los favoritos de Martínez Verdugo en los tiempos en que se reunían los miembros del partido en el Instituto de Estudios Contemporáneos en Puebla.

Por su parte, los que sí habían permanecido fieles conversaban orgullosísimos sobre sus ritos de iniciación en la izquierda y recordaban incontables mítines y manifestaciones, seguros de que ahí estaban las mejores lecciones para seguir luchando por la justicia y la igualdad. Otros, en cambio, no podían evitar hacer análisis ramplones y con olor a culpas ideológicas de lo mucho que había cambiado México en las últimas décadas, y de la consecuente imposibilidad de hablar más que en términos de democracia, consensos y “pactos” —aunque fueran también los primeros en la fila para saludar al ingeniero—. En  mi caso, estuve la mayor parte de la noche hablando de cosas que nada tenían que ver con la muerte de Martínez Verdugo, aunque de pronto otro de los asistentes no pudiera evitar hacer alusiones a mi incorporación por extensión a las familias icónicas de la izquierda que tienen casas de campo en Izqui…tepetitla. Porque aparentemente la ideología también es cuestión de linaje.

Durante la espera —momentos que sin razón se sentían agonizantes y previos a la muerte aunque ésta ya hubiera sucedido— el ambiente era nostálgico, pero de forma singular. Todos los asistentes jugaban a los tiempos del éxito de la reforma política del 77 aunque al mismo tiempo fueran indudables presas del transcurrir de la historia. Desde que el partido había pasado a ser parte del espectro legal mucho había sucedido, y por eso el dirigente de un periódico se concentraba en criticar a quien fuera su socio y colega con quienes importaba grillar hoy. A un lado, aquel que había denunciado el asesinato de Jaramillo con su pluma crítica, estaba acompañado por una mujer que seguramente por haber sido una niña entonces no debía recordar el evento ni tampoco le importaba. Y bajándose de su coche, un icónico dirigente de movimientos estudiantiles que ahora tenía fama de fanático de la bebida lloraba sin saber bien por qué.

En algún momento nos hicieron pasar a todos a la sala al fondo a la izquierda (la de los populares según deduzco de mi experiencia personal en esta sede de Gayosso). La convocatoria  para entrar era un poco fuera de lo común. En general es el cuerpo el que espera al rondar de los asistentes, pero aquí entrábamos como si éste tuviera algo que decir. El camarada Martínez Verdugo, presente. Una vez todos apretados dentro de la sala, no tardaron en resonar sin vacilar las siglas del PCM. No pude ver quién las entonaba, pero su voz sorprendentemente femenina era desgarradora y, ahora sí, verdaderamente triste.

Cuando los “¡vivas!” por el que fuera el secretario general del partido durante casi 20 años acabaron, siguió “La Internacional”. Los problemas técnicos que un segundo antes había suscitado el que no se encontrara asistente con conexión a internet para buscar la canción en YouTube se resolvieron con la suerte (ni tanto) de que el compositor del himno del PCM estuviera presente y con guitarra en mano.  La mítica canción se entonó con todas las décadas que implica. Tampoco escapó al juicio del tiempo y esto se notaba en los puños escondidos de los que habían cambiado de parecer respecto de las tesis marxistas, creaban simbólicos huecos entre la multitud de militantes.

Pero el tiempo no había alcanzado a destruirlo todo. “La Internacional” cantada como la entonaban en la calle de Monterrey, probaba que las ideologías no necesariamente se sustituyen unas a otras. A mí me lo comprobaban los susurros de la canción en voz de mi joven acompañante, quien solía presentarse como aliado del presente y defensor del libre mercado. La ideología no sólo estaba latente en la memoria de quienes habían atestiguado el eurocomunismo, leído El Machete y heredado el discurso de Jrushchov de 1956.

De las guardias de honor sólo me enteré por el periódico y hasta el día siguiente. He de admitir que me pareció más honesta la foto que publicaba el periódico del que suelo dudar en estos temas. No fuimos ya al homenaje y tampoco regresaremos a finales de los setenta a convencernos de que hay causas que valen la pena, como querían los melancólicos de la noche anterior.

Durante el velorio no dejé de preguntarme si como esa sala a reventar, entre siglas y acordes para el proletariado, era como se veía la muerte de la ideología. De acabarse la historia con el derrumbe ideológico, aquellos que habían imaginado una alternativa ¿eran todos anacrónicos sin remedio? El tiempo pasa, pero el velorio de Martínez Verdugo probaba con sus asistentes que la ideología no estaba muerta, aunque hiciera muchas otras cosas. Sin poder evitarlo se transforma y se adapta, definitivamente se contradice y se exaspera. Respira más de memorias que de esperanzas, pero vive en el deseo de recordar otras fronteras aunque no aspire a reconstruirlas y, por el contrario, se conforme con la revolución democrática .

 

Ana Sofía Rodríguez
Editora de nexos en línea.