Este texto del poeta inglés W. H. Auden es parte de For the Time Being. A Christmas Oratorio escrito en 1941. Es, en efecto, un oratorio de Navidad. Aparecen María, José, los pastores, etcétera. “El monólogo de Herodes” es la parte del oratorio referida a “La masacre de los inocentes”. Una nueva edición de For the Time Being (Princeton University Press, 2013) al cuidado de Alan Jacob nos permite aclarar algunas cosas sobre el texto. El comienzo es una parodia de las Meditaciones del filósofo y (de 161 a 180 d. C) emperador romano Marco Aurelio, que empiezan con frases parecidas de gratitud: “De mi abuelo Vero aprendí buenas costumbres y a gobernar mi temperamento. De la reputación y el recuerdo de mi padre, la modestia y un carácter viril…”. La determinación de Brown era una novela de aventuras escrita por C. S. Forester en 1929, pero la broma de Auden es que el título puede leerse como el de un opúsculo estoico sobre la determinación de alguien llamado Brown. La “mesa giratoria” es una forma de sesión espírita en que se dicen en voz alta las letras del alfabeto; cuando la mesa gira al mencionarse una letra, la letra se escribe y eventualmente se deletrea un mensaje. “Palpar protuberancias”: la frenología fue una pseudociencia del siglo diecinueve según la cual el carácter podía leerse mediante el patrón y la ubicación de protuberancias en los cráneos de las personas.


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Porque estoy desconcertado, porque debo decidir, porque mi decisión debe ser conforme a la Naturaleza y a la Necesidad, pemítanme honrar a aquellos a través de quienes mi naturaleza es por necesidad lo que es.

A la Fortuna —de que me haya convertido yo en Tetrarca, de que haya yo escapado al asesinato, de que a los sesenta mi cabeza está clara y mi digestión es buena.

A mi Padre —por los medios para satisfacer mi amor a los viajes y al estudio.

A mi Madre —por una nariz recta.

A Eva, mi nana de color —por los hábitos regulares.

A mi hermano, Sandy, quien se casó con una artista del trapecio y murió a causa de la bebida —por refutar así la postura de los hedonistas.

Al señor Stewart, apodado El Regañón, quien me instruyó en los elementos de geometría por los cuales llegué a percibir los errores de los poetas trágicos.

Al profesor Al-Faro, por sus lecciones sobre la Guerra del Peloponeso.

Al extraño en el barco rumbo a Sicilia —por recomendarme La determinación de Brown.

A mi secretaria, la señorita Capullo —por admitir que mis discursos eran inaudibles.

No hay un desorden a simple vista. No hay crimen —¿qué podría ser más inocente que el nacimiento del hijo de un artesano? Hoy ha sido uno de esos días perfectos de invierno, frío, brillante, y tranquilo por completo, cuando el ladrido del perro pastor se oye a millas, y las grandes montañas agrestes se acercan mucho a los muros de la ciudad, y la cabeza experimenta intensamente la lucidez, y esta tarde mientras me encuentro junto a esta ventana en lo alto de la ciudadela no hay nada en todo el magnífico panorama de llano y montañas que indique que el Imperio está amenazado por un peligro más espantoso que alguna invasión de los tártaros sobre raudos camellos o una conspiración de la Guardia Pretoriana.

Los lanchones descargan fertilizante para suelo en los desembarcaderos del río. Refrescos y sándwiches pueden obtenerse en las fondas a precios razonables. La jardinería por parcelas se ha vuelto popular. La carretera que va a la costa atraviesa directo las montañas y los choferes de trocas ya no necesitan ir armados. Las cosas empiezan a tomar forma. Hace ya mucho tiempo que nadie se roba las bancas del parque o asesina a los cisnes. En esta provincia hay niños que nunca han visto un ratero, tenderos que nunca han tenido en las manos una moneda falsa, mujeres de cuarenta que nunca se han escondido en una zanja a no ser por diversión. Sí, en veinte años me las he arreglado para hacer un poco. No suficiente, claro. A unas cuantas millas de aquí hay aldeas en donde aún creen en brujas. No hay un solo poblado al que no le vendría mal una buena librería. Uno puede contar con los dedos de una mano a la gente capaz de resolver el problema de Aquiles y la tortuga. Con todo, aún es un comienzo. En veinte años la oscuridad ha retrocedido unas cuantas pulgadas. ¿Y qué, al fin y al cabo, es todo el Imperio, con sus pocos miles de millas cuadradas en las que es posible llevar una Vida Racional, sino un trocito de luz comparado con esas inmensas áreas de noche bárbara que lo rodea por todas partes, ese desierto incoherente de rabia y terror, donde a los mongólicos se les considera sagrados y las madres que dan a luz gemelos son condenadas a morir en el instante, donde la cura de malaria es a gritos, donde guerreros de magnífica valentía obedecen las órdenes de impostoras mujeres histéricas, donde los mejores cortes de carne están reservados para los muertos, donde si se ha visto a un mirlo blanco ya no se debe trabajar ese día, donde se cree firmemente que el mundo fue creado por un gigante con tres cabezas o que los movimientos de las estrellas son controlados desde el hígado de un elefante sin manada?

Aún así dentro de este mismo, pequeño y civilizado trozo, donde, al costo se sabrá el cielo cuántos pesares y derramamiento de sangre, se ha vuelto innecesario para cualquiera que sea mayor de doce años creer en hadas o en que las Causas Primeras residen en objetos mortales y finitos, hay todavía muchos nostálgicos de aquel desorden anterior en el cual toda pasión gozaba de una licencia frenética. César huye a su pabellón de caza perseguido por el tedio; en los suburbios de la Capital la Sociedad se salvajiza, corrompida por las sedas y las esencias, reblandecida por el azúcar y el agua caliente, insolentada por los teatros y los esclavos atractivos; y en todas partes, incluida esta provincia, a diario brotan nuevos profetas que hacen sonar otra vez la vieja nota de barbarie.

Lo he intentado todo. He prohibido la venta de cristales adivinatorios y de tablas-ouija; he golpeado a los juegos de cartas con un impuesto severo; las cortes tienen poder para sentenciar a los alquimistas a trabajos forzados en las minas; son una falta estatutaria las mesas giratorias o palpar protuberancias. Pero nada es realmente efectivo. ¿Cómo puedo esperar que las masas sean sensatas cuando por ejemplo el capitán de mi propia guardia lleva un amuleto contra el Mal de Ojo, y el comerciante más rico de la ciudad consulta a un médium respecto a una transacción importante?

La legislación está desvalida contra la plegaria salvaje de anhelo que se alza, un día sí, y un día no, desde todas estas casas bajo mi protección: “Oh, Dios, aleja la justicia y la verdad porque no podemos entenderlas y no las queremos. La eternidad nos aburriría espantosamente. Deja Tus cielos y baja a nuestra tierra de relojes de agua y vallados. Vuélvete nuestro tío. Cuida del Nene, divierte al Abue, acompaña a la Señora a la Ópera, ayuda al Guille con su tarea, preséntale a Maru un guapo oficial de marina. Sé interesante y débil como nosotros, y te amaremos como nos amamos a nosotros mismos”.

La razón está desvalida, y ahora ni siquiera el Compromiso Poético funciona, todos aquellos adorables cuentos de hadas en los que Zeus, disfrazándose de cisne o de toro o de lluvia o de lo que sea, se acostaba con alguna mujer hermosa y engendraba a un héroe. Porque el Público se ha vuelto muy sofisticado. Bajo todas los encantadores metáforas y símbolos, el Público detecta el mandamiento inflexible: “Sé heroico, y actúa heroicamente”; tras el mito del origen divino, siente la verdadera excelencia humana que es un reproche a su propia bajeza. Por eso, con un bramido de rabia, patea a la Poesía para que ruede escaleras abajo y manda traer a lo Profético. “Tu hermana acaba de insultarme. He pedido por un Dios que se parezca a mí tanto como fuera posible. ¿De qué me sirve un Dios cuya divinidad consiste en hacer cosas difíciles que yo no puedo hacer o en decir cosas brillantes que no entiendo? El Dios que quiero e intento obtener debe ser uno reconocible de inmediato sin tener que esperar y ver lo que dice o hace. No debe haber en él nada mínimamente extraordinario. Preséntenlo ya, por favor. Estoy harto de esperar”.

Hoy, según parece, y a juzgar por el trío que vino a verme esta mañana con una mueca de éxtasis en sus caras de estudiantes, ya se hizo la chamba. “Dios ha nacido”, gritaron, “lo hemos visto con nuestros ojos. El Mundo está a salvo. Nada más importa”.

No se necesita ser un psicólogo para darse cuenta de que si este rumor no es aplastado ahora mismo, en unos cuantos años puede enfermar al Imperio entero, y no se requiere ser un profeta para predecir las consecuencias si tal ocurre.

La Razón será reemplazada por la Revelación. En vez de la Ley Racional, las verdades objetivas perceptibles para cualquiera que se someta a la debida disciplina intelectual, y la misma para todos, el Conocimiento degenerará en un tumulto de visiones subjetivas: sentimientos en el plexo solar inducidos por la mala alimentación, imágenes angélicas generadas por las fiebres o las drogas, sueños proféticos inspirados por el sonido del agua al caer. Cosmogonías enteras serán creadas a partir de algún olvidado resentimiento personal, épicas completas se escribirán en lenguajes privados, los garabateos de los niños del kínder serán puestos por encima de las grandes obras maestras.

El Idealismo será reemplazado por el Materialismo. Príapo tan sólo tendrá que cambiarse a una buena dirección y llamarse Eros para volverse el consentido de las mujeres cuarentonas. La vida después de la muerte será una fiesta eterna donde todos los invitados tienen veinte años de edad. Apartada de su flujo normal y saludable en el patriotismo y el orgullo cívico o de familia, la necesidad de las Masas de tener algún Ídolo invisible al que adorar tomará cauces totalmente antisociales adonde ninguna educación tendrá alcance. Se rendirán honores divinos a teteras, hoyos poco profundos en la tierra, nombres sobre los mapas, mascotas, molinos en ruina; incluso en casos extremos, que se harán cada vez más comunes, a dolores de cabeza, o tumores malignos, o a las cuatro en punto de la tarde.

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La Justicia será reemplazada por la Piedad como la virtud cardinal humana, y todo el miedo al castigo se desvanecerá. Cualquier muchacho de la esquina se congratulará a sí mismo: “Soy tan pecador que Dios tuvo que bajar personalmente a salvarme. Debo estar bien cabrón”. Todo bandido discurrirá: “Me gusta cometer crímenes. A Dios le gusta perdonarlos. De veras que el mundo tiene un orden admirable”. Y la ambición de todo joven policía será asegurar que se arrepientan en el lecho de muerte. La Nueva Aristocracia consistirá exclusivamente en ermitaños, vagos, e inválidos permanentes. El Diamante en Bruto, la Puta Tuberculosa, el bandolero que es bueno con su madre, la muchacha epiléptica que trata bien a los animales serán los héroes y las heroínas de la Nueva Tragedia cuando el general, el estadista, y el filósofo se vuelvan el blanco de toda farsa y sátira.

Naturalmente no puede permitirse que esto ocurra. La civilización debe salvarse así esto signifique echar mano de los militares, como supongo que se requiere. Qué funesto. ¿Por qué ocurre que al final la civilización siempre debe llamar a estos mete-en-cintura profesionales a los que les da igual si las órdenes que reciben son para exterminar a Pitágoras o a un loco homicida? Caray, ¿por qué este infeliz niño no se fue a nacer a otra parte? ¿Por qué la gente no es sensata? No quiero ser horrible. ¿Por qué no pueden ver que la noción de un Dios finito es absurda? Vaya que es absurda. Y supongamos, nomás por conceder, que no es absurda, que esta historia es verdad, que este niño es de un modo inexplicable tanto Dios como Hombre; que crece, vive, y muere, sin cometer un solo pecado. ¿Haría eso una vida mejor? Por el contrario; la haría mucho, mucho peor. Porque sólo querría decir esto: que una vez que les ha mostrado cómo, Dios esperaría que todo hombre, sin importar su fortuna, llevara una vida sin pecado en la carne y sobre la tierra. Ahí sí que la raza humana se zambulliría en la locura y la desesperación. Y para mí personalmente en este momento significaría que Dios me ha dado el poder de destruirlo a Él mismo. Me niego a que me metan en esto. Él no podría jugarme una broma tan horrenda. ¿Por qué yo le caería tan mal? He trabajado como un esclavo. Pregúntenle a quien gusten. Leo todos los despachos oficiales sin saltarme uno solo. He tomado clases de elocución. Casi nunca he aceptado sobornos. He tratado de ser bueno. Me lavo los dientes todas las noches. No he tenido sexo durante un mes. Me opongo a esto. Soy un liberal. Quiero que todos sean felices. Ojalá yo no hubiera nacido.

 

W.H. Auden.
Poeta y ensayista. Entre sus libros Another Man, The Double Man y Collected Poetry.

Traducción de Luis Miguel Aguilar